David y Claudia DAVID
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DAVID

—Si lo prefieres podemos hablar mal de mí, yo tampoco me caigo bien casi nunca.

O si no, de que el dedo no te cabe en el asa del pocillo del café.

A mí también me pasa. Es una puta mierda, parezco mariquita cogiéndola con la punta de los dedos.

Si lo piensas, la vida está llena de cosas raras e inútiles, como el palo ese dentro del líquido verde donde está el grifo de cerveza.

Nadie sabe lo que es, y lo peor es que, en el mejor de los casos, será Mistol.

Me escondo detrás de una mueca agradable, y sé que es agradable porque Isobel se ha reído de nuevo. No mucho. De medio lado y rozando los labios con su hombro, en un gesto parecido al que hacía mi padre para limpiarse la boca porque no era capaz ni de levantarse a coger una servilleta.

No sé si debería estar aquí o si existe algún lugar en concreto donde podría encontrarme un poco menos desubicado que las plantas que crecen en las grietas de las paredes de hormigón o entre las roturas del asfalto.

Lo cierto es que a menudo me siento como ellas, sobreviviendo en sitios que no parecen para mí.

Escogiendo cada día un traje distinto que enfundarme.

Ensayando delante del espejo mi manera de caminar y cómo callarme la puta boca. Pero al final nada.

Le he dicho a Isobel que no necesito saber su verdadero nombre.

Que los nombres son solo nombres y que a mí, al fin y al cabo, todo el mundo me llama Deivi, o Morales, como a mi padre.

Además, es algo que no puedes escoger y al final te pasas la vida cargando con un nombre en cuya decisión no has participado.

Sin embargo, hay nombres que se revelan si prestas atención, independientemente del que salga en el DNI.

Mi amigo del colegio —y lo digo en singular porque solo tuve uno— se llamaba Héctor, pero si lo mirabas bien podías notar que su verdadero nombre era Javi.

No sé cómo explicarlo, se le veía en la boca, en la manera de mover las manos.

En la ropa. Al final, yo qué sé, terminé por llamarlo Chuti.

Ella me escucha complaciente, como si alrededor no hubiese nada más interesante a lo que prestar atención.

Cada cierto tiempo, como a intervalos, se toca la chapa de los Smiths que lleva prendida en el pecho, justo a la derecha, para comprobar que sigue ahí y que no se ha caído.

Cada cierto tiempo, como a intervalos, se coloca el flequillo y mueve la taza vacía de café en un círculo de radio diez centímetros.

Cuando habla me incorporo. Apoyo un brazo sobre el otro encima de la mesa y me concentro en observar lo que dice.

En contar los pestañeos. Siempre dos cada vez.

Cuento las veces en que un «¿sabes?» retórico trata de afianzar la credibilidad de su postura.

Me fijo en cada duda. En cada historia. En los tres segundos que se calla para comprobar si el silencio incómodo ha regresado a la silla contigua.

Pero ya no hay silencios. Nunca hay silencio, en realidad.

La tragaperras sigue cantando, y en la mesa de al lado un obrero golpea en bucle una moneda contra la mesa.

El vaporizador de agua interrumpe y deshace las frases.

Y en la televisión un hombre que todavía no sabe que se va a quedar calvo aconseja a su audiencia sobre la disfunción eréctil.

Es imposible conseguir el silencio. En Madrid.

En este bar. El silencio me atemoriza, y es ese miedo a la nada lo que me obliga a tratar de llenar los espacios.

Con canciones casi siempre, con el vocerío de los programas de sobremesa cuando quiero estar solo pero necesito notar que hay alguien más en la habitación.

Isobel se muerde las pieles de los dedos gordos de las manos y, después de arrancarlas, los rasca con el dedo índice, como queriendo agujerear la dermis, volver otra vez herida la cicatriz.

Es consciente de su poca fuerza de voluntad para dejar el vicio.

Porque Isobel se rasca las costras y convierte las picaduras de mosquito en heridas duraderas, y por eso tiene marcas redondeadas y blancas en los brazos.

Porque, como yo, hizo caso omiso a todos los «no te rasques las postillas» que seguro le dijo su madre.

Hay algo contradictorio en ese límite delgado que separa el dolor del placer, en los refranes infantiles que nos repitieron hasta la saciedad, «los que se pelean se desean», y casi puedo oler cómo el odio de Isobel hacia mí se le mezcla con el deseo en un cóctel turbio.

Y en esta cafetería de mierda no queda ni rastro de la prudencia que utilizo a menudo para gestionar mi comportamiento cuando alguien me atrae.

Me sobran motivos para enamorarme, pero me faltan razones para dejarme llevar.

Entre otras cosas, porque entiendo que las relaciones humanas, o el amor, no deberían apoyarse en un acto de fe tácito ni en justificaciones tramposas.

O porque yo puedo creer en Dios, puedo creer en lo que me dé la gana, pero no puedo demostrar teorías ni supuestos cogidos con pinzas.

Isobel se cruza de brazos en un gesto lento, como los créditos finales de una película independiente.

Le cuento que algunas veces hablo con las cosas, con las casas.

Que les pongo nombre. Que mi madre me regaló un ficus cuando me emancipé, que se llama Fermín y muchas veces me olvido de regarlo.

Se ríe y me suelta que Fermín es casi peor que Enrique.

Que los gatos que tienen en el pueblo se llaman Michi y Nala y que son «palleiros», animales sin categoría ni pedigrí, como los perros marrones de caza.

Se ríe de nuevo, esta vez con una carcajada contenida a la que el beep de su teléfono móvil pone fin.

Quizá sea una amiga a la que le dejó instrucciones de socorro si no tenía noticias pasadas unas horas.

Quizá sea su madre. O su novio. Sea quien sea, no responde.

Devuelve el Alcatel «toch-ísimo» al fondo del bolso.

Yo ni siquiera he traído el móvil: cualquier cosa que suceda en el mundo puede esperar. Al final pasará de todos modos.

—El mío suena como una polka. O al menos como lo que Siemens consideró que era una polka.

Aunque, la verdad, se parece más a la canción del Tetris .

Pero no lo uso mucho, odio hablar por teléfono.

El de casa está descolgado la mayor parte del tiempo.

Y jamás contesto al portero automático. Que de automático, por cierto, nada, menudo genio el que le puso el nombre.

—Yo elegí el pitido por poner algo. Al final casi nunca hablo con nadie.

Prefiero mandar mensajes, son menos invasivos y no tienes la obligación de contestar al instante, y además con un OK se pueden zanjar muchas dudas.

Y mi madre puede ser muy pesada, imagínate, la niña en Madrid, como si fuese yo una persona indefensa o algo así, que si fuera por mi padre con el OK que te digo tendría suficiente, pero las madres ya se sabe, son más coitadas.

—¿Coitadas?

—Que son ingenuas. Y como muy complacientes.

Pienso en mi madre, en cómo habría cambiado su vida si hubiera decidido irse, abortar esa relación incomprensible que tiene con mi padre.

Me pregunto cómo sería ella de no haber dejado los días a la inercia o al miedo, el de no saber por dónde empezar todo otra vez, o de no saber retomarlo desde donde lo había dejado.

Pienso en que me plantearía intercambiar mi propia existencia por la suya.

Que a él lo mataría. Que ella lo volvería a hacer por mí, porque nunca sabré si mi madre quería ser madre, pero sí sé que el día que nací para ella desaparecieron las dudas.

Me defendió todas las veces que pudo y puso su cara delante de la mía para que no fuese yo el que recibiese las hostias.

Por eso a él lo odio y a ella la sigo queriendo.

Isobel me ha dicho que se va. Que tiene cosas que hacer.

Al final crecer debe de ser algo así, hacer cosas, comprar cosas.

Quizá yo también debería irme. En casa no me espera nadie, solo algunos discos y unas cuantas películas que todavía no he visto.

Algunos ceniceros abarrotados de colillas y la cama, que me mira con reprobación, como preguntándome por qué llevo un mes sin hacerla.

Creo que aún me quedan sobras para comer en el táper que me mandó la abuela.

Pero no quiero irme de esta cafetería de mierda y apuesto de nuevo al silencio, solo un instante, esperando que Isobel me conceda el perdón o la condena y me doy cuenta, sabe Dios por qué, de que las cañas y los cafés en esta puta ciudad se sirven en los mismos vasos .