DAVID
Todas las cafeterías me parecen una mierda.
Se lo dije el otro día al Chuti, que son mejores los bares, aunque sean de viejos. Por lo menos no tienen la tele puesta todo el día con programas absurdos y no te engañan con los platos combinados, que sabe todo a calamar frito.
Donde estén unos callos que se quite una pechuga rebozada.
He quedado en una hora con una amiga, Marta, en una cafetería de esas. Para pedirle perdón por el numerito que monté la otra noche.
Me he levantado con la intención de reordenar mi vida.
Los horarios. Los excesos, sobre todo. Volver a leer algo más allá del número mensual del Rockdelux .
Pero es que es una tomadura de pelo lo que hacen con algunos discos.
Quiero pedirle perdón a Marta. Primero a ella y después a su amiga.
Nadie tiene que pagar por mis cambios de humor.
La mayoría de las veces no soy capaz de controlarlos, aunque lo intento.
Juro que lo intento. Pero yo no escogí ser así de impulsivo.
De todos modos, Marta y su amiga se merecen una disculpa. O al menos conocerme de verdad. Es lo malo cuando toda la gente a tu alrededor no presta atención, no lee ni se interesa por lo que pasa en el mundo. Otro de mis errores, creer que los demás son tan inquietos como yo.
Al llegar a la cafetería, Marta no está.
Varios yuppies con trajes baratos hablan del dinero de otros, entre vinos de la casa, apoyados en la barra. Con la nariz roja y los zapatos sucios. A su lado una mujer rellena el autodefinido de El País . Le falta «soldado de infantería bizantino». Nunca adivinará que es «bucelario» .
No encuentro a Marta.
Una chica sentada de medio lado en la mesa del fondo parece leer atenta un libro que sujeta con la mano derecha.
Con la izquierda se tapa la boca, con la palma exactamente.
No se da cuenta, pero ha metido una pierna debajo de otra y mueve el pie con un ritmo frenético de apariencia ramoniana .
Si de repente sonase el «Blitzkrieg Bop», esto podría ser una escena de largometraje.
Al notar mi presencia —como tantas veces pasa, la siente antes de verme ni oírme—, levanta la vista, rehace su postura en otra más ortodoxa y me mira.
Y me espera.
—Creo que es algo pretencioso —le digo para deshacer el silencio.
—¿A qué te refieres? —Me mira y frunce un poco el ceño.
—El libro. El tipo tiene talento, pero es un poco flipado. A ese libro lo llamo La insoportable levedad del zzzz . —Acompaño el chiste con un gesto somnoliento.
—Como diría mi abuelo, habló de putas la Tacones. —Cierra el libro con brusquedad y lo deja sobre la mesa.
Tras el sonido de las tapas duras chocando me asaltan algunas escenas de la otra noche. La veo a ella, sin nombre, con Marta frente a mí. Y me veo a mí mismo como si hubiera salido de este cuerpo, desde fuera, intolerante y altivo. Comportándome como la persona que juré que nunca iba a ser.
Como alguien parecido a mi padre.
Y todo por una chorrada.
Hace unas semanas me llamó un amigo que trabaja en el Nasty, una sala de conciertos de Malasaña, para preguntarme si me apetecía poner música, porque yo le había dado el coñazo con que me gustaría pinchar alguna vez allí.
No me puse nervioso ni nada, confío en mi criterio musical al doscientos por cien y como allí no se entra hasta las tres, las copas previas adormecieron cualquier miedo.
Todo iba bien, ni siquiera hice ningún viaje al baño.
«One More Time», «Crystal». Algún hit antiguo. «This Charming Man», «Friday I’m In Love».
Me había olvidado de que frente a mí decenas de personas aguardaban dispuestas a juzgarme, a admirarme incluso. Pero me sentí solo. Era la clase de aislamiento que solo conceden determinados estados de bienestar, esos donde nadie más puede entrar.
Antes de echar el cierre levanté la vista.
Creo que sonaba «Disco 2000», un plagio inconsciente que Pulp hizo de «Gloria» de Umberto Tozzi.
Toda la sala bailaba. Algunos imitaban los movimientos excéntricos de Jarvis Cocker, otros solo alzaban los brazos y cantaban en un inglés medio inventado, algo que casi nunca me importa.
El día anterior ya había decidido cerrar con «Segundo Premio» de Los Planetas, un final intenso, de voz en grito.
Una canción que no habla de amor, o al menos no del amor que suele estar en las canciones.
Se acercó a la cabina Marta, una chavala con pinta de bollera que va mucho al Palentino. Coincidimos en algunas fiestas. También en algunas opiniones.
—David, esta es una colega, compartimos piso desde hace un mes o así y es de puta madre. Me dice que si le pones Los Planetas para cerrar. —Detrás de Marta alguien se asomaba, tímida, avergonzada por cosas que nunca contaría.
—Joder, ya estáis con los putos Planetas. El indie de aquí es una mierda. A ver si aprendéis un poco y escucháis más cosas. —En ese momento perdí el control.
En el cedé recopilatorio que tenía preparado, por suerte, estaba «Creep».
Aquello me salvó del silencio condenatorio del DJ.
Ya se sabe, un segundo de vacío que revienta el esfuerzo de varias horas.
El cambio de rumbo funcionó, y algunos fanáticos se arrastraban por el suelo festejando las quejas célebres de Thom Yorke.
Yo dejé la canción entera y me salí de la cabina, buscando algo.
No sé el qué. Reconocimiento. Atención. Demostrar que soy mejor, supongo.
Pero ¿mejor que quién?, ¿mejor para qué?
Aquí, de pie, me asaltan imágenes desenfocadas en miniatura mientras observo cómo ella me mira en esta cafetería de mierda, cómo espera de mí algo más que una disculpa.
Me puse violento y las ataqué en lo personal. El corte de pelo de una. La camisa de la otra. «Qué vais a saber vosotras». Y lo que podía haber sido un cierre perfecto, una puta fábrica de adoradores trasnochados, se convirtió en una guerra donde solo estaba yo. Peleando contra nadie.
Puede que contra mí mismo.
Será culpa de mi padre, supongo. Tenía la mecha muy corta y la mano ligera. Un día, cuando ya era más alto que él, le devolví una de sus bofetadas. Y me había guardado las ganas durante tanto tiempo que le llegó con intereses.
No tengo ni un solo recuerdo feliz con él.
Podría asegurar que mi madre tampoco.
Las paredes de mi cuarto no fueron capaces de evitar que yo escuchase todo. Los gritos, los golpes, los noes.
Pero no me considero un búfalo como mi padre. Es verdad que siempre pienso en mí primero, pero en realidad lo hago para no joder a los demás, y no creo que a eso se le pueda llamar «egoísmo», sino «previsión».
En mi enajenación, la otra noche pude haber dicho cualquier burrada. Sufro de verborrea cuando la cabeza se me pone a funcionar. No dejo hablar a los demás y niego cosas con las que luego, en la intimidad de mi piso, estoy de acuerdo.
Como que Una semana en el motor de un autobús es el mejor disco de pop nacional de la década de los noventa. Lo negaré siempre que alguien dé por hecho que me gustan Los Planetas.
—Eres la amiga de Marta, ¿verdad? Perdona, no recuerdo mucho de la otra noche. —Ni siquiera hago el amago de sentarme.
—Sí, y tengo nombre. Aunque entiendo que te da lo mismo. —Por su manera de apartar los ojos, comprendo que sigue enfadada.
—Tienes cara de llamarte Isobel —lo digo muy en serio, es imposible no pensar en Isobel Campbell al mirarla.
—Y tú tienes pinta de llamarte… No sé, de tener un nombre horrible, Chema, o peor, Enrique. —No puedo evitar reírme.
Es verdad, son dos nombres horrorosos.
—Enrique, como el ultrasur. —Ella me mira con los ojos entrecerrados, como si no supiese de qué le estoy hablando—. Sí, mujer, el de la canción de Los Nikis. Bueno, da lo mismo. Aunque no te llames Isobel, me gustaría pedirte perdón.
Al escucharme me doy cuenta de que es la frase más sincera que he pronunciado el último año.
—Te perdonaré si eres capaz de adivinar mi nombre antes de que me termine este café. —Qué horror.
Me recorre un escalofrío de asco, como si de repente estuviese en una escena de Médem llena de frases lapidarias con alma adolescente.
Todo empieza a transcurrir como un baño de espuma. El tiempo aminora y el aire languidece. Tras varios requiebros inútiles en busca de un despiste por encontrar la respuesta, Isobel empieza a contarme cosas de su infancia.
—A los once mi ídolo era Kurt Russell, me escondía por las mañanas para no tener que ir al colegio y por las noches salía de la cama sin que nadie me escuchase para ver una y otra vez Golpe en la pequeña China.
Maldito Lo Pan. Cuando llegué al instituto lo pasé mal, porque mis compañeras se afeitaban el pelo de las piernas y yo jamás me lo había planteado.
Ahora sí lo hago. Depilarme, digo. Por presión social, supongo, o por inercia, ya sabes, empiezas a hacer algo, repites, repites, repites, y sin darte cuenta pasa a formar parte de tu rutina.
Apenas respira y enlaza unas frases con otras. Sé que lo hace porque es tímida. Es de ese tipo de gente que habla mirando a un punto fijo, o cuyas manos tratan de limpiar todo el tiempo un lamparón imaginario en la mesa, o en la pierna.
Me quedo pasmado los pocos segundos en los que ella deja de hablar.
A veces sonríe. Solo hacia un lado, dejando un surco perfecto en la comisura de los labios.
—Mi infancia no fue tan interesante. Mi padre era un tarado y no me dejaba ni oler la tele, así que me pasaba todo el santo día en la calle o leyendo. O leyendo en la calle. Creo que por eso mi ídolo era Ray Loriga. Deberías leer Caídos del cielo . Es un ejercicio de valentía que mola bastante.
Creo que no voy a ser capaz de adivinar cómo se llama en realidad Isobel. Tampoco me importa. Después de lo de la otra noche, imagino que esta conversación solo es un acto condescendiente por su parte, un regalo en forma de redención por haberme pasado de vueltas.
—Estás deseando que me levante al baño y ver si dejo aquí el bolso con la cartera, ¿verdad? Me extraña que no te hayas inventado ya ninguna estrategia para pillarme el DNI.
—Estás flipando —le dije.
—La otra noche no te costó tanto ponerme a parir. —Al fin el reproche.
—Ya me he disculpado.
—Pero bueno, en algo tenías razón.
—¿En qué?
—En que tú y yo no nos parecemos en nada.
Un recuerdo, de pronto azul, tambalea la seguridad con la que en un primer momento afronté este encuentro.
No puedo dejar que se me note. Mi debilidad es una grieta donde escondí todo lo que no quiero ser, algunos traumas, bastantes miedos.
En esa rendija guardo la vergüenza, los complejos.
Acumulo en ella todas y cada una de las cosas que no me permito ser.
Como por ejemplo ser inferior, o simplemente ser igual que el resto.
Me reclino en la silla de esta cafetería de mierda y la mezo adelante y atrás sobre las dos patas traseras.
Siempre a punto de caerme. Miro a Isobel de medio lado y levanto la barbilla.
Seguro de mí mismo, al menos hacia fuera.
Me quedo en silencio. Solo dos minutos. El tiempo suficiente para que la incomodidad ocupe la silla de al lado.
El silencio lo llena un «un, dos, tres… ¡avances!». Un tipo de mi edad pulsa el botón de la tragaperras con un movimiento inercial. Automáticamente. Sin tomar ninguna decisión. Igual que yo la otra noche.
Me encantaría salir de aquí corriendo, olvidarme de este tema.
Pero mis planes no contemplan una derrota.
El recuerdo se revuelve. Una imagen de mí mismo colérico, casi desorientado, reprochándole a una desconocida no estar a la altura del nivel mínimo de una escala intelectual imaginaria. Una que yo mismo me inventé.
Y cuanto más avanza el recuerdo, más ganas tengo de desaparecer.
Si te esfuerzas puedes desaparecer.
Ojalá .