David y Claudia CLAUDIA #2
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CLAUDIA #2

Todas y cada una de las personas del bar se giran en cuanto oyen la puerta, me miran y no sé muy bien si saludar, salir corriendo o decir en voz alta que invito a una ronda, pero un segundo después siguen a lo suyo y las cabezas vuelven a su sitio, casi como movidas por un resorte.

Veo que solo queda un hueco libre en la esquina de la barra, justo en el hueco que hay para que la gente utilice la cabina telefónica.

Todavía me persigue alguna evidencia de realidad: un surco redondo que decolora la barra delata decenas de codos, cientos de disculpas y un montón de monedas que rascaron el barniz brillo.

De pronto, a lo lejos —bueno, en la cuarta mesa, que tampoco es tan lejos—, una mano se levanta y se agita.

—¡Claudia! —Es el brazo de Marta, lo sé por la hiperlaxitud exagerada que ya percibí sobre la cama de su cuarto.

Me acerco y sus amigos me acomodan una silla en la mesa que colocan entre dos personas. No me invitan, ni puedo elegir, ni me dejan escapar.

Tomamos varias rondas de cervezas, a las que aquí por algún motivo llaman «tercios», y yo hago un prólogo sobre mí misma en tiempo récord, mientras me analizan, mientras buscan el lugar exacto donde colocarme, porque esto pasa en todas partes, claro, cada persona de cada grupo de amigos necesita encontrar su propio rol para que la comunidad funcione, no puede haber dos líderes, ni dos intelectuales, ni dos mosquitas muertas.

Ay, no, ¿y si tengo que ser yo la mosquita muerta?

Yo que venía aquí con intención de ser otra persona.

Primero miro a Patricia, a mi izquierda: por su manera de fumar diría que tiene uno o dos años más que yo, porque sos tiene el cigarrillo entre los dedos anular y corazón y ya parece una extensión de su mano.

Tiene el pelo muy negro y muy largo, los rizos le caen sobre una camiseta de manga ranglán blanca y roja y ocultan por completo el cuello.

Enfrente, Hugo exhibe su superioridad cultural en cada frase y solo habla para rebatir argumentos, creencias y, en realidad, cualquier cosa con la que no está de acuerdo, porque no estar de acuerdo es una de sus estrategias para tener siempre la palabra en la boca.

Se ríe de mí cuando le digo que sus gafas redondas son como las de Castelao, y no sé si es una risa condescendiente o es que no tiene ni idea de quién es y lo disimula con esa risita.

Su barba es bastante pobre y se deja una perilla un tanto ridícula, podre, de escritor de otro siglo, como la de Fele Martínez en Tesis .

Por último, a mi derecha está Natalia, con los ojos color aceituna y una coleta infinita que le cae desde la coronilla.

Natalia es el tipo de persona que pasaría desapercibida en cualquier lugar menos en una fiesta gótica.

Y luego está Marta, claro, que lo único que hace es beber demasiado rápido.

Parece que he encontrado amigos nuevos, y también parece que estos no hacen demasiados juicios de valor, ni imponen doctrinas, ni mucho menos van a meterse con mi manera de vestir o con cómo camino. Tampoco con el peso.

Marta se queda callada casi todo el rato, repanchingada en la silla, encendiendo cada cigarrillo con el anterior mientras observa las dos habilidades sociales que tengo: la de asentir y la de ser yo misma sin miedo a las consecuencias.

—Yo es que no comprendo cómo la gente no es capaz de ver la simbología en Lucía y el sexo , si es obvia. —Es la tercera vez que Hugo saca el tema en la hora y pico que llevo aquí, supongo que porque nadie le ha entrado al trapo.

—Pues si la simbología son tetas, culos y pitos, es verdad, no veo que sea tan difícil. —Hugo fija la mirada sobre mí y otra vez me doy cuenta de que he pensado en voz alta, maldita manía mía.

—Joder, Claudia, muy bien, nunca había visto a Hugo con esa cara de pasmarote. Gracias. Esto se merece otra. —Marta se acerca a la barra, se ríe, menea la cabeza hacia los lados.

Para evitar un conflicto, que no quiero yo que nadie me coja manía así de primeras, le digo a Hugo que es broma, que no tengo ni idea de cómo es el cine de Médem y que seguramente haya algo demasiado literario en Lucía y el sexo que yo no entiendo.

La complacencia como arma. Pero en mi cabeza sigo pensando que, al final, todo se basa en tetas, culos y pitos.

Acto seguido, Hugo arranca con su discurso cultureta de turno y yo utilizo mi habilidad uno: asentir.

Mi mirada se pierde examinando todos los detalles del Palentino.

El Common People de fondo, los anuncios colgados en un corcho en la pared: «Se busca compañero de piso», «Se necesita bajista al que le gusten The Who, el rollo mod y los 60 en general», «Clases particulares a domicilio», un sinfín de papeles amarillentos unos encima de otros, un desbarajuste controlado que refleja bastante bien lo que es este sitio.

Un señor mayor juega a la tragaperras —que digo yo que alguien debería explicarle por qué se llama así—, otro hombre de treinta y tantos, trajeado, seguro que abogado, alarga la cerveza para no tener que volver a casa, un grupo de universitarias de primer año intentan encajar y miran al moderno de camisa de cuadros verde que se estudia el Rockdelux en la barra para impresionar a sus amigos cuando lleguen, su vaso de café siempre lleno y las All Star que un día fueron blancas y ahora son color mierda.

—¿No os parece un poco fuerte que haya un libro en todas las casas con el número de teléfono de todo el mundo?

Quiero decir, si pillo ahora la guía, busco el número de, qué sé yo, Álex Ubago y lo llamo, puedo decirle…

«Alejandro, me muero por conocerte» y quedarme tan ancha.

—La cerveza saliendo por nuestras narices da fe, cual notario, de que toda la mesa ha sincronizado las carcajadas con el razonamiento de Marta.

—Pero no se llamará así, joder. Fijo que su verdadero nombre es Efrén, o peor, Juan Miguel. Ningún famoso está tan loco como para usar su verdadero nombre. —Hugo y sus verdades universales.

—Pues ya me dirás tú qué mejor modo de pasar desapercibido se te ocurre que hacerlo todo demasiado obvio —le digo, un poco mosqueada por su superioridad moral—. La mejor manera de esconderse es quedarse ahí, sin hacer nada, sin llamar la atención. A mí me funciona, por eso casi nunca me mira nadie.

Hugo reacciona como suelen hacerlo las personas que se dan cuenta de que no tienen razón, pero no pueden dejar que se note: con indiferencia.

Maldito Hugo con su aura de sabelotodo que lo vuelve atractivo sin remedio.

Odio escucharle y al mismo tiempo hay algo en él que me impide no prestarle atención, como cuando era niña y metía los dedos en el enchufe sabiendo de antemano que me podía dar un calambrazo, uno de esos que duelen pero dan gusto.

Como el sexo las primeras veces. Yo perdí la virginidad un verano con un chaval de Carballo, a los quince años.

Fue un poco una mierda. Él no me gustaba mucho.

Era guapo y tal, pero hablaba sin saber, aunque yo me hacía la tonta justo por eso, porque era guapo.

Un día le dije que nunca me había besado con un chico, una mentira como una catedral, que yo el morreo ya lo tenía muy controlado, pero es que no había manera de que me entrase, así que le pedí que me morrease para saber cómo era y morreamos varios días seguidos hasta que sucedió.

En los tres minutos que duró aquello del follar, pude com probar que ni él era el amante experimentado que prometía ni yo supe lo que era el sexo mi primera vez.

Fue rápido e impersonal. Aquel dolor soportable se parecía por momentos, de lejos, al placer.

Era un dolor para nada similar a lo que me habían explicado y a la vez sí, porque en realidad a mí el chaval no me ponía mucho.

Después me «pidió de salir». Le dije que no, que él era demasiado para mí.

Otra de mis manías, intentar siempre que los demás no se sientan mal.

Con Hugo pasa eso, que es un pedante, pero tiene algo.

Gesticula sin querer, y es sin querer que con sus gestos consigue que visualices cualquier cosa sobre la que está hablando, y cuando no habla se mira las manos doblando los dedos hacia dentro, como si se hubiese hecho la manicura, y vigila a los demás de reojo mientras se quita la mierda de debajo de las uñas con el dedo pulgar.

Es, sin embargo, educado y atento, y aprovecha cada viaje al baño para preguntar si necesitas algo, si estás bien, si prefieres cambiarle el sitio.

Es como un buen tío metido en el cuerpo de un señor pretencioso que solo se rodea de gente que parezca menos lista, menos culta que él.

Es mi personaje favorito en este grupo: el esfuerzo por mantener su interpretación las veinticuatro horas es merecedor de un reconocimiento.

Un premio, el Premio Hugo, concedido a la mejor simulación de una personalidad en la vida real.

Durante el camino de vuelta mi cabeza no puede dejar de canturrear «Qué nos va a pasar» y me pregunto durante todo el trayecto si en realidad habla de una ruptura o de una muerte, si al final, cuando rompes con alguien, con algo, puede tratarse de eso, de una muerte, si a lo mejor yo también estoy rompiendo con mi vida anterior.

Tan solo llevo unos días en Madrid y todavía me siento sola, pero al menos ahora estoy tranquila .