CLAUDIA
Es lo que me pasa siempre, que voy a dormir una siesta de un rato y el rato se convierte en una hora que en realidad son dos y la almohada se empapa de mis babas y las mejillas de las babas y me paso todo el día con el olor de la saliva pegado en el moflete.
Odio despertarme desorientada de la siesta, esa pseudoborrachera que se va bajando, la gente que empieza a molestarte y ahí se te agotan las coñas, aunque tampoco fui yo nunca la persona más ingeniosa del mundo.
Ni la más espabilada. Que nunca me hizo gracia el chiste de Mistetas que contaba mi tío Adolfo todos los domingos, vaya.
Supongo que nunca lo entendí del todo, eso o es que no tiene gracia ninguna aunque toda mi familia se riese, bueno, todos menos mi madre, que la pobre nunca tuvo mucho sentido del humor.
Creo que solo la vi reírse de verdad el día que salimos de compras y mi prima pequeña, con dos años, le chilló al de El Corte Inglés que quería un pene desde el carrito porque no daba pronunciado la «i» de «peine» y al señor se le puso la cara como si en su cabeza estuviese cerrando una frase con un signo de interrogación y otro de admiración.
Menudo panorama. Y mi madre, que en condiciones normales es capaz de guardar la compostura en el cien por cien de los casos, se tuvo que dar la vuelta porque se rio por la nariz y es probable que se le saliese disparado un moco y ella es muy vergonzosa con las cosas escatológicas.
Después de aquel día no volví a verla reírse de verdad.
No como desde esta mañana y no hay nada más peligroso que cruzarse conmigo con el estómago vacío.
Para mí el hambre es un tema peliagudo. Al salir a la calle me doy cuenta de que está empezando a hacerse de noche.
Madrid de noche es la ciudad de las oportunidades, lo dijeron en aquella película, aunque es probable que solo sea una de esas historietas que se cuentan para idealizar la vida y te creas lo que no es, como cuando de pequeña te dicen que Peter Pan es el bueno. Qué tontería.
Me gusta caminar sola, caminar porque sí, a menudo porque no me apetece estar con nadie y otras veces porque la persona con la que me gustaría estar no está, y me gusta ver las puertas de los edificios y las pintadas en las paredes e imaginarme a qué se dedican las personas que me cruzo, aquí en Madrid todas parecen actores, actrices o guitarristas.
Y alguno conductor de metro, que nunca he visto ninguno pero yo me los imagino así, personajes estándar que sirven para rellenar escenas.
En mitad del paseo llego a una plaza ruidosa.
Qué no hará ruido en Madrid, me digo, no sé si para mí o en voz alta.
Un bar con un montón de gente en la puerta hace esquina.
Es un bar viejo, que no antiguo, con el suelo de azulejo tipo gres y los taburetes y las sillas de aluminio con acolchados de sky barato, lo sé por las chinas de los cigarrillos.
A la derecha, la barra presidida por un ventanal que da a la plaza; a la izquierda, algunas mesas de imitación de madera, tres o cuatro, pegadas a la pared.
La pared, como en los bares de mi pueblo, está cubierta por un enorme espejo que va hasta el techo y que nunca nadie fue capaz de limpiar entero.
La marca del trazo del trapo casi llegando arriba de todo delata que sus dueños, adivino que el matrimonio mayor de detrás de la barra, no le dan mucha importancia a los reflejos de la parte superior.
Pero claro, quién va a querer mirarse a sí mismo ahí arriba.
Desde fuera escucho a The Strokes, y me parece ciencia ficción que dos paisanos de la edad de mis padres, en un bar de estética dudosa y nula reforma, hayan escogido algo tan alternativo, un disco que ha salido apenas hace unos meses, y de pronto dejan de parecerme dos personajes de una película de esas de Alfredo Landa, dos desubicados en la gran ciudad, y pienso que lo mismo en sus tiempos fueron seguidores de Ian Curtis o de Poch.
Debería dejar de justificar todo lo que veo todo el rato, de montarme películas en la cabeza.
Lo más probable, aunque esta es otra película sin fundamento, eso sí, menos épica, es que tengan un hijo de mi edad que les grabe cedés recopilatorios Verbatim para ver si así rejuvenecen a la clientela.
Por culpa de esta afición mía de inventarme la vida de los demás a veces llego a cogerles manía a las personas y a las cosas.
Cuando era niña, nuestra vecina de enfrente nos espiaba por la mirilla.
Yo, en herencia de los libros de Agatha Christie que tenía mi abuela en la casa de Carballo, imaginaba que aquella mujer controlaba todos nuestros movimientos, que los apuntaba en un papel, que hacía un seguimiento exhaustivo para planear un asesinato perfecto y sin posibles pistas.
Decidí retrasar mis horarios de llegada y salida del colegio, o adelantarlos, depende, todo de manera aleatoria, para que el patrón siempre fuese distinto y así evitar al menos que a mí también me pudiese liquidar.
Tan pequeña y preocupada por si una vecina me quería matar.
Mi madre decía que la señora no salía porque tenía ansiedad, como si la ansiedad fuese una enfermedad común que te diagnostica el médico de familia, como una gripe o un sarampión, pero yo a aquella señora que no había visto en la vida la odiaba y le tenía miedo a partes iguales.
Una mañana, antes de ir al colegio, vi que una ambulancia se la llevaba en una camilla con respiración asistida.
Le pregunté al enfermero qué pasaba, y me dijo que a veces la gente mayor se moría de pena, o de soledad.
Aquella fue la primera vez en mi vida que prometí no volver a juzgar a nadie. Por desgracia, no fue la última.
El Palentino huele a Ck One y a tabaco. Una vez intenté fumar un cigarrillo, creo que a los catorce, cuando empecé en el instituto, porque no había sido yo muy popular en el colegio y el tabaco me pareció una manera de empezar con buen pie, de relacionarme con la gente guay que no sabía fumar ni sostener el cigarrillo, porque en los noventa quien tenía un pitillo tenía una oportunidad de entrar en los círculos sociales a los que todo adolescente desea pertenecer.
Por suerte no empecé a fumar, tampoco entré en dichos círculos y, sobre todo, no me convertí, como mis compañeras del colegio, en una persona a la que terminaría odiando sí o sí solo por querer ser guay, como si ser guay me fuese a valer para algo más que para ligar con una colección de chavales unineuronales.
Dudo si entrar o no, porque lo de una chica sola en un bar es la típica premisa de cientos de películas donde ella casi siempre termina descuartizada, enterrada o enfrentándose a cualquier otro destino fatalítico.
No sé si existe la palabra «fatalítico», pero no se me ocurre otro término más adecuado.
Ni igual de dramático. También pienso en que estoy sola, en que la única persona que conozco en esta ciudad es la prima pequeña que no veo desde que tenía cuatro años y que ahora tiene bigote, y pienso en el miedo que da la soledad, ese miedo en el que no había reparado antes y que ahora me atenaza, y no sé si lo que me da miedo de verdad es estar sola o que nadie sepa que lo estoy, que a nadie le importe, que es probable que me pase la noche mirando al techo, preguntándome si he tomado la decisión adecuada, si no habría sido más fácil estudiar Empresariales al lado de casa, pensando en que lo mismo mi padre tenía razón, «rapaza, es mejor ser práctico, amarrar un futuro y priorizar una vida cómoda que apuntar demasiado alto», y yo venga a repetirle que apuntar alto es tratar de alcanzar un sitio para el que nunca se está lo suficientemente preparado, aunque yo sé, no, yo estoy segura de que soy capaz de acabar esta carrera.
Pero la vida es así, un lugar donde al final tienes que acostumbrarte a que nadie te crea.
Ya he subido y bajado la calle de la plaza del Palentino demasiadas veces, tantas que el disco de los Strokes volvió a empezar y me asalta el pensamiento de que podría escuchar Is This It en bucle toda la vida aunque no entienda todas las letras y Julian Casablancas tenga pinta de oler bastante mal.
Creo que Adelaida, nombre con el que decidí bautizar a la señora de detrás de la barra, notó algo, porque ya salió a cheirar a la puerta.
Así que tengo dos alternativas: hacerme la longuis e irme a otro lado o dejarme llevar y entrar en un bar cutre, pero donde por lo menos sé que la música me va a gustar.
La guerra, en realidad, la libran dentro de mí el olor a empanada de cebolla que desprende la vida universitaria y la grima que me provoca el serrín en el suelo de los bares, supongo que porque una vez, de niña, me resbalé, me caí de culo y estuve con la rabadilla hinchada varios días y claro, me quedó un trauma porque no me podía ni rascar la regañeta, que es esa parte del culo que no es todavía culo pero ya no es espalda.
Ahora que lo pienso, es probable que todos los traumas que tengo sean por cosas de la infancia, pero yo qué sé.
No recuerdo mucho de cuando era niña, más allá de que jugaba en una esquina del patio del colegio con mis amigas porque el resto del espacio estaba ocupado por un campo de fútbol asimétrico para los niños, con o, y que yo no quería jugar al fútbol ni nada, pero me habría gustado haber podido decidirlo por mí misma.
Entro y ya no hay marcha atrás.