David y Claudia CLAUDIA
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David y Claudia

David y Claudia

Por Isaac Pedrouzo

© inepub.com

CLAUDIA

El piso no huele demasiado mal, sobre todo si tengo en cuenta cómo era el olor del piso de estudiantes de mis amigas mayores en Santiago, esa mezcla de humedad, empanada y cerrado que inunda todos los pisos de todos los cascos viejos de todas las ciudades.

Pero en este piso no huele demasiado mal, y mucho menos a naftalina, aunque ni siquiera sé si vive alguien conmigo o si la habitación de al lado está vacía.

Mi madre encontró un cuarto a un precio razonable y ya no pude escoger, como pasa con la ropa y también con los amigos cuando eres niña, que casi vienen de serie, que te los colocan después de una asamblea donde los padres y las madres deciden, una reunión en la cumbre en la que los niños no tienen voz y mucho menos voto.

Me los imagino así, en una gran mesa ovalada llena de licores y banderillas de esas con piparra y anchoa, entre montículos de fotos de los hijos de los demás, mientras resuelven el tema de las amistades al estilo Julio César. Dedo arriba, dedo abajo.

No sé en qué momento decidí venirme a Madrid, que representa casi todo lo que no me gusta de la vida: la velocidad con la que se mueven las personas y cómo resbalan las tardes, el calor de mierda que sustituye al entretiempo en septiembre, el olor a pis de los callejones de Malasaña, el metro, el Real Madrid.

Qué asco el Real Madrid. Supongo que estudiar Medicina fue una buena excusa para salir de A Coruña y no quedarme a vivir en una casa que no es la mía.

Bueno, y luego está lo del imán: ese que me arrastra sin que yo lo decida ni pueda evitarlo, sin que quepa resistencia posible, hacia las cosas que no me convienen.

Como El Diario de Patricia . Como las canciones que siempre me hacen llorar.

Mi habitación tiene todo lo que necesito para enfrentarme a esta vida que es nueva aunque no sé si mejor, y apenas le doy importancia al cabecero dorado, metálico, sobre la cama de noventa, ni a su brillo horroroso de otra década.

Tampoco a que la cinta de la persiana tenga un nudo que la deja fija a medio cerrar, o a medio abrir, según se mire; ni a que las baldosas mantengan su blanco, roto por el tiempo, delimitado por el negro mugre de las juntas.

Al menos en el armario empotrado me cabe toda la ropa, que tampoco es mucha, porque una nunca sabe si va a estar de vuelta a los pocos días: la excitación y el miedo se parecen a veces, te hacen mojar un poco la ropa interior, y la verdad es que no quise yo pecar de exceso de optimismo, que las hostias de la decepción no te las ves venir y luego duelen de más.

Al gotelé ya vengo acostumbrada de la casa de mi abuela en Carballo, donde me obligaban a pasar un mes en verano.

Yo pensaba que aquella costumbre se debía a que ella me quería mucho.

Después descubrí que mis padres solo buscaban deshacerse de mí para estar solos un rato, no porque sean malos padres ni nada de eso, ojo, porque ellos, incluso con sus limitaciones de personas anticuadas, se esfuerzan día a día por comprender los cambios en el funcionamiento de la sociedad.

Mi madre sobre todo. No sufrí zapatilla ni cinturón, y cuando me escapaba —bueno, solo me escapé una vez, pero he heredado un don para la exageración histórica— los castigos eran soportables.

A las diez en casa, la falda más larga, el eyeliner más corto.

No esperaba entender tantas cosas sobre mi infancia de hija única tan pronto, daba por hecho que esa tarea llegaría después de la universidad, o cuando empiezan a decir que eres una mujer hecha y derecha, una mujer con todo el pack: la casa, la boda, la plaza.

Pero este cuarto es suficiente para mí.

No pienso colgar fotos ni pegar pósteres.

¿Qué tengo, otra vez ocho años? Se supone que me toca romper con la adolescencia, se supone y además es verdad.

Quiero olvidar los motes, las burlas, la gentuza, olvidarme de que fui otra.

Si lo piensas en frío, a ver qué culpa tenía yo de que me gustasen los discos raros y no la Cadena 100 o las películas que casi nunca llegaban a mi ciudad en vez de las que sí, todas esas bazofias de un señor con su misión interminable de matamata, qué culpa tenía yo de no querer saber nada de las cosas que alimentaban al rebaño, la moto nueva de fulanito, la virginidad de menganita.

Y de repente, zas, me meo en una casa que aún no he estrenado.

De camino al baño, que yo soy incapaz de mear en los trenes y me aguanto hasta el dolor de vejiga, oigo a alguien cantar a voz en grito «Pictures Of You» en un inglés tan raro que podría jurar que se lo va inventando sobre la marcha según le conviene.

Y yo, que no soy de piedra, me entrego y mi garganta se une al coro.

There was nothing in the world that I ever wanted more than to feel you deep in my heart.

No tuve que pensar mucho en la letra, The Cure son y serán siempre mi grupo favorito.

La voz al otro lado se ríe y continúa cantando en un dialecto inexistente, pero de comprensión sencilla si una tiene en cuenta el contexto.

Cuando termina el fade out empieza a sonar la intro de «Viaje a los sueños polares».

La puerta del cuarto contiguo al mío se abre con un chirrido que parece pertenecer a una mansión antigua y no a un piso de estudiantes, un sonido que mi abuelo habría arreglado con un líquido milagroso que él llamaba «tresenuno».

Y un, dos, tres, allí de pie, como petrificada, me mira.

Paraísos de glaciares y de bosques polares. Ella y yo.

Observo por el rabillo del ojo la camiseta roja de Elefant Records que siempre quise y las All Star, que también debieron de ser rojas un día, tan desgastadas que mi madre ya las hubiese tirado a la basura a escondidas.

Mi madre hacía (hace) eso todo el tiempo: tira cosas que a ella le parece que no sirven para nada, o sobre las que decide que ya han cumplido su cometido en este mundo.

Una vez me tiró unos libros porque «ya los has leído y solo ocupan espacio», y ni siquiera traté de explicarle por qué estaba mal.

Mi madre es así, tiene pensamiento único, como Mao Zedong o Isabel Pantoja .

Le miro los pantalones vaqueros apretados, casi de campana, el pelo liso, negro carbón, que no baja más allá de los lóbulos de las orejas, el flequillo tan recto y metódico que parece cortado con escuadra y cartabón.

Demasiado orden, sobre todo teniendo en cuenta que detrás de ella un desbarajuste anárquico se instala por toda la habitación: las fotos torcidas y pegadas con celo a la pared disparan el toc que llevo dentro y maquillan el bodegón de libretos de cedés esparcidos en la alfombra, al pie de la cama.

A los montones de ropa de las esquinas solo les falta el cartel: gurruño 1.

Ropa de estar por casa . gurruño 2. Nivel de limpieza variable.

Admite un uso más . Echo un último vistazo alrededor y me doy cuenta de que todo está en este cuarto recién abierto.

El plátano, la gran X, Alain Delon, el telescopio bajo el paraguas.

—Entonces qué, ¿quién eres?

—Claudia, aunque mis amigas me llaman Ce. —Me arrepiento al instante, claro que me arrepiento, seré imbécil.

—Yo soy Marta, sin motes ni diminutivos. No voy a llamarte Ce, Claudia. Es una puta mierda que la gente no use sus nombres de verdad.

—Ya.

—A mi amigo Jorge todos le llaman J, como si eso te convirtiera en el pavo de Los Planetas. Controlas a Los Planetas, supongo.

—Sí —la desafío.

—Vale, vale…

—Y tranqui, que yo tampoco tengo ninguna intención de llamarte Eme.

—No, si al final va a resultar que las gallegas sois buena gente y todo.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Es una broma, tía? Con ese acento no puedes engañar a nadie. Yo soy de Leganés, pero me piré de casa de mis padres. Son cojonudos, eh, pero ya sabes, es mejor irse que huir.

Marta se gira y deja la puerta abierta. Yo, aunque nadie me ha invitado, doy un paso adelante.

—Llegué hoy de Coruña, mis padres no son tan cojonudos, el aire de Riazor me encrespa el pelo y espero que aquí en Madrid haya más tiendas donde encontrar tallas que me valgan.

Ella se ríe de verdad por primera vez y la punta de la nariz se le pone blanca.

—Voy a deshacer la maleta y eso.

—Venga, ahora te veo.

Marta sube el volumen de la música, pero no cierra la puerta.

No me importa. Al menos tiene buen gusto.

Estoy tan acostumbrada a los silencios que suele haber a mi alrededor, en mi casa, en el instituto, los tengo tan normalizados, que no era consciente de lo mucho que necesitaba a alguien con quien hablar.

Quizá por eso me gusta Marta, porque hay días en los que puedo llegar a olvidarme del sonido de mi propia voz, como aquella chica de mi barrio que nunca iba al colegio y se pasaba el día de recado en recado sin hablar con nadie.

Al supermercado llevaba una lista, en la panadería señalaba lo que le habían encargado en casa, el dinero siempre justo, que ya se sabe que los niños enseguida gestionan las vueltas a su manera.

Pero nunca la escucharon hablar. Un día coincidimos en la cola de la librería y le dije que eran mejores los lápices Staedtler que los Alpino que llevaba en la mano y me miró como si le estuviese hablando en un idioma inventado y se encogió de hombros y le pregunté por qué no hablaba y me dijo que nadie le preguntaba nunca nada.

Y entonces pensé en la cantidad de conversaciones en las que nunca nadie me pregunta nada, en las que solo me miran para que asienta, para que acepte y reafirme sus posturas, y pensé también en que son los demás quienes salen reforzados de mis silencios y en que yo me siento ahí a escuchar o a no escuchar y a conversar conmigo misma durante todo el tiempo en que nadie quiere saber lo que pienso.

Marta al menos me ha preguntado quién soy, aunque es probable que nunca lleguemos a ser amigas.

Me da la sensación de que compartir piso es una especie de batalla diaria entre las costumbres ajenas y las propias, y en esto de la convivencia, como en casi todo, el equilibrio también es imposible.

No sé si podré acostumbrarme a compartir baño.

En mi casa, gracias a Dios, tenía uno para mí sola, así que jamás necesité echar el pestillo ni pasar el agua de la alcachofa para quitar pelos ajenos antes de ducharme.

No soy una persona violenta, pero creo que mataría a toda a esa gente que nunca limpia sus pelos de la ducha.

No sé qué se siente al encontrarse a una extraña cada mañana, si será siempre una extraña, si estará ahí cuando me despierte o cuando vuelva a casa, si se va a comer mis yogures, si se va a meter con mi cuerpo como mi madre, no sé.

Solo sé que tengo los sentidos afilados y que, por una vez, no estoy a la defensiva.

Me da pereza salir de casa, sobre todo porque no sabría adónde ir, y porque tampoco soy capaz de decirle a Marta si quiere tomar un café, o algo, lo que sea que tome, por no saber no sé ni qué estudia, o si estudia.

Me encantaría que fuese cobradora de morosos, de pronto, de esos que se visten de pingüino para intimidar.

No, mejor sexadora de pollos. Dejo de fantasear y me pongo a colocar mis cosas, a ver si consigo que esto se parezca en algo a un lugar donde quedarse.

Mierda. Me he olvidado de llamar a mamá .