Capítulo Cuarenta
Thena
Una de las pocas ventajas de ser una Astor por aquí era que la gente del pueblo te hacía caso.
Así que, después de que los paramédicos terminaran de curarme, no pusieron objeciones cuando me dirigí a la ambulancia de Dash.
Micah, Kai y Guzman me seguían de cerca, como mis propios ángeles de la guarda.
Micah me tendió la mano y me ayudó a subir a la parte trasera de la ambulancia.
Dash estaba incorporado en su camilla. Como yo, se veía magullado, ensangrentado y desaliñado, pero su sonrisa le iluminó los ojos cuando nuestras miradas se cruzaron.
Una paramédica estaba junto a él, revisando el gotero y controlando sus constantes vitales.
—¿Está estable? —pregunté.
—Está estable —informó, fijándose en mi hombro vendado, el cabestrillo y la sangre que resaltaba sobre mi vestido blanco, además de la manta térmica arrugada que llevaba echada sobre los hombros—. Tiene un corazón fuerte para haber sobrevivido a toda esa descarga.
—El corazón más fuerte de todos los hombres —asentí mientras me dejaba caer en el asiento plegable—. Voy a ir con él.
Empezó a protestar.
—Señora, nuestro protocolo establece...
—Vas a estar ahí mismo —dije mientras me abrochaba el cinturón, señalando la abertura detrás de mí y el asiento del copiloto—. Te aviso si pasa algo.
—Asumo toda la responsabilidad —dijo Dash—. Te firmo una exención si quieres.
—Esto es el Castillo Astor —se encogió de hombros—. El pueblo se llama Astorville. El hospital tiene un ala Astor. Y tú eres Athena Astor. Así que sí, estaré delante si me necesitas.
Se apresuró a ocupar el asiento del copiloto.
—Nos vemos en el hospital —dijo Micah.
—Allí estaremos —prometí.
Cerró la puerta, dejando fuera el caos del mundo exterior.
—Solos al fin —busqué los ojos de Dash y le tomé la mano.
Esbozó esa sonrisa que me derretía por dentro. Estaba pálido y le habían vuelto a disparar, pero aun así me parecía el hombre más atractivo del planeta.
El motor arrancó y el vehículo se puso en marcha.
—Estás demasiado lejos —me desabroché el cinturón—. Permiso para subir a bordo.
—No necesitas permiso —se hizo a un lado.
Cómo logré acomodarme en aquella camilla tan estrecha, entre todos esos tubos y cables, nunca lo sabré, pero cuando terminé, estábamos tumbados juntos.
—Vaya fiesta de cumpleaños —giré ligeramente la cabeza y le rocé los labios con los míos—. No volvamos a repetirlo.
—De acuerdo —sus ojos brillaban como miel bajo la luz del techo.
—¿Tienes fiebre? —le puse la palma en la frente—. ¿Te duele algo?
—No tengo fiebre y estoy hasta arriba de analgésicos, así que nada de dolor —me tomó la mano y me la apretó—. ¿Y tú?
—La hemorragia paró hace rato y estoy vendada, medicada y sin dolor.
—Bien —suspiró—. Siento que tu cumpleaños haya sido una mierda.
—Al menos descubrimos algunas cosas —puse los ojos en blanco—. Mi tío. Mierda. ¿Cómo no lo vi venir?
—Por la misma razón por la que yo no vi venir la traición de Shaw —dijo Dash—. Estábamos ocupados protegiendo a los nuestros, y esos dos... no eran de los nuestros.
—Todavía nos quedan tantas preguntas sin respuesta —dejé escapar un suspiro—.
¿Cómo consiguió mi tío entrar en el despacho sin que lo vieran ni lo captaran las cámaras para poner el veneno en mi pintalabios y matar a mi padre?
¿Era Rivera inocente o lo facilitó él? ¿Qué información comprometedora tenía mi padre sobre el jefe de mi tío y dónde está escondida en la casa?
¿Cuáles eran esos secretos que balbuceaba mi tío y qué trama el NWO?
—Tenemos un buen punto de partida con Li —Dash me tomó la mano—. Tiraremos del hilo. Registraremos la casa y averiguaremos qué está pasando. Conseguiremos respuestas. Ya lo verás.
—Eso espero —me mordí el labio, conteniendo las lágrimas y el miedo que me daba formular la pregunta—. ¿Crees que mis hermanas siguen vivas?
—Arthur estaba desesperado por saber dónde estaban —Dash me apretó los dedos—. Para mí, eso significa que aún no las han encontrado. Todavía tenemos la oportunidad de llegar antes que ellos.
Dejé escapar un suspiro, deseando con todas mis fuerzas que Dash tuviera razón.
—Ánimo, cariño, has sido muy valiente —me llevó la mano buena a los labios y me besó los nudillos—. Y todavía es tu cumpleaños. No he llegado a darte el regalo.
Me eché hacia atrás.
—¿Me has comprado un regalo?
—Pues claro que tengo un regalo para ti en tu cumpleaños. Lo llevo encima toda la noche. He estado esperando el momento adecuado, pero ha sido difícil encontrarlo.
—No me digas —le dediqué una sonrisa fugaz.
—Espera —rebuscó bajo las mantas, sacó algo del bolsillo y abrió la cajita antes de enseñármela.
Se me cortó la respiración al ver el precioso anillo de diamante talla esmeralda que reposaba en la caja.
—¿Lo guardaste? —chillé—. ¿Todos estos años? ¿Lo tenías tú?
—Lo guardé.
Los dos nos quedamos mirando el anillo en su caja.
—La primera vez que te di este anillo y te pedí que te casaras conmigo fue todo muy rápido y práctico —recordó Dash—. A Nix y a mí nos mandaban de misión. Nos avisaron en el último momento. Esta vez es diferente. Llevo tiempo dándole vueltas a lo que quiero decirte. ¿Me dejas?
—Por supuesto.
—Athena Astor, sabes que soy un alma vieja —comenzó—. Me conoces en esta vida desde que éramos niños. Eso es mucho tiempo, pero creo que nos conocemos desde mucho antes, desde antes de que comenzara el universo, cuando no éramos más que una promesa de vida en el vacío oscuro.
Ay. Mi corazón se hinchó y se derritió al mismo tiempo.
—Creo que te he seguido a través del proceso mismo de la creación —continuó—.
Durante los eones en que las estrellas nacieron y murieron.
Tú y yo hemos vivido mil millones de vidas en un millón de universos.
Te reconozco en cada uno de mis siempres.
Tu alma siempre me ha llamado, me ha cantado, me ha poseído.
Soy el acero de tu daga. Adondequiera que vaya o en cualquier forma que exista, siempre seré parte de ti.
Se me cerró la garganta por la emoción. Se me llenaron los ojos de lágrimas y me falló la voz, así que hablé de la única manera que pude. Lo besé, profunda y largamente, un beso que esperaba que transmitiera no solo que estaba de acuerdo con él, sino también mi adoración por él.
—No he terminado —murmuró contra mis labios antes de separar su boca de la mía—.
Cuando te di este anillo antes, tenía miedo de que, si conocías la ferocidad de mi amor, te asustara y te alejara de mí.
Ahora sé que lo único que me asusta es vivir sin ti.
Así que, por favor, no me obligues a hacerlo.
—No lo haré —me sequé las lágrimas de los ojos y logré articular las palabras—. Sin ti, no soy yo misma.
—Sé que el camino que tenemos por delante no será fácil —dijo—.
Enfrentamos muchos obstáculos, pero prometo que me esforzaré cada día por ser un hombre mejor, por caminar a tu lado, pase lo que pase.
Este amor feroz que arde tan intenso en mí es para ti, solo para ti —sacó el anillo de la caja y lo giró entre sus dedos antes de volver a mirarme a los ojos—. Ahora tengo una pregunta para ti.
—No, espera —respiré hondo y cambié mis lágrimas por una sonrisa—. Es mi turno.
Arqueó las cejas.
—¿Ah, sí?
—Ajá —respiré hondo—. Dashiell Dagger, te necesito como necesito el agua para vivir.
Te amo de una manera que desafía toda comprensión y descripción.
Quiero construir una vida contigo. Quiero una familia, un montón de pequeños Dagger correteando por toda la casa Astor. Solíamos soñar con eso. ¿Recuerdas?
—Nunca podría olvidarlo —su voz vibró de emoción.
—Quiero crear una verdadera familia contigo, donde todos sean amados y apoyados por quienes son y no por quienes deberían ser. Quiero la aventura de adorarte en este mundo y en todos los universos que existan más allá. ¿Te casarías conmigo, por favor?
—Oh, me casaré contigo, sin duda —deslizó el anillo en mi dedo y luego tomó mi mano—. Puedes contar con eso, pero...
—Espera —protesté—. Estamos haciendo poesía aquí, ¿y hay un maldito pero?
—Te conozco, cariño —me tomó la mejilla con la mano, con los ojos brillantes de pasión—.
Mi devoción por ti es eterna. Nos hemos amado durante tanto tiempo que nuestros votos son una formalidad.
Quiero que nos casemos lo antes posible y tengamos esos bebés, en el orden que decidas.
Pero también quiero que nos casemos cuando tu vida esté completa y tu corazón esté lleno.
—Mi corazón está lleno —lo besé—. Contigo.
—Y el mío también, pero tengo un sueño que quiero compartir contigo, un sueño que honra todo el amor que tienes en tu corazón y toda la luz que traes al mundo.
Le acaricié la sombra de barba con los dedos.
—Cuéntame tu sueño.
—El día de nuestra boda, quiero verte desbordante de todo el afecto que mereces, rodeada de todas las personas que amas —me rozó los labios con los suyos, una caricia tan suave que me tocó el alma—.
Así que, ¿qué te parece esto? Nos casaremos cuando tus hermanas regresen.
Porque regresarán. Te lo juro. Quiero para ti el final completo de cuento de hadas.
—Oh, Dash —estaba llorando de nuevo—. Es un sueño perfecto. Me encantaría.
—Entonces está decidido —su sonrisa era la única promesa que necesitaba—. Nos casaremos cuando las hermanas Astor estén reunidas de nuevo.
Sellamos la promesa con nuestros labios y luego continuamos besándonos durante el resto del viaje al hospital. Todavía seguíamos haciéndolo cuando llegamos.