Capítulo treinta y nueve
Thena
Crucé el patio, esquivando los focos donde pequeñas llamas consumían la vegetación seca de los jardines abandonados.
La explosión de mi camafeo había causado algunos daños en el terreno, pero mi memoria muscular de lanzadora de sóftbol había tomado el control y lo había arrojado lo bastante lejos para evitar incendiar la casa.
Incluso ahora, el fuego menguaba bajo la luz de la luna.
El aire me helaba los pulmones y la nieve fría me punzaba los pies descalzos. Me escondí en el cobertizo de los jardineros. Los disparos me sacaron del estado de shock. Tantas cosas habían sucedido esa noche. Tantas cosas seguían sucediendo.
Acurrucada detrás de los sacos de mantillo, pronto descubrí que había perdido la sensibilidad en los dedos de las manos y de los pies.
Temblaba demasiado. Moriría congelada si me quedaba allí más tiempo.
Caminé de puntillas hasta la puerta y me asomé.
Era extraño. El patio estaba en silencio.
No salía ningún sonido de la casa. No sabía qué significaba aquello, ni siquiera quería pensar en las implicaciones de un silencio tan ominoso, pero sí sabía que, para sobrevivir a la noche, tenía que entrar en calor.
Pegada a la pared, con el arma en la mano, rodeé la casa con cautela y entré por la puerta trasera. Me detuve en la cocina. Reinaba el silencio, un silencio absoluto. Se me encogió el corazón. Era como si la parca hubiera pasado por la casa y no hubiera dejado a nadie vivo salvo a mí.
¿Dónde estaba Dash? ¿Estaba bien? ¿Estaban muertos todos mis amigos? Y si era así, ¿se habían llevado con ellos a los matones de mi tío?
Aguzando el oído y moviéndome en silencio, subí las escaleras traseras.
Me dirigí a la ventana del pasillo. Se abrió con facilidad.
Guardé el arma en el bolsillo, salí al alféizar, me deslicé por la cornisa y alcé los brazos.
Me agarré a los peldaños de hierro, trepé y luego caminé por el tejado, pasé sobre las almenas y bajé hasta nuestro lugar secreto junto a mi torre.
Siempre había ocultado los deseos de mi corazón y acunado las mejores esperanzas de mi vida.
Por favor, ven a mí, Dash. Por favor.
Después de todo ese tiempo separados, después de todo el dolor y el sufrimiento, habíamos vuelto a estar juntos.
Ahora los viejos miedos regresaban para atormentarme.
Si algo le sucedía a Dash, mi corazón moriría con él.
Me acurruqué en la esquina, me abracé el cuerpo y me mordí los labios, intentando dejar de temblar.
Dash. Mis amigos. Mis hermanas. Me negaba a creer que la muerte nos hubiera derrotado esa noche.
Alcé la vista al cielo buscando consuelo en las estrellas, pero un velo de nubes empañaba la noche y las estrellas que tan bien habían servido a mi madre seguían abandonándome.
Poco a poco, el sistema de calefacción del tejado me fue descongelando.
Los dedos de los pies y de las manos habían recuperado algo de sensibilidad cuando un sonido resonó desde el otro lado de las almenas.
¿Dash?
La esperanza se me disparó antes de poder controlarla. No tenía ni idea de lo segura que estaba. Pero una cosa tenía clara: no iba a volver a ser rehén.
Saqué la Colt del bolsillo y retrocedí hacia las sombras bajo los aleros.
Me agaché en la esquina oscura y me hice pequeña.
Me llegaron resoplidos y jadeos antes de que una silueta grande apareciera sobre las almenas.
Un cuerpo pesado aterrizó en el tejado cálido donde yo estaba.
La luna se reflejó en el acabado brillante de la Beretta de Shaw, ya familiar, justo antes de iluminar la figura voluminosa que cojeaba mientras exploraba con cautela mi pequeño pedazo de paraíso.
Tío Mierda.
Se me cayó el alma a los pies antes de que el corazón se me desbocara.
No estaba muerto. Estaba allí. Buscándome.
Bajo la luz de la luna, se veía ensangrentado y desaliñado.
El corte de la cara le sangraba de nuevo.
Cojeaba y el brazo derecho no le funcionaba, pero sostenía el arma con la izquierda.
Se tambaleaba, con los ojos desorbitados e inestable, pero a pesar de sus heridas, me había seguido hasta allí arriba.
Apreté los dientes. El mal tenía una vida más larga que el bien. Las cucarachas eran difíciles de matar.
—El espectáculo ha terminado, querida —susurró en la noche—. Dashiell está muerto. Todos tus amigos están muertos.
Se me contrajo el pecho. Durante unos momentos, no pude respirar. Sabía que aquel hombre era capaz de todo tipo de mentiras, pero aquella me arrancó el corazón del pecho. Tenía que confiar en que estuviera mintiendo, pero ¿qué pasaba con todo ese silencio? ¿Y si no mentía?
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Las manos empezaron a temblarme alrededor de la Colt. Las piernas también. Era difícil mantenerme en cuclillas.
—Acabo de recibir noticias —se asomó a los aleros frente a mí—. Los asesinos a sueldo trabajaron rápido. Todas tus hermanas están muertas.
Se me escapó un sollozo ahogado.
—Ah, ahí estás, querida —se giró hacia mí y se agachó hasta quedar a mi altura. Me apuntó con el arma y esbozó su sonrisa aterradora—. La última de las princesas Astor, escondida en su torre. Debes de estar muy triste.
—Aléjate de mí —lo apunté con la Colt—. Si te acercas más, te mato.
—Podrías, supongo —apretó los labios antes de volver a hablar—. Pero entonces nunca lo sabrías.
—¿Saber qué?
—Cuánto tiempo llevo moviendo los hilos —me provocó con su sonrisa burlona—. Cuántos secretos más llevo guardando de gente como tú y tu padre.
—¿Secretos?
—Sí, secretos que lo cambian todo —me hizo un gesto para que saliera al descubierto—. ¿Te interesa?
Sin dejar de apuntarle y con el dedo en el gatillo, avancé y me puse de pie. —¿Qué quieres decir con todo?
—Información que cambiará la historia —retrocedió, pero siguió apuntándome.
—Mentiras —escupí, con la espalda recta y los brazos temblándome bajo el peso del arma—. Todo lo que sale de tu boca es mentira.
—Vamos, Thena, no me hagas enfadar —se le oscurecieron los ojos—. No quiero matarte todavía.
—Pasaste mucho tiempo intentándolo —señalé—. ¿Por qué cambiar de opinión ahora?
Ladeó la cabeza y guardó silencio. La expresión salvaje de su rostro lo decía todo.
—Dash no firmó tus papeles —no era tan estúpida como él pensaba—. Ahora me necesitas, al menos un poco más de tiempo.
—Para ser mujer, eres bastante lista —entrecerró los ojos mirándome—. Me transferirás los activos de los Astor. Fuentes fiables me han confirmado que Dashiell te lo dejó todo.
—Eres un puto criminal —le espeté—. ¿Por qué coño te importa si la transferencia es legal o no?
—Las guerras de desinformación se ganan antes cuando se apoyan en precedentes legales —dijo—. Yo soy flexible, pero mis socios prefieren la legitimidad siempre que sea posible.
—¿Te refieres a Li?
Frunció el ceño.
—No pronuncies ese nombre en voz alta.
—¿Por qué? ¿Nos está escuchando? —Cuando mi tío no respondió, sonreí con suficiencia—. Así que es Li.
—Tienes que ser una princesita buena y obediente —empezó a rodearme, buscando un ángulo para desarmarme—. Si haces lo que te digo, quizá te deje vivir bajo mi protección.
Seguí sus movimientos como un espejo, sin dejar de apuntarle.
No sé qué palabra me golpeó más fuerte: «buena», «obediente» o la manida «princesita», que ya había oído demasiadas veces hoy, pero algo hizo que el miedo desapareciera por completo.
Si algo de lo que había dicho era verdad, si mis amigos habían muerto, si habían asesinado a mis hermanas y Dash estaba muerto, ¿qué más podía temer?
—¿Quieres mi firma? —Avancé un paso, obligándolo a retroceder, y luego afiancé los pies—. Te la voy a dar.
Apreté el gatillo.
***
Dash
El sonido de varios disparos me hizo trepar frenéticamente por los peldaños.
La pierna me fallaba, el cuerpo me dolía y las heridas me ardían, pero tirando de la fuerza de los brazos, subí más rápido.
Bozeman, King y Guzman venían detrás de mí.
En cuanto llegué a lo alto de la torre, me encaramé a las almenas y salté al lugar secreto de Thena y mío.
Al no encontrar a Thena en los jardines, sospeché que habría venido aquí. Vimos sus huellas y las seguimos hasta la parte trasera de la casa. Por el camino, encontramos otras pisadas y rastros de sangre.
Entonces supe que Arthur iba tras ella.
Los disparos me pusieron el corazón en la garganta. Aquel día me había enseñado un nuevo nivel de terror. El miedo a perder a Thena me hizo comprender la angustia que la había atormentado cuando murió Nix.
Aterricé sobre una pierna, con la Glock en la mano, y contemplé una escena asombrosa.
Thena se erguía como una diosa vengadora, apuntando con el arma a Arthur, que yacía a sus pies.
Estaba pálida, pero sus ojos brillaban como el acero.
Su expresión parecía remota, vacía, como si ya no caminara entre los mortales.
Su boca era una línea recta y cruel. Una mancha roja se extendía por su hombro izquierdo, una flor carmesí que florecía sobre seda blanca.
—¿Thena? —la llamé en voz baja—. Estás sangrando.
No dio muestras de reconocerme. Mantuvo la puntería sobre Arthur. La única señal de que no era una estatua de mármol era el temblor que le sacudía el brazo.
—Por favor —me suplicó Arthur—. Se ha vuelto loca.
Sangraba por el vientre. El brazo bueno lo tenía extendido hacia la Beretta, que yacía justo fuera del alcance de sus dedos ensangrentados. Guzman hizo ademán de coger el arma de Arthur, pero Thena giró el brazo y le apuntó.
—¿Eh, Diosa? —Guzman levantó las manos—. Soy yo, Goofy. Te caigo bien. ¿Te acuerdas de mí?
Aunque Thena volvió a apuntar a Arthur, no dio señales de reconocer a Guzman. Quietos, indiqué con los dedos. Lo último que necesitaba era un incidente de fuego amigo.
—Está loca —el rostro de Arthur era puro terror—. ¡Va a matarme!
—¿Thena? —Hice señas a los chicos para que se desplegaran lentamente por los aleros y nos rodearan por tres lados—. ¿Qué pasa?
—Dice que mis hermanas están muertas —respondió con voz monótona.
—No sabemos si es verdad —le recordé—. Sabes que miente, ¿no?
—Dice que sabe secretos. Secretos importantes. Es la única razón por la que sigue vivo.
—Entiendo cómo te sientes, cariño —Di un paso hacia ella, hice una mueca de dolor y casi me caigo de bruces antes de recuperar el equilibrio—. Pero nos convendría averiguar más sobre su jefe.
—Es Li. Lo he confirmado —informó con esa voz mecánica que me arrancaba el alma—. Si no mato a mi tío, ese pedazo de mierda, seguirá asesinando inocentes. Más sufrirán. Más morirán. Por su culpa.
—Me aseguraré de que eso no pase —le prometí—. Nunca dejaré que vuelva a hacerte daño.
—Los Astor llevan generaciones matándose entre ellos —dijo—. Parece que estamos destinados a destruirnos unos a otros.
—Puede que algunos de los Astor que vinieron antes que tú fueran animales sedientos de sangre como Arthur —Di otro paso y logré no desmayarme—. Pero tú no eres una asesina, y tus hermanas tampoco.
Se mordió el labio y sorbió por la nariz.
—Si lo mato, se acabará la racha.
—O la empezará de nuevo —Arrastré la pierna inerte mientras me acercaba a ella—. Si no lo matas, así es como acabas con la racha.
Aquello pareció calarle. Frunció el ceño y alzó la mirada hasta encontrarse con la mía. Parecía despertar de una especie de trance.
—¡Dios mío, estás herido! —Clavó la mirada en la sangre que se acumulaba a mis pies—. ¡Tu pierna!
—Tú también estás herida —abrí los brazos—. Ven aquí.
Bajó el arma y se tambaleó hacia mis brazos.
Estaba fría, ensangrentada y temblando, pero la estreché con fuerza contra mi pecho y, mientras le frotaba los brazos y las piernas, di gracias de que hubiera sobrevivido a la noche.
Por precaución, le quité el arma, le puse el seguro y me la metí por detrás del pantalón.
—Llamen a una ambulancia —dijo, mirando a los chicos—. Dash está herido.
—Ya viene ayuda —informó Bozeman mientras las sirenas resonaban a lo lejos.
—Estás vivo. Los chicos están vivos —les sonrió a mis hombres—. ¿Los demás están bien?
—Lo están —ya le contaría lo de Rivera más tarde.
—¿Mina?
—Bozeman me dice que está a salvo. Druid ha vuelto y cuida de ella y de los demás.
—Entonces mi tío, ese pedazo de mierda, mintió y mis hermanas también podrían estar vivas —fulminó a Arthur con la mirada.
—Coincido —Thena y yo nos apoyamos el uno en el otro mientras ella hundía el rostro en el hueco de mi cuello y dejaba escapar un largo suspiro.
—El hombro —Kai sacó un vendaje hemostático de su chaleco táctico, le quitó el protector y me lo lanzó. Se lo coloqué bajo el vestido y lo apliqué como pude.
Casi había terminado cuando capté un movimiento repentino con el rabillo del ojo: un giro, un agarre, y la Beretta brillando bajo la luz de la luna.
Empujé a Thena detrás de mí. Ya tenía el brazo en alto y el dedo apretando el gatillo mientras Arthur apuntaba.
Varios disparos más se unieron al mío, cuatro tiros mortales que acabaron con la vida que habíamos intentado preservar para desenmascarar a Li y su NWO.
Mierda. Recorrí a mi equipo con la mirada.
—La tenía a tiro —la carabina de Bozeman seguía apuntando al cadáver de Arthur.
—Iba a matar a la Diosa —Guzman bajó el arma.
King se echó el rifle al hombro, saltó, recogió el arma de Arthur y le puso los dedos en el cuello. —Lo siento, jefe, pero nadie le hace daño a la Diosa mientras estemos nosotros.
—Ni a ti —añadió Guzman.
—Me alegra saberlo —por fin tenía al equipo adecuado.
Thena carraspeó. —¿Está... muerto?
—Sin pulso —informó King—. En cuanto agarró esa arma, firmó su sentencia de muerte.
Su mirada se encontró con la mía. —Ahora nunca sabremos sus secretos.
Hasta encogerme de hombros me dolía, pero aun así le sonreí a mi preciosa mujer. —Los descubriremos.
Frunció el ceño. —¿Lo... lo maté yo?
—No —dije con firmeza—. ¿No me viste disparar? Yo lo maté.
—Yo también lo maté —se ofreció Bozeman.
—Yo también —añadió Guzman.
—Y yo —secundó King.
—Así que, como ves, no fue un Astor quien mató a este traidor —dije, dirigiéndome a Thena y a los chicos, dejando clara la idea—. Fue el Equipo Rastreador, cumpliendo con su deber.