Capítulo treinta y ocho #2
La bala dio en el blanco, destruyendo el mando rojo y la capacidad de Shaw de volarnos a todos al infierno. Pedazos de plástico y componentes saltaron por todas partes. De inmediato, apunté a Shaw.
Crack, crack.
Una bala le rozó el brazo, la otra le dio en la rodilla, lo que me ganó un tiempo precioso. Me jodía tener que intentar capturar al tipo con vida, pero necesitábamos saber más sobre el Nuevo Orden Mundial.
Le entregué la Colt a Thena.
—Vete.
A gatas, llegó a la puerta, me lanzó una última mirada y salió de la zona de peligro hacia una noche todavía iluminada por llamas moribundas.
La pierna me parecía de goma y la sangre me empapaba los pantalones, pero Thena había sobrevivido y yo necesitaba terminar con esto. Ignorando el dolor, me arrastré hasta el extremo de la mesa volcada y asomé la cabeza.
Una ráfaga de balas perforó grandes agujeros en la madera a escasos centímetros sobre mi cabeza.
Me aplasté contra el suelo, crucé las manos sobre la nuca y presioné la cara contra el suelo.
Las balas pasaron en su mayoría por encima de mí.
Un par me rozaron dejando un surco en la espalda, pero hasta ahora, todo bien.
Agarré los tacones abandonados de Thena, até las correas entre sí y los empujé con fuerza por el suelo de parqué.
Crujiendo y repiqueteando, los zapatos se deslizaron a lo largo del lado largo de la mesa y tropezaron con una de las patas.
Con un golpe seco, rebotaron hasta la esquina lejana del comedor.
Mi artimaña funcionó. Shaw desvió el fuego de mi posición, apuntando hacia el sonido.
Asomándome por un agujero de bala en la superficie de la mesa, lo localicé a él y su reflejo en los espejos agrietados.
A pesar de las heridas, estaba de pie, el muy hijo de puta.
Con la mejilla pegada a la culata de la carabina, avanzó hacia la posición lejana, disparando como si no hubiera un mañana.
Moviéndome en silencio, me arrastré a su altura. Cuando llegué al centro de la mesa, me impulsé hasta ponerme en cuclillas. Mierda, eso dolió, pero tenía que estar de pie para esto. Aferré la daga, inhalé y, apoyando la otra mano en el borde de la mesa, salté por encima.
Pillé a Shaw desprevenido, intentando girarse sin dejar de disparar. Le agarré el arma con la mano izquierda y usé todo mi peso para estrellarlo contra la pared. Su espalda chocó contra los espejos.
Mantuvo el dedo en el gatillo y soltó ráfagas por todas partes.
Paneles de yeso, estuco veneciano y cristal explotaron a nuestro alrededor mientras yo inmovilizaba su rifle entre nuestros cuerpos.
Un enorme candelabro se estrelló a pocos metros de nosotros con un estruendo infernal.
Su chaleco táctico lo protegía de mi cuchillo. Tenía que quitarle el rifle.
Le asesté un golpe brutal justo por encima del codo. Mi hoja le seccionó el braquial, inutilizándole el brazo y desatando un chorro de sangre. El antebrazo le cayó inerte. De un codazo hacia abajo, le solté el arma. El rifle cayó al suelo.
—¿Estás listo para morir, Dagger? —Lanzó la mano izquierda hacia su Beretta.
—La pregunta es: ¿lo estás tú?
Levanté la rodilla y se la estrellé contra la mano.
La Beretta saltó de sus dedos, voló sobre la mesa y repiqueteó hacia las puertas francesas.
Lo estampé contra la pared de espejos y me colé por debajo de su chaleco.
Con toda mi fuerza, incliné la daga hacia arriba y lo apuñalé, hundiéndola a fondo, empujando tras el esternón, desviándome ligeramente a la izquierda.
Con un movimiento que había practicado un millón de veces, le clavé la daga en el corazón.
Shaw emitió un ruido extraño, un resoplido mezclado con gemido.
—Te dije que iba a matarte por esto —murmuré—. Elegiste tu muerte.
Se le abrió la boca y en sus ojos brilló la comprensión.
—Nix... Nix... —gorgoteó.
—Nix era un buen hombre —gruñí—. No lo verás en el infierno al que vas.
Matar a un hombre con una daga era el tipo de muerte más íntimo.
La miseria le brilló en los ojos, la comprensión de todos sus errores.
Presencié el momento en que se despidió de su existencia y su fuerza vital empezó a apagarse en su mirada.
Durante unos segundos más, sentí el latido de su corazón transmitiéndose por la hoja.
Luego se detuvo. El aire escapó de sus pulmones y un chorro de sangre le goteó de la boca abierta.
El hedor a mierda inundó la habitación, el olor de la muerte.
Tomé aire con un estertor y, de un tirón, retiré la daga. Un flujo carmesí brotó tras ella. Desde las yemas de los dedos hasta el codo, tenía el brazo empapado. Shaw se deslizó pared abajo y se desplomó en el suelo. Se había acabado.
Aspiré hondo y murmuré:
—Que los dioses tengan piedad de tu alma, porque yo no tengo ninguna para los putos traidores.
Me enfundé la daga en el cinturón, me agaché, saqué mi Glock de la funda de Shaw y comprobé el cargador.
—Bienvenida de vuelta, amiga mía.
La pierna me falló. Apoyé la espalda contra la pared y me dejé caer junto a Shaw. Me limpié la sangre en la camisa mientras pensaba en lo único que importaba. Thena. Tenía que encontrarla.
La cerradura de las puertas principales del comedor chasqueó en silencio.
Levanté la Glock y apunté. Las puertas se entreabrieron.
El cañón de un rifle asomó antes de que Granite se colara dentro.
Con las armas en alto y las miras buscando objetivos, Bozeman, King y Guzmán se deslizaron sin apenas hacer ruido.
—Amigo en la sala —grité mientras alzaba las manos y mostraba el arma.
—Amigo en la sala —repitió Bozeman mientras los demás se separaban y cubrían los flancos.
—Despejado —dijo Bozeman.
—Despejado —repitieron King y Guzmán.
—Tenéis que mejorar esos tiempos de respuesta —dije con voz ronca—. Habéis tardado una puta eternidad.
—Teníamos muchos tangos que cazar.
Bozeman enarcó las cejas al ver la sangre que se acumulaba en torno a mi muslo.
—¿Otra vez? ¿La misma pierna?
—Ven aquí de una puta vez. —Hice un gesto impaciente e intenté levantarme del suelo—. Tenemos que encontrar a Thena.
—Espera.
Bozeman me puso la mano en el hombro y me obligó a sentarme. Dejó el rifle a un lado y sacó el botiquín de uno de los bolsillos del chaleco táctico que llevaba sobre el traje.
—No voy a dejar que te desangres.
—Date prisa, ¿quieres? —refunfuñé—. King, Guzmán, encontrad a Thena. Probad en los cobertizos del jardín.
—Entendido.
Con los rifles en alto, King y Guzmán salieron sigilosamente por las puertas francesas.
—¿Eso es obra tuya? —Bozeman señaló a Shaw con la cabeza mientras me cortaba la pernera del pantalón a la altura del muslo.
—Intenté capturarlo vivo, pero el cabrón quería morir.
—Nos traicionó —declaró Bozeman solemnemente.
—Ni que lo digas —resoplé—. ¿Los demás?
—Todos lucharon con todo —informó Bozeman—. Cada uno se jugó la vida más de una vez. No creo que tengamos que preocuparnos más por traidores.
Eso suponía cierto alivio.
—Acelera, Bozeman. —La pierna me dolía como el infierno—. Tenemos que irnos.
—En ello.
Bozeman me aplicó un parche hemostático en la herida.
—Sitrep —exigí mientras me inyectaba una jeringa precargada de antibióticos y analgésicos.
—Recibimos tu mensaje —informó Bozeman mientras me aplicaba otro vendaje—.
«Emboscada» deletreado con el código numérico militar.
Primitivo pero efectivo. Al mencionar específicamente a Sandy y Cook, seguimos tu sugerencia de salir por la puerta trasera de la cocina y les dimos la vuelta a la emboscada. El enemigo ha sido neutralizado.
—¿Supervivientes enemigos?
—Ninguno.
—¿Bajas?
—Veinte tangos muertos y Rivera.
—¿Rivera?
—Tenía que quedarse con los civiles, pero cuando un tango se acercó sigilosamente a Ferranti, saltó a protegerlo. Le metieron un tiro en la cabeza.
—Eso requirió agallas. Quizá le tendieron una trampa, después de todo.
—Tal vez —murmuró Bozeman mientras me vendaba bien—. O tal vez lo mataron para que no pudiera delatarlos.
—Es posible —dije—. ¿Qué hay de los civiles?
—Todos los civiles están ilesos y a salvo en una habitación segura del sótano.
Trev los vigila. Mina coordina la respuesta de emergencia y trabaja en restablecer las comunicaciones.
Ferranti y Cooper han localizado y desactivado los explosivos de Shaw.
Reactivamos el sistema de defensa automatizado antes de venir. Lo tenemos bajo control, jefe.
—Nada mal para un día duro de curro —dije mientras me levantaba del suelo—. Hemos acabado. Vámonos.
—La Diosa no está en los cobertizos —informó King mientras él y Guzmán irrumpían.
—¿Dónde está Arthur Puto Astor? —preguntó Guzmán.
—Al otro lado de la mesa —dije mientras Bozeman me ayudaba a levantarme—. Muerto. Electrocutado.
—Ni de coña, jefe —dijo Guzmán mientras inspeccionaba detrás de la mesa—. No está aquí.
—Mierda —dije, y el alma se me cayó a los pies—. Tenemos que encontrar al cabrón, y rápido.