Capítulo treinta y ocho
Dash
Estaba casi listo cuando el universo se ralentizó para mostrarme la aterradora versión a cámara lenta de Athena abalanzándose sobre Arthur como la justa diosa cuyo nombre llevaba.
Mientras yo cortaba los últimos restos del plástico, ella se puso de pie de un salto.
Su puño se alzó en el aire. Un destello de acero brilló entre sus dedos.
Muévete, marine.
Mientras los ecos lejanos de los disparos aún resonaban en la noche, froté frenéticamente la daga contra las esposas. Todo lo que amaba, todo lo que atesoraba estaba en juego en ese preciso instante.
El brazo de Thena descendió a toda velocidad. Poniendo toda su fuerza en el golpe, clavó el cuchillo en la mano de Arthur. Lo hizo con tanta fuerza que la hoja le atravesó la mano y quedó clavada en la mesa.
Arthur chilló como una hiena moribunda. La sangre brotó a borbotones del dorso de su mano. Thena había alcanzado una de las arterias palmares. No era letal, pero sí doloroso. Incrustado en lo más profundo de su carne, el cuchillo se había quedado atascado entre los huesos. No podía quitárselo.
Separé las muñecas de un tirón. Crac. El último trozo de plástico cedió. Mis manos estaban libres al fin. La daga oculta que había logrado recuperar de mi bastón había cumplido su función. Había conseguido aferrarme a ella durante y después de las descargas torturantes.
Crac, crac, crac.
Shaw se plantó a dos metros delante de mí, disparando hacia la cabecera de la mesa donde Thena había estado de pie un segundo antes. Solo que ya no estaba allí. Se había lanzado detrás de la mesa para cubrirse. Salté del suelo y, rodeándole las piernas con los brazos, lo derribé.
Lo pillé por sorpresa. Su barbilla se estrelló contra el suelo y la carabina salió volando de sus manos.
Lo agarré por la parte trasera del chaleco táctico, lo volteé de un golpe y me monté a horcajadas sobre él.
Rápido como una víbora, intentó alcanzar mi arma.
Su mano se cerró como una tenaza alrededor de mi muñeca derecha, pero me negué a soltar la daga.
Mientras forcejeábamos por el cuchillo, lancé un manotazo con la otra mano.
Mis nudillos golpearon el mando rojo. El impacto lo desenganchó del chaleco.
La pequeña caja mortal voló por el aire, chocó contra la pared y cayó con estrépito sobre el parqué.
Presioné la mano izquierda contra la garganta de Shaw, lo inmovilicé y alcé la daga para asestar el golpe final.
El rugido de Arthur me hizo levantar la vista.
Al otro lado de la habitación, vislumbré a Thena en movimiento. Mientras corría, agarró el camafeo y tiró de la cadena. No cedió. Se lo pasó por encima de la cabeza y, con el camafeo en el puño, corrió hacia las puertas francesas. Apartó las pesadas cortinas de un tirón y atacó la cerradura.
Mi mirada voló hacia Arthur. Ahora estaba de pie a una distancia segura de ella. Se arrancó el cuchillo de la mano, levantó la mano ensangrentada y, agachándose para protegerse, apuntó el anillo hacia Thena.
—Muere, perra —rugió mientras abría de golpe la cabeza del anillo.
No.
Me apoyé en el chaleco de Shaw, me incorporé y me planté de rodillas. Cuadré los hombros con el objetivo, bloqueé la muñeca, pegué el codo al cuerpo y lancé la daga.
Voló por el aire girando en círculos perfectos: hoja, mango, hoja, mango…
—¡Cuidado! —advirtió Shaw.
Arthur se volvió hacia nosotros.
Plaf. La hoja se hundió en su hombro. No era el golpe letal que había buscado, pero fue profundo. Se tambaleó hacia delante con un grito. El brazo derecho le cayó inerte a un costado, al menos por un momento.
Para entonces, Thena había abierto de par en par las puertas francesas. El aire frío de la noche irrumpió en la habitación como un presagio de muerte. Arthur, iracundo, apoyó el brazo inerte sobre la mesa y lo apuntó hacia Thena de nuevo.
Le asesté un golpe en la cara a Shaw y me puse en pie de un salto. Me lancé a través de la habitación para derribar a Arthur. Agarré la empuñadura de la daga y se la arranqué. La sangre brotó de la herida. Fui a golpear de nuevo, pero una descarga me alcanzó.
Bzzzzzz.
Atrapado en la descarga eléctrica, me desplomé. Lo último que vi fue a Arthur pulsando el botón de su anillo.
Bum.
La casa se sacudió cuando golpeé el suelo. La electricidad cesó. La explosión iluminó la noche con una lengua de fuego e incendió parte del marchito jardín de invierno. Dentro del comedor, la onda expansiva agrietó los espejos y me cubrió de una lluvia de yeso.
¿Estaba muerta?
—Fríelo —ordenó Arthur, una gran sombra oscura cerniéndose sobre mí.
Los rayos me atravesaron. Mis nervios se convirtieron en una red de dolor abrasador. Mi cuerpo se transformó en un cable vivo, un conductor de electricidad, una versión de carne y hueso de una estación de alto voltaje, en llamas y a punto de estallar.
No tenía control sobre mis movimientos, ninguna voluntad propia. Los rayos me impedían recuperar el dominio de mi cuerpo y, sin embargo, por encima del zumbido doloroso, mi mente seguía repitiendo una sola palabra. Ahora, ahora, ahora. Tenía que ser ahora.
—¡Déjalo en paz, imbécil! —la voz de Thena atravesó el dolor.
La corriente se cortó. El dolor cesó de golpe.
¡Thena! Levanté la cabeza del suelo, pero no la vi.
Ahora.
Luché contra mis músculos rígidos, rodé boca abajo y clavé la daga en el pie de Arthur con toda la fuerza que pude reunir.
La hoja rasgó cuero y tela hasta encontrar carne.
El crujido de huesos y el grito del hombre fueron mi recompensa.
Más que ver, sentí movimiento detrás de mí.
Me aferré al mango de metal con todo lo que tenía.
Bzzzzzzzzzz.
La electricidad rugió en mis oídos, el sonido de mil millones de avispas picándome de la cabeza a los pies.
Mi cuerpo se convulsionó. La mano se me cerró en torno a la daga.
Los gritos de Arthur se cortaron. Se desplomó en el suelo.
Su pie vibró a la misma frecuencia que yo.
Y aun así, mi mano seguía aferrada a la empuñadura de la hoja.
La corriente fluyó de mi mano al metal y de ahí a su cuerpo, descargando a máxima potencia, casi acabando conmigo.
Juntos, Arthur y yo compartimos el dolor que él había reservado solo para mí.
—Mierda. —Shaw maldijo y apartó el dedo del botón.
De golpe, el dolor cesó.
Sabía lo que tenía que hacer, lo que tenía que obligar a mi cuerpo a hacer, pero estaba débil y dolorido y tardé en girarme boca arriba.
Vi a Arthur, despatarrado en el suelo junto a mí.
Tenía los ojos cerrados. Su pecho no se movía.
Que le jodan al cabrón. No merecía la muerte rápida que viene con un paro cardíaco.
Todavía sostenía la daga en la mano derecha, pero me costó horrores levantar la izquierda.
Tanteando la nuca, desabroché el collar y me arranqué el maldito trasto.
Los puntos donde los contactos habían tocado la piel me ardían como el infierno y el mundo me daba vueltas, pero ahora era libre.
Con un gruñido me incorporé. Se acabó la terapia de electrochoque para este soldado.
Con los ojos desorbitados, Shaw tiró el mando del collar, agarró la carabina del suelo y me apuntó.
—¡No! —Thena salió disparada de debajo de la mesa, agarró el carrito del pastel y lo empujó.
Cruzó la habitación a toda velocidad y golpeó a Shaw de lleno. Sus disparos se desviaron, bueno, excepto el que se me clavó directamente. El muslo me ardió como si estuviera en llamas. Jodidamente genial. Ya casi estaba curado. Daba igual. Una puta bala no iba a detenerme ahora.
Agarré la Colt del cinturón de Arthur y rodé debajo de la mesa.
Arrastrando la pierna ensangrentada, avancé a codazos bajo el mantel y dejé atrás los tacones abandonados de Thena.
La encontré agachada al otro lado. Mierda.
Lo único entre ella y las balas de Shaw era un mantel dorado y un montón de aire.
Agarré el borde de la enorme mesa y empujé.
Tuve que emplear toda mi fuerza, pero conseguí volcar el colosal mueble de lado.
Se deslizó un poco antes de estrellarse con un estruendo tremendo.
Todo lo que había encima se derramó al suelo.
La avalancha de platos, vasos, cubiertos y flores aterrizó al otro lado de la mesa volcada junto con Shaw y sus armas.
A este lado, Thena y yo nos pusimos a cubierto, junto con el cadáver de Arthur.
—Dash. —Thena me rodeó con los brazos.
Qué bien se sentía tenerla entre mis brazos, sentir su corazón latiendo contra el mío, pero seguía en peligro y eso significaba que mi trabajo distaba mucho de haber terminado.
—Sal de aquí. —La agarré por los hombros y señalé con la cabeza hacia las puertas francesas—. Busca un refugio donde nadie más que yo pueda encontrarte y quédate escondida hasta que vaya a buscarte.
Abrió la boca para protestar.
—Pero...
—Yo me encargo —revisé el cargador y encontré cinco míseras balas—. Mantente agachada y corre. —Volví a colocar el cargador y metí una bala en la recámara—. Por favor, déjame hacer esto por ti. Necesito hacer esto por ti. Por Nix también.
Vaciló, pero las motas de diamante en sus iris se encendieron con esa clase de amor y comprensión tan raros por los que un hombre como yo mataría.
—Ni se te ocurra morirte. —Me plantó un beso rápido en los labios—. Y no me hagas esperar.
—Entendido, cariño. —Le apreté la mano y levanté el arma—. Voy a darte cobertura. Cuando termine, te quedarán dos balas. ¿Entendido?
—¿Y tú? —preguntó con el ceño fruncido.
—Voy a recuperar mi Glock ahora mismo. —Le dediqué una sonrisa feroz.
El miedo brilló en sus ojos, pero asintió.
—Confío en ti.
Eran exactamente las palabras que necesitaba oír de ella.
Me asomé y vi a Shaw incorporándose mientras luchaba por desenredarse del carrito, medio cubierto de pastel. Lo primero es lo primero. Apunté al mando rojo que yacía en el suelo a unos metros de él y disparé.
Plink.