Epílogo
Thena
La noche estaba muy avanzada y, con la luna nueva, más allá del ventanal de mi dormitorio, las estrellas se habían apoderado del cielo.
Brillaban contra la oscuridad, duplicando su resplandor en las aguas tranquilas del lago.
Las estrellas, solía decir mi madre, adoraban presumir y contemplarse en el espejo.
Pues bien, esta noche estaban dando todo un espectáculo.
Calentita bajo las mantas, recostada sobre el lado sano de Dash, escuchaba cómo su corazón cantaba una melodía de vida y fuerza, de pasado y presente, de sueños perdidos y recuperados. Y aun así, no podía dormir. La vieja canción seguía repitiéndose en mi cabeza.
Somos las hermanas Astor,
hermanas sin igual.
Aguanta, resiste,
y no te sueltes jamás.
Alargué la mano y cogí el pequeño marco de mi mesita de noche antes de volver a recostarme contra el costado de Dash.
Contenía una vieja fotografía que había impreso de mi archivo digital.
En ella aparecíamos Dash y yo, Nix, Cece, Affie y Missy, con nuestro equipo de invierno y nuestras raquetas de nieve, riendo al pie de Bear Mountain.
Pasé el dedo por la fotografía. Allí estaba capturada mi vida, mis amores, mi mundo. Nix se había ido. La tristeza me oprimió el pecho, pero aún albergaba la esperanza de poder reconstruir mi familia y reunirme con mis hermanas, como había hecho con Dash.
Abracé la fotografía contra mi pecho. Mi mirada se perdió en el cielo, buscando señales de un futuro que no podía ver. Enmarcado por el ventanal, el Cinturón de Orión brillaba en toda su majestad.
¿Estarían mis hermanas contemplando el mismo cielo en este preciso instante?
—Deberías estar descansando —dijo Dash.
Su aliento me rozó la coronilla mientras su mano acariciaba mi espalda desnuda.
—¿Te cuesta dormir?
—Un poco.
Levanté la cabeza y contemplé su apuesto perfil.
—Ojalá tuviera el don de mi madre para leer las estrellas. Así sabría con certeza si están vivas.
Me besó en la frente y posó su mano sobre la fotografía que yo sostenía.
—Yo también las echo de menos.
—Me pregunto dónde estarán —susurré—. Si están bien. Si son felices o se sienten solas. Si han encontrado su lugar en el mundo.
—Son muchas preguntas para una sola mujer, sobre todo para una que debería estar descansando.
—Mira quién fue a hablar.
Le di un beso en la barbilla.
—Tú también deberías estar descansando.
—Los dos pensamos demasiado —admitió—. No hay descanso para quienes buscan.
Unas semanas después del desastre de mi cumpleaños, el invierno había afianzado su dominio sobre Wyoming.
Por suerte, habían despejado de nieve y hielo el camino de entrada a Casa Astor, y Dash había vuelto a casa del hospital.
Los médicos nos habían advertido de que, aunque su pierna estaba empezando a sanar de nuevo, quizá tendría que lidiar con una cojera el resto de su vida.
Esto no había amedrentado a Dash. Les había dicho a los médicos que tenía todo lo que necesitaba: su bastón, su equipo y a mí.
En cuanto a mi herida, estaba sanando bien. Apenas me dolía ya. El mejor indicador de salud para nosotros había sido hacer el amor esa misma tarde. Había sido otra primera vez para nosotros: cuerpos magullados y almas heridas que encontraban alegría y liberación en los brazos del otro.
Incluso heridos, los verdaderos amantes siempre encuentran la manera.
Como la directora ejecutiva que era, había estado siguiendo los acontecimientos en el Grupo Astor, aunque continuaba haciéndolo disfrazada de Dash.
Monique y Paolo habían vuelto al trabajo.
Dash seguía sin tenerles mucho aprecio, pero teníamos demasiadas cosas entre manos y necesitábamos ayuda.
Les habíamos dado una versión resumida de los acontecimientos en Casa Astor.
Les dijimos que Arthur había intentado matarnos para heredar la fortuna Astor, lo cual no era mentira.
Paolo se había sorprendido un poco, pero Monique no.
Nos había recordado que Arthur nunca le había caído bien y que siempre había sospechado que intentaba perjudicar a mi padre.
En ese sentido, la Dama Dragón había tenido razón.
Dash y yo omitimos la parte del NWO, el asesinato de mi padre y el intento de envenenarme. Esos detalles nos los guardamos.
En cuanto a Jorge Rivera, los viales dieron positivo en las sustancias que mataron a mi padre y me enfermaron a mí.
Aún hoy me costaba creer que se hubiera unido a Arthur, Drew y el Nuevo Orden Mundial.
¿Había sido Jorge inocente o lo habían incriminado?
¿Murió defendiéndonos o lo mataron para que no pudiera soltar prenda sobre el NWO?
Estas eran solo algunas de las muchas preguntas que seguían sin respuesta.
BB, Druid y Elite estaban investigando el NWO y a Li. Era un trabajo conjunto con Equipo Rastreador, sobre todo porque Trev pasaba mucho tiempo en Casa Astor, gracias a cierta adorable hacker que lo tenía completamente cautivado.
A juzgar por los ciberataques que bombardeaban nuestros sistemas y la carta que habíamos recibido por correo poco después del ataque, Li y el NWO nos tenían en el punto de mira tanto como nosotros a ellos.
El sobre había llegado misteriosamente a la sede del Grupo Astor sin remitente.
Por suerte, Dash había tomado precauciones para detectar este tipo de amenazas.
Detectaron la misiva, la aislaron y la estudiaron en el laboratorio de BB antes de abrirla.
Como era de esperar, el análisis posterior no reveló huellas dactilares ni ADN, ninguna pista útil.
La elegante tarjeta de lino contenía solo unas pocas frases impresas con una caligrafía ornamentada:
No hay tregua para los malditos. Consideraos muertos. Pronunciad mi nombre y veréis vuestro mundo arder aún más rápido. No lo dudéis. Vuestra estirpe será exterminada de la faz de la tierra.
Encantador tipo, el Sr. Li. Lo teníamos localizado, pero aún no teníamos pruebas que lo conectaran con Arthur, y Li seguía atrincherado y bien protegido en su sede de Singapur.
Por ahora, lo teníamos bajo estrecha vigilancia.
Había muchas pistas que seguir y mucha materia gris trabajando en ello.
Estábamos decididos a atraparlo antes de que él nos atrapara a nosotros o a mis hermanas.
La carrera había comenzado.
Dash y yo habíamos decidido convertir Casa Astor en la base de operaciones de Equipo Rastreador.
Una vez localizados y retirados los explosivos de Drew, el equipo había reforzado el sistema de defensa automatizado, implementado nuevas protecciones antiinterferencias y añadido capas de seguridad adicionales.
Tenía sentido. La casa nunca había sido un verdadero hogar, pero al menos ahora tenía un propósito.
Era nuestra fortaleza, el único lugar donde Li y sus secuaces no podían alcanzarnos.
Como aún no sabíamos qué buscar, no habíamos encontrado aquello que Li necesitaba recuperar, pero la búsqueda continuaba.
Mientras tanto, Casa Astor era lo bastante grande para ofrecer alojamiento y espacios de trabajo cómodos a Equipo Rastreador, y estaba protegida según las especificaciones de Dash.
También albergaba grandes esperanzas para ella.
Quizá algún día, cuando terminara el invierno y los jardines volvieran a florecer con rosas, pudiéramos transformar esta casa en un hogar.
Podría suceder, sobre todo si mis hermanas regresaban y pequeños Daggers correteaban por los terrenos, montaban a caballo en el bosque y nadaban en el lago, como solíamos hacer de niñas.
Estaba segura de que, desde su lugar entre los ángeles, Nix aprobaba mis sueños.
El equipo Tracker seguía volcado en la búsqueda urgente de mis hermanas. Dash, yo, los chicos y Mina, todos nos dejábamos la piel para encontrarlas. Y precisamente de Mina, la oímos chillar mucho antes de que llegara a nuestro dormitorio.
Armaba tanto escándalo que, para cuando irrumpió por las puertas como un tornado humano, yo había logrado ponerme la bata y Dash se había puesto el pantalón del pijama. Se plantó con el bastón en una mano y la Glock en la otra, preparado, siempre preparado.
—Tengo algo —dijo Mina, dando saltitos, con la tableta apretada contra el pecho, como si fuera a estallar.
—¿Qué es? —Dash dejó el arma—. ¿Es suficiente para montar una misión?
Me quedé muy quieta junto a la cama, al lado de la ventana, con la foto apretada contra el pecho, sin atreverme a albergar esperanzas. Ni a respirar.
—Juzga tú mismo —le lanzó la tableta.
Dash la atrapó y, con el bastón bajo el brazo, deslizó el dedo por las pantallas.
Mina cruzó los brazos y golpeteó el suelo con el pie, impaciente por que Dash leyera lo que había encontrado.
Yo me quedé allí clavada, como sostenida por hilos invisibles, mordiéndome el labio, suplicando a mi corazón desbocado que se calmara.
—Buen trabajo, Mina —dijo Dash por fin—. Mañana salimos de caza.
Alzó los puños en señal de victoria.
—Houston, tenemos ignición.
Me obligué a formular la pregunta.
—¿A quién has encontrado?
—Explícaselo tú, jefe —Mina recogió la tableta de la cama—. Tengo trabajo que hacer, pero estamos en marcha. Sayonara, chicos. Igual podríais conseguirme un trofeo mañana. Me encantan los trofeos.
Se fue tan de repente como había llegado, cerró la puerta tras de sí y se llevó todo el aire de la habitación.
Me di la vuelta y, abrazándome a mí misma, me quedé mirando el ventanal que daba al frente de mi torre.
Tenía la garganta del tamaño de una pajita.
No podía pensar. Ni hablar. ¿Sería cierto?
¿Había encontrado Mina a una de mis hermanas?
—Eh —Dash se acercó apoyado en el bastón y se colocó detrás de mí. Me rodeó la cintura con los brazos y apoyó la barbilla sobre mi cabeza—. ¿Dónde estás? Vuelve conmigo.
—Estoy aquí —murmuré—. Es solo que...
—No me creíste cuando te dije que las encontraríamos.
—Claro que te creí. Me diste tu palabra y sabía que pasaría. Pero ahora está pasando. Por fin tenemos un rastro que seguir.
—O tres.
—¿Tres? —lo miré boquiabierta—. ¿Tenemos tres rastros que seguir?
—Abróchate el cinturón, Diosa —sus ojos brillaban con la misma esperanza que latía en mi pecho—. Nos espera una aventura de las buenas.
—Estoy lista —nuestros labios se encontraron para celebrar el fin de la añoranza y la espera, y también el comienzo de nuestra búsqueda y nuestra nueva vida juntos—. Estoy más que lista.
Cuando terminó el beso, noté la tensión en su frente.
—Pareces preocupado.
—Preocuparme es lo mío —miró por la ventana—. Todavía andamos escasos de operadores y no puedo dejaros a ti y a la Casa Astor desprotegidas. Así que mañana tendré que elegir a tres operadores del equipo para investigar cada rastro.
—Tomarás la decisión correcta —dije, con la esperanza burbujeando en mi pecho.
Ojalá pudiera convertir mi esperanza en certeza. Ojalá pudiera saber, con seguridad, que las pistas que Mina había encontrado me llevarían hasta mis hermanas, hasta mis hermanas vivas, sanas, listas para volver a casa.
Por favor, estad vivas. Apreté la foto entre mis manos. Necesito que todas estéis vivas.
Mis ojos se dirigieron al cielo. En el punto más estrecho del cinturón de Orión, dos estrellas brillantes estaban conectadas por un tenue haz de luz.
¿Conectadas?
Dash y Thena, susurró mi voz interior. Unidos para siempre.
Parpadeé varias veces. ¿Qué estaba pasando?
Me froté los ojos y volví a mirar al cielo. En los confines de la constelación, tres estrellas más aparecieron, una tras otra. Estaban separadas entre sí, pero brillaban mucho más que el resto.
Cece. Affie. Missy, susurró de nuevo mi voz interior.
—Eh... ¿Dash?
—¿Qué pasa, cariño?
—Los rastros de Mina son sólidos —las palabras me salieron a duras penas, sorteando el nudo de emoción que me atenazaba la garganta—. Y mis hermanas están vivas. Lo sé con certeza.
Me hizo girar para que lo mirara y me interrogó con los ojos.
—¿Cómo?
Giré la cabeza y señalé hacia Orión.
Arqueó las cejas, sorprendido.
—¿En serio?
—En serio.
Volví a estudiar Orión, brillante contra el lienzo de una noche de invierno despejada.
Me sorprendió ver que tres estrellas más aparecían dentro de la constelación.
Tenues haces de luz se extendían desde cada nueva estrella hasta cada una de las estrellas de mis hermanas.
A diferencia del primer vínculo, estos rayos titilaban.
Potencial, anunció mi susurro interno, elecciones no realizadas. Tres nombres más resonaron en mi cabeza, todos familiares.
—Oh, Dios mío —suspiré.
Dash me observó de perfil.
—¿Qué pasa?
—Conexiones —murmuré—. Posibilidades. Quizás incluso probabilidades. Estas eran las señales que mi madre buscaba en las estrellas. Sé quién va con quién.
Frunció el ceño.
—No te sigo.
—Sé qué miembro de tu equipo debe buscar a cada una de mis hermanas.
Se echó hacia atrás.
—No estás bromeando, ¿verdad?
—Nunca he estado tan segura de nada. —No podía apartar la mirada del cielo—. Parece que al final sí tengo el don de mi madre para leer las estrellas.
—Pero... ¿cómo? —preguntó Dash con la voz ligeramente ronca—. ¿Y por qué ahora?
—¿Quién sabe? —Las estrellas solo ofrecían pistas—. Quizás el talento estaba esperando a que lo necesitara, a que le abriera mi corazón de verdad para poder funcionar. O tal vez esto, nosotros, estar juntos, sea lo que alimenta mi don.
—Vaya. —Me acunó en sus brazos—. Mi mujer puede leer las estrellas.
—¿Entonces me crees? —pregunté.
—Conocí a tu madre —dijo Dash—. Y te conozco a ti. Siempre ha habido magia en ti.
Besé al hombre que me había regalado una nueva vida, esperanza renovada y confianza en mí misma.
Juntos, miramos hacia el cielo. Acaricié mi anillo y sentí la pequeña daga grabada en el interior del aro rozando mi piel.
Arropada en sus brazos, aún aferrada a la fotografía, recordé otra cosa que mi madre me había enseñado.
La luna nueva, invisible en el cielo aquella noche, siempre había sido un buen augurio para ella. Ofrecía las mejores vistas de las estrellas y era señal de esperanza, renovación y redención en los universos en constante cambio donde nuestras almas aprendían y amaban.
Y así, aquella noche, comenzamos de nuevo.
—Cece, Affie, Missy —susurré—. Aguantad. Vamos a por vosotras.
Fin