Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo treinta y cuatro
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Capítulo treinta y cuatro

Dash

—Dash, por favor. ¡Despierta! —Los sollozos de Thena me arrancaron de la noche.

Cuando logré abrir los ojos, las botas de Shaw titilaban en mi campo de visión. Tenía la mejilla pegada al suelo. Las muñecas esposadas a la espalda y la habitación daba vueltas a mi alrededor. Estaba en el carrusel del infierno.

Me obligué a pensar. Debía de llevar inconsciente unos minutos. Tiré de las muñecas y confirmé que Shaw había aprovechado el tiempo para ponerme bridas. Maldije para mis adentros, parpadeé para despejar la niebla de los ojos y forcé a la habitación a dejar de girar.

—De rodillas. —Un tirón brusco me puso de rodillas.

El aire me rozaba la piel expuesta del pecho. Bajé la vista y vi que me habían desgarrado la camisa. Algo me rodeaba el cuello. No podía verlo, pero lo sentía.

El temblor en la voz de Thena me devolvió del todo a la realidad. —¿Qué le has puesto?

—Es una sorpresa. —Las risitas de Arthur me sacaban de quicio—. Te enseñaré cómo funciona en un momento.

Sacudí el dolor que me apretaba y estiraba el cráneo como un acordeón, levanté la cabeza y escudriñé la habitación en busca de armas.

Un golpe seco en la nuca me reveló que la Beretta de Shaw estaba lista para disparar.

Una mirada hacia atrás me mostró también su carabina cruzada sobre el pecho y mi arma metida en su funda.

Quería la Glock en la mano y al equipo cubriéndome las espaldas.

Giré la cabeza y entrecerré los ojos para escudriñar la habitación. A la derecha de Thena, Arthur estaba plantado con las piernas firmes. Entre su Colt y yo se interponían mi silla abandonada, la colosal mesa del comedor y el carrito de postres con los restos del pastel destrozado.

Todo encajó de golpe. Así era como Shaw había metido de contrabando el arma de Arthur en la casa. Probablemente había creado una distracción mientras Cook decoraba el pastel y la había aprovechado para colar el arma.

Desde la creación del Equipo Rastreador, había tenido un caballo de Troya infiltrado entre nosotros todo el tiempo.

Shaw había sido una bomba de relojería esperando el momento perfecto para estallar.

También había filtrado información a Arthur y sus matones.

Eso explicaba la emboscada en la carretera secundaria camino del aeropuerto.

¿Había más traidores en mi equipo?

Luché contra las oleadas de vértigo y las ganas de vomitar. Lo que sucediera a continuación me diría si el Equipo Rastreador había sido comprometido aún más. Si Shaw tenía más cómplices entre mi gente, vendrían a ayudarlo. Hoy era la prueba de lealtad definitiva del Equipo Rastreador.

Tiré de las bridas de plástico otra vez.

No cedieron. Ignorando el dolor de cabeza palpitante, levanté la barbilla en gesto desafiante.

La mirada fulminante que le lancé a Shaw debería haberlo reducido a cenizas.

Pero no hubo suerte. Nada como un topo en tu equipo para joder una operación y que maten a tu gente.

—No te hagas el héroe, Dashiell. —Arthur esbozó una sonrisa petulante—. Si intentas algo, Thena muere de forma instantánea y espantosa, y todos en esta casa se van directos al infierno.

—Deja de mariconear y ve al grano, capullo. —Me estaba hartando de las sonrisitas de Arthur y del humor violento de Shaw—. ¿De qué coño hablas?

Arthur ensanchó su irritante sonrisa. —El camafeo que lleva Thena es un dispositivo explosivo muy potente que yo controlo.

Se me helaron las entrañas y la sangre se me coaguló en las venas. En ese instante, debí de envejecer cien años. El peso de aquella cosa me había hecho dudar. El instinto me había alertado del peligro. ¿Por qué no le había disparado al bastardo en ese momento?

Por el momento, mantuve la boca cerrada y el rostro inexpresivo.

—En cuanto a Casa Astor... —La forma en que Arthur meneó sus cejas enmarañadas me advirtió de que la situación iba a pasar de mala a crítica—. Tu colega Shaw tuvo todo el tiempo y el acceso del mundo para hacer lo suyo. La ha cableado para que explote cuando y si yo quiero.

***

Thena

La sangre me abandonó el rostro y no sentía las extremidades. Estábamos atrapados. Tenía miedo, pero también estaba furiosa: furiosa por el brutal golpe que Dash había recibido de Drew, enfurecida con los hijos de puta que me usaban como cebo, con los traidores entre nosotros.

Pero era la visión del arma de Drew clavada en la cabeza de Dash lo que me mantenía el pulso desbocado.

Me latía en las sienes tan rápido y fuerte como la sangre que me rugía en los oídos.

Me costaba pensar. Ahora más que nunca tenía que confiar en mi ingenio para asegurarme de que sobreviviéramos a mi malvado tío.

Respiré hondo y mantuve los ojos fijos en Dash.

Estaba de rodillas, de cara a nosotros. La expresión se le había endurecido hasta quedar vacía.

La mandíbula se le había convertido en piedra.

Un hilo de sangre le goteaba de la oreja.

Los ojos le ardían con furia explosiva, pero cuando se posaron en mí, se suavizaron, transmitiendo calma, cautela y oleadas de afecto reconfortante.

Podría parecer derrotado, pero yo conocía el temple de aquel hombre mejor que nadie. Estaba planeando, calculando, recalibrando.

—¿Tengo tu atención ahora? —le preguntó el tío Arthur a Dash con su tono chirriante.

—Tienes toda mi atención —gruñó Dash.

—Bien. —Exhibió su sonrisa maliciosa—. El camafeo que lleva mi querida sobrina funciona como un chaleco bomba. Este es el detonador del explosivo que lleva encima.

El Imbécil se inclinó hacia delante y mostró el anillo Astor que llevaba para que Dash pudiera verlo. El tío Mierda levantó la piedra negra plana con sus iniciales y señaló. —Si pulso esto —dijo, jugueteando con el diminuto botón del interior—, Thena hace... ¡bum!

Di un respingo en la silla. El corazón casi se me salió del pecho. El miedo, Dios, amenazaba con matarme antes que la bomba. Fulminé con la mirada a mi pedazo de mierda de tío. Lo odiaba por aterrorizar nuestras vidas. Me detestaba a mí misma por permitírselo.

—Pobre Thena. —La bestia se burló de mí con una mueca, como si fuera tonta, estúpida e indefensa, que lo era, lo último, no lo primero—. No querrás que acabe salpicada por todo el elegante comedor de su padre, ¿verdad?

—No le pasará nada. —Dash me sostuvo la mirada—. Te lo juro.

Bendito fuera, incluso atrapados como estábamos, seguía volcado en mí y en mi seguridad. Pero ¿y en la suya?

—No dejes que el cabrón te altere —dijo Dash, fulminando con la mirada a mi pútrido tío antes de mirarme a los ojos—.

Tu camafeo no activó la alarma al pasar por los escáneres, y he tratado con suficientes artefactos explosivos improvisados como para saber que es demasiado pequeño para llevar una carga que haga daño.

Sabía lo que Dash estaba haciendo. Sondeando, evaluando, sacándole información al Señor Malvado.

—El dispositivo explosivo del camafeo es el trabajo más reciente de una de las mejores mentes de Al Qaeda —dijo el bruto—. Está cargado con PETN. ¿Te suena?

—Me suena —el tono de Dash se mantuvo firme—. Es el mismo agente que usaron los terroristas de la bomba en el zapato y en la ropa interior hace siglos. Fracasaron.

—Es el mismo agente —admitió el bastardo—.

Solo que lo han mejorado muchísimo. También tiene un detonador láser actualizado, así que solo tengo que apuntar y pulsar el botón.

Tus escáneres no lo detectaron porque está oculto en una carcasa de titanio.

Puede que no baste para volar toda la habitación, pero hará pedazos a Thena. Cambios pequeños pero significativos.

Dash no respondió, pero la forma sutil en que entrecerró los ojos me indicó que el mecanismo era más avanzado y letal que sus predecesores.

—En cuanto a la casa —sonrió el Tío Mierda—. Muéstrale que hablas en serio, Shaw.

Drew señaló el detonador enganchado a su chaleco táctico, una caja roja que colgaba junto a otra pequeña caja rectangular, esta blanca.

—Vaya colección de mandos a distancia que tienes —se burló Dash, sin salir de su modo de evaluación de amenazas—. Si pulsas el equivocado, todos volamos por los aires, incluido tú.

—Sé cuál es cuál —dijo Drew.

Sin previo aviso, pulsó el botón de la caja blanca.

Buzzzz.

El collar alrededor del cuello de Dash se iluminó.

Su cuerpo sufrió un espasmo, una reacción horrible y refleja.

La repentina descarga de electricidad zumbó en la habitación y me recorrió el cuerpo.

La sacudida duró tres segundos, no más, antes de que Drew parara, y aun así el dolor tensó la espalda de Dash y le atravesó la mirada.

—¡Dios mío! —graznó con la garganta cerrada—. ¿Qué es eso?

—Eso, querida mía, se llama collar de descarga —dijo Arthur—.

Es un dispositivo de entrenamiento diseñado originalmente para perros rebeldes.

Este me lo consiguieron mis amigos de Irán, donde lo usan a menudo con prisioneros políticos y rehenes.

Es capaz de infligir un dolor agonizante y está diseñado para administrar suficiente electricidad como para freírle el sistema nervioso a tu amorcito si así lo deseo.

El terror volvió a recorrerme el cuerpo y se me instaló en los huesos. Cerré las manos atadas en puños.

—No puedes hacer esto. ¡Es cruel! ¡Bárbaro! ¡Inhumano!

—De eso se trata —las carcajadas del hombre rezumaban malicia—. De ahora en adelante, Dashiell es mi perro y hará lo que yo diga.

La mirada de Dash se clavó en mi tío, rebosante de desafío, una furia tan profunda y ardiente que le oscureció los iris marrones hasta convertirlos en pozos de obsidiana.

—Cobarde —escupió Dash.

Se giró sobre las rodillas para encarar a Drew.

El imbécil pulsó el botón de nuevo.

Buzzzzzzz.

Dash convulsionó en el suelo, retorciéndose como un pez fuera del agua.

—¡Para! —grité, forcejeando con las ataduras sin poder liberarme—. ¡Por favor, para!

—Ya basta por ahora, Shaw —dijo el Tío Mierda.

Como Drew no paraba, mi tío ladró:

—¡He dicho que basta!

Drew apartó el dedo del botón con cara de satisfacción. Maldito fuera. Pensar que una vez creí que era amigo de Nix. Dash yacía en el suelo, jadeando con fuerza, las extremidades aún temblándole.

—¿Dash? —aventuré—. ¡Dash! ¿Estás bien?

Con un gruñido, parpadeó para sacudirse los efectos de las descargas.

Lenta, dolorosamente, se incorporó del suelo y volvió a ponerse de rodillas.

Dash era duro y fuerte. Podía aguantar mucho dolor, pero con las manos atadas a la espalda, el collar de descarga asegurado alrededor del cuello y Drew armado hasta los dientes y con ganas de castigar, no tenía ni idea de cómo íbamos a salir de esta.

—Déjame matarlo —Drew aferró la pistola con más fuerza—. No lo necesitamos.

—¿Ves a estos dos? —el Tío Mierda movió el arma señalándonos a Dash y a mí—. Son como Romeo y Julieta. Llevan enamorados desde siempre. No hay nada que uno no hiciera por el otro. Él es la razón por la que ella nos dará lo que queremos. Ella es la razón por la que él no te despedazará.

—Es demasiado peligroso —insistió Drew, inquieto.

—Shaw es un maldito pedazo de mierda —intervino Dash—. Pero está diciendo la verdad.

Drew pulsó el maldito botón. Buzz. Buzz. Buzz.

Tiré de las esposas, ignorando el plástico que me mordía la piel, y grité:

—¡No!

Dash convulsionó con cada sacudida, pero de algún modo logró mantenerse en su sitio.

—Dile que pare —grité, clavando las uñas en la madera—. ¡Dile!

—¿Shaw? —el Tío Mierda puso los ojos en blanco—. ¿Qué te dije?

—Me saca de quicio —gruñó Drew, pero al menos apartó el dedo del mando blanco—. Dile que deje de tocarme los cojones.

—Lo hará —mi tío volvió a centrar la atención en un jadeante Dash—.

Por fin, un Astor ha domado a Dashiell Dagger, aunque no fue el poderoso Richard.

El bastardo debe de estar echando humo en su tumba.

Apuesto a que le habría encantado ponerte un collar cuando vivías bajo su techo y descarriabas a sus hijos.

Permíteme recordártelo: no jodas con Shaw ni conmigo, a menos que quieras morir.

—Claro, me portaré bien —jadeó Dash con el pecho agitado—. Pero no vas a pulsar el botón del anillo ni a volar la casa.

—¿Por qué no?

—Porque si lo hicieras, tú y tu ayudante el de la polla diminuta también moriríais —Dash esbozó una sonrisa escalofriante—. Cabrones como vosotros tenéis un fuerte apego a la vida. Los dos queréis sobrevivir con las pelotas intactas.

Drew gruñó, pero Arthur levantó la mano y lo detuvo antes de que volviera a pulsar el botón.

—Los muertos no pueden firmar documentos legales, ¿verdad?

Documentos legales. ¿Qué quería decir eso?

Dios mío. Mi tío iba a obligar a Dash a firmar para cederle la fortuna Astor antes de matarnos. Miré a Dash. Asintió sutilmente. Lo sabía.

Tenía que desbaratar el plan de este hijo de puta, y tenía que hacerlo ya.

—¿Por qué haces esto? —le pregunté a mi despreciable tío—. ¿Qué quieres?

—Cosas —curvó los dedos y se examinó las uñas—. Vosotros dos me las daréis.

—Te daré lo que quieras —respiré hondo—. Pero tienes que soltar a Dash.

—Oh, no, querida —mi jodido tío cogió la copa de champán más cercana y apuró lo que quedaba—. Vosotros dos no tenéis el lujo de negociar conmigo.

Era cierto, pero aun así tenía que intentarlo.

—No te ayudaré a menos que Dash y su equipo queden libres.

—¿Es tu extraña manera de pedirme que le fría el cerebro a tu novio otra vez?

Se me hundieron los hombros.

—Haré lo que quieras, pero no le hagas más daño.

La mirada del tío Mierda era triunfante, fría y llena de odio. Se me erizó la piel. En el fondo, sabía que ya había tomado su decisión. En cuanto consiguiera lo que quería de Dash y de mí, iba a matar a Dash y a asesinarme… lentamente.