Capítulo treinta y cinco
Dash
Apreté los dientes e intenté con todas mis fuerzas no hacer nada que pudiera comprometer la vida de Thena.
Estar atado, con un collar al cuello y recibiendo descargas eléctricas ponía a prueba mi autocontrol.
El miedo que vi en sus ojos me hizo hervir la sangre y avivó mi rabia.
A pesar de todas las precauciones, de toda la planificación y previsión, el enemigo había logrado infiltrarse en mi fortaleza, colocar un artefacto explosivo en Thena, cablear la casa y ponerme un collar como a un maldito animal.
Bien hecho, Dagger.
En el fondo de mi mente, esa sensación familiar de fracaso se agitó, el fantasma que me perseguía.
Un agujero negro se abrió ante mí, la misma oscuridad que casi me había engullido cuando le fallé a Nix.
Pero no podía sucumbir al fracaso, no ahora, nunca.
Mi equipo seguía ahí fuera y estaba seguro de que intentaban averiguar cómo ayudarnos.
Me obligué a visualizar el resultado que necesitaba.
Thena estaría viva cuando terminara con esto, aunque me costara la vida.
Arthur me fulminó con la mirada. Se había esforzado mucho por labrarse una reputación como el hermano «bueno», el predicador afable y algo corto de luces que amaba a todo el mundo y hacía buenas obras por el planeta.
Menuda sarta de gilipolleces. Mientras tanto, si no me equivocaba, había estado construyendo su propio imperio, uno que superaba los niveles de malignidad global de Richard, y eso ya era decir mucho.
—Thena —Arthur alcanzó una botella y se sirvió otra copa de champán—. Necesito que le digas al Equipo Rastreador que evacúe la casa y desactive los sistemas de defensa automatizados.
—¿Por qué iba a hacer eso? —pregunté.
—Mi dulce sobrina no quiere mancharse las manos de sangre —Arthur hizo una pausa para saborear el miedo de Thena—. Además, si no me obedece, pasará esto.
Arthur curvó dos dedos en el aire.
El collar se apretó alrededor de mi garganta, me cortó el aire y se me clavó en la piel. Otra descarga eléctrica me golpeó como un rayo. El dolor se extendió por mis nervios, agudo y ardiente, me tensó los músculos y convirtió mi cuerpo en una masa de agonía.
Apreté los dientes, incapaz de hacer otra cosa que abrazar el dolor, sentirlo recorrerme y esperar a que terminara.
Los segundos se convirtieron en años. Los años se convirtieron en siglos.
Los gritos de Thena se filtraron a través del zumbido constante en mis oídos.
Una luz blanca destelló detrás de mis párpados y sobrecargó mi cerebro hasta que solo existió el dolor.
El corazón me dio un vuelco en el pecho.
No podía morir todavía. Todavía no. No mientras Thena fuera prisionera de Arthur. Tampoco podía perder el conocimiento. No podía dejarla sola.
El dolor cedió.
Jadeo, jadeo, jadeo. Era un sonido desesperado y salía de mí.
Era lo único que podía hacer durante un buen rato.
Me encontré desplomado en el suelo otra vez.
Me dolían los dientes. La sangre me inundaba la boca.
Cada músculo del cuerpo me dolía. Aspiré más aire y, resoplando como una mula reventada, aflojé la mandíbula y abrí los puños mientras obligaba a mi cerebro a funcionar.
Collar. Esposas. Armas. Bombas. Camafeo explosivo. Habían amontonado demasiadas formas de morir en esta habitación.
—No me subestimes, Dashiell —me sermoneó Arthur como un predicador desde el púlpito—. ¿Quieres que tus amigos mueran?
No quería que ninguno de los míos muriera, pero me resultó revelador que Arthur quisiera al equipo fuera de la casa.
Entendí que así sus posibilidades eran mejores.
También comprendí que, si iba a obligarme a cederle la fortuna de los Astor, querría proteger sus activos, incluida la casa.
Pero su plan iba más allá. Quizás la teoría que había compartido con Trev era correcta.
¿Había algo en esta casa que Arthur necesitaba?
También quería el sistema de defensa automatizado desactivado.
Eso solo podía significar una cosa. Tenía hombres esperando cerca para reforzar su control sobre la casa y sabía que una fuerza de asalto fracasaría contra nuestro sistema.
Si Arthur conseguía sacar a mi equipo de la casa de un plumazo, se haría con ella y…
Culpé a las descargas eléctricas de no haberlo visto antes. Arthur quería que mi equipo «evacuara» no solo la casa, sino el planeta. Si iba a presentarse como el heredero legítimo de los Astor, mantener su tapadera y expandir su influencia, no podía permitirse testigos de los asesinatos de hoy.
Conociéndolo, ya tenía una coartada preparada para los asesinatos, una que ocultaba su participación.
Él y Shaw iban a ser los únicos supervivientes de un ataque brutal a la Casa Astor.
Sin testigos. Todos los que estuvieran en la casa y no formaran parte de su conspiración tenían que morir hoy para que Arthur y sus cómplices pudieran seguir adelante.
Eso significaba que había preparado una emboscada para mi equipo. Iba a matarlos a todos de golpe. Volar la casa era una medida de contingencia para obligar a mi equipo a marcharse. Asesinarlos era el verdadero objetivo.
No iba a permitir que eso ocurriera. De algún modo, tenía que alertar al equipo.
—Levántate —Arthur se puso de pie, agarró un cuchillo de carne del carrito de postres y cortó las esposas de Thena—. Necesito que transmitas mis órdenes al Equipo Rastreador. Eso incluye al francotirador que se esconde ahí fuera.
Thena abrió los ojos de par en par y su mirada voló de él a mí.
—Sí, sé que está ahí —dijo Arthur—. No te preocupes. Es por su propio bien.
Y una mierda.
Las bridas de plástico seguían rodeándole las muñecas a Thena, pero al menos ya no tenía las manos atadas a la silla.
Había forcejeado contra ellas con tanta fiereza que ya se le habían formado cardenales en la piel y pequeños cortes le cubrían las muñecas.
Arthur la levantó bruscamente. Cuando Thena se resistió, la zarandeó con violencia.
—Déjala en paz, cabrón abusón —solté—. Ella no puede ayudarte. No tiene los códigos de mando. Soy el único que los tiene. El equipo solo acepta órdenes mías.
Planté un pie en el suelo y, con un gruñido, me impulsé para levantarme, desafiando no solo mi cuerpo agarrotado, mis músculos doloridos y el muslo que me gritaba de dolor, sino también la Beretta de Shaw.
—Lo haré yo —me mantuve en equilibrio sobre mis piernas temblorosas—. Me escucharán a mí.
—¿Es eso cierto? —le preguntó Arthur a Shaw.
—Sí —admitió Shaw a regañadientes—. Él tiene los códigos de mando. Es el protocolo.
—Siéntate —Arthur empujó a Thena contra la silla con violencia, y ella aterrizó con una mueca de dolor—. Nada de heroicidades. Recuérdaselo, Shaw.
Otra descarga me golpeó, cortesía de las prácticas crueles de Arthur y el alma podrida de Shaw. Caí al suelo, donde me retorcía y chisporroteaba como tocino en una sartén.
Buzzzzzz. Mi cerebro se quedó en blanco. Buzzzzzz. Mi cuerpo se convirtió en piedra.
La voz de Arthur me llegó desde muy lejos.
—Creo que con eso basta para que quede claro.
La corriente se detuvo. Mis extremidades pasaron de sólidas a líquidas en un segundo.
El dolor disminuyó un poco, pero corrientes eléctricas rebeldes seguían recorriéndome y sacudiendo mis nervios.
Mi pulso se aceleró y mis músculos se contrajeron con la electricidad residual.
Mis nervios hormigueaban y pinchaban como chispas calientes.
Cortocircuitos estallaban en la red de mi sistema nervioso central.
Me costaba recuperar mi cerebro del País de la Fritanga.
Cuando logré enfocar la vista de nuevo, Thena estaba desplomada en su silla. Tenía la mitad del rostro hundida entre las manos. Las lágrimas le corrían por la cara. A la mierda con esto. Luché por recuperar el control de mi cuerpo. Con un gruñido, logré darme la vuelta y quedar boca arriba.
Arthur se rio de mis torpes esfuerzos.
—¿Ya se cagó en los pantalones?
—Pronto, creo —se burló Shaw—. Por ahora, apesta a salchicha quemada.
Con la cabeza dándome vueltas, forcé a mi cuerpo a levantarse y me puse de rodillas, impulsado por mi entrenamiento, mi voluntad y mi rabia interior.
—Tómate un momento, Dash —la voz angustiada de Thena hizo que me doliera el corazón.
—No le queda tiempo —se burló Shaw—. ¿Quieres otra dosis eléctrica, Capitán América?
Me costó todo lo que tenía, pero desafié la gravedad y los espasmos musculares que aún me recorrían, y pasé por el lento y doloroso proceso de levantarme una vez más.
Me dolía todo, como si mi cuerpo fuera una extensión de mi muslo adolorido.
Con un gruñido, logré ponerme de pie, me estabilicé las rodillas y crucé la mirada con Thena.
En las profundidades de sus ojos plateados, detecté resignación, pero también esperanza y amor infinito.
Ella me dio la fuerza para mantenerme erguido.
—¿Y bien? —sostuve la mirada irritante de Arthur—. ¿Quieres que entregue tu mensaje o no?
—Parece que eres «el» hombre —resopló Arthur—. Asegúrate de ser persuasivo. ¿Shaw?
Shaw me dio las instrucciones detalladas que quería que transmitiera a mi equipo.
Ahora que entendía el verdadero objetivo de su plan, sabía que sus directivas eran una trampa mortal para mi equipo.
Entre otras cosas, quería que desactiváramos el sistema de defensa automático.
Sin él, mi equipo no tendría protección.
De lo que Shaw no se daba cuenta era de que, mientras compartía las acciones específicas que mi equipo debía tomar, también me estaba dando sin querer la ubicación exacta de la emboscada.
—Tu equipo tendrá quince minutos para desactivar el sistema, reunir a todo el personal y marcharse —concluyó Shaw.
—Es una casa grande y apagar el sistema de defensa llevará más tiempo que eso —intenté ganar tiempo para mi equipo—. Quince minutos no serán suficientes. Lo sabes. Necesitarán al menos veinte.