Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Treinta y dos
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Capítulo Treinta y dos

Thena

—¿Tú? —Miré a mi tío sin poder creerlo.

—Yo.

Esbozó una sonrisa terrible y se lamió la crema de los dedos.

—Pero…

¿Me había vuelto loca en los últimos dos minutos? ¿O él?

—¿Por qué?

—Esa, querida, es una pregunta compleja que requiere respuestas complejas.

La codicia que brillaba en sus ojos me dejó sin aliento.

El frío punzante en mi estómago se expandió hasta las extremidades.

Se me entumecieron los dedos de pies y manos.

El hombre afectuoso que me leía cuentos de niña había desaparecido.

Ante mí, la imagen del dulce tío Arthur se evaporó como un espejismo.

Comprendí que su comportamiento presagiaba todo tipo de desastres.

—¿Drew?

Con el corazón golpeándome las costillas, me giré en la silla.

—Haz algo.

—Lo estoy haciendo, princesa.

Me apuntó con la carabina.

—Presta atención al querido tío.

El corazón me cayó al estómago. Sin encontrar palabras, intentando comprender lo que pasaba, volví a mirar a mi tío.

Se lamió los dedos y chasqueó los labios.

—Delicioso.

El asco debió de ser evidente en la mueca que torció mi rostro.

—No pongas esa cara de sorpresa, y no te preocupes, querida.

Sus risitas eran tan siniestras como el brillo de sus ojos.

—Si te portas bien, te conservaré como regalo para otros.

—Yo la quiero primero —gruñó Drew desde su posición detrás de la puerta—. Lo prometiste.

La mirada lasciva de Drew me recorrió de pies a cabeza como una babosa.

Qué diferente del rubor que le cubría el rostro cuando lo conocí.

Probablemente se había sonrojado de culpa entonces.

Se detuvo a mirarme los pechos descaradamente.

El escalofrío que me recorrió la columna confirmó que no estaba allí para protegerme.

—Sí, lo recuerdo —dijo mi tío mientras cogía una servilleta de lino y se limpiaba la mano—. Te prometí algo de diversión como premio por ayudar con este proyecto. Hay mucho pastel en el menú para después. Tú y tus chicos podéis serviros cuando yo acabe.

¿Sus chicos? ¿Venían más matones? Esto tenía que ser una pesadilla. Cerré los ojos. «Despierta, Thena. ¡Despierta!»

Cuando volví a abrir los ojos, nada había cambiado. Mi tío era mi enemigo. Su plan incluía a Drew y a «sus chicos», e implicaba más que una muerte rápida para mí: violación, humillación, dolor y sufrimiento.

Mi padre había sido un depredador financiero, pero mi tío era una bestia. Se acabó lo de «querido tío Arthur». De ahora en adelante pensaría en él como Arthur, o mejor aún, como el Señor Malvado y variaciones de su nuevo título, Tío Mierda.

Estudié al Señor Malvado, viéndolo por primera vez como realmente era. El odio que detecté en sus ojos me dejó sin aliento. Era un odio viejo y salvaje, como si el monstruo que llevaba dentro hubiera estado escondido tras su fachada jovial durante mucho tiempo. Emanaba de él como radiación tóxica.

¿Cómo no lo había percibido antes?

Junté las manos temblorosas e intenté pensar pese al miedo que me congelaba las entrañas.

Estaba sola, atrapada en aquella habitación con dos hombres armados que ya habían admitido que iban a hacerme daño.

Dash y el resto del equipo estaban ocupados en otra parte.

Entonces me asaltó otro temor. ¿Y si estos dos pretendían usarme para atrapar también a Dash y al Equipo Rastreador?

Recorrí la mesa con la mirada. Ante mí había un pequeño plato de porcelana con bordes dorados, listo para el postre. Más arriba, un pequeño tenedor de plata y una cuchara. Demasiado frágiles y delicados. En cambio, el cuchillo de carne yacía olvidado a un lado del plato.

Me moví tan rápido que el Tío Mierda no me vio venir.

Me levanté de un salto, agarré el plato y se lo estrellé en la cara con todas mis fuerzas.

Gritó, se tambaleó y cayó de culo. La pistola salió volando de su mano.

Cogí el cuchillo de carne y giré sobre mis talones, lista para correr hacia las puertas francesas.

El cañón del M4 de Drew me golpeó en el esternón.

—Siéntate —gruñó, con el rostro deformado por las ganas de matarme—. O muere.

Me quedé paralizada. Se había movido en silencio por la habitación para cortarme la huida. A mi izquierda, mi vil tío maldecía mientras buscaba a tientas la pistola en el suelo y me apuntaba con ella. A mi derecha, Drew y su carabina me bloqueaban el paso. Mi intento de fuga había fracasado.

Sin apartar el arma de mi cuerpo, Drew alargó la mano, me arrebató el cuchillo de carne y lo lanzó al otro lado del carrito del pastel, fuera de mi alcance.

De un manotazo, barrió todos los cubiertos y vasos de la mesa, dejando solo un par de servilletas inofensivas. Ya no tenía armas con las que luchar.

—Siéntate.

Drew me empujó con el arma tan fuerte que jadeé.

—¡Ahora!

Ay. Eso dolió. El esternón me palpitaba por el golpe.

El metal contra la carne y el hueso nunca era una pelea justa.

Me senté despacio, volviendo a ocupar mi sitio en la cabecera de la mesa.

Clavé en Drew una mirada furiosa, como si de algún modo pudiera evitar que apretara el gatillo con solo mirarlo.

—Eso ha sido lo más estúpido que has hecho hasta ahora.

Con dificultad, el Tío Cabeza de Mierda se levantó del suelo, pálido y furioso. Un corte rojo le brillaba en la barbilla y sobre la nariz, donde un trozo irregular de porcelana había cumplido su cometido. Con la boca fruncida, se me acercó con cautela, apuntándome a la cabeza.

—¿Quieres morir rápido, querida?

—Parece mejor opción que morir lentamente.

Opté por alimentar mi indignación en lugar de mi miedo.

—Eres una mocosa.

Paf. Me cruzó la cara de una bofetada.

El golpe me dejó viendo estrellas. Tuve que parpadear para quitarme las lágrimas.

—Eso debería enseñarte algo de humildad.

Se colocó la chaqueta de un tirón.

—Por suerte para ti, tengo un plan y un calendario especialmente diseñados para conseguir tu cooperación. Te lo prometo. Nada de eso será agradable ni rápido. ¿Drew?

Drew se colgó la carabina del hombro y, tras sacar unas bridas del chaleco táctico, me agarró la muñeca derecha e intentó atarla al brazo de la silla.

—¿Qué estás haciendo? —Liberé mi muñeca de su agarre brutal—. ¡No me toques!

Drew levantó las manos y miró a mi pobre excusa de tío.

—Deja de resistirte.

El contacto frío del arma del Tío Mierda contra mi piel me heló hasta los huesos, y aun así, mantuve los puños cruzados sobre el pecho.

—Estás en una posición delicada. ¿Ves ese precioso camafeo que llevas puesto?

Acaricié el perfil de mi madre con dedos temblorosos.

—¿Qué pasa con él?

Esbozó una sonrisa que helaba la sangre.

—Te matará cuando yo lo ordene.

***

Dash

—Ponte cómodo, Rivera.

Como Bozeman ya tenía el arma desenfundada y lo cubría, enfundé la mía.

—Esto va para largo.

Rivera cambió de posición en el borde del sofá.

—¿De qué va esto?

—Ya sabes la respuesta.

Planté los pies con firmeza.

—Encontramos pruebas incriminatorias en tu caja fuerte.

—¿En mi caja fuerte?

Interpretó el papel del inocente a la perfección.

—¿Qué pruebas?

—Viales —dije.

—¿Viales?

La conmoción en su rostro habría sido difícil de fingir, pero ahí estaba, simulándola como el profesional que era.

—¿Registraste mi casa? ¿Sin mi permiso?

—Sí.

Lo miré con los ojos entrecerrados.

—No te hagas el tonto conmigo.

—No me estoy haciendo el tonto.

Desvió la mirada hacia Bozeman, que lo encañonaba.

—Micah, me conoces. ¿Qué está pasando aquí?

—El jefe es quien hace las preguntas.

El rostro de Bozeman hizo honor a su nombre en clave.

—Vas a responderlas.

El pecho de Rivera se desinfló. Volvió a mirarme.

—Solo... dime, por favor.

—Tenemos los viales.

Caminé de un lado a otro frente a la chimenea.

—Su contenido será la prueba.

—¿Prueba de qué? —Rivera estaba pálido y confundido.

—Prueba de que envenenaste a Thena y mataste a Richard Astor.

—¿Qué coño?

Se le abrieron los ojos de par en par y el bigote le cayó sobre la boca fruncida.

—¿La señorita Astor fue envenenada? ¿El Sr. Astor fue asesinado?

—Vamos, ya lo sabías —dije con impaciencia—. Por eso estamos aquí.

—Pero...

Parecía aún más confundido, si es que eso era posible.

—Soy el jefe de seguridad del Grupo Astor. No sé una mierda de esto. No me dijiste nada. Ah, ya veo...

Me miró fijamente, como si de repente su cerebro hubiera despertado de una siesta.

—¿Por qué ibas a decirme algo? Necesitabas hacer salir al culpable y yo era tu principal sospechoso desde el primer día.

Rivera siempre había sido bueno en lo que hacía.

—No fui yo.

Negó con la cabeza.

—Esos viales, ¿quién los encontró?

—El Equipo Élite —ofrecí—. Esos tipos no cometen errores.

—No los cometen.

Rivera hizo una mueca.

—Los viales son pruebas plantadas. Alguien te la está jugando.

—Puede que sí.

Asentí levemente.

—Puede que no. Pronto tendremos respuestas.

—Crees que soy culpable.

Soltó un suspiro desalentado.

—Encajo en el perfil. Tuve oportunidad. Siempre estaba cerca. Tenía acceso. Pero Dash, no lo hice. Te lo juro. Me importan los Astor.

—Hechos —le recordé—. Pruebas. Eso es lo que necesito. Si los viales no te pertenecen, ¿por qué estaban en tu caja fuerte?

—No lo sé.

El hombre resopló.

—¿Por qué iba a querer muertos a mi jefe y a su hija?

—El dinero siempre está de por medio, pero puedes contarme por qué lo hiciste.

Estaba muy interesado en su respuesta.

—¿Quién es Coco Martínez?

—Mierda, tío.

Se encogió de hombros.

—No tengo ni idea de quién me hablas.

Sonaba sincero, pero el Élite había encontrado esos viales, y hasta que tuviéramos noticias del laboratorio, Rivera era culpable hasta que se demostrara lo contrario.

Un puño golpeó la puerta. Guzman avisó:

—Entramos.

—Adelante —ordené.

Guzman y King entraron sigilosamente en la habitación, con los brazos en alto y las manos sobre las armas. Se desplegaron a cada lado de Rivera, sin dejar de apuntarle.

—Así que es verdad.

Guzman esbozó una mueca despectiva.

—El coronel Rivera lo hizo, en la oficina, con veneno en lugar de un candelabro.

—Esto no es un juego de Cluedo.

Un músculo le tembló en la mandíbula a King.

—Este cabrón intentó cargarse a la Diosa, varias veces.

La furia estalló en mi pecho. Tuve que luchar contra el impulso de cerrar los puños y estamparlos en la cara de Rivera.

Luché por mantener el control. Dejando que Rivera se cociera en sus propias mentiras con tres armas apuntándole a la cabeza, me quité la chaqueta y la colgué en la silla más cercana.

Tras desanudarme la corbata, la arrojé sobre la chaqueta y me desabroché el botón del cuello.

Solo entonces volví a centrarme en Rivera.

—¿Hay algo que quieras decir?

Rivera suspiró. —Supongo que tendré que demostrar mi inocencia.

—Jefe, tengo a Druid en línea —la voz de Mina crepitó en mi oído—. Dice que es urgente. También tengo algunos problemas técnicos.

—Arréglalos. —Dejé a Rivera bajo la custodia de los chicos y me fui al otro lado de la sala—. Pásame a Druid.

Tras un clic, Trev se conectó. —Estoy en casa de Arthur Astor. Todo estaba en orden...

—Entonces, ¿por qué demonios me llamas? —le espeté a mi viejo amigo—. Tenemos a Rivera.

—Lo sé, pero escúchame —dijo Trev—. Todo estaba en orden, hasta que encontré una habitación secreta a la que solo se accede por el armario del baño.

Eso captó mi atención. —Continúa.

—Estaba cerrada con llave y protegida con contraseña —continuó—. Descifré el código. Entré. Está llena hasta arriba de sacos de harina de soja enriquecida, ya sabes, de la que se usa para la ayuda humanitaria en zonas de hambruna.

—Supongo que lleva algo de eso adonde quiera que vaya. —Me pellizqué el puente de la nariz, intentando aliviar la tensión del ceño fruncido—. Pero ¿por qué los tendría escondidos en su casa en lugar de en un almacén o de camino a algún sitio?

Sus siguientes palabras me dejaron sin aliento.

—Porque están rellenos de millones en efectivo.