Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

Dash

De pie en el pasillo, apreté la mandíbula, cerré los puños y clavé las uñas en las palmas. Maldito Rivera. Había sido tan servicial, tan cooperativo. Se había desvivido por parecer inocente. Y lo peor: nunca me había dado la impresión de ser un asesino a sangre fría.

—El equipo de respuesta química estará aquí en unos minutos —informó Sebastian—. Tendremos la confirmación entonces.

La confirmación sería importante para procesar a Rivera, pero ahora mismo necesitaba poner mucha distancia entre él y Thena. Apreté los dientes, saqué la Glock de la funda y, tras cruzar una mirada con Shaw, señalé la puerta con la cabeza.

—Conmigo.

Shaw quitó el seguro de su carabina y se la llevó a la mejilla, listo para la acción.

Con él cubriéndome la espalda, abrí la puerta y entré sigilosamente en el comedor.

Conectado a los comunicadores, Bozeman había escuchado el informe y ya estaba de pie.

Ignorando las miradas atónitas de Thena y Arthur, me acerqué por detrás de Rivera y le apunté a la nuca.

—Manos arriba —dije—. Levántate. Date la vuelta, despacio.

Rivera levantó las manos, se puso de pie y giró para encararme. Estaba tranquilo bajo mi mirada, aunque frunció el ceño.

—¿Algo va mal?

Observó a Shaw, apostado a las dos en punto, y luego a Bozeman, que lo encañonaba desde las diez.

—¿Qué está pasando? —exigió Arthur.

—Oh, Dios.

Thena se cubrió la boca y su voz salió amortiguada.

—¿Él? ¿Estás seguro?

Mantuve la atención en Rivera, pero la compadecí.

—Lo siento, cariño.

—¿Qué significa esto? —insistió Arthur—. Todas estas armas. ¿Qué está pasando?

—Secundo esa pregunta —dijo Rivera, sin perder la calma.

—Preguntas después.

Le lancé a Bozeman un par de bridas que llevaba en el bolsillo.

Con el ceño fruncido en una mueca temible, Bozeman guardó el arma en la funda y se acercó a Rivera.

—Ya sabes qué hacer.

Rivera no se resistió. Cruzó las muñecas detrás de la espalda y dejó que Bozeman se las sujetara.

Con el arma en alto, cubrí a Bozeman hasta que aseguró a nuestro sospechoso.

Cuando terminó, Bozeman volvió a sacar el arma y se colocó detrás de Rivera, atento a cada movimiento.

Puede que los mejores años de Rivera como guerrero hubieran quedado atrás, pero se mantenía en buena forma. No íbamos a correr ningún riesgo.

—Control, ¿me copias?

—Te copio —respondió Mina—. Esta película se pone cada vez más interesante.

—Haz que Guzman y King bajen al salón de billar, ya.

—Recibido.

—Shaw, quédate aquí con Thena —ordené—. No le quites los ojos de encima. ¿Entendido?

El hombre asintió.

—Sí, jefe.

—No entiendo.

La papada de Arthur tembló de indignación.

—¿Mi sobrina está en peligro? ¿Qué crees que estás haciendo, Dagger?

—Mi trabajo.

Señalé las puertas con la cabeza.

—Bozeman, lleva a Rivera al otro lado.

Bozeman agarró a Rivera por la nuca, le clavó la Glock en la espalda y lo empujó hacia delante.

—Muévete. Despacio. No me obligues a dispararte.

Rivera me miró al pasar.

—Tenemos que hablar de esto.

—Por supuesto.

Vaya si íbamos a hablar.

Bozeman y Rivera salieron por la puerta y desaparecieron al otro lado del pasillo. Solo entonces me encontré con los ojos líquidos de Thena.

—Todos esos años —murmuró, con la mirada llena de dolor—. ¿Padre lo sabía?

—La hoja que te mata más rápido es la que no ves venir.

La miré fijamente.

—Así que voy a suponer que no, que no tenía ni idea. Sé que esto es duro, pero aguanta. Vuelvo enseguida.

Llamé la atención de Shaw, me señalé los ojos con dos dedos y luego apunté esos mismos dedos hacia Thena. Shaw inclinó la cabeza. Dejé a Thena a su cuidado, salí del comedor y entré en el lujoso salón de billar.

Los tonos borgoña que dominaban el espacio encarnaban un estilo que yo llamaba «burdel del Salvaje Oeste de lujo».

El mundo de Richard Astor en pocas palabras.

El fastuoso espacio incluía un enorme bar con espejos, mesas de billar, mesas de póquer, dianas de dardos, una sala de puros adyacente con un humidor en el que se podía entrar e incluso una bolera de cuatro carriles.

Crucé a grandes zancadas la más grande de las varias zonas de descanso y me detuve junto a la enorme chimenea. Bozeman estaba al otro lado, apuntando a Rivera con el arma. Este estaba sentado en el borde de uno de los sofás de cuero, observándome.

Me paseé ante el hogar, apreté los dientes e intenté con todas mis fuerzas no tomarme la justicia por mi cuenta. Tenía muchas preguntas que hacerle antes de entregarlo a las autoridades.

—¿Dash? —Rivera frunció más el ceño—. ¿Qué estás haciendo?

—Ahora mismo, estoy intentando con todas mis fuerzas no volarte los sesos.

Rivera palideció.

—Sobre esa conversación.

Me apoyé contra la pared de piedra y crucé los brazos sin soltar el arma.

—Tengámosla.

***

Thena

Mi tío se abanicó el rostro alterado y dio un sorbo de champán para calmarse.

—¿Dashiell se ha vuelto loco?

Dejó la copa sobre la mesa.

—¿Qué está pasando?

—Lamento que hayas tenido que presenciar eso.

Me sacudí el estupor y respiré hondo.

—No puedo decirte qué está pasando, todavía no.

—Esta no es forma de tratar a tus invitados. —Alzó la mano en el aire—. ¡Es absurdo!

Intercambié una mirada de resignación con Drew.

Hacía apenas un momento, el tío Arthur nos había estado entreteniendo a Micah y a mí con historias sobre mi madre de joven. Al instante siguiente, Dash y Drew habían irrumpido con las armas desenfundadas, y Dash y Micah habían escoltado a Rivera fuera de la habitación.

Jorge Rivera. Dios. Me froté la frente. Habría apostado la fortuna de los Astor a su inocencia. ¿Qué decía eso de mí?

Que confiaba demasiado. Que mis sentidos estaban embotados ante el peligro y las malas intenciones de los demás. Que todos esos años había estado ciega ante la amenaza. El asesino había estado justo bajo mis narices. A estas alturas estaría muerta si Dash no hubiera acudido en mi ayuda.

El susurro de las anillas deslizándose sobre el hierro me sacó de mi consternación. A mi derecha, Drew se apresuró a correr las pesadas cortinas de las puertas acristaladas.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Siguiendo órdenes. —Drew cerró la última cortina y, con su eficiencia habitual, aseguró todos los accesos a la habitación excepto las puertas principales. Con el rifle pegado al pecho, completó la ronda. Se apostó a mi derecha, de espaldas a la pared, flanqueando las puertas principales.

—Te parpadea algo —señalé la luz verde intermitente que vi enganchada a su cinturón.

—Comunicaciones —fue todo lo que dijo.

—Bueno, no voy a permitir que Dashiell arruine tu día especial. —El tío Arthur se levantó de la silla, pasó por detrás de mí y se detuvo ante el carrito donde estaba la tarta—. Tampoco voy a dejar que esta delicia se desperdicie.

—¿Quieres comer tarta? —Fruncí el ceño y miré a mi tío—. ¿Después de todo esto?

—Tiene una pinta deliciosa. —Contempló la tarta de pisos con ojos brillantes antes de volverse hacia mí—. Es el momento.

Se subió la manga de la chaqueta y hundió la mano en la base de la tarta, aplastando el fondant y destrozando los pisos superiores mientras rebuscaba.

Alcé la vista hacia él con incredulidad.

—¿Qué haces?

—Ah. —Me ignoró y ensanchó su sonrisa burlona—. Aquí está.

Retiró el antebrazo. Estaba cubierto de tarta.

En la mano agarraba un paquete envuelto.

Por un momento, no pude entender lo que hacía.

Tiró del cordón que lo sujetaba. Desdobló los bordes del envoltorio y lo abrió.

Me quedé boquiabierta y el corazón me dejó de latir.

Sobre una triple capa de plástico y cuero suave, una pistola descansaba en su palma.