Capítulo veinticuatro
Dash
Tumbado en lo alto del tejado de Casa Astor, contemplaba el cielo nocturno de espaldas, disfrutando del calor y la intimidad de lo que en otro tiempo había sido nuestro lugar secreto de encuentro, el rincón privado de Thena y mío.
La Vía Láctea se exhibía en todo su esplendor esa noche, millones de estrellas envueltas en un velo radiante.
Su luz hacía innecesaria mi linterna. Una brisa fría agitaba los árboles y rizaba el lago en pequeñas olas que lamían la orilla.
Ese había sido el sonido que precedía a la dicha, una vez que Thena alcanzó la mayoría de edad.
Hacía mucho tiempo, habíamos descubierto que el tejado contaba con un sistema de calefacción de última generación para evitar que la nieve y el hielo se acumularan sobre la mansión.
Las tejas cubrían la manta térmica de silicona en la mayoría de las secciones, pero como este rincón en particular no era visible desde ningún ángulo, no habían malgastado tejas en él.
En su lugar, una superficie lisa y plana creaba un espacio cálido y acogedor.
Siempre había tenido mucho cuidado de cubrir el lugar con un montón de mantas suaves y edredones antes de que Thena se reuniera conmigo.
Esa noche, había preparado nuestro viejo nido con la esperanza de que Thena pudiera perdonar todos mis fracasos, no solo con palabras, sino con actos.
Acariciando el lado vacío del edredón extragrande donde estaba tumbado, me pregunté si Thena vendría.
Tenía razones para no aparecer. No le había pedido explícitamente que me acompañara, ni ella a mí.
Después de la cena —un banquete formal que había dejado a Mina y a los chicos deshaciendo en elogios las habilidades de Cook y la capacidad de Sandy para organizar una velada de alto nivel— Thena se había disculpado y levantado de la mesa.
Se había retirado a su torre. Aunque había dormido en el avión, había sido un día largo y debía de estar agotada.
Demonios, el ataque de la noche anterior y las noticias de hoy eran suficiente estrés como para tumbar incluso a Wonder Woman.
Por si todo eso no fuera suficiente, después de tanto tiempo fuera, era su primera noche de vuelta en Casa Astor. La gente necesitaba tiempo para hacer las paces con sus fantasmas. Yo mejor que nadie.
Esa noche, casi podía sentir a Nix cruzando las almenas para reunirse conmigo en la zona plana cerca de la torre de Thena, oculta tras un par de vertientes.
Cuando cerraba los ojos, veía su rostro con tanta claridad como el cinturón de Orión dominando el cielo.
Oía su voz en mi cabeza tan nítida como si aún estuviera vivo.
Mis hermanas, me susurraba al oído. Thena.
Era el recordatorio del único juramento que me había pedido.
Nix ya no estaba. Ante mis propios ojos, su vida se había extinguido. Y sin embargo, pensaba cumplir mi juramento. Nunca podría redimirme por la pérdida de Nix, pero al menos tenía la oportunidad de expiar mis fallos. Esta vez no iba a fallar.
Hasta ahora, no estaba haciendo precisamente un trabajo brillante a la hora de identificar al asesino de Richard Astor, encontrar a las hermanas de Nix y proteger a Thena.
La emboscada de camino al aeropuerto me tenía en vilo.
El ataque había puesto en riesgo la vida de Thena.
¿Qué clase de protector era si no había sido capaz de evitarlo?
¿Estaba capacitado para protegerla o era posible que se me hubiera escapado algo, que pudiera acabar fallándole a Thena igual que le había fallado a Nix?
El chirrido de una ventana al abrirse en algún lugar más abajo puso fin a esos pensamientos autodestructivos. Al sonido le siguió el correteo de unos pies trepando por las tejas de pizarra. Me incorporé y me asomé por encima de una buhardilla. El corazón me dio un vuelco.
Ahí estaba, Thena, trepando por el asidero de hierro fijado a la pendiente, con King pisándole los talones.
Llevaba su chaqueta acolchada sobre una bata de seda y las zapatillas cálidas y mullidas que le había regalado hacía muchos años, cuando era un estudiante sin un céntimo y eran todo lo que podía permitirme.
El cabello le ondeaba a merced de la brisa.
Tuve que sonreír. Siempre había sido un poco rebelde, un poco mujer y un poco gata.
—Diosa, por favor —King trepaba por los peldaños detrás de ella—. Esto no es seguro. Omega me va a matar si te rompes el cuello.
—He hecho esto mil veces —la voz musical de Thena me llegó desde abajo, apenas jadeante—. Tú, en cambio, no conoces este tejado como yo.
Me levanté descalzo, trepé hasta la cima de la pendiente y me equilibré sobre las almenas. La piedra estaba helada bajo los pies y la brisa gélida me atravesaba la camiseta, recordándome que, aunque a mí el frío no me molestaba, Thena era mucho más sensible que yo.
—Ahí estás —Thena me sonrió desde abajo sin dejar de trepar—. Te he estado buscando por todas partes.
Le tendí las manos.
—Dame las manos.
Equilibrándose en un peldaño, se estiró y me agarró las manos.
De un tirón, la subí a mi lado. Estaba deslumbrante, con las mejillas sonrojadas por el frío y el largo cabello revoloteando en todas direcciones.
Parecía el cliché definitivo, pero bajo la luz de las estrellas, sus ojos de verdad brillaban como la plata.
—Kai tiene miedo de que le arranques los testículos por esto —me informó con aire remilgado—. Por favor, asegúrale que no eres un bárbaro total. Además, no necesito a un tipo vigilando mi puerta en mi propia casa, siguiéndome a todas partes.
—Sí que lo necesitas —la abracé contra mi pecho para protegerla del viento y le besé la coronilla—. Pero esta noche me tienes a mí.
—Lo siento, jefe —King hizo una mueca, en equilibrio sobre uno de los peldaños—. No quiso entrar en razón. Te buscó por toda la casa y luego, esta locura. Es como una ola gigante: imposible de atrapar.
—Así es —sonreí ante la analogía perfecta de King—. Descansa. Yo me encargo.
King me dedicó una sonrisa aliviada, bajó por donde había subido y se dirigió a la ventana. Se coló dentro y desapareció de mi vista.
—Eres una chica mala, muy mala —regañé a Thena, dándole un toquecito en la punta de la nariz—. Has tenido al pobre King corriendo detrás de ti por todas partes.
—Eso hice, ¿verdad? —se rio entre dientes—. Nada me satisface más que hacer sudar a un Raider fornido. Es culpa tuya —su mirada buscó la mía—. ¿Te estabas escondiendo de mí?
—No, no me escondía —la estreché con más fuerza—. Esperaba.
—Dashiell Dagger, ¿querías jugar al escondite conmigo? —me lanzó una mirada seductora—. ¿Como cuando éramos niños?
—Los buenos tiempos —toda la casa había sido nuestro territorio de juegos, incluidos el jardín y, sin que la mayoría lo supiera, también el tejado—. Fue divertido, ¿verdad?
—Te encontré —me plantó un beso en la mandíbula—. Gano yo.
—Siempre que me encontrabas, el que ganaba era yo —sonreí con suficiencia—. Yo me llevaba el tesoro. El tesoro eres tú.
—Ohh —se alzó de puntillas y, tomándome el rostro entre las manos, me besó—. Para ser un hombre que dice no tener facilidad de palabra, estás aprendiendo.
—No te voy a mentir —me aparté un poco para contemplar el brillo de sus ojos—. Quería que me encontraras esta noche. Esperaba que recordaras este lugar.
—Dash —negó suavemente con la cabeza y, con una mirada de dulce reproche, me regaló la sonrisa que derretía mi corazón y provocaba el efecto contrario en mi entrepierna—. ¿Cómo iba a olvidarlo?
El deseo que brillaba en sus ojos se propagó por todo mi cuerpo, me calentó la piel y se enroscó en la base de la columna. Ambos bajamos la mirada hacia nuestro refugio secreto, el rincón llano tras las almenas, siempre cálido incluso en los inviernos de Wyoming.
De niños, solíamos jugar aquí. Más adelante, Thena y yo nos habíamos apropiado de este lugar.
Ocurrió durante unas fatídicas Navidades, cuando volvimos a Casa Astor en las vacaciones de la universidad.
Thena había cumplido dieciocho años y habíamos dado rienda suelta a nuestra lujuria.
Este humilde espacio nos había acunado al consumar nuestro amor por primera vez, y muchas, muchas veces después.
Era nuestro santuario, el altar secreto donde yo adoraba a mi diosa.
—¿Qué te parece? —busqué sus ojos brillantes—. ¿Nos resguardamos del viento?
Asintió sin dudarlo.
—Deberíamos.
La polla se me puso dura como una piedra. Tranquilo, amigo. Se me estaba adelantando.
Salté a la pila de mantas. Las plantas de los pies descalzos se posaron sobre el suave satén del edredón.
El calor del sistema de calefacción del tejado disipó el frío y ascendió para envolver la parte inferior de mi cuerpo.
Alcé los brazos, le rodeé la cintura a Thena con las manos y la levanté antes de bajarla.
Me sostuvo la mirada mientras se dejaba caer confiada en mis brazos.
Pesaba mucho menos de lo que recordaba, demasiado delgada para su propio bien y para mi tranquilidad.
Era otro problema más que esperaba resolver trayéndola a Casa Astor, donde Sandy la mimaría y Cook la alimentaría con sus espectaculares comidas.
Tras depositarla sobre la superficie acolchada, retrocedí unos pasos, me metí las manos en los bolsillos y me apoyé en la cornisa inclinada, frente a ella.
—Thena —empecé—. Quiero pedirte perdón por lo que pasó anoche de camino al aeropuerto...
—Basta de disculpas —me interrumpió—. Basta de cargar con responsabilidades que no te corresponden.
Hay un hijo de puta despiadado ahí fuera que nos está cazando.
Eso no es culpa tuya. De hecho, frustraste sus planes y lo derrotaste.
Esta noche no quiero pensar en él. Esta noche es solo para nosotros.
Empezamos algo en la limusina. Me gustaría terminarlo. ¿Por favor?
La sonrisa seductora que se extendió lentamente por su rostro dejó claras sus prioridades.
La lujuria que brilló en sus ojos fue la chispa que encendió mi deseo.
Y sin embargo luché contra la necesidad de tomarla de inmediato.
Nunca había sido bueno expresándole la profundidad de mis sentimientos.
Necesitaba cambiar eso. Había cosas que tenía que decirle.
Solo ella podía concederme el perdón que necesitaba.
Solo ella tenía alguna posibilidad de aliviar mis cargas.
***
Thena
Recortado contra el fondo de las montañas oscuras y las estrellas luminosas, Dash se alzaba ante mí, una obra de arte de la naturaleza.
Parecía mayor de lo que recordaba, pero también más en forma, más musculoso, más sólido.
Su pecho subía y bajaba acompasadamente, tensando la tela de la camiseta.
Dash no llevaba abrigo. El frío nunca le afectaba.
Su alma siempre había ardido. Su pasión era la llama más pura.
No podía resistir su magnetismo. Era como si yo fuera un metal raro que solo podía adherirse a él. Di un paso adelante, pero me detuvo alzando la mano.
—Thena —cada vez que pronunciaba mi nombre, el corazón me alzaba el vuelo—. Hay cosas que deberías saber.
El miedo me heló las entrañas. Quería gritar.
No, por favor, no me alejes. En cambio, me abracé el torso con los brazos.
¿Había cambiado de opinión? ¿Ya no le interesaba reavivar una relación con la mujer que lo había herido tan profundamente, la persona que lo había puesto a él y a su equipo en un peligro tan extremo?
—Puedo irme si quieres —aventuré, sintiéndome muy pequeña y expuesta bajo el cielo abierto y las estrellas titilantes—. No tienes que explicarme nada.
—Tengo mucho que explicar, así que escucha con atención —se aclaró la garganta—. Soy un hombre imperfecto. Tengo mal genio, lengua afilada y una visión de túnel. Parte de eso lo llevo en el ADN. El resto viene de mis inseguridades, de mi miedo a no estar nunca a tu altura.
—Dash, yo...
—Es verdad —me interrumpió—. He pasado toda la vida intentando alcanzarte, esforzándome por ser digno de ti, dudando de mí mismo, sintiendo que no soy lo bastante bueno para estar contigo.
—Por el amor de Dios, Dash. Eres digno, siempre lo fuiste —me llevé las manos al corazón—. Incluso de niña, quería atrapar tu amor como a una luciérnaga y guardarlo en un frasco para siempre.
—Vaya si me atrapaste —su sonrisa amenazaba con derretirme—. Me has tenido en tu frasco durante mucho tiempo. ¿Recuerdas aquel día en los establos, cuando te curé después de que te cayeras del poni nuevo?
—Sí —oh, sí, lo recordaba.
—Algo me pasó ese día. Cuando posé los labios sobre tu piel, tu sabor se filtró en mi ser.
Desde entonces, siempre me importaste. Quiero decir, siempre había cuidado de ti y de tus hermanos, pero había una conexión especial entre nosotros que no podía negar, aunque solo éramos niños.
Ese día, te convertiste en la parte más importante de mí.
Te convertiste en mi corazón y en la razón por la que late.
Apreté los labios y me tragué un sollozo. Yo también había sentido la conexión en aquel entonces.
—No es ningún secreto que te deseo —continuó—. Has sido la razón de todo lo que he hecho. Eres la meta y el premio. Eres y siempre has sido la única mujer para mí. Lo digo en serio, Thena. La única.
Incliné la cabeza y escruté su rostro. ¿Estaba diciendo lo que yo pensaba?
—Dash, te conozco —dije con suavidad—. Tienes tus necesidades. No puedo culparte si buscaste a otras mujeres cuando estuvimos separados. Solo pensarlo me vuelve loca de celos, pero si eres honesto conmigo de ahora en adelante, podré soportarlo.
Alzó la vista al cielo y luego me dedicó la sonrisa más agridulce que jamás le había visto.
—Te estoy diciendo la verdad. Cuando te digo que no ha habido nadie más, lo digo en serio. Este cuerpo solo te desea a ti. Este corazón solo late por ti. Te lo juro por mi honor de Raider: incluso en mis sueños te he sido fiel.