Capítulo veinticinco
Thena
Abrí la boca y la cerré, incapaz de procesar lo que Dash estaba diciendo.
Parecía imposible. Siempre había sido voraz en la cama.
El sexo era su forma de liberar tensión y también de expresarse.
Siempre me había encantado que me hablara con su cuerpo.
¿Era posible que se hubiera privado de eso todos esos años?
Incluso después de que rompiera nuestro compromiso y lo echara de mi vida, ¿de verdad se había mantenido fiel a mí y solo a mí?
—¿Tres años? —tartamudeé—. ¿Cómo?
—Esto.
Levantó la mano derecha y flexionó los dedos.
—Esto, la ducha y yo.
Me dejó sin palabras. ¿Qué demonios podía decir ante eso?
—Pero... ¿por qué?
—Te deseo a ti, Thena. Solo a ti. A nadie más. ¿Te queda claro?
Para ser un tipo que nunca había hablado mucho de sus sentimientos, sus palabras de anoche y de hoy compensaban todos sus silencios a lo largo de los años. Su honestidad me atravesaba.
—Te entiendo.
Tenía buenos motivos para creerle.
—Siento haber dudado de ti.
—Eso ya es pasado —respondió—. Quiero hablar del futuro.
Al oír la palabra «futuro», el corazón me dio un vuelco. No podía escapar de la intensidad que brillaba en su mirada.
—Sabes que me cuesta expresar lo que siento.
La nuez le subió y bajó en la garganta.
—No puedo, no pienso pasar por la agonía de perderte otra vez. Los últimos tres años casi me matan. Llámame débil, llámame cobarde, pero no puedo volver a pasar por eso. Simplemente... no puedo.
El dolor en su mirada me caló hondo, y sin embargo quería ser tan honesta con él como él lo estaba siendo conmigo.
—No eres débil ni cobarde —dije—. Yo tampoco quiero vivir sin ti.
—Eso está bien, Thena, muy bien, porque los «quizás» no van conmigo.
El alivio que relajó su rostro duró poco.
—Para mí todo es blanco o negro. Lo sabes. Quiero que podamos volver a confiar el uno en el otro, como antes de que todo se fuera al infierno.
Contuve un sollozo.
—Yo también quiero eso.
—Cuando se trata de ti, soy un hijo de puta inseguro.
Hizo una pausa como para ordenar sus pensamientos.
—Lo que intento decir es que quiero que seas mía como yo he sido tuyo desde que tengo memoria. Necesito que seas mía y solo mía.
La sonrisa que se dibujó en mis labios brotó sin esfuerzo. La alegría que la impulsaba era sincera. Si tan solo supiera. Necesitaba decírselo.
Me bajé la cremallera de la chaqueta, saqué los brazos y la dejé caer sobre el montón de mantas apiladas en la parte plana del tejado.
Me quité las zapatillas y, después de desatar el cinturón, me deshice también de la bata.
Arropada por la calidez de nuestro nido, me quedé ante Dash tan desnuda como el día en que nací.
La brisa besó mi piel. Los pezones se me endurecieron, no por el frío, sino por el calor en la mirada de Dash.
Me envolvió en una promesa de placer y el milagro de su afecto.
Su deseo solo fortaleció mi determinación.
Nunca más se sentiría poca cosa, ni falto de amor, ni rechazado, ni juzgado.
Nunca más le permitiría sentirse menos de lo que era para mí: todo, absolutamente todo, mi universo, mi alma floreciendo en el suelo fértil de su vida.
Caminé hacia él, uno, dos, tres pasos. No apartó los ojos de mí en ningún momento.
Cuando me detuve frente a él, los brazos le temblaron, pero no hizo ademán de tocarme.
Era la secuela de una herida que no había sanado del todo, como la cicatriz en su muslo, solo que era su corazón el que dolía.
El camino hacia la curación completa pasaba por decirle la verdad en su forma más cruda e increíble, la verdad que habíamos compartido incluso durante el tiempo que pasamos separados.
Me puse de puntillas y, apoyando las manos en los músculos firmes de su pecho, me estiré para alcanzar su boca. Cerré los ojos y le rocé los labios con los míos, capturando su aliento profundo, llenándome los pulmones con su aroma: hierba fresca de la pradera y aire puro de montaña.
Se quedó tan quieto que bien podría haber estado besando una estatua.
Pero las estatuas no eran cálidas y vitales como él.
No tenían un corazón que latiera como un tambor de guerra contra mi palma.
No podían respirar, así que esas inhalaciones profundas que se producían mientras le trazaba círculos con los dedos alrededor de los pezones eran muy humanas, muy de Dash.
Los mejores escultores del mundo no podrían recrear los músculos cincelados que fluían bajo mis manos.
Ni la calidez que atravesaba su camiseta mientras me frotaba los pechos contra el suave algodón.
Ni la respuesta de su cuerpo cuando mi lengua recorrió la línea de su boca: una erección enorme que se me clavaba en el vientre, un roce áspero de tela vaquera sobre piel desnuda.
Las estatuas de mármol tampoco sabían tan bien. No sabían a libertad y esperanza.
Deslicé las manos hacia arriba, disfrutando de la fuerza de sus anchos hombros, la firmeza de su cuello y la tensión que mantenía su mandíbula apretada incluso mientras mi boca se esforzaba por convencerlo de que conmigo estaba a salvo.
—Dash —murmuré mientras le mordisqueaba los labios—. Creo todo lo que me has dicho. Te siento. Ahora necesito que tú me sientas a mí.
Lo besé de nuevo.
—Te prometo que, esta vez, cuidaré bien de tu corazón. Lo mantendré a salvo y lucharé por nosotros pase lo que pase.
Me miró a los ojos.
—¿Estás segura?
—Las segundas oportunidades son raras y preciosas —dije—. No se dan todos los días. Así que sí, estoy segura, y por esa misma razón, necesito que sepas algo más, algo importante.
La curiosidad brilló en sus ojos.
—¿Qué es?
—Yo también.
Acerqué los labios a su oído.
Cuando se echó hacia atrás, dos arrugas le surcaron el entrecejo.
—¿Tú también qué?
—Durante tres años, estuvimos mi vibrador y yo.
Se le marcaron más las arrugas del entrecejo.
—¿Quieres decir...?
—Solo te he deseado a ti —dije—. Incluso cuando estaba enfadada contigo, incluso cuando pensé que me habías traicionado, no pude dejar de amarte. No deseé a nadie más. Como tú, incluso en mis sueños, siempre te he sido fiel.
***
Dash
Que los dioses me asistieran, le creí a Thena. Le creí con todo mi corazón, y aun así su confesión me sacudió como un trueno.
No es que tuviera expectativas virginales ridículas sobre mi mujer o las mujeres en general.
No pensaría menos de ella si se hubiera acostado con otros hombres.
Esto no tenía que ver con masculinidad tóxica, ni con nociones anticuadas de pureza, ni con posesividad en sí misma.
De hecho, había dado por sentado que una mujer tan extraordinaria como Thena habría tenido muchos pretendientes y muchos amantes.
Las emociones que me atenazaban la garganta no tenían nada que ver con esa mierda. Tenían que ver conmigo, con el hecho de que no había tenido nada hasta que Thena me entregó su corazón y luego su cuerpo. Nunca había amado ni había sido amado por ninguna otra mujer.
Habíamos cultivado nuestro amor mientras nosotros mismos crecíamos.
Habíamos aprendido a conocer el corazón del otro mucho antes de volvernos íntimos.
El sexo había sido la progresión natural de nuestro amor, no su causa, sino su expresión.
Lo habíamos descubierto juntos, explorado, practicado y perfeccionado en el cuerpo del otro.
No había mentido cuando le dije que ella me había dado mi corazón. Lo había moldeado del suyo, le había insuflado vida con su cuidado y lo había depositado en mi pecho, justo antes de enseñarme a usarlo. No ansiaba el amor de nadie más que el suyo. Sencillamente, ella era mi única noción de amor.
Todo lo que estaba mal en mi vida empezó a enderezarse.
Incapaz de resistir su atracción por más tiempo, la atrapé en mis brazos y reclamé su cuerpo desnudo.
Me apoderé de su boca, succioné sus labios y bebí sus sabores.
Nuestras lenguas se entrelazaron en una danza que resonó en otras partes de mi cuerpo.
Deslicé los dedos sobre su piel aterciopelada y acaricié su cuello, su espalda, las redondas mitades de su trasero.
Ella se frotó contra mí, desafiando la tela de mis vaqueros hasta hacerme doler de deseo.
La levanté en brazos, caí de rodillas y, forzando a mi muslo rígido a ceder, la recosté sobre las mantas. Sus ojos brillaban de deseo y su sonrisa traviesa me puso duro hasta el dolor mientras se estiraba sobre el edredón azul. Al mirarla desde arriba, me recordó a una sirena flotando en el mar.
—Ven aquí.
Me rodeó el cuello con la mano, atrajo mi rostro hacia el suyo y me besó. Sus labios eran suaves pero también exigentes. El suave roce de sus dientes atrapó mi labio inferior. Cada nervio de mi cuerpo chispeó de deseo mientras mi polla palpitaba contra la cremallera.
Arqueó las cejas afiladas hacia mí.
—¿Es injusto que yo esté desnuda y tú no?
—Solo si quieres que esté desnudo.
—Oh, te quiero desnudo.
Se sentó sobre los talones y se volvió hacia mí mientras agarraba el borde de mi camiseta.
Levanté los brazos. Ella tiró de la camiseta por encima de mi cabeza y la arrojó a un lado. No necesitaba ayuda para desnudarme con Thena, pero sus manos al acariciarme el pecho y rozarme los pezones se sintieron como una infusión de vida nueva.
—Eres un pedazo de hombre hermoso.
Trazó los cuadrados de mi abdomen con las yemas de los dedos y me dejó temblando de deseo.
—¿Lo sabes?
—Tendré que creerte.
Uní nuestras bocas y me deleité con sus sabores mientras inhalaba el aroma de su excitación hasta que me dio vueltas la cabeza.
—Mi única idea de belleza eres tú, vestida o desnuda, debajo de mí, encima de mí, de cucharita, de rodillas, de frente, de espaldas, como quieras y cuando quieras.
—Te quiero de todas las formas.
Deslizó los dedos por el centro de mi cuerpo y los apoyó en la cintura de mis vaqueros.
—Ahora mismo, también quiero quitarte los pantalones.
Sin apartar los ojos de mí, desabrochó el botón y bajó la cremallera.
La expresión de su rostro anunciaba todo tipo de travesuras.