Capítulo veintitrés
Thena
Mi mente llevaba atrapada en un lugar tan oscuro desde mi llegada a la Casa Astor que la aparición que parecía brotar de la pared me sobresaltó.
El pulso se me aceleró. Los rasgos retorcidos, los colmillos ensangrentados y el aleteo de lo que parecía una capa entre las sombras me pillaron desprevenida.
Por un momento, casi grité. Fue entonces cuando Dash intervino.
—¿Mina? —gruñó—. ¿Qué demonios estás haciendo?
—Estoy intentando animarte, jefe —una voz femenina tintineó como una campana alegre—. ¿No es obvio? Vampiro chupasangre. Richard Astor. ¿Lo pillas?
La risa de la mujer se cortó en seco cuando Dash fue hacia la pared con paso decidido y encendió las luces.
—¡Oh, no! —exclamó cuando su mirada cristalina se posó en mí y su piel cobriza se tiñó de rubor—. Yo... eh...
Con retraso, soltó las cortinas de terciopelo que usaba como capa improvisada, se sacó los colmillos falsos de la boca y se los metió en el bolsillo.
—¡Diosa! —Se retorció las manos—. Lo siento muchísimo. No sabía que estarías con el jefe. A veces soy una despistada total, pero esto es lo más insensible que he hecho hoy. Yo...
—Esto no tiene gracia, Mina —espetó Dash—. Richard Astor era un hombre con defectos, pero es el padre de Thena, y le debemos respeto...
Una risita solitaria me pilló por sorpresa.
Brotó del centro de mi pecho, burbujeó garganta arriba y escapó de mis labios apretados.
Otra risita ascendió revoloteando, seguida de más y más, hasta que me doblé en dos, riendo tan fuerte que el vientre me temblaba y el pecho me dolía por las carcajadas roncas que brotaban de mí.
—¿Thena? —La forma en que Dash arqueó una ceja me hizo reír aún con más ganas. Parecía molesto y desconcertado a la vez. Entendía que mi recto Dash se sentía ofendido en mi nombre, pero se le veía tan altivo, tan... ¿Astor?
El pensamiento me hizo reír aún más fuerte.
No podía parar. Me tambaleé hasta la silla más cercana y me dejé caer.
Mi mente reproducía la escena en bucle sin fin.
Mi padre convertido en vampiro, un vampiro global, absorbiendo los recursos de la tierra y alimentándose del trabajo humano.
No estaba tan lejos de la realidad, ¿verdad?
¿Y la cara bonita de Mina arrugada y distorsionada por el haz de la linterna?
Hilarante.
—Thena, cariño —las rodillas de Dash crujieron cuando se arrodilló junto a mí—. ¿Estás bien?
No pude responderle. Todo mi cuerpo estaba entregado a la risa.
Hacía tanto que no me reía así. En ese momento, me di cuenta de que estaba feliz de estar viva, de tener a Dash conmigo, de haber vuelto a este lugar dejado de la mano de Dios, por muy extraño y espeluznante que fuera.
Sobre todo, estaba encantada de haber recuperado mi capacidad de reír... de mí misma.
Mina había hecho eso.
La miré a través de un velo de lágrimas de felicidad.
Con su falda gitana de colores vivos y un montón de pulseras de cuentas, había atravesado la oscuridad que se había cernido sobre mí al llegar.
Había reducido el mundo Astor a un tamaño que podía manejar.
Como el sol que rompe entre las nubes de tormenta, había dispersado mis malos recuerdos y me había recordado que, durante tres largos años, me había tomado a mí misma demasiado en serio.
De un solo golpe, aquella desconocida había puesto en marcha el proceso de crear nuevos recuerdos en la Casa Astor.
—Thena, di algo —ordenó Dash, su forma de lidiar con el estrés—. Estoy preocupado.
Señalé a Mina y logré articular entre carcajadas:
—Eso ha sido graciosísimo.
Dash frunció el ceño.
—¿Crees que lo que hizo Mina fue gracioso?
—Es un espectáculo —apreté los labios e intenté controlar la risa mientras asimilaba los detalles de la hermosa mujer que se acercaba hacia mí con cautela.
Con su estilo bohemio, llevaba más anillos de los que le cabían en los dedos y pendientes colgantes que brillaban tanto como sus llamativos ojos. Por alguna razón, me recordaba a mis hermanas. Era un soplo de aire fresco en aquella casa viciada, y me cayó bien al instante.
—¿Ves, jefe? Ella lo entiende —Mina se plantó frente a Dash y a mí, retorciéndose las manos, con una sonrisa torcida que delataba su ansiedad—. Diosa, yo...
—No —por fin logré dominar un poco el ataque de risa—. Puede que tenga que conformarme con que los chicos me llamen «Diosa», pero ¿tú? Tú me llamarás Thena.
—Vale, de acuerdo, te pillo, Thena —su sonrisa ganó confianza y las palabras le salieron atropelladas—.
Te juro que no quería sacarte de quicio.
Pensé que, dada tu condición, estarías en la cama.
Pero eres fuerte, chica. Eres como Wonder Woman.
Tienes agallas, tía, tipo bam, zas, pow —lanzó tres puñetazos de jiu-jitsu al aire.
Reí de nuevo, visualizando las páginas de un cómic protagonizado por ella y por mí.
—El caso es —continuó— que el Omega este lleva gruñón tanto tiempo... O sea, tiene la cara congelada en plan cascarrabias y...
—Mina... —gruñó Dash.
—Por favor, déjame terminar antes de que me despidas, jefe —cambió el peso de un pie a otro sobre sus fabulosas botas y volvió la atención hacia mí—. Omega es tan serio, tan solemne, tan tacaño con las sonrisas.
—Tienes toda la razón —asentí—. Ha sido así toda su vida.
—No me malinterpretes —dijo Mina—. Es increíble, y no hay nada más entrañable que un gruñón intentando ser encantador, pero fuentes fiables me dicen que ha empeorado mucho en los últimos años. Eso es mucho tiempo, ¿no crees?
Asentí y miré a Dash con nostalgia.
—Mucho tiempo.
—Así que —continuó Mina—, si quieres ver brillar a este hombre, tienes que mirar más allá...
—Te metes demasiado en mis asuntos —dijo Dash interrumpiéndola—. Cierra el pico, Maga.
—No, por favor, Mina —hice un gesto circular con la mano—. Continúa.
Dash gruñó entre dientes.
—Es como Atlas —Mina inclinó la barbilla puntiaguda.
Fruncí el ceño.
—¿Atlas?
—Sí, ya sabes, el dios titán de la mitología griega que cargaba el peso de los cielos sobre sus hombros.
—Oh, ese Atlas —le lancé una mirada a Dash y sonreí más ampliamente—. Sí, definitivamente es un titán, y ese peso siempre lo ha cargado.
—¿Ves? —Mina sonrió—. Ella está de acuerdo conmigo, jefe. Es lista como un lince, esta.
—Que los dioses se apiaden de un tipo corriente atrapado entre dos mujeres superinteligentes —murmuró, pasándose la mano por la mandíbula.
Me tapé la boca, pero la resignación en su rostro me pareció hilarante. Otra oleada de risitas escapó de mi control.
—Como iba diciendo —Mina continuó atropelladamente—.
Sospeché que venir aquí no ayudaría con los niveles elevados de malhumor de Omega.
Así que pensé: ¿y si hago que su llegada sea divertida para él?
Solo que olvidé. ¿Su sentido del humor? Desaparecido.
Pero el tuyo está intacto —me ofreció el puño y abrió los dedos como una explosión cuando chocamos—.
Por el poder femenino y los hombres que saben reír.
—Salud, salud —fingí levantar una copa en el aire.
Dash puso los ojos en blanco.
—Si vosotras dos ya habéis terminado de meteros conmigo, me gustaría saber por qué me llamaste aquí.
—Sí, al asunto que nos ocupa —la expresión de Mina se volvió seria. Se movió detrás del escritorio, se sentó en la silla de mi padre, que parecía un trono, y señaló los sillones orejeros al otro lado—. Por favor.
Recuperando la compostura, me levanté, crucé la habitación y me acomodé en la silla. Me esforcé por no visualizar a mi padre gritándome desde el otro lado del escritorio y me concentré en Mina.
Dash tomó el asiento junto a mí e hizo un gesto impaciente con la mano.
—Adelante.
—Os he llamado aquí porque tengo noticias —dijo Mina—. No son las mejores, pero son noticias.
—¿De qué se trata? —dijimos Dash y yo al mismo tiempo.
—Primero —anunció Mina—. Tenemos una pista sobre Coco.
—¿Qué tipo de pista? —Dash se inclinó hacia delante en la silla.
—Trev rastreó mediante hackeo desde las cuentas de Wilkes hasta las del Cártel Valdez. Encontró varias transacciones sospechosas —juntó las manos sobre el escritorio—. Las siguió hasta un fideicomiso en un paraíso fiscal. Consiguió un nombre hackeando la entidad legal que lo constituyó.
—Déjame adivinar —Dash se enderezó en la silla—. Coco.
—Eres tan afilado como el estilete del que tomas tu nombre —Mina sonrió—. Acertaste, jefe. Una tal Coco Martínez apareció en el radar.
—Druida ataca de nuevo —Dash sonrió con suficiencia—. El tipo es un genio.
—Por supuesto que lo es. ¿Con quién se casó? —se señaló el pecho—. Moi.
Volví a sonreír. Su índice de simpatía seguía subiendo.
—Mi dulce y guapo cachas está ahora mismo sobre el terreno en las Islas Caimán, tratando de localizar el paradero de Coco —dos pequeñas arrugas se formaron entre las cejas de Mina—. Ahora que lo pienso, no puedo creer que no esté allí con él. Tengo el bikini amarillo más mono y diminuto...
—Céntrate, Mina —Dash chasqueó los dedos—. ¿Trev tiene apoyo?
—Está con Élite, así que ya te digo que tiene apoyo —los pendientes tintinearon mientras asentía con vehemencia—. Si hay un rastro, Trev y su equipo darán con Coco.
—Buen trabajo —Dash se recostó en la silla—. Cuanto antes encontremos a Coco, antes acabará esto. ¿Algo más?
—Sí, jefe. El laboratorio de BB me contactó hace cosa de una hora.
Algo en la forma en que me miró me revolvió el estómago.
—Está bien, Mina —dije—. Sea lo que sea, puedo encajarlo.
—Muy bien, pues —sacó un osito de gominola de una bolsa sobre el escritorio y se lo metió en la boca—. Píldora energética —explicó—. Mejor que el Adderall o un pack de seis Red Bull, y muchas menos calorías. Recomiendo los rojos. ¿Quieres uno?
Atrapé la bolsa que me lanzó y me metí un osito rojo en la boca.
—Estoy lista.
Cuadró los hombros.
—Trabajando día y noche, el laboratorio encontró rastros del rodenticida que te puso enferma.
Contuve la respiración.
—Suéltalo ya —Dash vibraba de impaciencia—. ¿Dónde lo encontraron?
La mirada de Mina se posó en mí.