Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo veintidós #2
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Capítulo veintidós #2

El apellido de Cook era realmente Cook, lo cual siempre me había hecho mucha gracia, ya que era un inglés bajito y calvo conocido por sus delicias culinarias. Él y Sandy estaban casados. Mientras Cook mandaba en la cocina, Sandy llevaba la gran casa.

Thena se volvió hacia mí.

—¿Has enviado al personal a casa?

—Es más fácil y más seguro —expliqué—. Me diste permiso para asegurar el lugar. ¿Recuerdas?

Asintió.

—Quiero que tengas claro —advertí a Sandy— que tú y Cook no tenéis que ocuparos de mi equipo ni de mí. No quiero que os matéis a trabajar. Solo necesito que cuidéis de Thena y que se sienta segura y cómoda.

—Podemos hacer eso y más —la sonrisa de Sandy pasó de Thena a mí—. Como probablemente ya sepas, el equipo de seguridad ha terminado su trabajo. Hicieron un barrido completo de la casa e instalaron todo tipo de aparatos dentro y fuera. Espero que no hayan roto nada.

—Disculpa las molestias —intervine—. Pero la seguridad de Thena es nuestra prioridad.

—Por supuesto —asintió—. Además, esa chica bonita y peculiar que trabaja para ti, la que siempre está pegada a sus ordenadores, está aquí.

—¿Habla de Mina? —cuando asentí, Thena esbozó una sonrisa—. Oh, bien. Por fin podré conocerla en persona.

—La instalé en una de las habitaciones de invitados, como sugeriste —informó Sandy—. Ya se ha acomodado.

—Asegurémonos de ser hospitalarios con esta gente —Thena sumó sus propias instrucciones a las mías—. Quiero que todos se sientan cómodos aquí.

Mientras las mujeres hablaban, mi móvil vibró. Eché un vistazo rápido. Tenía un mensaje de mi jefa de rastreo cibernético. Necesitaba verme urgentemente.

—Perdona que interrumpa, pero Sandy, me gustaría presentarte a mi equipo —agilicé las presentaciones—.

Son las únicas personas autorizadas a estar en la propiedad.

Ya han estudiado los planos y conocen el sistema de seguridad.

¿Puedes enseñarles la casa, responder a sus preguntas y mostrarles sus habitaciones?

—Con mucho gusto —miró a Thena—. ¿El equipo de Dash cenará con vosotros?

—Por supuesto —Thena me sorprendió al añadir—: Son mis amigos, los amigos de Dash. Por favor, asegúrate de tratarlos como si fueran de la familia.

—Como desees —Sandy inclinó la cabeza—. La cena se servirá puntualmente a las siete. ¿Caballeros? Seguidme.

Alta y esbelta, la mujer mayor se deslizó sobre el suelo de mármol ajedrezado hacia las enormes escaleras de piedra. Les hice un gesto de asentimiento y los chicos la siguieron, cargando con sus mochilas y petates. Guzman se rezagó y se inclinó hacia mí al pasar.

—Va incluida con la casa —murmuró—. Morticia sin las curvas ni las tetas.

—Compórtate —gruñí—. O si no...

—O si no me patearás el culo —respondió impasible—. Ya me sé el cuento. Me portaré bien —el payaso insolente sonrió con suficiencia antes de apresurarse a alcanzar a los demás.

Suspiré. ¿Qué iba a hacer con Guzman?

—Madurará —Thena me dedicó una sonrisa—. Ya lo verás. Algún día.

—Ya quisiera —la mano derecha de Nix era difícil de aguantar—. Mina necesita verme de inmediato.

Thena se animó.

—Quizá tenga noticias de mis hermanas.

—Ya veremos —no quería darle falsas esperanzas—. Se ha instalado en el despacho de tu padre.

—Puaj —bizqueó y sacó la lengua.

Yo también quería hacer una mueca. Ella había soportado demasiados sermones interminables y discusiones a gritos en ese espacio. Y yo también. La tristeza le nubló la mirada. De pie en el enorme vestíbulo, parecía pequeña y vacilante.

—Oye, tú —le sujeté la barbilla, le rocé los labios suaves con los míos y la miré a los ojos—.

El despacho de tu padre es donde mejor llega la señal ahora mismo.

Mina está trabajando allí solo hasta que montemos algo mejor.

No tienes que venir conmigo. Puedes subir, descansar y acomodarte antes de la cena.

—Ni hablar —me agarró la mano—. Me quedo contigo.

—La mejor noticia del día —le planté un beso en los nudillos y salimos del vestíbulo principal para recorrer uno de los largos pasillos laterales.

—Qué extraño es estar aquí —Thena rozó con las yemas de los dedos los grandes tapices que cubrían la pared mientras pasábamos—. Tengo la sensación de que, en cualquier momento, él va a abrir esas puertas de golpe y a gritar mi nombre a pleno pulmón.

—Yo siento lo mismo —confesé—. Pero si tenemos que estar aquí, no podemos andar de puntillas ni quedarnos atrapados en viejos recuerdos. Más vale que hagamos este lugar nuestro y creemos nuevos recuerdos. ¿Sabes a qué me refiero?

—Sí —al llegar a las puertas dobles del despacho, enderezó la espalda y respiró hondo—. Nuevos recuerdos, allá vamos.

Abrí la puerta y entré tras ella. Las luces estaban apagadas. El despacho, a oscuras. Las pesadas cortinas cubrían las ventanas y el techo abovedado capturaba el eco de nuestros pasos mientras avanzábamos por la estancia.

En las sombras, reconocí la colección de clásicos del viejo, que nunca leía; el busto de Julio César, de perfil en su hornacina; y el enorme escritorio de Richard Astor, donde varios portátiles zumbaban con las pantallas en negro.

Junto a la ventana del fondo, el haz de una linterna rasgó las sombras e iluminó un rostro congelado en una mueca de maldad y una boca que exhibía un afilado juego de colmillos. El frufrú de una tela pesada rompió el silencio, como alas a punto de alzar el vuelo.

—Bienvenidos a la guarida del vampiro —anunció una voz siniestra, aunque familiar—. Contemplad las sombras desde las que gobierno el mundo.