Capítulo veintidós
Dash
Como si hubiera quedado atrapado en una distorsión temporal, permanecí de pie en el extremo más alejado del aparcamiento, contemplando la enorme casa que evocaba algunos de los mejores y peores recuerdos de mi vida.
El lugar era tan inmenso, ornamentado y ostentoso como lo recordaba.
Construida para rivalizar con las extravagantes fincas de la Edad Dorada, Richard Astor la había diseñado para impresionar, intimidar y abrumar a sus súbditos con el peso de su riqueza y poder.
A juzgar por las expresiones en los rostros de mi equipo, funcionaba.
De pie junto a mí, Thena se aferraba a mi brazo con ambas manos.
Con los ojos redondos y vidriosos, recorría con la mirada la fachada de piedra de la mansión.
Su respiración pausada era un poco más rápida de lo normal.
No me cabía duda de que estaba experimentando algunas de las mismas emociones contradictorias que yo sentía.
Era como regresar a la escena de un crimen. O de muchos crímenes.
—Parece…
Vaciló antes de obligarse a continuar.
—Parece encantada y perturbadora a la vez.
—No te falta razón.
Demasiados fantasmas rondaban este lugar, junto con historias trágicas y los relatos inconclusos de quienes lo habíamos evitado.
—Son los jardines.
La mirada de Thena recorrió la vegetación silvestre.
—Hacen que la casa parezca abandonada. Desolada. Desierta.
No podía llevarle la contraria.
—¿Qué pasó con los jardineros?
—Padre los despidió la última vez que estuvo aquí.
—¿Por qué?
—Los rosales de mamá.
—¿Qué les pasó?
—Murieron.
Thena se mordió el labio.
—Los mató algún tipo de hongo. Los jardineros no pudieron salvarlos. Padre dijo que no había necesidad de jardines ni de jardineros si no podían hacer su trabajo y salvar los rosales de mamá.
Se me encogía el corazón por Thena. Por doña Lupe, que había cuidado sus rosas hasta el final. Por los hermanos Astor, que habían perdido el último recordatorio tangible y vivo de su madre, y por Richard Astor, que había perdido a su esposa y el norte el día en que ella murió.
Joder, no. Borra eso. No iba a permitirme sentir lástima por ese cabrón.
La presión de los dedos de Thena en mi piel hacía que el momento pareciese aún más surrealista. Había jurado no volver a este lugar hacía años. Le había dicho a Richard Astor a la cara que jamás volvería a poner un pie en su casa. Y sin embargo, aquí estaba, acudiendo a su llamada.
Traga mierda y disfrútala, Dagger, resonó su voz rasposa en mi cabeza.
Por Thena, haría eso y más.
Guzman estiró el cuello para contemplar la mansión y silbó.
—¿Qué coño estoy mirando? No sé si esta cosa es espantosamente fea o de una belleza incomprensible.
—Tú no lo sabrías de todas formas —observó Ferranti, que también estudiaba la estructura—. No tienes ni pizca de gusto.
Guzman se encogió de hombros ante la pulla.
—Apúntame como indeciso.
—No estás aquí en representación de Architectural Digest.
El gruñido grave de Bozeman le recordó al equipo que este era el hogar de Thena y que no toleraría faltas de respeto en sus filas.
—Tu trabajo es asegurar este lugar. Nadie te ha pedido tu opinión.
Bozeman tenía razón, pero Guzman no se equivocaba.
La casa de Richard Astor era un revoltijo de estilos Tudor, gótico, victoriano y cualquier otro que Richard hubiera exigido a su sumiso arquitecto incorporar al diseño.
La mansión se alzaba dominando el pintoresco valle, lindando con terrenos del bosque nacional.
Enmarcada por las Rocosas y con vistas a un vasto lago, la casa y los jardines estaban rodeados por un muro de tres metros y medio y protegidos por un sistema de seguridad que dejaba en ridículo a Fort Knox.
Era un palacio para un hombre cuya ambición no conocía límites.
¿Quién coño necesitaba veinte dormitorios, veintitrés baños, treinta y seis chimeneas, tres cocinas, un salón de té, un invernadero acristalado, una sala de cine, un spa, una piscina olímpica interior y exterior, un gimnasio de doscientos ochenta metros cuadrados, una sala de billar con bar y salón de puros, además de una biblioteca de dos plantas diseñada a imagen de la planta principal de la Biblioteca del Congreso?
Pues absolutamente nadie, joder.
El resultado final de las ambiciones de Richard no era hermoso, ni elegante, ni tenía el menor buen gusto.
La mezcla aleatoria de estilos creaba una atrocidad arquitectónica laberíntica que dejaba atónito a cualquiera.
Cuatro torres anclaban el edificio, cada una albergando los aposentos privados de sus cuatro hijas, situados lejos del ala de solteros donde nos habían alojado a Nix y a mí.
Hastiales, torrecillas, cúpulas, pináculos, gárgolas, grotescos e incluso almenas adornaban las intrincadas líneas del tejado, junto con innumerables chimeneas que coronaban la monstruosidad.
Miré a Thena.
—¿Entramos?
—Supongo —murmuró inquieta.
Mientras nos acercábamos, desvié la mirada hacia la torre de entrada cuadrada.
Las iniciales de Richard Astor estaban grabadas en oro sobre las enormes puertas dobles.
El fénix ascendente en el centro de su escudo familiar relucía bajo la luz del sol.
Me fastidiaba caminar bajo el escudo de Richard, pero había trabajado duro para asegurarme de que este fuera un espacio seguro para Thena, quizás el único lugar donde el asesino de su padre no pudiera alcanzarla.
Saludé con un gesto al par de agentes de BB que custodiaban las puertas principales. Había solicitado personal del grupo general para asegurar la casa hasta que mi equipo y yo llegáramos. Llevaban veinticuatro horas sobre el terreno y habían actualizado los sistemas de seguridad de la mansión.
Una sofisticada combinación de detectores de movimiento y calor, cámaras y sistemas de vigilancia de alta tecnología hacía que, una vez que el Equipo Rastreador tomara posesión, no necesitáramos efectivos para proteger el lugar.
El equipo avanzado también había instalado un sistema de defensa automatizado a lo largo de la valla y los jardines, capaz de repeler un ataque con solo pulsar un botón. Tecnología BB en estado puro.
—Gracias por el apoyo.
Estreché la mano a ambos agentes.
—Id a casa. Nosotros nos encargamos.
Los hombres caminaron hacia sus vehículos, se unieron al resto de los operadores en los camiones y se marcharon. A partir de ahora, el Equipo Rastreador tomaba el mando.
Giré el tirador de hierro redondo de estilo medieval, empujé la enorme puerta para Thena y la seguí a través del cavernoso vestíbulo de entrada.
La colección de armería de Richard nos flanqueaba a ambos lados.
Una profusa exhibición de armas medievales cubría las paredes de suelo a techo, y varias armaduras completas con sus armas se erguían como centinelas silenciosos a nuestro paso.
—Vaya, esto es espeluznante.
Guzman se desvió para inspeccionar una de las armaduras con filigranas al final del pasillo.
—Te lo recuerdo de nuevo —el bajo profundo de Bozeman reverberó contra el techo abovedado del vestíbulo—. Nadie te ha pedido tu opinión.
Pasamos de la oscuridad cavernosa a una luz deslumbrante.
El sol caía a raudales sobre nosotros a través de la cúpula de cristal que se alzaba como una corona muy por encima de nuestras cabezas.
Los rayos de luz se refractaban sobre el damero de mármol blanco y negro.
Nos detuvimos a contemplar el imponente espacio que vertebraba la casa, las puertas francesas doradas que enmarcaban la vista del lago, las enormes escaleras de piedra que se elevaban en un extremo del vestíbulo y las balaustradas de piedra primorosamente talladas que rodeaban el gran salón por tres lados.
—Joder —el susurro de Guzman resonó en el espacio—. Esto es enorme. Grandioso. Barroco.
—¡Señorita Thena! —la figura alta y enjuta del ama de llaves de la Casa Astor se materializó como un fantasma del pasado mientras cruzaba el vestíbulo—. ¡Qué maravilla volver a verla!
—Sandy —Thena se refugió en los brazos de la otra mujer—. Ha pasado tanto tiempo.
—Demasiado —Sandy se apartó y, sosteniendo las manos de Thena, la observó de arriba abajo—. Pero ahora estás aquí. Es maravilloso tenerte en casa.
Sandy era una reliquia de los viejos tiempos.
Había sido el ama de llaves de Doña Lupe cuando éramos niños y se convirtió en la encargada de la Casa Astor después de que la construyeran.
Su cabello, antes negro azabache, se había vuelto gris, y las arrugas surcaban su rostro alargado.
El tiempo no había perdonado a ninguno de nosotros.
Sandy se volvió hacia mí y, abriendo los brazos, me ofreció también un abrazo.
Acepté la oferta.
Sandy y yo nos conocíamos de toda la vida.
Siempre había sido mi aliada silenciosa.
Mientras me abrazaba, el aroma familiar del pan recién horneado invadió mis sentidos.
Recordé cómo siempre me alimentaba cuando era un niño que dormía en los establos, y más tarde también, cuando Richard Astor me acogió en la casa, me asignó la habitación junto a Nix y crecí entre estas paredes.
Después de que muriera Doña Lupe, fue Sandy quien nos dio el único cuidado que recibimos de niños y de jóvenes.
—Mi dulce Dash —sostuvo mi rostro entre sus manos y sonrió—. ¿O ahora eres el Maestro Dagger?
—Es Dash —besé la frente de la mujer que había saciado mi hambre y apoyado mi causa por Thena—. Para ti, siempre seré Dash.
—Muy bien, Dash —juntó las manos—. He preparado vuestras habitaciones y he hecho los arreglos que solicitaste. He enviado al personal a casa. Solo quedamos Cook y yo. No sé cómo nos las apañaremos con este lugar y con todos vosotros sin el personal, pero lo intentaremos.
Aunque confiaba en Sandy y Cook con mi vida, había insistido en que también los investigaran.
Una vez confirmado que habían permanecido en Wyoming y que no habían visto a Thena ni a Richard Astor durante un año o más —en el caso de Thena—, nuestra investigación los había descartado desde el principio.