Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Veintiuno #3
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Capítulo Veintiuno #3

Un silencio cayó sobre el grupo y todos los ojos de la sala se volvieron hacia mí, sin duda preguntándose cómo reaccionaría.

Se me hizo un nudo en la garganta, pero el secreto ya estaba revelado y me tocaba dar la cara.

Todos estos hombres habían conocido a mi hermano.

Sentí un vínculo especial con ellos, una conexión instantánea basada en el amor y la pérdida.

—Gracias a todos por vuestro servicio, y especialmente por vuestra lealtad a mi hermano —esbocé una sonrisa con los ojos llorosos y miré a cada hombre a los ojos, intentando transmitirles que no los culpaba por la muerte de Nix—. Sé que hicisteis todo lo posible.

Una sensación palpable de alivio inundó la cabina, y la gratitud que vi en los ojos de Dash significó el mundo para mí. Contuve las lágrimas y continué:

—Es un placer conoceros a todos. Incluido tú, Finn.

Finn tragó ruidosamente y por fin logró hablar:

—A tu servicio, Diosa.

Negué con la cabeza e hice lo posible por disipar la sombra que se había cernido sobre el grupo:

—¿Podemos hablar de mi apodo ahora?

—¿Qué? —Javier frunció el ceño—. ¿No te gusta Diosa?

—Es un poco... pretencioso, ¿no crees?

—¡Pero mírate! Eres una diosa —Javier alzó las manos con su expresividad habitual—. Es el mejor apodo que he puesto en mi vida. Demonios, tu nombre de pila es Athena.

—Athena es mi nombre de pila, pero yo no lo pedí. Ahora me estáis llamando «Diosa». Siento que estoy pasando de un superlativo al siguiente.

—Oh, por favor —Javier puso los ojos en blanco—. El nombre te queda como anillo al dedo. Eres guapísima y luchas como la mismísima diosa de la guerra. Además, de eso van los apodos: de superlativos.

Arqueé las cejas.

—Veo que Goofy estudió gramática en el colegio.

—Soy gracioso, no tonto —replicó Javier—. Vamos a votar. ¿Todos a favor de Diosa?

Levantó la mano. Uno a uno, todos los hombres de la sala también levantaron la mano, incluido Dash, que reprimió una sonrisa.

Lo miré con los ojos entrecerrados.

—Traidor.

—Si te queda bien... —su sonrisa se ensanchó.

—¿Todos en contra? —preguntó Javier.

Solo yo levanté la mano.

—Gana la mayoría —dijo Javier con una sonrisa burlona.

—Micah todavía no ha votado —señalé.

—Aunque consiguieras dos votos, cosa que no es nada segura porque creo que Bozeman está en el bando Diosa, seguirías siendo minoría.

—Pero...

—Nombre elegido —Javier trazó un tic en el aire—. Asunto zanjado.

Mientras el auxiliar de vuelo recogía los platos sucios, guardé la bandeja y miré a Dash:

—Tú eres el líder aquí. ¿No puedes hacer algo al respecto?

—Me temo que esto es lo único que escapa a mi control.

Arrugué la nariz.

—Eso es muy típico de los mandamases.

—Supongo que aquí el mandamás soy yo —sonrió—. Y como tal, te ordeno que vayas a echarte una siesta.

—¿Una siesta? —me eché hacia atrás—. No necesito una siesta.

—Sí, la necesitas.

—¿Por qué yo? —Señalé al pequeño grupo de gigantes a mi alrededor—. ¿Por qué no les ordenas a ellos que se echen una siesta?

—Excelente punto. —Dash paseó la mirada por los demás—. Echaos una siesta.

Al unísono, todos los hombres cerraron los ojos y se desplomaron, fingiendo dormir.

—Ja, ja, muy gracioso. —Aplaudí aunque ninguno de los chicos se movió—. ¿Qué tengo que hacer para que alguien me apoye?

—Galletas. —Javier abrió un ojo—. A todos nos encantan las galletas. Menos a Bozeman. Ese come bebés de postre. Lo siento, Diosa, pero el jefe tiene razón. Pareces agotada. —Cerró el ojo y redobló la apuesta fingiendo roncar.

—Vale. —Imitando a los demás, me recosté en el asiento, entrelacé las manos y cerré los ojos. Si ellos podían jugar a ese juego, yo también.

Cuando volví a abrir los ojos, la voz del piloto sonaba por los altavoces y nos pedía que nos abrocháramos los cinturones.

Parpadeé para espabilarme y miré alrededor.

Como una camada de cachorros grandes y fornidos, los chicos estaban desparramados por todo el avión, tumbados en sofás y asientos, todos limpios, todos con los uniformes médicos puestos.

La cabina resonaba con el crujir de cuerpos grandes que se recolocaban para el aterrizaje y el clic de los cinturones al abrocharse.

Habían pasado muchas cosas desde que cerré los ojos. Alguien había reclinado mi asiento, una almohada me acunaba la cabeza y una manta suave me cubría. No tenía que adivinar quién había hecho todo eso por mí. Dash había tenido razón. Estaba agotada. Había dormido durante todo el viaje.

Bostecé, pulsé el botón para devolver el asiento a la posición de aterrizaje y me incorporé. Miré por la ventana: el sol de la mañana iluminaba la familiar pista de aterrizaje privada. Sentí el corazón vacío y una oleada de pánico me invadió por un momento.

Dash se inclinó hacia mí, me tomó la mano y asintió. Pero ni siquiera el consuelo de su contacto alivió la inquietante sensación de presagio que me oprimía el pecho y me pesaba en el estómago.

Después de todos esos años atrapada en las ciudades de hormigón del Este, después de lo que parecía toda una vida negándome el regreso a la tierra donde estaban mis raíces, estaba a punto de volver a mi lugar de origen, al sitio donde todo había comenzado, a una mansión llena de recuerdos y, peor aún, vacía de mis hermanas.