Capítulo Veintiuno
Thena
Salí de la ducha del avión limpia y renovada. Estaba cansada, pero la euforia de estar viva y de saber a todo el equipo a salvo a bordo me animaba. Dash estaba vivo. Eso era todo lo que necesitaba para seguir adelante.
Rasgué la bolsa de plástico y me puse el pijama quirúrgico perfectamente planchado que la auxiliar de vuelo me había dejado en la cama. Al parecer, todos los aviones de BB llevaban pijamas quirúrgicos limpios como estos para asearse después de las misiones. El mío me quedaba holgado pero cómodo.
Otra bolsa sellada contenía un par de zapatillas de plástico.
Me las calcé y di unos pasos. Los arañazos en las plantas de los pies no me molestaban demasiado.
Tenía un dedo del pie dolorido de un golpe, un par de moretones, y me dolía el cuerpo en lugares que no sabía que existían, pero en general, no me sentía tan mal.
Mi mirada cayó sobre el bastón de Dash, que también estaba en la cama.
Había dicho que ya no lo necesitaba porque ahora me tenía a mí.
Las mariposas en mi estómago se revolucionaron de nuevo al recordar el afecto que brillaba en sus ojos al pronunciar esas palabras.
Me había mirado como solía hacerlo. Eso me daba esperanza.
Tres años de penas no podían borrarse, pero quizás podían perdonarse.
Recorrí con los dedos el bastón fracturado y decidí quedármelo. Era un recordatorio de nuestra victoria duramente ganada la noche anterior y un símbolo de esperanza. En cuanto llegara a la Casa Astor, lo mandaría a reparar.
Con la toalla secándome el pelo mojado, salí de la suite.
Tras cruzar un compartimento con asientos enfrentados, me detuve detrás del umbral con paneles y eché un vistazo al compartimento central del avión.
Los chicos estaban reunidos en el salón principal de la aeronave, repantigados en un par de sofás largos alineados contra las paredes del Gulfstream G700.
Había volado en jets privados la mayor parte de mi vida.
Algunos habían sido más grandes y lujosos, pero tenía que admitir que este me impresionaba.
Estaba configurado especialmente para ofrecer comodidades a los guerreros que viajaban en él.
El office incluía una estación médica con todo tipo de medicamentos y aparatos, un espacio de almacenamiento dividido en compartimentos para las mochilas militares, y un estante de seguridad con las armas del equipo, chalecos tácticos y cascos.
El avión también estaba impecable. Contra un fondo de muebles de cuero color crema y paredes de madera pulida, Dash y su equipo parecían sucios y agotados.
El auxiliar de vuelo ofrecía toallitas calientes enrolladas que los chicos usaban para limpiarse las manos y la cara.
No parecía sorprendido ni molesto por aquel grupo mugriento que ensuciaba su aeronave.
Imaginé que muchos de sus pasajeros tenían ese mismo aspecto al embarcar.
Sentado en uno de los dos asientos individuales al fondo del salón, Dash se limpiaba la sangre y la suciedad de la cara con la toallita mientras concluía su informe.
Necesitaba una ducha y un cambio de ropa.
La parte trasera de su camisa se había chamuscado por la explosión del dron, y las cenizas manchaban el cuero del asiento a medida que hablaba.
Aun así, seguía viéndose poderoso, fuerte y al mando. Bajo las luces del techo, los mechones platinados que brillaban en su cabello aumentaban su gravedad. Sentado en su trono de alta tecnología, parecía un rey agotado de la batalla. Y estaba sexy como el demonio.
Tranquila, Thena. Tranquila.
Había sobrevivido al día. Mis pulmones se llenaron de aire fresco. Celebración ahora. Consumación, después.
La sesión informativa incluía a otros conectados de forma remota. Sus rostros aparecían en la pantalla dividida del televisor que colgaba en ángulo en la esquina superior. Como ya había hecho una videollamada con Mina cuando hablamos de mis hermanas, la reconocí en el monitor.
—Necesito respuestas —estaba diciendo Dash—.
¿Cómo supieron los tangos la ruta que íbamos a tomar?
¿Por qué nuestros exploradores no detectaron las señales de una emboscada?
¿Quién demonios es Coco y cuál es su conexión con el Cartel Valdez?
La policía negó haber enviado un equipo de respuesta, entonces ¿quiénes eran los hombres que ahora sabemos que eran policías falsos?
¿Quién diablos ordenó a la policía que se retirara después de que Mina informara del ataque?
Y finalmente, tras inspeccionar los restos carbonizados de los drones, ¿cómo consiguió Coco hacerse con drones de fabricación iraní operando en suelo estadounidense?
Muchas preguntas. Tenía razón. Necesitábamos respuestas.
—Bien, gente, a trabajar —ordenó Dash cuando me vio en el umbral—. Omega fuera.
Apagó el televisor.
—¿Alguna noticia sobre mis hermanas? —pregunté, conteniendo la respiración.
—Lo siento, nada todavía —señaló el asiento individual junto al suyo—. Aquí. Ferranti es enfermero de combate. Va a echarte un vistazo a los pies.
—Estoy bien —me eché la toalla al hombro, algo molesta por su tono. Entendía que Dash tenía un trabajo que hacer, pero yo no era una de sus soldados y no me gustaba que me dieran órdenes.
—Diosa, por favor —el hombre al que Dash había llamado Ferranti se levantó del sofá y abrió su botiquín sobre la mesa de centro—.
Prometo que no llevará mucho tiempo. Si me dejas cuidarte, también estamos cuidando al jefe —me arqueó las cejas pobladas con una sonrisa cómplice—.
De lo contrario, va a estar gruñendo todo el camino hasta Wyoming.
Su sonrisa realzaba sus rasgos cincelados e iluminaba sus ojos verdes. Sus pestañas naturalmente rizadas conspiraban con aquellos ojos vívidos para lanzar una mirada de impacto total. Me invitaba a confabular con él para apaciguar al gruñón interior de Dash.
Crucé el salón, me acomodé en el asiento individual y dejé la toalla a un lado, dejando que mi cabello húmedo colgara libremente.
Me quité las zapatillas, puse los pies sobre la mesa de centro y sostuve la mirada de Dash.
—Haré esto, pero solo porque Ferranti me lo pidió amablemente.
«A diferencia de ti», transmití mi descontento a Dash.
Asintió. Captó el mensaje. Necesitaba volver al modo civilizado.
El auxiliar de vuelo se acercó a ofrecerme algo de beber.
—Agua, por favor —me llevé una mano al lado de la boca y fingí hablarle en tono conspiratorio—.
¿Crees que podrías conjurar algo de comida para estos chicos?
Oigo ruidos que vienen de por allí —señalé con la barbilla hacia Dash—.
La comida podría ser nuestra única esperanza para evitar una catástrofe.
Los chicos se rieron e incluso a Dash se le curvaron los labios. El auxiliar me aseguró que tenía lo que necesitábamos. Salió del salón y se dirigió al office delantero. Ahora solo tenía que trabajar para mejorar el ánimo de todos en este avión, y especialmente el de Dash.
—Entonces, ¿cuál es tu nombre de pila? —pregunté mientras Ferranti se arrodillaba para examinarme los pies.
—Me llamo Matteo —me untó las plantas de los pies con un desinfectante de olor penetrante que picaba un poco—. Pero mis amigos me llaman Matt.
—O Ferrari —un hombre de cabello castaño con enormes ojos color miel esbozó una sonrisa juguetona—. Lo llamamos así porque cuando está en modo batalla su motor ruge.
—Rápido, potente y caro —bromeé con Matt—. No está mal como indicativo para un sanitario.
—Podría haber sido peor —coincidió, y todos nos reímos. Vaya, hasta Dash sonrió.
—Seguro que no soy la única que se merece una ducha —adopté mi papel de cuidadora—. ¿Quién sigue?
—Yo voy —Micah se levantó y cruzó el salón masajeándose la mandíbula.
—Eh, Granite —lo llamó Dash—. ¿Te está molestando esa muela otra vez?
—No.
Micah siguió caminando.
—Preparación operativa —le recordó Dash—. Quiero que te la miren.
Micah le lanzó a Dash una mirada hosca y cerró la puerta de la suite tras de sí. Dirigí una mirada interrogante hacia Dash, pero fue el mismo bombón de ojos marrones que había hablado antes quien satisfizo mi curiosidad.
—Granite no le tiene miedo a nada —el hombre se encogió de sus musculosos hombros—. Excepto al dentista.
—Cállate, Guzman —gruñó Dash—. Las manías de Bozeman no son asunto tuyo.
—Venga ya, jefe —Guzman esbozó una sonrisa que habría hecho desmayarse a la mayoría de las mujeres—. Aquí todo el mundo está al tanto.
¿El formidable Micah le tenía miedo al dentista? Algo para reflexionar.
Volví a centrar mi atención en Guzman. Micah había dicho que él había sido el segundo al mando de mi hermano, pero no había podido salvar a Nix.
Micah lo consideraba vergonzoso. La compasión por Guzman me inundó el pecho.
Yo también había intentado salvar a mi familia y había fracasado.
Me pregunté si Guzman se sentía igual, si sus constantes intentos de aligerar el ambiente ocultaban vergüenza o culpa.
Quería abrazarlo y liberarlo de sus remordimientos, pero sabía de primera mano que eso tenía que hacerlo él mismo.
—Así que tú eres el infame Goofman —dije con una sonrisa pícara—. Kai dijo que eras el que ponía los indicativos por aquí.
—K-man pronunció mal mi apellido, como siempre. No es Goofman, es Guzman —el payaso guapo hizo un teatrillo de entrecerrar los ojos mirando a Kai, quien lo ignoró por completo—. Me llamo Javier. Se pronuncia como si te estuvieras riendo: ja-vier.
—O Goof, payaso mayor —soltó Kai desde su rincón, donde estaba viendo una competición de surf en el móvil—. A nadie le gusta hacer el payaso más que a Goofman.
—¡Eh! —protestó Javier—. Un poco de respeto, KK.
—El respeto se gana —murmuró Kai sin apartar la vista de la pantalla.
¿Detectaba una sutil rivalidad entre esos dos?