Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo veinte
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Capítulo veinte

Thena

Los segundos se ralentizaron, dándome tiempo de sobra para sentir todo el peso de mi autodesprecio.

Iba a morir como la mujer estúpida que había sido el día en que creí las mentiras de mi padre sobre Dash.

Estaba a punto de dejar un legado de «no lo sabía» y «ojalá hubiera hecho las cosas de otra manera».

Iba a marcharme sin redimir mi segunda oportunidad con Dash, abandonando a mis hermanas a un destino similar al mío.

No.

Mis dedos se apretaron alrededor del bastón de Dash hasta que me dolieron los nudillos.

Algo se rebeló dentro de mí. No era ninguna «señorita».

Tampoco era ninguna indefensa «princesa Astor».

No iba a aceptar mi muerte con resignación.

Era Athena, joder, Astor, y aunque había cometido errores por el camino, iba a salir de este mundo a mi manera.

***

Dash

—¿Dónde está? —pregunté con voz ronca al alcanzar a King, quince segundos después de que destruyeran el último dron—. ¿Dónde está Thena?

—A salvo —informó King—. Le dije que no se moviera del bosque, al otro lado de la carretera.

Alcé la vista, dando gracias al universo por su vida en medio de aquel desastre, pero las luces azules y rojas que parpadeaban reflejándose en el cielo nocturno cortaron en seco mi momento de gratitud.

—A la carretera —ladré por el comunicador—. ¡Ahora!

Mis pies ya estaban en movimiento. Mis piernas se impulsaban mientras atravesaba el bosque a toda velocidad, zigzagueando entre arbustos y árboles, atacando la cuesta. Un calambre en el muslo amenazó con frenarme, pero no lo permití.

Tienes que ir más rápido, Dagger.

Ignorando la tensión en mi pierna, dejando a King atrás para reunir al equipo, aceleré hasta límites que no conocía.

Thena no tenía ni idea de que nuestros atacantes habían demostrado poco miedo a ser detenidos por la policía.

No podía anticipar el peligro. Estaba seguro de que intentaría ayudarnos.

Lo cual significaba que era muy probable que ya se hubiera expuesto a una muerte rápida.

¿Qué probabilidades había de que esas luces parpadeantes anunciaran la llegada de policías de verdad y no de impostores o matones corruptos?

Menos del uno por ciento, calculé, teniendo en cuenta todo lo que había aprendido hoy sobre mi enemigo, incluido el hecho de que, fuera quien fuese, había luchado como un caudillo con recursos ilimitados y había matado a sus propios contratados, un grupo de mercenarios experimentados que no habían mostrado ningún miedo a la policía.

El hijo de puta que había preparado la emboscada tenía previsto acabar con nosotros esa noche.

Coroné la colina, corrí a toda velocidad hasta el borde de la carretera y seguí corriendo pegado a la línea de árboles.

Brazos en movimiento, pies ligeros sobre el suelo, aceleré hacia las luces parpadeantes.

Al tomar la curva y acercarme al coche patrulla, me encontré con la visión más aterradora de mi vida: Thena plantándole cara a dos policías uniformados.

Con mi chaqueta sobre su vestido rasgado, permanecía de pie, los pies descalzos plantados en el asfalto, la mandíbula tensa, el rostro manchado de suciedad, el cabello suelto y enmarañado. Uno de los matones sostenía el arma en alto, apuntándole a la cara.

Salí de mi escondite a galope tendido y, con los pies golpeando la carretera, levanté la Uzi y apunté. Clic. Cargador vacío. Mierda. Había gastado la munición cazando drones. Tiré el trasto a un lado.

—¡Eh! —grité mientras echaba mano a la pistola—. ¡Aquí!

Los dos matones se volvieron hacia mí.

Mientras levantaba la Glock, presencié la hazaña más increíble, temeraria y valiente.

Thena blandía mi bastón como un bate, recordándome sus días de gloria en el sóftbol, y lo balanceó con más fuerza de lo que creí posible.

El pomo golpeó la mano de su atacante. El arma salió volando y rebotó en la carretera con un chasquido metálico.

Siempre había tenido un brazo fuerte y un buen golpeo, pero el problema era que aquellos matones eran más fuertes que ella y aquello no era ningún juego.

Los ojos del segundo policía se abrieron de par en par cuando me vio llegar. Se giró hacia mí y echó mano al arma. Aunque todavía estaba lejos, lo abatí con tres disparos al centro de masa.

Al mismo tiempo, Thena volvió a blandir mi bastón, estrellando el pesado pomo contra el abdomen del otro hombre. Parecía imposible que una mujer de complexión tan delicada pudiera asestar semejantes golpes a un oponente más fuerte, y sin embargo él se dobló sobre sí mismo.

Thena volvió a golpear, descargando una lluvia de bastonazos sobre el matón, una y otra vez. Aun así, el hombre mantuvo los brazos en alto para protegerse la cabeza. Trastabilló unos pasos hacia un lado y se lanzó hacia su arma en el suelo.

Ni hablar.

Disparé.

Cayó a sus pies.

Thena retrocedía con paso vacilante, aferrándose a mi bastón, alejándose del hombre muerto que se desangraba en el suelo. Sus ojos se cruzaron con los míos. Aquella mirada vidriosa no mostraba rastro de reconocimiento. Reduje el paso. Sentí más que oí la presencia de mi equipo alcanzándome.

—Joder —la voz incrédula de Guzman me llegó aunque toda mi atención estaba puesta en Thena—. ¿Habéis visto eso, tíos? ¡La Diosa pelea como el diablo!

—Cierra el pico —el bajo grave de Bozeman tomó el mando—. Asegurad el perímetro. Aseguraos de que todos los objetivos hayan sido eliminados. Control, ¿informe? Cambio.

—El aire está limpio —la voz de Mina crepitó en mi oído—. El terreno despejado. Nada se mueve salvo vosotros. Cambio.

Sabiendo que mi equipo me cubría las espaldas, bajé el arma.

—Thena —me acerqué a ella—. ¿Thena?

La garganta le tembló y los labios se le movieron, pero no logró articular palabra.

Los suaves rizos le revoloteaban con la brisa, tan perdidos como su mirada.

La piel le resplandecía de un blanco porcelana contra mi chaqueta de esmoquin negra y los restos de su vestido rojo.

Los churretones de suciedad le daban al rostro un aspecto amoratado.

Los ojos le parecían tan grandes y redondos como la luna, que decidió honrarnos en ese preciso instante, proyectando su tenue luz sobre nosotros.

Los temblores empezaron a sacudirle el cuerpo, pero aun así, mi feroz diosa se aferró a mi bastón. Un destello de desafío iluminó aquellos ojos apagados cuando di un paso adelante. Levantó el bastón y gruñó:

—Aléjate.

—Soy yo —dije. Me moví despacio, guardé el arma en la funda y levanté las manos—. Soy yo, Dash. ¿Te acuerdas de mí?

Parpadeó varias veces antes de que la frialdad de su mirada se quebrara.

—¿Dash? —susurró—. ¿De verdad eres tú? ¿Sobreviviste?

—Soy yo, y sí, sobreviví.

Entonces caí en la cuenta de que eso era exactamente lo que había sido hasta entonces: un superviviente maltrecho de todo tipo de guerras, incluidas las que se libraban dentro de mi cabeza.

Ahora quería ser más que un superviviente, un hombre entregado a una vida plena, digno de Thena y dedicado a reconstruir nuestra felicidad.

Para que eso fuera posible, primero tenía que poner a Thena a salvo. Después, cazar a Coco y acabar con la amenaza de una vez por todas.

«Coco, quienquiera que seas, estás jodido. Voy a por ti».

Tras parpadear varias veces, Thena bajó el bastón lentamente. Abrí los brazos, di un paso hacia ella, la estreché contra mí —su cuerpo frío contra el calor del mío— y le besé la coronilla. Luego me aparté para mirarla.

—¿Estás bien?

—Sí. No —respondió.

Por un segundo, su cuerpo se aflojó entre mis brazos antes de que lograra sostenerse de nuevo.

—Lo siento —murmuró.

—¿Por qué lo sientes? —La abracé contra mi pecho, invadido por una oleada de alivio al tenerla en mis brazos, agradecido de que fuera tan fuerte e inteligente—. ¿De qué tiene que disculparse mi valiente diosa?

Levantó la vista, me miró a los ojos y alzó el bastón torcido.

—Lo rompí.

La sonrisa que se apoderó de mis labios suavizó las líneas de su rostro.

—No pasa nada —dije. Le acaricié la mejilla y la besé—. Ya no lo necesito.

—¿No? —preguntó.

Sus ojos plateados me escrutaron el rostro entre beso y beso.

—No —respondí, sonriendo contra sus labios—. Te tengo a ti.