Capítulo dieciocho #2
—Está sacando la información que necesitamos para encontrar al hijo de puta que montó todo este desastre —explicó Kai en un murmullo—. También está ganando tiempo y acorralando a estos imbéciles hasta que llegue la policía.
—Me parece que la policía se está tomando su tiempo.
—Tiempo estimado de llegada, cinco minutos —Kai señaló su auricular.
Me obligué a respirar. Estos iban a ser los cinco minutos más largos de mi vida.
***
Dash
—Hagamos esto rápido y simple —en lo alto de mi colina, me mantuve en una postura relajada, pero todos mis sentidos estaban en alerta máxima—. ¿Quién os envió?
El líder esbozó una sonrisa satisfecha que me cabreó. —Prefiero arriesgarme con la policía que responder a tus preguntas —dijo el imbécil.
—¿Quién dice que viene la policía? —entrecerré los ojos y observé cómo el hombre cambiaba el peso de un pie a otro, nervioso. Creía que estaría a salvo con la policía. Tomé nota.
—Eres un soldado profesional que respeta la ley, no un asesino a sangre fría —el cabrón se aferró a su bravuconería, revelando en el proceso que sabía algunas cosas sobre mí—. No vas a matarnos. Tienes que entregarnos a la policía.
—La policía es un destino demasiado bueno para escoria como vosotros —mostré los dientes—. Me estás haciendo perder el tiempo. ¿Con sangre o sin sangre?
—Como dije, tú—
Solo había una forma de hacer hablar a este cabrón. Hice una señal.
Crack.
El líder cayó al suelo entre gritos. Se retorció buscando una herida. No encontró herida como tal, pero sí el agujero en los pantalones que había dejado una bala al rozar la cremallera justo debajo de su paquete.
Los tangos a su alrededor vacilaron, con los ojos muy abiertos, buscando al francotirador capaz de eliminarlos a ellos y a sus pollas. No iban a encontrar a Cooper. Era demasiado hábil para delatar su posición.
—¿Quieres conservar tu polla? —le pregunté al tipo de la barba—. Habla.
—¿Qué mierda, tío? —me miró, indignado—. ¡Casi me vuelas las pelotas!
—Agradece que todavía las tienes —fulminé con la mirada a sus amigos y endurecí la voz—. ¿Quién os envió?
—No lo sé —dijo el líder, aún tirado en el suelo.
—No me gusta esa evasiva —comencé a levantar una mano.
—¡Espera, espera! —suplicó el hombre—. Es la verdad. No sé quién nos contrató, solo que lo hicieron. Fue un contacto ciego a través de nuestro intermediario.
No quería creerle al imbécil, pero el hombre al que cazaba no era ningún tonto. Pulsé el comunicador. —Control, ¿me copiáis?
—Aquí control —respondió Mina—. Te copio. Lo estoy viendo en directo. Buena peli hasta ahora. Cambio.
—Recibido. —La cámara de Cooper transmitía imágenes en directo a Mina—. Háblame. Cambio.
—El matón con el que estás hablando es Randy Wilkes —la voz de Mina me llegó nítida y clara por el auricular, junto con el tecleo de su ordenador—.
Es un mercenario del Cártel Valdez. El cártel alquila a Wilkes y a sus matones al mejor postor para sacarse un dinero extra.
El historial delictivo de Wilkes es tan largo que podría servir de rollo de papel higiénico tamaño industrial.
—Eh, Wilkes —llamé.
El hombre levantó la cabeza de golpe.
—¿Cómo coño sabes mi nombre?
—Haces trabajos para el Cártel Valdez —me aseguré de que sus hombres también me oyeran—. ¿Esto es un encargo para algún cliente del cártel?
—No puedo decirte una mierda —el hombre se levantó del suelo—. Si lo hago, soy hombre muerto.
—¿Qué opináis, chicos? —sin apartar la vista de Wilkes, me dirigí a mi equipo—. ¿Les enseñamos cómo tratamos a los asesinos y camellos?
—Con mucho gusto. —El vozarrón de Bozeman retumbó en el hueco mientras daba un paso al frente, una promesa de venganza que hizo que los cabrones se removieran inquietos.
—Dile lo que sabes —gimoteó uno de los hombres de Wilkes, y los demás asintieron entre murmullos.
—Quizá si me das algo interesante, al final entreguemos a estos mierdas a la policía —les ofrecí como incentivo.
—Es un trabajo externo —soltó Wilkes.
—¿Nombre?
—No sé su nombre real —dijo Wilkes.
Hice ademán de levantar la mano.
—¡No, espera! —Wilkes hizo un gesto para frenarme—. No sé su nombre, pero en la calle lo conocen como Coco.
—Coco. —Eso era algo—. ¿Coco trafica con drogas como tus jefes?
—No sé si trafica o no —dijo Wilkes—. Pero tiene pasta. Mucha.
Un financiero del cártel, entonces.
—¿Qué más les ofrece Coco a tus jefes, aparte de pasta?
—No lo sé, ¿quizá materia prima?
—¿Fentanilo?
Wilkes asintió.
—¿Logística?
Wilkes volvió a asentir.
Hijo de puta. Un cabrón así estaría conectado a una red mundial. Tendría recursos de sobra y contactos en todo el mundo para matar a Thena y a todas sus hermanas.
—¿Es estadounidense?
—¿Y cómo coño quieres que lo sepa? —protestó Wilkes—. ¡Nunca he hablado con él!
—Voy a reformular la pregunta para que vivas un poco más —mascullé—. ¿Has visto u oído algo que te dé pistas sobre la nacionalidad del tipo?
—Solo que le gusta pagar y cobrar en dólares. O en cripto. Le mola mucho la cripto.
Eso no ayudaba mucho.
Estaba a punto de preguntarle al imbécil de dónde había sacado la información para montar la emboscada cuando la voz alarmada de Mina irrumpió por el auricular.
—Jefe, tengo un contacto en el radar —informó a toda velocidad—. Ampliando. Mierda. Dron. ¡Se acerca!
—Equipo Rastreador, dispersaos —bramé por el comunicador mientras me alejaba de los tangos a la carrera—. Protocolo UAV.
El dron apareció de la nada y se estrelló contra el hueco.
La tierra tembló. El mundo se convirtió en fuego.