Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Once
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Capítulo Once

Thena

Sus palabras me golpearon como un latigazo. Me quedé allí paralizada, mirando a un Dash furioso, sin poder procesar lo que acababa de decir. Me había asegurado. Las fotos. Eran reales. Me había engañado. ¿O no?

—Escúchame.

El tono áspero de Dash me arrancó de mi aturdimiento.

—Solo voy a explicar esto una vez.

Las arrugas de su entrecejo se marcaban profundamente y una vena le palpitaba en la frente. Estaba furioso, con la furia de quien sabe que tiene razón.

—Tu padre quería que Nix se casara con una niña bien de pedigrí, una heredera de sangre azul de la Costa Este.

El frío de su voz me heló por dentro.

—¿Te acuerdas?

—¿Qué tiene eso que ver con nada?

—Nix hizo todo lo que estuvo en su poder para desafiar al viejo Astor —explicó con tono profesional, como si hablara del tiempo—.

Tu padre, ese maniático del control, puso un detective a seguir a Nix para enterarse de todo lo que hacía su hijo.

Temía que Nix hiciera algo para echar por tierra sus planes de casarlo con la rica heredera.

—Yo... eh...

Hice una pausa para frotarme la cara.

—No te sigo.

—Claro que me sigues.

Su sonrisa fría y burlona me atravesó.

—Contigo todo es a conveniencia. Quién es inocente. Quién es culpable. Pues aquí tienes la verdad que nunca me preguntaste.

La ira contenida en sus palabras me heló la sangre. En todos nuestros años juntos, nunca me había hablado así, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por no gritar, como si hubiera sido yo quien lo había traicionado.

—Tu padre tenía razón —dijo Dash—. Nix se aseguró de que ese compromiso nunca llegara a nada.

Conoció a esa mujer en un resort egipcio mientras estábamos de permiso.

No había amor de por medio. Solo se divertían.

Nix quería fotos en lugares públicos para que la heredera entendiera que no le interesaba y que la boda no iba a celebrarse.

—¿Estás diciendo que era Nix quien andaba con esa mujer?

El corazón se me encogió en el pecho.

—¿No eras tú?

—Si revisas los archivos de la influencer, puedes comprobarlo. Encontrarás un montón de fotos de ella y Nix posando para su blog. Ponte en contacto con ella si no me crees. Te lo confirmará.

¿Podría estar diciendo la verdad?

Había evitado revisar la cuenta de la influencer por miedo a encontrar más fotos de Dash con ella. En aquel entonces, no habría soportado más dolor. Ahora mi cuerpo se enfriaba al mismo ritmo que la frialdad que emanaba de Dash.

Su creciente distanciamiento mientras hablaba me horrorizaba.

Como si la conversación no fuera ya bastante espantosa, una sensación de fatalidad inminente me oprimía el pecho.

Presentía que todo iba a empeorar. Un nuevo tipo de miedo me retorció las entrañas: el terror de que estuviera diciendo la verdad.

—La amante de Nix era una bloguera de viajes —continuó Dash, sin darme tiempo a procesar—. Estaba dispuesta a reunirse con él en distintos países mientras estábamos desplegados. Como tu padre andaba maquinando, Nix ideó un plan. Ya conoces a Nix. Le encantaba ganarle la partida al viejo zorro.

Nix había pasado toda la vida desafiando a mi padre. Mi padre había intentado imponerle su voluntad. Con la ayuda de Dash, Nix se había escabullido de su control una y otra vez.

—Así funcionaba la cosa.

Dash dio un golpecito en una foto con el dedo.

—Cada vez que teníamos permiso en tierra, Nix se adelantaba para hacer que el detective lo persiguiera.

Yo llevaba a la mujer al hotel que él eligiera.

Como revelan estas fotos, Nix también dejaba que el detective se ganara el sueldo.

Era su forma de hacerle un corte de mangas a tu padre.

Así que sí, ese soy yo abriéndole la puerta a esa mujer en las fotos. Pero no, no te engañé.

Las palabras me salieron a duras penas.

—¿Estás diciendo que...?

—Tu padre te mintió.

Una vena en forma de «Y» se le marcó en la frente como la confluencia de dos ríos furiosos en un mapa.

—Y elegiste creerle a él antes que a mí.

El suelo se abrió bajo mis pies. Caí en un vacío sin fin. Tres años de suposiciones que había dado por ciertas se derrumbaron, aplastándome bajo las ruinas de mi vida. Si Dash tenía razón, si decía la verdad, había sido yo quien le había hecho daño.

—No.

Negué con la cabeza, incapaz de aceptar lo que eso implicaba.

—Mi padre no me mentiría. Bueno, sí mentía a menudo, pero no a mí.

—Te mintió.

Dash me atravesó con su mirada furiosa.

—Y peor aún, le creíste. Nunca me diste la oportunidad de explicarme, ni siquiera la cortesía de decirme por qué hiciste que me echaran del ático de tu padre. Apuesto a que quedó muy satisfecho consigo mismo.

—Mi padre era cruel, claro, pero...

Entrelacé las manos temblorosas y negué con la cabeza, todavía sin querer creerlo.

—Esto parece excesivo, incluso para él.

—Tú tenías que saberlo.

El rostro de Dash era una máscara de severidad.

—En el fondo, tenías que haber sabido que era cosa de tu padre, con sus juegos tóxicos.

—¡No lo sabía!

Me costaba respirar.

—No soy idiota. Hice que autenticaran las fotos.

—Me echaste como si fuera mierda de caballo.

—Esas fotos...

—Parecen bastante incriminatorias, lo reconozco.

Negó con la cabeza con tristeza antes de fulminarme con la mirada.

—A menos que me conocieras. Mi carácter. A menos que entendieras quién era yo y cuánto te quería.

Te quería. En pasado. Definitivo.

—Yo...

—Caíste en la trampa de tu padre. Quizá eso podría haberse perdonado.

Tu padre era un mentiroso consumado. Todos habíamos caído en sus maquinaciones en algún momento, pero siempre acabábamos juntándonos y descubriéndolo.

Ese era el pacto que hicimos, el que tú rompiste el día que decidiste no contarme esta mierda.

—Me quedé en estado de shock —intenté que mi voz no sonara tan desesperada como me sentía—. Estaba de luto por Nix.

—¡Yo también! —bramó.

Me estremecí. Dios mío. ¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer?

—Me mata que hayas elegido creer a tu padre —Dash negó con la cabeza y se masajeó las sienes—. Eso me dice que creíste su versión de los hechos, la que decía que me negué a arriesgar el pellejo para acudir en ayuda de Nix cuando me necesitaba.

—Yo no...

—Te tragaste las mentiras de Richard enteritas —los nudillos se le pusieron blancos alrededor del bastón—. Nunca me diste la oportunidad de explicarme, de hacer el duelo contigo. Cuando aparecieron las fotos, estabas deseando creerlas. ¿Sabes por qué?

Negué con la cabeza, vagamente consciente de las lágrimas que me corrían por el rostro.

—Porque ya no confiabas en mí —me miró con ojos vacíos—. Estabas deseando echarme de tu vida y por eso te tragaste las mentiras de tu padre.

—No —chillé—. Eso no es...

—Estabas lista para creer las mentiras de tu padre porque habías terminado conmigo —afirmó con frialdad—. Aprovechar las circunstancias es la forma en que los Astor se deshacen del lastre.

—Me estás confundiendo con mi padre —espeté.

—Recapitulemos —dijo con una mueca despectiva—.

Cuando Nix murió bajo mi vigilancia, dejaste de confiar en mí.

Le creíste a tu padre cuando dijo que le había fallado a tu hermano.

La aparición de esas fotos fue de lo más oportuna.

Hacerte la víctima de mi infidelidad era la forma más fácil de deshacerte de mí.

Te daba la salida moral. Me convertiste en el villano para poder librarte de mí.

—¡No! —grité—. Es verdad que estaba confundida, pero no era así como me sentía.

—¿Estás segura? —la pregunta quedó suspendida en el aire como una guillotina a punto de caer—.

Porque nunca me pediste mi versión de los hechos.

Me negaste la oportunidad de defenderme.

Has estado ilocalizables durante casi tres putos años.

Tuviste la oportunidad de arreglar esto, pero ¿lo intentaste?

—Yo... eh... —había estado demasiado herida para ver más allá de mi dolor, demasiado abrumada para dar el primer paso.

—No lo intentaste —dijo con voz inexpresiva—. Y esa fue la puntilla.

Me dio la espalda y se dirigió hacia la puerta. Se apoyaba en el bastón y su cojera era más pronunciada que antes, pero su porte seguía siendo tan orgulloso como siempre.

Eché a andar tras él.

—Tenemos que...

—Tenemos que trabajar juntos —se detuvo junto a la puerta y me sostuvo la mirada—. Te he oído perfectamente. Soy tu única opción, el único idiota dispuesto a hacer el trabajo. Soy tu herramienta, siempre lo he sido, para usarme y descartarme cuando y como te plazca.

—¡Eso no es verdad!

—Tu herramienta, eso es lo que he sido toda mi vida —esbozó una sonrisa triste que me caló hasta los huesos—. Muy bien. Terminaré este trabajo, pero te prometo, señorita Astor, que será la última vez que esté a tu servicio.

—Escúchate —se me quebró la voz—. No estás siendo justo.

—Por una vez, estoy siendo justo conmigo mismo —se irguió—. No puedes perdonarme por esas fotos. Las aceptaste como un hecho consumado. Pues yo no puedo perdonarte por creer a tu padre en lugar de a mí, por no creer en mí. ¡En nosotros!

—Dash...

—Tenemos un trato y ahora los dos sabemos qué esperar cuando termine —sentenció con una rotundidad que me golpeó como una bofetada—.

No me diste una oportunidad antes. No espero una ahora.

En tu cabeza, solo soy un infiel, un trepador social que solo quería tu dinero.

Pasaste página. Rápido. Un mes después de librarte de mí, empezaste a dejarte ver con lo peorcito de la alta sociedad.

Te habías librado de mí y te lanzaste a comerte el mundo.

Solté un bufido.

—No tienes ni idea de lo que dices.

—¿Ah, no? —el sarcasmo de su voz me golpeó en el estómago—. Salías en las columnas de sociedad constantemente con un montón de bombones del brazo.

Alcé la barbilla.

—¿Te crees todo lo que lees?

—¿Por qué no? —su pecho subió y bajó con un suspiro—. Si las piezas encajan...

El día en que esas fotos llegaron a mis manos, lo eché todo a perder sin remedio.

Por aquel entonces, mi padre había construido un argumento sólido y el equipo de seguridad de los Astor había confirmado las fotos.

Al dudar de la integridad de Dash, había cometido una ofensa imperdonable a sus ojos.

Había agraviado su honor y herido su orgullo.

Había dañado lo más profundo de su ser y por eso jamás me lo perdonaría.

Pero él se estaba mostrando despiadado. Mezquino. Cruel. Frío. Tan distante, tan furioso. Me tragué un sollozo. No quería escucharme. Había terminado conmigo. ¿Para qué intentar apaciguar a un hombre que ya había decidido que yo no valía una mierda, y mucho menos otra oportunidad?

—No te imaginas cómo me sentí cuando te fuiste —murmuré.

Si es que era posible, su rostro se endureció aún más.

—Este mundo, Thena, el mundo de tu padre, te ha engullido entera. Te ha devorado y te ha escupido convertida en otra cosa, en un clon de tu padre, una criatura muy distinta de la mujer de la que me enamoré.

—Eso es un golpe bajo —parpadeé para contener las lágrimas y recé para que no me temblara la voz—. Sabes que nunca quise ser como él.

—Solo constato los hechos —afirmó—. Te negaste a hablar conmigo. ¿Recuerdas?

—¡No soy como él!

—Entonces, ¿por qué demonios estás aquí completamente sola, sin poder confiar en nadie? —le espetó—. Hasta tus hermanas te abandonaron mientras tú seguías al lado de tu padre mentiroso y manipulador. ¿Qué coño dice eso de ti?

—Me sequé las lágrimas con rabia.

—No lo entenderías.

—Tienes razón, no lo entiendo —torció el gesto—. Tanta palabrería. Es una pérdida de tiempo y energía. No volveré a imponerte mi presencia.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Los peones siempre serán peones, y yo soy uno bueno y práctico —gruñó—.

Llevo toda la vida paleando estiércol y limpiando los establos de los Astor.

Se acabó esa mierda. Aquí estás a salvo.

Seguirás las instrucciones de mis socios al pie de la letra.

Mañana te acompañaré a tu fiesta y te sacaré de allí.

Actuaremos como sugeriste. Después nos iremos a Wyoming.

Esa monstruosidad que construyó tu padre es bastante grande para que los dos hagamos nuestro trabajo sin cruzarnos demasiado.

Si cumples las reglas, el futuro que puedo garantizarte es el que imaginaste para ti misma.

—Y según Dashiell Dagger, que lo sabe todo, ¿qué tipo de futuro es ese?

—Uno sin mí.

Salió de la habitación y cerró la puerta, dejándome con el corazón hecho pedazos.