Capítulo Diez
Thena
¿Qué había hecho? Me quedé rígida en los brazos de Dash. Él se dio cuenta. Se daba cuenta de todo.
Sus brazos se apartaron de mi cuerpo y su mirada buscó la mía.
—¿Thena?
Respiré hondo, me levanté de su regazo y me agaché a recoger mi ropa del suelo.
Hice el paseo de la vergüenza desnuda, maldiciéndome por mi falta de autocontrol.
Él, en cambio, estaba completamente vestido y dueño de sí mismo.
Mientras me ponía las bragas y metía las piernas en el pantalón del pijama, la mirada de Dash me quemaba, triste e implacable a la vez, resignada pero también rebelde.
Su decepción me recorrió las venas, dolorosa como el veneno. Quería llorar. En cambio, me abroché la parte de arriba.
—No me deseas —concluyó con voz neutra.
Resoplé.
—Es más que no puedo desearte.
Cerró los puños.
—¿Por qué no?
Eché los hombros hacia atrás.
—Sabes por qué.
—¿Ah, sí? —Su mirada se endureció—. Hace un momento estaba de rodillas comiéndote el coño, intentando mostrarte algo. Ahora me dejas tirado. El cambio climático no es nada comparado contigo.
—Lo siento. No pretendía que pasara. Tienes cierto efecto en mí, y tienes razón, necesitaba el desahogo que me diste.
—Pensándolo bien, parece que lo habrías aceptado de cualquiera.
—Cuidado con lo que dices —espeté—. Me arrepiento de lo que acaba de pasar. No debería haberlo permitido.
—Yo no me arrepiento de nada. —Entrecerró los ojos—. ¿A qué viene este giro? ¿Tienes miedo de que no pueda protegerte?
Puse los ojos en blanco.
—Eso es cosa tuya, no mía.
—Entonces esto tiene que ver con lo que dijiste, con que te traicioné, ¿verdad?
—¿Qué sentido tiene remover el pasado? —dije con los dientes apretados.
—Vaya si tiene sentido —gruñó—. Tiene todo el sentido del mundo remover el pasado. Así que hagámoslo.
—Dash, yo...
—Sé que te fallé cuando murió Nix. —Agarró el bastón del suelo y se lo colocó sobre el regazo—. Me he disculpado un millón de veces.
—Ya te lo dije. —Se me encendieron las mejillas—. Esto no tiene que ver con Nix.
Sus ojos se oscurecieron hasta volverse casi negros.
—Eso dices, pero no me lo trago.
—La muerte de Nix no fue lo que acabó con nosotros.
—Tienes razón. Tú acabaste con nosotros. —Se puso de pie, separó las piernas y apoyó ambas manos en el pomo del bastón—. Recuerdo que me gritaste que saliera del ático de tu padre. Me tiraste a la cara el anillo que te di, y luego hiciste que seguridad me echara.
—Tuve que hacerlo. —Levanté la barbilla—. Tú me obligaste a hacerlo.
—¿Ah, sí? —Negó con la cabeza, irradiando irritación—. Muy bien, entonces respóndeme a esto: si la muerte de Nix no fue la razón por la que rompiste conmigo, ¿por qué me echaste de tu vida el día de su funeral?
—Sabes lo que hiciste. —Una oleada de ira me nubló la mente—. Me traicionaste.
Hacía un momento había estado flotando gracias al don de sus labios, pero incluso entonces había sabido que era solo un respiro de la realidad. Ahora volvíamos a ser adversarios enfrentados en el duelo de nuestras vidas.
—Dime. —Su voz me atravesó como un temblor, agrietando los muros que habían contenido mi indignación hasta ese preciso instante—. ¿Cómo te traicioné?
—Fuiste a mis espaldas. —Me costó horrores decirlo en voz alta—. Me engañaste.
—Hechos —exigió—. Dame hechos.
—Las fotos.
Se irguió cuan alto era.
—¿Qué fotos?
—Me dijeron todo lo que necesitaba saber.
—¿De qué coño estás hablando?
—Ya. —Resoplé—. Mi padre dijo que negarías conocerlas.
—¿Tu padre? —El ceño fruncido se le convirtió en mueca—. ¿Qué tiene él que ver con esto?
—Él me dijo la verdad. —Las uñas se me clavaron en las palmas—. Me traicionaste. El día que te acostaste con otra, me destruiste.
***
Dash
Su acusación me golpeó en el plexo solar. El impacto me dejó sin aire y con el pecho dolorido. Durante un momento, solo pude mirarla fijamente.
¿Era esta la misma mujer que había estado gimiendo mi nombre y retorciéndose de placer momentos antes?
¿La misma belleza de dulce sabor que había estado adorando con mi boca, la mujer que me había llevado al dolor y a la esperanza con sus reacciones?
¿Acababa de acusarme de haberme acostado con otra?
—¿Qué has dicho? —logré preguntar, aunque apenas podía respirar.
Alzó la barbilla con orgullo y me sostuvo la mirada, pero los ojos se le llenaron de lágrimas. —Mientras me enviabas mensajes dulces y me jurabas amor eterno, te estabas revolcando con otra mujer.
—¿Otra mujer?
El corazón me latía como una bestia en el pecho. Su acusación me pareció una injusticia absoluta. Igual me habría dado con un bate en la cabeza. Era una pregunta que ya había hecho demasiadas veces últimamente.
—¿De qué demonios estás hablando?
Su bufido fue puro desprecio. —No lo niegues, Dash. Los dos somos adultos. ¿Y qué más da si tenemos que trabajar codo con codo? Nunca vamos a volver.
—Déjate de citar a Taylor Swift y rebobina un momento.
Luché contra el vórtice de confusión que amenazaba con tragarme entero.
—¿Qué es exactamente lo que no puedo negar?
—Dubái. Egipto. Roma.
Escupió cada nombre con desdén.
—Habíamos hablado de ir juntos algún día. ¿Te acuerdas?
—Por supuesto que me acuerdo.
¿Cómo no iba a recordar los sueños que alimentaron la época más feliz de mi vida?
—Íbamos a casarnos y recorrer el mundo juntos antes de formar una familia.
Frunció el ceño. —En cambio, la llevaste a ella.
—¿A ella?
Todo daba vueltas a mi alrededor mientras luchaba por comprender el alcance de sus acusaciones disparatadas.
—¿Quién es ella?
—Deja de hacerte el inocente.
Torció la boca con asco.
—Sabes perfectamente quién. La mujer con la que te acostaste durante un año entero antes de que Nix muriera.
—¿Qué mujer?
No conseguía entender nada de lo que decía. Era como si hablara en otro idioma que mi cerebro no lograba descifrar. No podía encajar las piezas del rompecabezas que me lanzaba. Thena había sido la única. La única. Nunca había habido otra mujer. No para mí.
Asumía la responsabilidad por la muerte de Nix, por ausentarme demasiado, por dejarla sola cuando encadenaba un despliegue tras otro año tras año.
Reconocía que había sido grosero y rebelde con su padre, pero demonios, se lo merecía, sobre todo cuando intentaba humillarla.
Admitía que a veces parecía ocupado y distante, que tenía que mejorar mi forma de comunicar las emociones, y que me costaba expresar el amor con palabras.
Nunca encontraba las palabras adecuadas para describir la magnitud de lo que sentía.
Concedía que, durante muchos años, había trabajado demasiado y me había exigido demasiado en mi afán por ser digno de ella.
Cargaba con todo lo que había salido mal entre nosotros antes y después de la muerte de Nix, pero ¿traición? ¿Infidelidad?
Ni siquiera se me había pasado por la cabeza.
—Athena, te juro por todo lo que me es sagrado
—las palabras me salieron a la fuerza—
que no tengo ni idea de qué estás hablando.
—Vaya amnesia más oportuna.
Volvió a bufar, un sonido cáustico que me hizo arder la piel de rabia.
—Qué conveniente. Déjame refrescarte la memoria. Ocurrió durante tu último despliegue. Tengo fotos tuyas con tu amante registrándoos en todos esos hoteles de lujo.
Intenté respirar, pero el aire no me llegaba a los pulmones. —Vas a tener que explicarte mejor.
—Mi padre te puso un detective.
Le tembló la voz de rabia.
—Había oído los rumores y sabía que yo necesitaría pruebas.
Me enseñó las fotos después del funeral de Nix, mientras yo esperaba a que llevaras a los heridos de tu equipo y del de Nix de vuelta al hospital antes de venir a casa.
Las mandé a autenticar de inmediato. En una hora confirmaron que eran auténticas.
Te había defendido hasta ese momento, le dije a mi padre que no eras responsable de la muerte de Nix, pero esas fotos…
Se le hizo un nudo en la garganta.
—Hablaban por sí solas. Me destrozaron el corazón.
Pronunció esas últimas palabras como un juez dictando sentencia de muerte.
—Me traicionaste.
Los ojos le brillaron con lágrimas contenidas.
—Me fuiste infiel.
Ahora sabía lo que se sentía al ser acribillado con flechas envenenadas. Sus acusaciones me atravesaron y me arrancaron todo lo que consideraba valioso. Mi honor. Mi orgullo. Mi dignidad. Mi devoción a la única mujer a la que había amado con todo mi ser.
¿De verdad se creía lo que estaba diciendo?
Apelé a mi lado bueno, pero fueron mis peores instintos los que respondieron.
—Enséñamelas.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, impuse mi fría racionalidad sobre mi creciente indignación. Iba a llegar al fondo de esto, aquí y ahora.
Me miró recelosa. —¿Enseñarte qué?
—Las fotos
—escupí—.
¿Las tienes?
—Pues claro que las tengo
—dijo como si fuera idiota.
Había guardado lo que creía que era la prueba de mi crimen durante casi tres años. Ni una sola vez me las había mencionado. Nunca me dio la oportunidad de defenderme. ¿Qué decía eso de ella? ¿Y de mí?
—¿Dónde están?
Me esforcé por contener la indignación.
—Necesito verlas.
Se echó el pelo hacia atrás. —No va a cambiar nada.
—Enséñamelas
—gruñí—.
Ahora.
Soné más brusco de lo que pretendía. Por un instante, vi un destello de miedo en sus ojos, que se abrieron de par en par.
—Por favor.
Me obligué a suavizar la voz, aunque sentía que el corazón se me revestía de una armadura gruesa y pesada ante la injusticia que me había infligido.
—Esto es importante.
—¿Importante para qué?
Me desafió alzando la barbilla con altivez.
Era un gesto tan Astor. Me recordó la arrogancia de su padre. También avivó el fuego de mi rabia contenida. Respondí entre dientes: —Importante para mi cordura.
—Está bien.
Soltó un resoplido de fastidio.
—Mi cordura nunca te importó mucho, pero la tuya es sagrada. Espera aquí.
Entró decidida en su vestidor. Desobedeciéndola, la seguí, apretando los dientes hasta que me palpitaron las encías. Me lanzó una mirada furiosa antes de apartar un panel oculto detrás de los estantes, introducir una combinación y abrir una caja fuerte. Metió la mano dentro y sacó un sobre grande.
—¿Querías pruebas? —Me estampó el sobre contra el pecho al salir del vestidor—. Ahí las tienes.
La mirada de soslayo que me lanzó me hizo sentir como si me hubieran escupido encima. El sobre pesaba más de lo esperado. Lo aferré con fuerza. La rabia dentro de mí seguía creciendo.
Mala señal.
La ira de Thena siempre había sido poderosa, pero la mía también. Entendía que estuviera enfadada conmigo. Estaba lejos de ser perfecto, pero su vil acusación y mi conciencia limpia me tenían conteniendo mi genio a duras penas.
Regresé al dormitorio, me planté frente al escritorio y volqué el contenido del sobre en la brillante superficie blanca.
La luz reveló varias fotografías ampliadas.
Cada una había sido tomada en un hotel diferente.
En cada una aparecíamos yo y una morena voluptuosa de cabello largo y curvas de infarto.
Por fin, los fragmentos disonantes del rompecabezas que alimentaba el rencor de Thena encajaron en mi cabeza. Ahora lo entendía. Más o menos. La rabia me rugía en los oídos.
Que se joda Richard Astor. A costa de la felicidad de su hija —y de la mía— finalmente había logrado separarnos. Todo porque necesitaba controlar y manipular todo y a todos a su alrededor. Todo porque Nix estaba muerto, yo no estaba en venta y él no podía controlarme.
—Athena. —Mi voz sonó tensa y contenida, pero mantuve la mirada en las fotografías—. ¿Es por esto que rompiste conmigo?
Se mordió el labio tembloroso.
—¿Por qué otra cosa iba a ser?
—Porque me culpabas por la muerte de Nix —sugerí, aún atónito ante la indignación absoluta que me lanzaba sin cesar—. Al menos eso es lo que pensé todo este tiempo.
—Nix era un soldado. —Se enjugó una lágrima furtiva—. Su carrera fue decisión suya. Su muerte casi acaba conmigo, pero fuiste tú quien puso el último clavo en mi ataúd con tu infidelidad.
—Te equivocas. —La situación era tan trágica como exasperante—. Estas fotografías no son lo que piensas.
—Mi padre dijo que dirías eso, y aquí estás, diciéndolo.
Gruñí.
—Parece que has olvidado quién era tu padre.
Frunció el ceño.
—¿Qué insinúas?
—¿Vas a escuchar lo que tengo que decir? —espeté—. ¿O he perdido hasta el derecho a defenderme?
—Los infieles no tienen defensa —replicó—. Mira estas fotografías. Me aseguré de que fueran auténticas. Pasaste un año entero tirándote a la influencer de TikTok por todo el mundo.
—Eso no es...
—¡Basta! —gritó, acallando mis protestas.
Se alejó de mí, se enjugó otra lágrima y se tomó un momento para recomponerse.
Me froté la cara e intenté centrarme, pero nada funcionó. Estaba demasiado jodidamente furioso para pensar con claridad.
—No lo entiendes —sollozó—. Estas fotografías me destrozaron. Tengo que trabajar contigo para encontrar al asesino de mi padre y proteger a mis hermanas, pero no me he recuperado... y nunca lo haré.
Sus palabras me atravesaron, tan dolorosas como su falta de fe en mí. Remacharon el mensaje con violencia, apuñalándome de nuevo con su desprecio.
—Así que estamos aquí porque no te queda otra —concluí con voz neutra—. Me dejaste volver a tu vida y me permitiste darte placer, no por ser quien soy, sino porque estoy aquí.
—Te amaba —susurró antes de endurecer la voz—. En aquel entonces, eras todo para mí: mi mundo, mi mejor amigo, mi amante, todo lo que tenía, todo lo que quería. Y luego... —Señaló las fotografías con la barbilla—. Eso.
—Te estoy diciendo que...
—Nunca podré olvidar esto —exclamó—. Nunca podré perdonarte. Te lo di todo y me traicionaste.
—No tienes que perdonarme —murmuré.
Cruzó los brazos y arqueó las cejas.
—¿Vas a decirme que esas fotografías no son reales?
—Esas fotografías son muy reales. —Reprimí las ganas de gritar y dejé que el frío que me invadía serenara mi voz—. Lo que ves ocurrió.
—No quiero oírlo. —Se dio la vuelta—. No puedo.
—Lo que ves ocurrió —repetí con firmeza—, pero no es lo que piensas.
Se giró para encararme.
—¿Qué demonios significa eso?
—Ese soy yo en esas fotografías —mascullé—. Pero esa mujer no era para mí.
Frunció el ceño.
—No tiene ningún sentido.
—Sí llevé a esa mujer a varias habitaciones de hotel por Europa y Oriente Medio. —Le dije la verdad—. Pero no estaba allí para verme a mí.
Se quedó boquiabierta.
—¿Qué?
—No tuve nada que ver con ella —dije—. Era para Nix y, conociéndome a mí y a tu padre, tú más que nadie... tú deberías haberlo sabido.