Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Ocho #4
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Capítulo Ocho #4

—No, Dash, no. —Cerré los puños sobre el regazo—.

No voy a permitir que nadie me impida cumplir con mi deber.

Además, podemos matar dos pájaros de un tiro.

Podemos aprovechar la ocasión para tranquilizar al público y a nuestros inversores sobre la estabilidad del Grupo Astor.

Si nos ven juntos, llevándonos bien, la gente sabrá que he aceptado los deseos de mi padre, que no impugnaré el testamento y que no habrá batallas legales.

Necesitamos dar una imagen de unidad. —Hice una pausa para dejar que mi argumento calara antes de continuar—.

Y lo más importante: podemos usar la gala como parte de nuestra estrategia para sacar de su escondite a quien me esté persiguiendo.

Podríamos tenderle una trampa. ¿Y si usamos el baile para atraer al asesino?

Si mordiera el anzuelo, podríamos acabar con esto y evitar que vaya a por mis hermanas.

—No voy a usarte como cebo —gruñó—. Es demasiado peligroso y hay demasiadas variables fuera de mi control. Además, ya no tienes que asumir ese riesgo. A partir de ahora, ese es mi trabajo.

—No estoy de acuerdo. —Me levanté y me puse a caminar por la habitación—.

Piénsalo. Este evento puede ser la solución a nuestros problemas.

Yo estoy cediendo, acepto irme de la ciudad y refugiarme en la casa.

Tú también tienes que ceder un poco. Un día más.

Es todo lo que pido. No soy irrazonable ni tengo ganas de morir, pero estoy dispuesta a correr un poco más de riesgo si eso significa tener la oportunidad de proteger a mis hermanas.

—Por eso mismo tu padre no quería que supieras de la amenaza —espetó, sin poder contener la irritación—. Sabía que no dudarías en arriesgar tu vida si creías que serviría para atrapar a su asesino.

—Pero tú no eres mi padre y estamos trabajando juntos. —Me detuve junto a la ventana y suavicé la voz—. Es un buen plan, Dash. Admítelo.

—Es un plan —concedió. Se levantó de la silla y se apoyó en el bastón mientras se acercaba a la chimenea—. Uno peligroso. Podría funcionar. O no. Pero no merece la pena correr el riesgo.

—Es la única manera de ayudar a mis hermanas ahora mismo.

—Se me agolparon las lágrimas en los ojos y junté las manos como si rezara—.

Por favor, Dash, tendré cuidado. Si no funciona, lo haremos a tu manera.

Iré a Casa Astor. Iré al Polo Norte si quieres, pero por favor, déjame hacer esta única cosa que ayuda a tantos niños, honra a Nix y podría salvar la vida de mis hermanas.

—Joder. —Se frotó la cara—. Cuando lo pones así...

Contuve la respiración.

—Está bien —dijo al fin—. Lo intentaremos, pero seguirás mis instrucciones al pie de la letra.

—Al pie de la letra. —Sentí un alivio inmenso, y también esperanza de que mis hermanas pudieran sobrevivir a este desastre, dondequiera que estuviesen.

—Te das cuenta de que es muy probable que nuestro enemigo no aparezca, ¿verdad? —Dash enarcó las cejas.

—Lo entiendo.

—No quiero que te lleves una decepción —advirtió—. Tendré que pedir refuerzos, tomar precauciones adicionales, organizar una defensa efectiva. —Me clavó la mirada y levantó un dedo—. Un día más en Nueva York. Uno. Después nos vamos de aquí. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Inspiró hondo y soltó el aire lentamente. Nos miramos desde extremos opuestos de la habitación. Todavía me costaba aceptar su ayuda, el hecho de que estuviera dispuesto a arriesgar su propia vida por mí.

—Ayúdame a entender. —Hice una pausa para armarme de valor—. ¿Por qué volviste? Sabiendo que tu vida correría peligro, ¿por qué arriesgarla?

—Tenía que hacerlo.

—Mi padre dijo en su carta que sabía que ibas a aceptar. ¿Cómo lo sabía?

—Tu padre era un hombre astuto. —Se apoyó en el bastón—. Me conocía. Demonios, intentó criarme. Siempre supo que si apelaba a mi sentido del deber, haría lo que me pidiera.

—Sí, tu exagerado sentido del deber siempre ha sido... bueno, exagerado. —Dudé, pero me obligué a preguntar—. Mi padre mencionó en la carta que tenías tres buenas razones para hacer lo que te pedía. ¿Cuáles son?

Apoyó las manos sobre el pomo de peltre del bastón y apartó la mirada. —Lo hago por Nix, por supuesto. Le di mi palabra.

—¿Cómo es eso?

—Le prometí que si algo le pasaba, cuidaría de sus hermanas. Fue un pacto que hicimos cuando nos alistamos en los Marines, y no pienso romperlo ahora.

—Si es así, entonces la segunda razón por la que estás aquí es por mis hermanas —aventuré mientras daba un paso hacia él—. ¿Me equivoco?

—Tienes razón. —Sus bíceps se tensaron mientras apretaba el pomo del bastón—. Por eso necesito encontrarlas ya.

—Necesitamos encontrarlas —le recordé—. ¿Y la tercera razón?

—La tercera es la principal, la más importante de todas.

—Déjame adivinar —dije—. ¿Proteger el imperio y el legado Astor?

—Qué va. —La tristeza que brilló en sus ojos me dio ganas de llorar—. No es eso.

—Entonces, ¿qué es?

—¿No lo sabes? —Entrecerró los ojos y me sostuvo la mirada—. ¿De verdad no lo sabes?

—Yo... eh... —La forma en que sus ojos recorrieron mis piernas desnudas y ascendieron hasta mis labios hizo que el pulso se me acelerara y el sexo se me contrajera. Sin saber qué decir, acabé negando con la cabeza.

—Ya veo. —Su voz me acarició los oídos y me tentó por completo—. Entonces deja que te lo muestre.