Capítulo Nueve
Thena
Me quedé paralizada, una mujer fracturada en tres.
Una parte de mí le agradecía su ayuda. La segunda quería enfrentarlo por su traición de una vez por todas, descargar sobre él mi vieja ira hasta que cayera de rodillas y suplicara perdón.
La última albergaba deseos más oscuros y urgentes.
Dash me miraba como si quisiera beberme.
Su mirada dejaba al descubierto la necesidad que me ardía entre las piernas y las llamas que se propagaban por todo mi cuerpo.
Sus ojos bajaron hasta mi pecho. Su mirada me endureció los pezones y me hinchó el clítoris. El corazón se me aceleró y mi deseo por él era tan intenso que me tambaleé.
«No te entregues a él. Volverá a destruirte».
Hice un esfuerzo sobrehumano por seguir mi propio consejo, pero mis células seguían vibrando con un deseo desenfrenado y mis jugos fluían anticipando lo prohibido.
Apoyando el bastón a cada paso, se acercó con cuidado, lentamente, como si me concediera todo el tiempo del mundo para escapar. O para decir que no.
Pero no escapé. No dije que no. En cambio, mientras se acercaba, el color de sus ojos se aclaró.
Quedé atrapada en su brillo, perdida en los tonos whisky que iluminaban sus iris, un cambio extraordinario que siempre había asociado con la lujuria y el deseo.
Se me erizó la piel. El cuerpo me tembló de urgencia.
Mi mente gritaba alarmada, pero, ansiosa y necesitada, mi traicionero cuerpo se inclinó hacia él.
Caí en su órbita incluso antes de que me tocara.
Con un último paso, cerró el pequeño espacio entre nosotros y se detuvo ante mí, irradiando necesidad, exudando deseo, calentando el aire con su calor.
Se alzaba sobre mí, alto, atlético y hermoso.
Cuando respiró hondo, su pecho tensó la camiseta.
Mis ojos bajaron hasta donde su erección ponía a prueba la resistencia de la cremallera.
Señor, ayúdame.
Recordé el placer que habíamos descubierto juntos, los días y las noches que había pasado conectada a él, llena de su pasión. Un temblor erótico nació en mi coño y se propagó por todo mi cuerpo, amenazando con doblarme las rodillas.
Sus brazos me rodearon la cintura, atrayéndome hasta que mi cuerpo quedó apoyado contra su pecho musculoso.
Imaginé oír un chisporroteo cuando nuestros cuerpos entraron en contacto.
Levanté los brazos y se los eché al cuello, derritiéndome en su calor.
Sucedió con naturalidad, como si nunca nos hubiera pasado nada malo y siempre hubiéramos estado destinados a estar juntos.
Inhalé su aroma único, que evocaba heno recién cortado y cuero nuevo.
Su olor me envolvió y me transportó a un pasado en el que llevaba con orgullo su esencia cada noche y mis sábanas olían a él cada mañana.
Alcé el rostro. Nuestros ojos se encontraron.
Lentamente, bajó la cabeza hasta que nuestras bocas quedaron suspendidas, apenas separadas.
Contuve la respiración. Cerró los ojos y salvó la distancia entre nuestros labios.
Sus labios encontraron los míos, un roce tan tierno y delicado que quise llorar. Bajé los párpados y excluí al mundo y al pasado. Me quedé suspendida en el tiempo, saboreando la dulzura del momento, la emoción de todos los besos anteriores, la anticipación de lo que este podría llegar a ser.
Las ráfagas de nuestras respiraciones me llenaron los oídos.
La suya sonaba poderosa pero contenida. La mía era superficial y rápida, como mi pulso.
Mi corazón desbocado quería saltar de mi pecho y zambullirse en el suyo.
No sé cuánto tiempo permanecimos así, abandonados al simple roce de nuestras bocas, pero me costó todo lo que tenía contenerme.
Resistiendo el impulso de saciarme de él, cerré los puños y fingí que controlaba mi necesidad.
No lo tenía.
Un temblor me sacudió las entrañas, enviando oleadas de placer a las partes más sensibles de mi cuerpo.
En cuanto sus labios mágicos empezaron a trabajar sobre los míos, la farsa terminó.
Succionándome el labio inferior, me convenció de que me abriera a él.
La cabeza me daba vueltas mientras flotaba en el mar de sus brazos.
Acogí su lengua con una avidez que delataba mi ansia por él.
Tomó mi boca como si estuviera hambriento de mí, y yo respondí con el mismo fervor.
La sangre me rugió en la cabeza, precipitándose hacia abajo en una riada de deseo, dejándome los pezones duros y doloridos, enrojeciéndome los pliegues e hinchándome el clítoris hasta que palpitó de anhelo.
Nuestras bocas se fundieron en un frenesí voraz y volvimos a ser uno.
El vínculo que nos unía se estrechó a mi alrededor con la misma fuerza que sus brazos.
El deseo perfumó la habitación mientras deslizaba las manos por su cuerpo, redescubriendo la suavidad de su cabello corto filtrándose entre mis dedos.
Continué trazando la columna de su cuello, deleitándome con su fuerza, con la increíble forma de sus músculos y la tensión de sus tendones bajo la ropa.
El bulto que presionaba contra mí me abrasaba el vientre.
Sus labios trabajaban los míos con succiones intensas y profundas exploraciones de su lengua. Dios, cuánto había echado de menos esto, a él, la pasión que solo él despertaba en mí. Siempre había sido mi adicción. Sus besos siempre habían sido mi perdición.
Me encantaba el dominio de su boca, el áspero roce de su barba raspándome la piel y el agarre posesivo de sus dedos mientras reclamaban mi carne y exploraban mi cuerpo.
Adoraba la fuerza de su abrazo, la pasión que alimentaba mi avidez por él.
El deseo fluía entre nosotros en un intercambio frenético.
No podía dejar de besarlo, de tocarlo. Bebía sus respiraciones, consumía su necesidad, mientras exploraba las líneas familiares de su cuerpo, el cuerpo que una vez había considerado mío.
—Thena —su aliento me calentó el oído y su voz reverberó por todo mi cuerpo mientras sus labios se deslizaban por mi cuello, besando, lamiendo, mordisqueando—. Estás muy tensa. Recuerdo lo que te ayuda. Déjame dártelo.
Mi cuerpo se iluminó, celebrando su regreso. Tenía las bragas empapadas. Apreté los muslos en un intento fallido de calmar el latido que crecía entre mis piernas. Tenía razón. Lo sabía. Siempre lo había sabido. Necesitaba esto. Lo quería a él y nada podía detener mi necesidad abrumadora salvo él.
«No te rindas a su poder sobre ti. Recuerda lo que te hizo».
Lo intenté, pero cuando sus dedos deshicieron los botones de mi camiseta de pijama y su mano se deslizó dentro y reclamó mis pechos, jadeé.
Ahuecó mi carne y acarició mis pezones erectos hasta que arqueé la espalda y gemí de placer.
Su contacto me sacudió hasta hacerme olvidar todo excepto la sensación de sus labios en mi piel y las delicias que sus caricias desataban en mi cuerpo.
En ese momento, no podía recordar nada más que el placer que me había dado durante años.
El poder de este beso se multiplicaba por los miles de besos que me había dado antes.
El impacto de sus caricias se intensificaba con los recuerdos de sus manos haciéndome cosas maravillosamente perversas.
Me había sentido en declive durante tanto tiempo.
Desde que se fue, había estado muerta por dentro.
Ahora sus caricias y sus besos me devolvían a la vida.
Quería volver a vivir.
Sus dedos amasaban mis pechos y, pasando de uno a otro, se cerraban alrededor de mis pezones, provocando, frotando y tirando, prendiéndome fuego.
Su lengua alternaba entre hacerme cosquillas en la piel y enloquecerme la boca.
No tenía cabeza para pensar en nada más que en él.
Disfruté cada una de sus caricias con cada fibra de mi ser.
Lo saboreé, aunque alguna parte distante de mí entendía que esto era solo un capricho pasajero.
Necesitaba el placer que solo Dash podía darme.
Lo quería recorriéndome las venas y revitalizando todas las partes de mí que había descuidado.
Necesitaba un respiro de mi dolor, por breve que fuera, por fugaz que fuera.
Deshizo el resto de mis botones. Con la otra mano, recorrió las curvas de mi cuerpo. Deslizó la suave tela de algodón por mis brazos y la dejó caer al suelo. Me quedé con el pecho desnudo ante él.
—Eres tan hermosa.
Sus ojos acariciaron mis pechos.
—Eres infinitamente preciosa. Siempre lo has sido.
Con una ligera mueca de dolor, se arrodilló a mis pies, sin apartar la mirada de mí mientras me bajaba los pantalones cortos y las bragas, lentamente, con cuidado, haciendo realidad una fantasía que solo me había permitido en sueños.
A su muda invitación, me deshice de las prendas.
Aun así, permaneció de rodillas, mirándome, con los ojos brillantes de lujuria.
El deseo crudo que relucía en su mirada avivó mi necesidad. Mi cuerpo lo reclamaba.
Posó las manos sobre mis pantorrillas y, acariciando mi piel más fría, deslizó los dedos hacia arriba por mis piernas hasta la parte posterior de los muslos.
Al mismo tiempo, presionó la mejilla contra mi vientre y me besó.
Sus dedos dejaron un rastro de placer que se extendió hasta lo más profundo de mí y me hizo desear más.
Posé la mano sobre su cabeza y le pasé los dedos por el cabello hasta que soltó un suspiro de placer.
Tomándome las nalgas con las manos, se adueñó de mi trasero, amasándolo, poseyéndolo, mientras trazaba una línea de besos descendiendo desde mi pecho, pasando por el estómago, deteniéndose a provocarme el ombligo con la lengua antes de que su boca se deslizara más abajo.
—Hueles tan bien —murmuró contra mi piel—. Como una mujer lista para que la follen, como una diosa esperando ser adorada.