Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

Dash

Thena ya estaba en el suelo, con la tableta apretada contra el pecho, agazapada detrás de su cama, donde me uní a ella.

—¿Qué está pasando? —preguntó mientras la empujaba hacia el suelo.

—Mantén la cabeza agachada.

Tras asegurarme de que no estaba herida, me asomé por encima de la cama.

Los ventanales que iban del suelo al techo estaban salpicados de impactos circulares, algunos rodeados de grietas.

La buena noticia era que las capas de policarbonato que protegían los cristales habían absorbido la energía de los proyectiles y resistido el ataque.

Además, el atacante solo había conseguido disparar tres veces antes de que mi equipo lo localizara.

La mala noticia era que alguien le había disparado a Thena.

Activé el comunicador.

—Tenemos localizado al tirador —la respiración agitada de Bozeman crepitó en mi oído—. Vamos de camino. King viene conmigo. Los demás están en el edificio contigo.

—Recibido —dije—. Thena se queda aquí hasta que me des luz verde. Atrapa al hijo de puta. Omega, fuera.

Agarré la mano de Thena.

—Sígueme. Agachada.

Juntos, cruzamos el baño a rastras y buscamos la relativa seguridad del vestidor sin ventanas de Thena, situado en el centro del ático. Mientras echaba el cerrojo a las puertas del baño, ella se deslizó pared abajo, se sentó en la esquina con la tableta y me interrogó con la mirada.

—¿Eso fue…?

—Otro ataque —con la Glock en la mano, cojeé hasta ella y me senté a su lado—. Primero tu padre. Luego el envenenamiento. Ahora esto. Los cabrones no hicieron los deberes. Si los hubieran hecho, habrían sabido que este edificio tiene cristales blindados.

O quizás habrían usado otra cosa, como un calibre cincuenta o un lanzagranadas, pero eso no lo dije en voz alta.

—A menos que…

—A menos que alguien quiera asustarme —reflexionó Thena, llegando a la misma conclusión que yo—. Alguien quiere que huya como un perro con el rabo entre las piernas, que me esconda y viva aterrorizada. Pues no estoy asustada y les ha salido el tiro por la culata.

Me gustaba su temple. Siempre había sido dura de pelar.

Eso no había cambiado. Sin embargo, la furia brillaba en los ojos de Thena, y no me cabía duda de que iba dirigida a mí.

El ataque había sido breve y contenido. Habíamos identificado al tirador de inmediato, pero aun así sentía la desconfianza de Thena apuntándome y el espectro del fracaso pegado a mí como un fantasma familiar.

—Tienes todo el derecho a estar enfadada conmigo —hundí el puño en el muslo para masajear el espasmo que contraía el músculo rebelde mientras luchaba contra el dolor.

Me odiaba por haber permitido que ocurriera el ataque.

Como el día en que murió Nix, mi confianza recibió otro golpe.

¿Estaba perdiendo facultades? ¿Estaba demasiado herido y dañado para hacer mi trabajo?

¿Estaba lo bastante sano y lúcido para mantener a Thena a salvo?

Me obligué a pronunciar las palabras.

—Lo siento.

—¿Por qué lo sientes? —Thena enarcó las cejas.

—Estamos aquí para protegerte.

—Joder, espabila un poco, Dagger —puso los ojos en blanco—. ¿Crees que estoy enfadada contigo por el ataque?

La miré de perfil.

—¿Por qué si no?

—Tengo mis razones, y pienso contártelas —me fulminó con la mirada—. Pero te garantizo que el ataque no es una de ellas. Creo que me protegiste. Los cabrones no pudieron llegar a mí, así que recurrieron a tácticas de intimidación. Tus hombres los están persiguiendo ahora mismo y yo sigo viva, ¿no?

—Sí —tenía razón. Sabía por experiencia que para ganar la guerra a veces hay que perder algunas batallas, pero aun así, con la vista clavada en su extensa colección de zapatos, cargué con la culpa—. Tenemos que salir de Nueva York.

—Eso es exactamente lo que quieren, que huya asustada —espetó—. No pienso hacerlo.

—Thena…

—Ni se te ocurra soltarme un «Thena» —escupió, con el rostro encendido—. No. Pienso. Huir. Punto.

Estudié a la mujer sentada a mi lado, sin maquillaje y con un pijama corto estampado de flores.

Tenía la mandíbula apretada, pero las ojeras habían desaparecido.

Como yo mismo le había preparado el desayuno y había recogido la bandeja después de que comiera, sabía que había comido bien.

Antes de que saliera del hospital, había elegido un supermercado al azar y comprado provisiones, también al azar, para frustrar cualquier posible amenaza contra su vida.

Todavía tenía el pelo un poco húmedo de la ducha reciente.

Imaginarla desnuda bajo el agua resultó ser un error táctico de enormes proporciones y un duro castigo para mi polla, pero contuve el calentón y me centré en lo que tenía entre manos.

Mientras estuvo en el hospital, habíamos logrado la tregua que yo había propuesto, pero ahora la expresión de su rostro revelaba que el alto el fuego había terminado y su mirada furiosa anunciaba que estaba lista para la batalla.

—Estás enfadada conmigo —dije—. Admítelo.

—Pues claro que estoy enfadada contigo —escupió—. No tiene nada que ver con el ataque y todo que ver con esto.

Me estampó la tableta contra el pecho.

—¿Qué coño…? —atrapé la tableta y me froté donde me había dado en el esternón—. ¿A qué viene esto?

—Tú —gruñó como una tigresa feroz—. Rompiste tu promesa. Me traicionaste otra vez.

Negué con la cabeza, intentando entender.

—¿Cómo?

Señaló con la barbilla la tableta que tenía en la mano.

—Está todo ahí.

Aparté la mirada de la mujer enfurecida y la posé en el artículo de periódico que brillaba en la pantalla. Sin bajar la guardia, eché un vistazo al titular.

El heredero legal de Richard Astor asume el liderazgo del Grupo Astor

Hasta ahí, todo bien. El cuerpo del artículo contenía el análisis de una breve entrevista que había concedido anteayer. A juzgar por las primeras líneas, el artículo en el principal periódico de negocios del país había funcionado según lo previsto.

—No sé por qué estás tan enfadada por esto —aventuré.

—Dijiste que no era tu intención quitarme el puesto —replicó ella—. Me prometiste que no harías ningún cambio. Pero lo has hecho, y luego lo anunciaste al mundo sin decírmelo.

—Oye, espera. No hice ningún cambio importante en el Grupo Astor. Esa fue mi promesa, y la cumplí. En cuanto al anuncio, era necesario.

—Sí, para humillarme.

La miré incrédulo.

—¿Cómo coño llegas a esa conclusión?

—Quinto párrafo. —Se cruzó de brazos y apretó los labios.

Entrecerré los ojos para mirar la tableta, localicé el párrafo y leí por encima el análisis del corresponsal.

El repentino cambio en la alta dirección del Grupo Astor transmite una falta de confianza en las capacidades de liderazgo de la hija mayor del magnate, Athena Astor.

Había sido la heredera de facto de la fortuna de su padre antes de que se conociera la noticia de la toma de control del Sr. Dagger.

Según las declaraciones del Sr. Dagger, con efecto inmediato, la señorita Astor ya no desempeña ningún papel dentro de la empresa y no es responsable de las decisiones previas de su padre ni del rendimiento de la compañía en el futuro.

Esto supone un golpe para la Señorita Astor, quien hasta este momento era una de las herederas más ricas del mundo y una figura de poder por derecho propio.

—Bueno, mierda —resoplé—. Eso no salió como estaba planeado.

—¿Como estaba planeado? —chilló ella—. ¿Entonces admites que filtraste la historia?

—Afirmativo. —Cuando concedí la entrevista, mi intención era proteger a Thena y redirigir la atención de su enemigo hacia mí, pero al leer la interpretación del corresponsal, entendía por qué el artículo podía sentarle mal—. Filtré la historia.

—Para hacerme quedar como una imbécil incompetente.

—Gilipolleces —dije apretando los dientes—. Me has conocido toda la vida y, sin embargo, tu opinión sobre mí y mis motivos me hace pensar que nunca me conociste en absoluto.

—Entonces demuéstrame que me equivoco. —Me arrebató la tableta de las manos y la dejó caer sobre la alfombra—. ¿Vas a decir algo sobre este artículo?

—Tengo mucho que decirte. —Luché por contener mi genio—. Solo necesito encontrar por dónde empezar. Pero primero, ¿cómo te encuentras?

—Estoy bien —soltó ella—. Salvo que alguien está intentando matarme, estás a punto de robarme el negocio y quiero herverte vivo.

—Si tienes motivos, te dejaré hacerlo —repliqué—. Pero ahora que estás mejor y que las circunstancias han puesto fin a nuestra tregua, tienes que darme la oportunidad de aclarar las cosas.

Levantó la barbilla.

—¿Aclarar qué?

—Todo lo que hay que aclarar entre nosotros.

Eso enfrió parte de su furia, pero no lo suficiente.

—Bien. —Se cruzó de brazos y me miró fijamente—. Adelante, aclara.

Mi móvil sonó. Era el peor momento, pero necesitaba estar al tanto. Acepté la llamada y la puse en altavoz para que Thena también pudiera oír. —¿Situación?

—Los chicos han despejado la manzana y el edificio —anunció Bozeman—. No hay hostiles a la vista. Nuestro equipo está desplegado defendiendo el ático. Tienes vía libre, pero la policía de Nueva York se ha hecho cargo de recoger los platos rotos.

—¿Platos rotos? —Eso no sonaba bien—. Explícate.

—Alcanzamos al tirador tres manzanas más allá —informó Bozeman—. Se había apostado en una ventana de un edificio de oficinas y usó la escalera de incendios para escapar rápido. Lo estábamos esperando abajo. Cuando lo acorralamos en el callejón, lo abatieron de un disparo.

—Necesitábamos interrogar a ese capullo —maldije—. ¿Quién coño le disparó?

—Disparo de francotirador a larga distancia —respondió Bozeman—. No lo vimos.

Si Bozeman no había visto al tirador, estábamos ante alguien muy hábil.

—Tengo refuerzos en camino —continuó Bozeman—.

Hemos duplicado la vigilancia, añadido personal de seguridad y aumentado las patrullas.

Hasta ahora, nuestra investigación sugiere que el tango era un sicario fichado por las autoridades.

Seguiremos investigando, pero ya conoces a la policía de Nueva York. Ahora el caso es suyo.

Maldije para mis adentros.

—¿Os vieron?