Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Siete #3
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Capítulo Siete #3

—Mi trabajo consiste en saber todo lo que necesito saber. No te preocupes. Todo es por tu bien, así que lo considero comportamiento ético.

Ya, claro. Su definición de «ético» era muy particular.

—Mina —empecé—. Mi vida personal...

—Jamás me extralimitaría. —Me guiñó un ojo—.

A menos que fuera absolutamente necesario.

Que en tu caso lo es, porque, admítelo, puedes ser más duro que una piedra y tienes la cabeza de hormigón armado.

Lo que quiero decir es que las mujeres en general y las diosas en particular detestan a los capullos mandones que les dicen lo que tienen que hacer y se lo guardan todo dentro.

Sois insoportables. Es como intentar abrir una ostra con los dientes.

—Que yo sepa, dar consejos sentimentales no entra en tus funciones —refunfuñé.

—Considéralo una ventaja de contratar a la mejor, o sea, moi.

—Se señaló la cara con los pulgares—. Ya me lo agradecerás.

Y ya puestos, déjame decirte que te preocupas demasiado, jefe.

Por eso tienes tantas canas. Si no cuido de ti, te vas a quedar blanco como un fantasma antes de los cuarenta, que, si lo piensas, no queda tan lejos.

Madre mía. Me froté la frente, intentando contener el dolor de cabeza que empezaba a formarse detrás de los ojos. Esto era lo que pasaba cuando contrataba a la mejor del negocio.

—Consejo gratis —continuó, porque ¿quién podía pararla?—. Intenta relajarte un poco.

—Relajarme no va conmigo.

—Ya lo sé. —Soltó una risotada—. Tú y Bozeman sois los gruñones más grandes del mundo. Bozeman es un caso perdido, pero oye, tú podrías intentarlo.

Tenía muchas razones para estar de mal humor, pero no iba a ponerme a discutir.

—¿Hemos terminado?

—Sí —dijo—. Entonces, ¿cómo terminamos nuestras llamadas? ¿La Mujer Maravilla al rescate? ¿Hasta el infinito y más allá? ¿Hasta la próxima pelea?

—Encuentra a las hermanas Astor —dije—. Omega fuera.

Colgué. Había acertado de pleno al contratar a Mina, pero mantenerla alejada de los problemas, mantener a todo mi equipo alejado de los problemas, no iba a ser fácil.

El móvil pitó. Abrí un mensaje cifrado del laboratorio de BB y leí el informe por encima.

El laboratorio indicaba que la ulceración se limitaba al estómago.

El veneno se había administrado mediante algún mecanismo que se disolvía al entrar en contacto con los jugos gástricos.

Tenía que esperar a la siguiente tanda de pruebas para averiguar cómo se había introducido el veneno.

Llamé a mi segundo, Bozeman. Contestó al primer tono.

—Granite al habla.

—¿Situación? —pregunté.

—Todo tranquilo de momento —informó con su voz de bajo profundo—. Pero algo me huele mal.

Viniendo de Bozeman, eso nunca auguraba nada bueno. —¿Estamos a salvo?

—Esto es Nueva York —su bufido sonó casi como un gruñido—.

Aquí nadie está a salvo jamás. Tenemos efectivos sobre el terreno, pero la densidad de población en Manhattan juega en nuestra contra.

Esto es peor que Faluya. Hay dos mil veintidós ventanas y once terrazas en azoteas desde las que podrían lanzar un ataque contra el ático.

Así era Micah Bozeman: preciso, diligente, inteligente y siempre directo en sus valoraciones.

Jamás se andaba con rodeos. Bozeman era un operador con una experiencia enorme, un líder nato y un hombre excepcional en corpulencia, intelecto y carácter.

Mi taciturno amigo ocultaba una mente brillante y un corazón de oro tras su personalidad hosca y su apariencia intimidante: un metro noventa y ocho de puro músculo entrenado para combatir y resistir más que cualquier soldado.

Había sido mi jefe de equipo durante mi última misión en activo.

Había estado conmigo, sobre el terreno, el día que perdimos a Nix.

Por encima de todo, era leal hasta la médula.

En cuanto se enteró de que estaba montando un nuevo equipo dentro del universo BB, pidió la licencia definitiva del Cuerpo para trabajar conmigo.

Ayudó que al legendario Raider lo hubieran ascendido a un puesto de despacho.

Bozeman detestaba el papeleo, y lo que perdió el Cuerpo lo gané yo.

Sabía que él y los chicos me cubrían las espaldas, pero tenía las tripas tan revueltas como el dedo de Bozeman. Si yo fuera un asesino, Nueva York sería el escenario perfecto para un asesinato.

—O sea —concluí—, que tu respuesta es no, no estamos a salvo.

—No según tus estándares —dijo con su tono meticuloso—. Si quieres mi recomendación, larguémonos de esta ratonera urbana y busquemos una posición fortificada.

—Recibido —no podía estar más de acuerdo—. Omega fuera.

Recogí mi bandolera del hueco junto a las escaleras, me apoyé en el bastón y me dirigí al dormitorio de Thena. Justo cuando iba a llamar a la puerta, oí el sonido familiar de proyectiles de alto calibre impactando contra cristal antibalas.

Plonc-crunch. Plonc-crunch. Plonc-crunch.

Joder. Dejé caer mis cosas y desenfundé la Glock. Maldito dedo de Bozeman, que nunca fallaba. Abrí la puerta de golpe y, agachado, me lancé a la habitación de Thena.