Capítulo Siete #2
—Parece que el viejo Astor no quería a otro dios varón en la familia.
Me encogí de hombros.
—Quién sabe qué pasaba por la cabeza de ese viejo cabrón.
—Pobres críos. Menudos nombres. ¿Su mujer era un felpudo o estaba de acuerdo con él?
—Guadalupe Astor era una fuerza de la naturaleza, y su gente la consideraba no solo una gran belleza sino también una mujer sabia —sonreí al recordarla—.
En el rancho solían decir que doña Lupe sabía leer las estrellas, vete tú a saber qué significa eso.
Según cuentan, leyó las estrellas el día que nació cada uno de sus hijos y estas aprobaron los nombres.
Creía que los nombres tenían poder, propósito y carácter.
—Suena a mujer de armas tomar —Mina abrió mucho los ojos—. ¿Llegaste a conocerla?
—Sí —era tan hermosa e increíble como decían—. Fue muy amable conmigo. Nunca entenderé por qué se casó con Richard Astor. Cuando ella murió, Richard Astor cambió, y no para mejor.
—Suena a historia de amor trágica.
—Debes saber que los críos odian sus nombres a muerte.
—¿Por eso Thena llama a sus hermanos Nix, Cece, Affie y Missy?
—Exacto —me asaltó un dulce recuerdo de repente—. Missy, la pequeña, no podía pronunciar los nombres completos. Fue ella quien les puso los apodos. Venga, pongámonos a investigar.
—Sí, señor.
Mina se llevó el canto de la mano a la frente en un saludo militar.
—¿Cómo va el equipo principal? —pregunté.
—Como sabes, Bozeman, Cooper, Ferranti, Shaw y King están sobre el terreno y operativos, aunque sigo esperando la autorización final de BB.
—¿Por qué tardan tanto las autorizaciones?
—Bueno, jefe, eso es culpa tuya. Limitaste tus mejores opciones a marines de MARSOC del antiguo equipo tuyo y de Nix.
Algunos de esos tipos lo pasaron muy mal después de que Nix muriera en combate.
Salvo nuestro precioso e inmaculado Bozeman, ninguno de los demás tiene un expediente que puedas llamar impoluto.
—Ya lo sé —espeté, y luego moderé mi reacción—. Aunque la cagaran después de aquella misión de mierda, merecen una oportunidad.
—Como antigua fugitiva de los más buscados, lo pillo perfectamente —se encogió de hombros—. Pero esas cagadas complican el proceso de autorización.
—Vale —dije—. Si surge algo, me encargo.
—Como tú, creo en la redención, pero…
Mina hizo una pausa.
—¿Qué pasa?
—Hay un tío que no está disponible ahora mismo.
—¿Quién?
—Guzman.
—Ah, mierda —siempre había sido difícil de manejar—. ¿Dónde coño está?
—En la cárcel, sin blanca y sin poder pagar la fianza.
Solté un suspiro de resignación.
—¿Qué ha hecho ahora?
—Se emborrachó y se lió a hostias con un escuadrón entero en San Diego —me informó Mina—. El tío casi gana la pelea, pero llegaron refuerzos. Pirateé el vídeo de seguridad del bar. Guzman es un puto guerrero.
—Un luchador, un fiestero, un bebedor, un payaso, un impulsivo, y la lista sigue. —Guzman nunca había sido un santo, pero había sido el brazo derecho de Nix y un operador de primera. No podía dejar que se descontrolara y arruinara su vida para siempre—. Págale la fianza.
Mina arqueó las cejas.
—¿Estás seguro?
—Págale la fianza y que esté listo para la acción. Ya me encargaré de él cuando lo vea.
—Si tú lo dices, jefe.
—Lo digo. Ya tienes tus órdenes. ¿Algo más?
—Solo una pregunta rápida, ¿por qué no? —Hizo como que inspeccionaba la pantalla, como si intentara ver detrás de mí—. ¿Estás atrapado en un mausoleo de mármol blanco?
—No, ¿por qué?
—Porque joder, lo parece.
Recorrí con la mirada las paredes blancas, los techos blancos, los sofás blancos, las sillas blancas.
Todo tan distinto de la Thena que yo había conocido.
El arte monocromático que colgaba de las paredes carecía de forma y de significado.
Como si alguien hubiera congelado el alma de la mujer que amaba y la hubiera guardado en una cámara criogénica.
—No es una tumba —dije, aunque la observación de Mina me hizo pensar que quizás Thena se había enterrado viva en aquel lugar—. Es un ático modernista que ha salido en varias revistas.
—Entendido. —Me miró con evidente escepticismo—.
Lo frío y austero es lo último entre los ricos y famosos.
Bueno, mientras no estés atrapado en un mausoleo y necesites que te rescaten, yo vuelvo al trabajo.
Te juro que has conseguido reunir al grupo de marines más engreídos del planeta.
¿Elegiste a estos gallos de pelea por su tamaño o por su rendimiento?
Casi me echo a reír, pero logré modular la voz para sonar como el líder de equipo que era.
—No voy a hablar de pollas contigo, Moses. Si intentan meterse contigo, dales caña.
—Ni hablar. —Agitó el dedo hacia mí con chulería—. Nadie se mete conmigo. El idiota que lo intente se enterará enseguida.
—Intentemos hablar antes de que saques la artillería cibernética, ¿vale? —sugerí—. Seguro que metes en vereda a esos simios en un santiamén. Prioridad uno: encuentra a las hermanas Astor. Envíame cualquier pista que encuentres. Recuerda, están en peligro.
—En ello —me aseguró—. ¿Y jefe? Busqué en Google a la diosa griega Athena.
Es una deidad muy formidable, la diosa de la guerra y la sabiduría, y como yo, no le aguanta gilipolleces a nadie.
No dejes que tu problema con el oso gruñón te arruine el momento, si me entiendes.
Las diosas son famosas por ser volubles e implacables.
—¿Eso también lo sabes? —Sacudí la cabeza—. ¿Es que un tío no puede guardar un secreto contigo?
—No, a menos que sea aburrido. —Sonrió—. Y tú no eres nada aburrido.
—¿Tú...?
Me cortó.