Capítulo Siete
Dash
—Ese no es un informe aceptable —ladré por el móvil mientras recorría a grandes zancadas el largo pasillo del ático de Thena, aporreando el suelo de mármol blanco con mi bastón—. ¿Cómo es posible que tres mujeres hayan desaparecido sin dejar rastro?
—Para el carro, jefe —Mina me miró con el ceño fruncido desde la pantalla antes de que su rostro se iluminara con una amplia sonrisa—. ¿Puedo llamarte jefe? Es lo que dicen todos los informáticos molones en la tele. ¿O prefieres Dios Emperador? Pega más con tu tono.
—Dash está bien. Omega también —me pasé la mano por el pelo y respiré hondo—. Lo siento. No quería gritarte.
—Genial. No llevo bien que me ataquen osos gruñones —sus ojos grises brillaron—.
Nunca he tenido jefe y, como bien sabes, soy un desastre con las señales sociales.
Así que tendrás que enseñarme el arte de ser una buena empleada, legal y respetuosa.
Bueno, lo de respetuosa es mucho pedir, pero puedes intentarlo.
Es que no hay nada en el manual del empleado sobre insultos aceptables.
Que yo sepa, podría llamarte Idiota Gruñón o Gran Ego Omega.
Suspiré y, aunque seguía cabreado por la falta de avances, se me curvaron los labios. El peculiar sentido del humor de Mina era su manera de calmarme y, como siempre, funcionó.
Mina Moses era una de las personas más brillantes que conocía.
Nadie habría sospechado jamás que esta lindura de piel cobriza y cabello claro era una de las mejores hackers del mundo.
Ni que había tenido una reputación bien consolidada como una de las cibercriminales más buscadas, hasta hacía unos meses, cuando se asoció con mi amigo Trev.
A día de hoy, Trevor Marks, alias Druid, seguía siendo mi amigo superviviente más cercano y el jefe de ciberseguridad del Equipo Élite, la unidad de combate avanzada de BB.
Como Mina, también era uno de los mejores hackers del mundo.
Trev había descubierto un corazón generoso detrás del talento descomunal de Mina y, trabajando juntos, habíamos atrapado a un auténtico cabrón durante nuestra última misión.
La relación entre Mina y Trev había evolucionado mucho más allá de lo profesional, y ahora mi mejor amigo y Mina estaban unidos de por vida.
Que los tres hubiéramos sobrevivido a nuestra última misión era un milagro.
Aún tenía la cojera para demostrarlo. Me había tocado la lotería el día que Mina se unió al Equipo Rastreador como mi primera contratación oficial.
Era un talento de primera, original, creativa y graciosa como ella sola.
—¿Jefe? Eh, Tierra llamando a Dagger —imitó el crepitar del ruido blanco—. ¿Ya estoy despedida, o debería deslumbrarte con los poderes de mi destreza intelectual antes de que me eches a patadas? No es por nada, pero caminas como si una avispa te hubiera picado la polla.
—Ninguna avispa, solo frustración —respiré hondo y pasé junto a la puerta del dormitorio de Thena como un centinela en su ronda—. El Equipo Rastreador ha empezado con mal pie.
—Lo de frustrado lo entiendo, pero aquí van noticias de última hora —anunció con su estilo habitual—. Esta es la primera misión del Equipo Rastreador. Acabas de montar el equipo.
Mina tenía razón. Le estaba pidiendo mucho a un equipo nuevo.
Algunos de los chicos habían servido conmigo cuando estábamos en activo.
Otros habían servido con Nix. Después de lo que habían pasado, estos tíos necesitaban el trabajo.
Pero la integración llevaba tiempo. No era fácil conseguir que un equipo nuevo funcionara como un reloj.
En una situación ideal, habría tenido más tiempo para integrarlos.
El problema era que mi situación no tenía nada de ideal.
No podía apartarme de Thena. Su salud había mejorado mucho, pero el asesino podía atacar en cualquier momento.
Aún estaba esperando los resultados de los análisis que estábamos haciendo a todo lo comestible que habíamos recogido de su apartamento y su lugar de trabajo.
Si conseguíamos averiguar cómo la habían envenenado, podríamos dar con el envenenador.
Eso significaba que, de momento, todas las personas de su entorno eran sospechosas y las estábamos investigando a fondo. Desde su cama en el hospital, Thena había protestado, alegando que Jorge Rivera, Monique y Paolo contaban con toda su confianza.
—Genial —había dicho—. Todavía no se han ganado la mía.
No le había dicho a nadie del Grupo Astor que el Viejo Astor había sido asesinado. Tampoco les había informado de que Thena había sido envenenada. La versión oficial era que Thena tenía una úlcera y estaba descansando. Hasta que supiera en quién confiar, me guardaría toda la información.
Thena había insistido en que prescindiera de la policía.
No quería que nadie supiera lo que había pasado ni que se pusiera en duda la estabilidad del Grupo Astor.
Había estado de acuerdo con ella, pero solo porque sabía que nos enfrentábamos a un enemigo poderoso.
Involucrar a las autoridades podría provocar filtraciones que alertaran a un enemigo bien conectado de lo que estábamos haciendo.
Mientras tanto, no había permitido que nadie más que yo visitara a Thena en el hospital o en su casa.
Le habían dado el alta el día anterior. Había desplegado mis recursos para cubrir el edificio y protegerla.
El único al que dejaba entrar en el apartamento era yo.
Y eso también era peligroso, aunque de una manera muy distinta.
No era fácil reprimir la lujuria que me hacía hervir la sangre cada vez que la tenía delante.
Quizá me estaba volviendo loco, pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, el deseo ardía en mí y brillaba en la suya.
Sentía su necesidad a fuego lento en aquellos ojos cristalinos, poniéndome a cien aunque ella luchara contra la conexión.
Desde que se había recuperado, lo único que quería era llevarla a la cama y follármela hasta que mi cuerpo convenciera al suyo de que estábamos hechos el uno para el otro.
No tan rápido, Marine.
Su desconfianza hacia mí era profunda. Sus estados de ánimo oscilaban con un trasfondo constante de hostilidad. Había hechos y emociones que aún no había conseguido descifrar. Me costaba entender sus acusaciones de traición, pero lo iba a averiguar.
Hasta el momento, había mantenido mis prioridades claras.
Había colaborado con el doctor Jacob para retener a Thena en el hospital unos días más, para que descansara y se recuperara.
Había desplegado al equipo para buscar a las hermanas Astor.
También había organizado varias videoconferencias entre Mina y Thena para que mi jefa de caza cibernética pudiera recopilar toda la información que necesitaba sobre las hermanas Astor desaparecidas y las búsquedas anteriores a la nuestra.
Thena no había podido responder algunas de nuestras preguntas clave.
No sabía si sus hermanas planeaban esconderse juntas o por separado.
Había dicho que sus hermanas no querían saber nada de su padre ni del apellido Astor.
¿Sabían que su padre había muerto? Y si lo sabían, ¿habían decidido no volver?
También había cumplido mi promesa a Thena. No había hecho grandes cambios en el Grupo Astor, aunque me había visto desbordado por el volumen de trabajo y gilipolleces necesario para mantener el negocio a flote.
Odiaba ser el director ejecutivo del Grupo Astor. Me habían entrenado para proteger a la gente, no para exprimirla, y no se me daba precisamente bien dar coba a los egos inflados ni tratar con los hijos de puta codiciosos que exigían mi atención.
Hasta ahora, Monique, Paolo y Jorge habían mantenido el barco a flote y habían cargado con el grueso de las tareas administrativas diarias: reuniones, llamadas, relaciones con inversores, consultas de prensa, lidiar con imbéciles, de todo.
No me fiaba de ellos, pero tenía que admitir que en los últimos días me habían impedido mandar a algunos imbéciles al infierno y hundir el negocio.
Decidí tomarlo como un avance.
—Toc, toc.
Mina levantó el puño y fingió llamar a la pantalla.
—¿Dónde te habías ido, jefe? ¿Has oído algo de lo que he dicho?
Tenía muchas cosas en la cabeza, pero necesitaba concentrarme.
—Adelante.
—No encontramos a las hermanas Astor porque no tenemos un punto de partida claro —señaló Mina con su habitual tono entrecortado—. Pero eso está a punto de cambiar, porque me tienes a mí. ¡Ta-chán!
Lanzó los brazos al aire.
—¿Oigo rugir a la multitud?
—Ruge, ruge —dije—. Sigue.
—Si me libras del papeleo que me chupa el alma, y suponiendo que estas mujeres existan en el planeta Tierra, yo las encontraré, o al menos, rastros de ellas.
—Olvídate del papeleo —reordené mis prioridades sobre la marcha—. Ponte a ello.
—Mis conversaciones con Thena me han dado mucha información útil —dijo Mina—. Pero como tengo la delicadeza de un elefante en una cacharrería y no quiero ofender a Thena, hay algunos temas que preferiría que me sonsacaras tú.
—Adelante. Dispara.
—Pregunta sobre el origen —Mina se dio golpecitos en el labio con un bolígrafo—.
Las mujeres Astor: Athena, Circe, Aphrodite y Artemis.
No son nombres corrientes como Tiffany o Brittany, y perdona que lo diga, un poco, bueno, poco convencionales.
¿Por qué alguien les pondría a sus hijas nombres de diosas griegas hoy en día?
—Si conocieras a Richard Astor, lo entenderías.
De joven ejecutivo, viajó a Grecia por negocios.
Si me preguntas, se identificaba con Zeus, pero eso es cosa mía y de mis prejuicios contra ese hombre.
Según cuentan, quedó tan fascinado con todo el universo de los dioses griegos que les puso a sus hijas nombres de diosas.
—¿Y por qué al hijo no le pusieron nombre de dios griego? —preguntó Mina.
—A Nix le pusieron Phoenix, como el ave mitológica. Richard Astor estaba obsesionado con esa criatura. Aparece en el logo del grupo Astor y en el escudo familiar.