Capítulo Seis #2
—Alguien intentó matarte. No sé qué habría hecho si lo hubieran conseguido. —La preocupación que vi en sus ojos despertó tanto mis esperanzas más profundas como mis mayores temores—. Necesitas curarte, y yo necesito mantenerte a salvo. Te pido que trabajes conmigo.
—Puedo trabajar contigo, siempre y cuando no intentes controlarme —dije—. Tres años de servidumbre bajo mi padre me han pasado factura. Estoy decidida a recuperarme de eso también. No soportaría volver a recorrer ese camino.
—Entendido. —Asintió brevemente—. Ahora, necesito quitarme algo de encima.
—¿Qué es?
—Esto.
Se inclinó hacia delante y me rozó los labios con los suyos. Para ser un hombre tan fuerte, siempre había tenido los labios más suaves y carnosos. Sí, todavía los tenía.
—Mmm —suspiré contra su boca como una tonta enamorada.
El contacto me hizo perder la cabeza. Su beso se volvió cada vez más intenso, y mi reacción hacia él también.
Se apoderó de mi boca y le recordó a cada fibra de mi ser su presencia en mi vida.
El roce de su barba me raspaba la piel. El ritmo de su respiración me recordó que ambos estábamos vivos, respirando el mismo aire, en la misma habitación.
Sus dedos me enmarcaron el rostro, pero su tacto suave me tenía el alma en un puño.
Quería luchar contra él, odiarlo, pero estaba aquí, conmigo, en este hospital, y llevaba demasiado tiempo sola.
Impregnado de recuerdos de sus caricias, mi cuerpo recordaba lo increíble que me había hecho sentir hacía mucho tiempo, y también cuando me besó en la sala de juntas. Y ahora mismo. Oh, sí. Qué bien se sentía.
Su lengua recorrió mis labios. Me rendí ante él y me uní a la danza lenta de nuestras lenguas. Su beso llegó hasta los rincones más lejanos de mi ser, hasta esos espacios resecos de mi mente donde no había brotado alegría alguna desde el momento en que se marchó.
Olía bien. Su cuerpo se sentía bien. Al contacto con él, mi energía regresó, junto con una sensación de esperanza —de qué, no estaba segura. Me dejé llevar por la fuerza de sus brazos y la pasión de su beso durante lo que pareció una eternidad. Me besó como si todavía me amara.
Entonces sucedió.
Los recuerdos se abalanzaron sobre mí y me atraparon en sus dolorosas garras.
Recordé el daño que me había causado, la forma en que me había abandonado sin siquiera una explicación.
Quizás lo más importante: recordé mis prioridades, mis hermanas.
Rompí el contacto que sellaba nuestras bocas, reprochándome ser tan vulnerable ante él y necesitarlo tanto.
—Lo siento —murmuró mientras ponía algo de distancia entre nuestros rostros—. No estás bien y aquí estoy yo, abalanzándome sobre ti como una bestia. No sé qué me pasó.
Yo sí lo sabía.
La fuerza que nos había unido durante la mayor parte de nuestras vidas había vuelto a golpear.
La sentía ahora con la misma intensidad que cuando era niña, adolescente y mujer cada vez que él estaba cerca.
Dash se había apoderado de mí y, aunque él se arrepentía y yo estaba furiosa conmigo misma por ceder, no podía lamentar la breve alegría que había experimentado en sus brazos.
—Dagger. —Lo amenacé con el dedo—. No intentes distraerme de nuevo.
—No estaba intentando distraerte —dijo—. Simplemente no pude contenerme.
Mi corazón se puso a bailar de alegría. Entonces recordé. Después de lo que había hecho, lo nuestro era imposible. Necesitaba cortar la conexión entre nosotros de inmediato.
—Mis hermanas. —Me obligué a mantener la compostura y lo miré enarcando las cejas—. ¿Tienes alguna información sobre ellas?
—Todavía no. —La voz de Dash sonaba cargada de pesar—. Antes de que te desmayaras, dijiste que encontrarlas sería difícil. No te equivocabas. He intentado contactarlas de todas las formas posibles. No respondieron a mis llamadas. Sus números están desconectados.
Cerré los ojos y luché por mantenerme entera. Los rostros queridos de mis hermanas desfilaron tras mis párpados cerrados. Una y otra vez, daban vueltas.
Cece. Affie. Missy. Volved. ¿Dónde estáis?
—Entiendo que estén enfadadas conmigo por la muerte de Nix —continuó Dash—.
Entiendo que no quieran hablar conmigo, pero esto es una emergencia.
Envié gente a sus direcciones. Es extraño.
Se han mudado sin dejar una nueva dirección.
No hemos encontrado ningún rastro de ellas en la red, ni en registros bancarios ni de tarjetas de crédito.
He movilizado a mi equipo para localizarlas, pero tus tres hermanas parecen haberse esfumado de la faz de la tierra.
—Hizo una pausa antes de preguntar—: ¿Hay algo que puedas decirnos para ayudar a encontrarlas?
—No. —Junté las manos y me mordí el labio hasta sentirlo en carne viva.
Su ceño se frunció aún más.
—¿Qué está pasando?
—Intenté decírtelo antes. —Los ojos me ardían de lágrimas—. No vas a encontrarlas.
—¿Por qué dices eso? —Frunció el ceño aún más—. Somos el Equipo Rastreador. Por supuesto que las vamos a encontrar.
—No lo entiendes. —La culpa, el miedo y la tristeza me oprimieron el pecho, añadiéndose al agotamiento físico y emocional que me pesaba.
—Entonces hazme entender. —Dash me sostuvo la mirada y esperó mi explicación.
—Padre buscó a mis hermanas durante mucho tiempo. —Luché contra las lágrimas—. Contrató a algunas de las mejores agencias de detectives del mundo y gastó millones en la búsqueda. Nadie pudo encontrarlas.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Dash, sin ocultar la perplejidad en su voz.
Cerré los ojos, me tragué las lágrimas y pronuncié las palabras que tanto me dolían.
—Mis hermanas desaparecieron poco después de que Nix muriera y tú te fueras.
—¿Desaparecieron? —Dash sonaba casi tan sorprendido como yo cuando descubrí que se habían marchado—. ¿Qué quieres decir con que desaparecieron?
—Quiero decir que desaparecieron, que se escondieron donde nadie puede encontrarlas.
—No entiendo. —Dash se pasó una mano por la mandíbula—. ¿Por qué se fueron?
—Se hartaron de mi padre. —Me froté los ojos cansados—. Ya no querían ser Astor. Me pidieron que fuera con ellas, pero…
—¿Pero qué?
—Tuve que quedarme —murmuré con voz débil—. Así que se fueron. Desaparecieron.
—Thena, necesitas confiar en mí. —Dash posó su mano sobre la mía—. Erais tan unidas. Las cuatro erais un equipo. Seguro que te dijeron adónde iban, ¿no?
—Ese es el problema, Dash. No me lo dijeron. —Las lágrimas me corrieron por el rostro y un sollozo desgarrado escapó de mi garganta—. Ahora están en peligro mortal y no sé dónde están, cómo contactarlas ni cómo protegerlas del asesino de mi padre.