Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Uno #4
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Capítulo Uno #4

—No pienso volver a preguntarlo —tamborileó con las uñas cuidadas sobre la mesa—. ¿Qué quieres de mí?

—Estoy aquí por una misión.

—¿Una misión? —se echó hacia atrás—. ¿Y qué tengo yo que ver?

—Tu padre me encargó esta misión.

—¿Mi padre? —parpadeó varias veces, las pestañas cargadas de rímel—. Mi padre te odiaba.

—Eso creo yo también, y probablemente por eso me eligió a mí.

Frunció el ceño, marcando dos pequeñas arrugas entre las cejas.

—¿Te eligió para qué?

—Thena, por favor —dije con calma—. No te alteres hasta que me hayas escuchado.

—Estás aquí. —Alzó las manos—. Ya estoy alterada. ¿Por qué iba a escucharte siquiera?

—Porque estás en peligro.

—Tengo la mejor seguridad que el dinero puede comprar, y lo sabes. —Era hermosa, incluso cuando torcía el gesto con desdén—. Jorge lo tiene todo bajo control. Si has venido hasta aquí para decirme que no sabe hacer su trabajo, has perdido el tiempo.

—Jorge Rivera es bueno, pero hasta los mejores pueden ser engañados si no tienen la información necesaria. —Hice acopio de paciencia—. Hay micrófonos ocultos en esta sala, ¿recuerdas?

—Eso dices tú. —Se reclinó en la silla y me desafió con la mirada.

—No estás a salvo —dije—. Ni tampoco tus hermanas.

—¿Mis hermanas? —Los nudillos se le pusieron blancos de aferrar los brazos de la silla, y un destello de alarma quebró su compostura antes de que lograra controlarse—. ¿Qué les pasa a mis hermanas?

—No están a salvo —repetí, fijándome en su intensa reacción y en algo más, algo que no lograba identificar del todo—. ¿Has oído la parte en la que he dicho que tú no estás a salvo?

—Vete. —Se levantó de un salto y, dándome la espalda, cruzó la sala hasta el ventanal—. Vete ahora mismo.

—No puedo. —Me apoyé en el bastón y sufrí la agonía de ponerme en pie.

—¿Llamo a seguridad, entonces? —preguntó con su tono Astor más altivo.

—No lo hagas. —Me daba pavor tener que decirle que no iban a echarme.

—No puedo permitir que irrumpas en mi mundo ahora mismo —murmuró a su reflejo en el cristal—. Estás parloteando sobre riesgos con los que he convivido toda mi vida. No les tengo miedo a los ladrones, los cazafortunas ni los secuestradores.

—No estoy aquí por nada de eso.

—Mi padre murió hace solo dos semanas. —Se le tensó la mandíbula y frunció más el ceño—. Tengo muchísimo entre manos. Tu presencia aquí me desautoriza.

—No pretendo desautorizarte. —Apoyándome en el bastón, di unos pasos hacia ella—. Sé que tienes mucho encima. Por eso estoy aquí.

—No te acerques más —soltó por encima del hombro.

Me detuve en seco, pero no pensaba rendirme.

De pie ante los grandes ventanales, enmarcada por rascacielos, nubes grises y una lluvia fina, parecía más pequeña y delgada de lo que recordaba.

Por un momento, se dobló sobre sí misma como si le doliera algo.

Se enderezó enseguida, pero algo no iba bien.

Cargaba con mucho peso, y aun así no quería mi ayuda.

No podía echarme atrás. Le había hecho una promesa a un hombre muerto. También sabía que Thena era fuerte. Mentalmente fuerte, me recordé, aunque últimamente estaba tan pálida y delgada que parecía casi frágil. Le debía toda la verdad, aunque le doliera.

Solo pensarlo me revolvía las tripas, pero nunca había sido subordinado de Richard y no iba a empezar ahora.

Me negaba a menospreciar a Thena. Su padre había querido que la mantuviera al margen, pero yo no iba a imponerle los mismos prejuicios estúpidos que Richard había inculcado a sus hijas.

Le debía la verdad a Thena, e iba a hacer esto a mi manera, no a la suya.

—Hace una semana recibí un sobre lacrado que me entregó uno de los abogados de tu padre —dije—. Junto con los documentos, había una carta manuscrita de Richard.

Tragó saliva visiblemente.

—¿De mi padre?

—Afirmativo. —Me di una palmada en el bolsillo del pecho, sobre la única hoja de papel que había sacudido mi mundo—. En esa carta me daba una serie de instrucciones.

—Si mi padre hubiera tenido instrucciones que dar, me las habría dado a mí. —Sus ojos, muy separados, amplificaron su escepticismo—. Nunca seguiste ninguna de sus órdenes. ¿Por qué iba a molestarse?

—Por la gravedad de la amenaza.

—¿Qué está pasando? —Suavizó el tono y, por un momento, el miedo brilló en sus ojos—. Dímelo, por favor. ¿Dash?

No sé si fue el énfasis que puso en la palabra o la incertidumbre que se filtró en su voz lo que me impulsó a responderle.

Quizás fue el fascinante arco de sus cejas y cómo se le marcaron más las líneas alrededor de la boca, dándole un aspecto agotado.

O tal vez no pude negarme a responder porque, en lugar de llamarme Dagger, me había llamado Dash.

Dash. Con una «D» rotunda y una «sh» sedosa. Lo susurró en voz baja, casi con dulzura, de la misma manera en que solía murmurar mi nombre cuando nuestros cuerpos se enredaban en el frenesí de hacer el amor y estaba a punto de correrse. Con necesidad. Con pasión. Con fe.

—Estoy aquí porque prometí protegerte. Siempre. —Inspiré hondo—. Tu padre no murió de causas naturales. Lo asesinaron.