Dash (Romance militar de héroes alfa nº 11) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Thena

Mi madre tenía un don para leer las estrellas.

Nunca entendí a qué se refería con eso y desde luego yo carecía de ese talento, pero aunque hubiera podido predecir el futuro, jamás en mis sueños más descabellados habría imaginado este momento.

Tres años demasiado tarde, Dashiell Dagger estaba justo aquí, frente a mí, diciéndome que mi padre había sido asesinado.

Asesinado.

¿Podía ser cierto?

Sí, podía serlo.

La respuesta brotó del fondo de mi mente como si lo hubiera sabido desde siempre; como si la plena aceptación de esta posibilidad hubiera estado aguardando a un mensajero de confianza que la trajera y me atravesara en un momento de lucidez.

La sala de juntas giró a mi alrededor. Le di la espalda a Dash y apreté los dientes.

El dolor en el estómago me robó el aliento.

Me incliné hacia delante con una mano sobre el vientre y la otra apoyada en el cristal de la ventana.

Luché por mantener el equilibrio contra la agonía que me abrasaba, esforzándome por no dejar que se notara.

—¿Thena? —La preocupación en la voz de Dash me recordó que no debía ceder, ni ante él ni ante nadie.

Levanté una mano como si tuviera poderes mágicos para congelarlo en su sitio.

—Necesito un momento.

Lo único que podía hacer era mantener las rodillas firmes y permanecer erguida.

—Sé que es mucho —dijo con esa voz serena que siempre había calmado mis ansiedades—. Estoy aquí.

¿Qué demonios se suponía que significaba eso?

Una mirada por encima del hombro me lo mostró apoyado en su bastón, los pies plantados en la línea imaginaria que había trazado en la alfombra, el cuerpo en tensión expectante, los ojos color chocolate encendidos.

Su barba incipiente, impecablemente recortada, acentuaba la línea de su mandíbula fuerte, los rasgos severos de su rostro y su nariz recta.

Su piel aceitunada lucía como siempre, besada por el sol, rebosante de calidez.

Su apodo le quedaba a la perfección. Dash siempre había sido arrebatador, incluso cuando arrebató todas mis esperanzas.

Los últimos tres años solo habían mejorado su impresionante físico.

Sus hombros anchos y caderas estrechas hacían que el traje le sentara como si valiera un millón.

Bajo la tela, su musculatura me recordaba que siempre había sido un hombre de acción, aunque el bastón sugería que había sufrido algún tipo de lesión.

Quería preguntarle al respecto, pero no lo hice, no podía.

Preguntar implicaría que todavía me importaba, algo que no podía admitir ante nadie más que ante mí misma.

Otra punzada de dolor me golpeó, junto con la necesidad de ir hacia él, apoyar la frente en su hombro y, envuelta en su aroma, llorar durante horas.

¿Cómo puedes ser tan estúpida?

Después de todos estos años, después de todo lo que había pasado, todavía lo deseaba. Mis dedos ansiaban trazar las líneas de su rostro y mi cuerpo quería encontrar consuelo en sus brazos. Mis manos anhelaban redescubrir cada rincón de su cuerpo esculpido.

No tenía defensas contra la alquimia que me atraía hacia él.

Como la idiota enamoradiza y adicta a Dash que era, lo deseaba, lo necesitaba: en mi vida, en mi cama.

Era humillante. Sin el colchón de mi dolor y el escudo de mi orgullo Astor, podría haberme arrancado la ropa y suplicado que me hiciera suya hasta olvidar su traición.

Pero tenía mi orgullo Astor, y el dolor me atravesaba en oleadas que amenazaban con tumbarme. Apreté la mandíbula y, mientras esperaba a que pasara el último brote, me concentré en estudiar su reflejo en el cristal.

La pequeña cicatriz vertical que le partía la ceja y le cruzaba el pómulo en el lado izquierdo del rostro había sido recién suturada la última vez que lo vi. A pesar de ella, seguía siendo el hijo de puta más guapo, atractivo y arrogante que jamás había visto.

Ver la cicatriz revivió la tristeza que anidaba en mi pecho, un peso constante que nunca se había aliviado.

Me recordaba lo que habíamos tenido antes de que dejara de amarme.

La herida, afortunadamente, había respetado su ojo, pero no mi corazón.

Lo había marcado físicamente y me había mutilado emocionalmente.

Era el símbolo de la línea divisoria que separaba los tiempos felices de mi miserable vida actual.

Aunque solo era cinco años mayor que yo, mechones plateados brillaban entre su cabello castaño bajo las luces. El dolor cedió por un momento. Un recuerdo dulce pero traicionero se coló en mi mente.

Había visto aparecer sus primeras canas cuando apenas había cumplido los veinte.

Habían llegado pronto y le conferían esa mezcla única de seriedad y atractivo irresistible.

Tumbada desnuda sobre un lecho de mantas en nuestro lugar secreto, con los dedos enredados en su pelo corto bajo la luz de las estrellas, el alma rebosante de su amor y el cuerpo saciado, lo había provocado.

Había bromeado que, como yo era quien le había dado todas esas canas, él era mi zorro plateado.

Con un destello de dientes blancos, me había dado la razón en ambas cosas.

Qué jóvenes, felices y esperanzados habíamos sido. Qué estúpida, ingenua y maleable había sido yo.

El dolor se intensificó. Me mordí el labio. Otra mirada me mostró a Dash con el ceño fruncido mientras me escrutaba. Dio un paso más hacia mí.

—No —repetí, sabiendo que, si me tocaba, mis debilidades aflorarían y mi fuerza se desvanecería bajo su contacto.

No podía permitirme derrumbarme. No ahora. Especialmente no frente a Dashiell Dagger, el hombre que me había construido solo para destruirme. Me había traicionado. No había vuelta atrás.

Apoyada en el marco de la ventana, me obligué a procesar los hechos.

Mi padre había caído muerto en su despacho tras una tensa reunión del consejo.

El forense había concluido que la causa de la muerte fue un infarto.

Desde que mi padre falleció, había estado abrumada, funcionando en piloto automático, tomando miles de decisiones difíciles cada día.

No había tenido motivo ni tiempo para cuestionar la conclusión del forense.

Hasta que Dash apareció, detuvo el tiempo y me obligó a ver a través de la niebla que embotaba mis sentidos.

Las enfermedades cardíacas eran asesinas silenciosas, pero mi padre había gozado de una salud de hierro hasta el momento mismo en que murió.

No tenía historial de problemas cardíacos, estaba bajo el cuidado de los mejores médicos del mundo y acababa de superar un chequeo exhaustivo el mes pasado para el seguro de vida.

Un infarto siempre era una posibilidad, pero ¿realmente había muerto de un paro cardíaco?

—¿Acabas de...? —Hice una mueca mientras luchaba por ocultar otra oleada de dolor y obligaba a las palabras a salir—. ¿Acabas de decir que mi padre fue asesinado?

—Sí.

La certeza en la voz de Dash avivó las llamas que consumían mi estómago. Si estaba aquí, en este edificio, haciendo estas acusaciones, tenía pruebas. Pruebas concluyentes.

Mi padre tenía muchos enemigos. Varios se beneficiarían de su muerte. El dolor de estómago se agudizó.

Mierda. Ahora no.

Era fuerte. Era capaz. Podía con toda la mierda que me llovía encima. Cerré los ojos, apoyé la frente contra el cristal frío y, deseando que el dolor desapareciera, reflexioné sobre la montaña rusa emocional que me tenía cara a cara con mi antiguo amante, ahora convertido en mi némesis.

Me recordé que Dash no estaba aquí porque me amara.

La idea había sido un pensamiento fugaz, estúpido e ilusorio de mi parte, una esperanza insidiosa que se había colado en mi mente cuando me enteré de que había exigido verme de inmediato.

En cuanto sentí esa punzada de esperanza, la aplasté, y sin embargo me irritaba sobremanera haber interrumpido mis reuniones en Filadelfia para volar de vuelta a verlo.

La última vez que había visto a Dash fue después del funeral de Nix en el ático de mi padre en la Quinta Avenida. Mi padre había elegido ese día miserable para decirme la verdad y destruir mi vida tal como la conocía. Después de aquello, la reunión con Dash acabó con lo nuestro.

Otro relámpago de dolor me arrancó del pasado. Hora de afrontar los hechos y sacar a Dash de mi vida para siempre. El drama nunca había sido el estilo de Dash. Sabía que tenía algo importante que decir. ¿Pero asesinato? No, eso no me lo esperaba.

—Dime —me volví para mirarlo de frente, apoyando las caderas contra el alféizar para mantenerme erguida—. ¿Cómo sabes que mi padre fue asesinado?

—Recibí un soplo y lo investigué —respondió escuetamente.

—¿Quién te dio ese soplo y cómo lo investigaste?

Me miró con hastío.

—Nos estamos precipitando.

—Dash —le sostuve la mirada sin pestañear—. Dímelo de una vez.

Respiró hondo.

—El soplo me lo dio tu padre.

—Está muerto —crucé los brazos—. Deja de tomarme el pelo.

—No te estoy tomando el pelo.

Su expresión sincera me recordó al joven intenso y solemne que había sido. Por un instante, se me ablandó el corazón hacia aquel alma antigua que había amado con tanta intensidad y durante tanto tiempo.

—En la carta que me dejó tu padre, afirmaba que lo habían asesinado —dijo Dash—. También dejó un montón de documentos, incluida la autorización legal para exhumar su cuerpo. Así que lo hice.

—¿Hiciste qué? —me quedé boquiabierta y la ternura que había sentido un momento antes se esfumó, sustituida por una oleada de indignación—. ¿Exhumaste su cuerpo sin mi permiso?

—Estaba siguiendo sus órdenes —apretó la mandíbula con expresión absolutamente estoica.

—¡Esto es ridículo! —me aparté de la ventana y logré dar unos pasos hasta el sofá cercano—. Nunca seguiste sus órdenes y vosotros dos nunca os llevasteis bien.

—Vaya si lo sé —soltó un suspiro exasperado sin apartar de mí sus ojos oscuros y astutos—. Esta vez me pilló bien. No había forma de evitarlo.

—A ver si lo entiendo —luché por comprender—. ¿Enviaste un equipo al cementerio? ¿Desenterraste su cuerpo?