Capítulo Uno #3
—¿Qué quieres, Dagger?
—Espera. —Dejé el móvil sobre la mesa, pulsé un icono y activé la aplicación antiespionaje.
—¿Qué demonios haces? —Se inclinó hacia delante para ver qué hacía.
Esperé a que se encendiera la luz verde y me recosté en la silla.
—Acabo de activar una señal de bloqueo para que nadie pueda ver ni oír nuestra conversación. La aplicación simula un fallo del sistema que corta las transmisiones de audio y vídeo.
—¿Cámaras? —chilló.
—Detecté dos mientras te esperaba. —Hice un gesto cortante con la mano, señalando la lámpara de araña sobre la mesa de conferencias y la que había bajo la mesa de café junto a los sofás, al fondo de la sala—. Quien te esté espiando creerá que el sistema falló y que tú no tienes ni idea.
Se obligó a cerrar la boca. La incredulidad destelló en sus ojos. Al menos no me echó de su edificio, no de inmediato.
—¿Es esta tu idea de... qué? —Me fulminó con la mirada mientras estudiaba mi rostro—. ¿Una broma pesada? ¿Una forma de asustarme?
—Me conoces mejor que eso —hice una pausa para contener mi genio—. Nunca bromeo con tu seguridad y no estoy aquí para asustarte, aunque lo que tengo que decirte da miedo.
—Soy una Astor —apoyó las manos en los reposabrazos, cruzó una pierna sobre la otra y se irguió en su asiento, con aspecto feroz y decidido, aunque también parecía pequeña en aquella enorme silla de cuero—. No te tengo miedo.
Llevaba el manto de la fortuna familiar con la misma arrogancia que Richard había exhibido en vida, y sin embargo el viejo Astor nunca pudo igualar su porte, su gracia ni su elegancia.
De todas las vilezas que había cometido en su vida, la que más le reprochaba era haber reclutado a su hija mayor para el papel que le había asignado cuando su plan de sucesión se torció trágicamente.
—Al menos deberías estar preocupada —dije con gravedad.
Me observó un momento más, escrutando mi rostro con su mirada perspicaz.
—¿De verdad encontraste cámaras y micrófonos ocultos en esta sala?
—Así es.
—Mierda —masculló antes de recuperar la compostura—. Haré que seguridad se encargue de esto.
Asentí.
—Hay que hacer un barrido exhaustivo del edificio.
—No me digas lo que tengo que hacer —espetó—. Sé llevar un negocio.
—De acuerdo —mantuve la calma, aunque sospechaba que cualquier cosa que dijera o hiciera avivaría su furia apenas contenida.
—¿Por qué has venido? —exigió—. ¿A qué viene tanta urgencia? No has aparecido por aquí en años. Ni siquiera tuviste la decencia de presentarte en el funeral de mi padre.
No intenté disimular mi sorpresa.
—¿Querías que estuviera allí?
—Por supuesto que no —hizo una pausa, sin duda para dejar que el insulto calara, y así fue: me ardió en el pecho como una acidez brutal—. Pero habría sido un gesto de respeto hacia el hombre que te lo dio todo.
Ahora solo estaba hurgando en la herida y lo sabía.
Me mordí el labio y guardé silencio. Ella desvió la mirada hacia la ventana.
Sus ojos opalescentes reflejaban el horizonte de la ciudad en aquel sombrío día de febrero.
¿Qué estaría pensando? ¿Qué estaría sintiendo?
¿Notaría el pasado colarse en la habitación, apoderarse de su corazón con la misma intensidad que del mío?
—Aunque, pensándolo bien, me alegro de que no aparecieras —su mirada volvió a clavarse en mí, atormentando mis sentidos—. ¿Por qué iba a importarme?
Porque te quería y quería apoyarte, no dije. Porque me quisiste una vez, y entonces habrías valorado mi presencia y te habría consolado entre mis brazos.
Tensé las riendas de mis emociones.
—Siento mucho tu pérdida.
—Ya —se mofó—. Los dos sabemos que no sientes que mi padre haya muerto.
—No he venido a discutir eso, pero aun así, te doy mi pésame.
—Déjate de juegos mentales —espetó—. ¿Por qué estás aquí? ¿Crees que soy incapaz de dirigir la empresa? Di lo que tengas que decir y lárgate. No te quiero cerca de mí.
Mi polla por fin pilló la indirecta. Se encogió bajo su ceño fruncido. El corazón me latía dolorido, igual que el muslo, pero ya había aguantado el dolor antes, y por mantener a Thena a salvo, aguantaría lo que hiciera falta.
—Has dejado muy claro que mi presencia aquí es un insulto —empecé despacio—. Lo entiendo, créeme. Y que quede claro: no creo que haya nadie en el mundo más cualificado para dirigir este negocio que tú. Has dejado a tu padre más que orgulloso.
Se le escapó un suspiro.
—¿De verdad lo crees?
Por un instante vislumbré a la Thena que había conocido, el asombro que brillaba en sus ojos abiertos de par en par al aceptar mi elogio. Pero el momento pasó, su mirada se endureció y aquella sonrisita sardónica volvió a afearle los labios.
Una inspiración profunda le elevó el pecho y le tensó los senos contra la chaqueta ceñida.
Imaginé su carne generosa desbordándose.
Se me hizo la boca agua al recordar la sensación de su pezón duro contra mi lengua y el calor líquido de su interior apretándose a mi alrededor mientras entraba y salía de ella.
A la mierda. Me maldije por ser un capullo salido. Tenía que enterrar los recuerdos, sofocar la lujuria y poner el cerebro a funcionar.