Darle fuego a Bilbao Capítulo IX Sábado, 25 de agosto de 2018 #2
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Capítulo IX Sábado, 25 de agosto de 2018 #2

Son muchos años y muchos aciertos y muchas cosas que no quería escuchar, pero que eran verdad.

La llamada la deja un poco descolocada, porque estaba metida en un bucle en el que ella era la víctima de una vikinga joven y dramática arrastrada por la prisa romántica lésbica y ahora se siente una idiota que se está enamorando de una tía increíble y que se está portando como una auténtica capulla, que está a punto de joderlo todo.

Qué fácil era ser el personaje principal, ¿no?

Anda por la casa y busca algo que interpretar como una señal, pero solo encuentra ceniceros usados, papel de fumar suelto, vasos sucios, pollos de speed vacíos y restos de la sobremesa mortal.

Coge el teléfono.

«¿Sabes qué significa Maddi? Es la Diosa Madre de la mitología vasca. Decide el clima (ya), ayuda a la gente buena, castiga a la gente mala, odia la mentira y puede hacer desgraciados para siempre a los hombres solo con mirarlos. Y vive en una cueva en el Anboto». Enviar.

Escribiendo…

–Precioso.

Escribiendo…

–¿Y qué cree la diosa Maddi que puede hacer con la diosa Sigyn?

–Pues podrían ir a ver juntas la cueva del Anboto en la que vive Maddi, la semana que viene. ¿Tienes botas de monte?

–Soy una punki de Berlín. Por supuesto que tengo botas de monte.

–¿Pues quedamos el martes para ir al Anboto?

–Genial.

–¿Y te apetecería tomar algo antes del martes?

–Puede ser.

–¿En media hora en Mamiki?

–Venga.

Cuando llego, ella ya está, charlando y de risas con la morena guapa que nos da M, que parece vivir ahí.

Me ve y sonríe, y eso me tranquiliza, porque no tengo claro qué me voy a encontrar.

Estamos un rato de charla las tres y en un momento la morena nos propone entrar dentro, porque al ser la última noche, las que llevan toda la semana currando se van a dar un homenaje «a puerta cerrada» y nos puede invitar.

En su boca, «homenaje» suena a drogas y gente bailando en tetas.

Sigyn le dice sin preguntarme que luego igual sí, que tenemos que hacer una cosa primero.

Asiento sin rechistar y me imagino que «la cosa» va conmigo y mi corazón yermo.

Efectivamente. «¿Buscamos algún sitio para hablar tranquilas?

», me dice. Va a ser difícil, pero me pongo a pensar algo.

Se me ocurren las escaleras del ayuntamiento, que pillan cerca y no hay gente, pero nada más proponérselo me arrepiento, porque me recuerdan al final de muchas manifestaciones.

De cuando éramos cuatro que no llenábamos ni un carril, pero sobre todo de este 8 de marzo, que éramos miles y salimos en la portada del New York Times , y mi amiga, mirando hacia la multitud, me dijo, abrumada y aterrada, como buena ortodoxa de la vieja guardia: «¿Qué vamos a hacer con toda esta gente?

». No sé lo que viene, así que no sé si quiero sumar este escalón a mis recuerdos.

Nos sentamos, me mira. Parece que pretende que hable yo.

No contaba con eso. Pero entiendo que no puedo ser tan inútil como para no ser capaz de decir algo que refleje mis movimientos internos, más allá del pánico.

Ni siquiera soy capaz de llamarlos «sentimientos», soy un cuadro.

Venga, joder, di algo a la altura de lo que te produce esta mujer.

–Estoy asustada, Sigyn.

Pone los ojos en blanco.

–Eso ya me lo has dicho.

–Ya. Pero déjame explicarme.

–Vale.

–Mira, llevo unas cuantas relaciones y en todas me he tirado de cabeza.

Y no han salido bien. Siempre pensaba que había aprendido y que no me iba a volver a pasar, pero me he seguido pegando hostias porque no sé querer de otra manera que no sea a saco.

Y me había prometido que ya. Dejar de intentarlo.

Disfrutar con las amigas, follar muy de vez en cuando y no generar vínculos que puedan hacer sufrir a alguien, especialmente a mí.

Y estaba bien. Y has aparecido tú y primero creía que estaba flipando y que ni de coña te iba a gustar, y luego que era como una historia de fiestas, pero es que a mí me estás gustando demasiado, para lo que nos conocemos, y eres demasiado joven, y acabas de llegar, y te vas en un año, y quiero que te metas en mi vida y la arrases, pero me muero del miedo de pensar que me conoces de verdad y piensas «¿qué?

». No quiero ser tu error. No quiero que me recuerdes como la vieja esa con la que te enrollaste cuando viniste a Bilbao y que te burles de mí con tus amigas alemanas cuando suene Rosalía en el Berghain.

De repente, suelta una carcajada. Yo flipo, claro. La miro, esperando a ver si me tengo que enfadar.

–No ponen Rosalía en el Berghain.

–¿Qué? –La he oído, pero la pregunta me ha salido automática ante la frivolidad de que se quede con ese detalle.

–Mira, Maddi. Te vas a tener que arriesgar.

Desde el principio has decidido alimentar esto tanto como yo.

Aunque actúas como un animalito torpe, que no sabes qué hacer con tus emociones, cuando no usas la cabeza estás tan dentro como yo.

Lo saben tus ojos, lo sabe tu voz, lo sabe tu cuerpo, lo sabe tu lengua y lo saben tus amigas.

Yo también tengo miedo. No tengo red aquí, toda mi ropa está en tu casa y mi furgoneta, en el garaje de una amiga tuya que ni siquiera sé dónde está.

Así que vamos a dejarnos llevar, que se nos da muy bien, y vamos a reservar el sufrimiento para cuando sea inevitable. ¿Te parece?

La miro en silencio.

–¿Te parece? –repite.

–Me parece.

Nos besamos en las escaleras del ayuntamiento. Con ganas, con lengua, conscientes, suave.

–Y ahora vamos a esa fiesta de bolleras en tetas.

Vamos y hay muchas bolleras y muchas heteras que no lo parecen, pero no hay nadie en tetas.

Solo al final de la noche, cuando ya hemos bailado todo y nos hemos comido una parte importante del seitán que sobra y se iba a perder, y nos hemos terminado todas las botellas de alcohol que estaban abiertas, porque si no se iban a tirar, y nos hemos contado la vida con esas mujeres que llevan una semana en un bucle que se parece solo en parte al nuestro, alguien se saca las tetas y casi no nos inmutamos, pero nos reímos, y nosotras también nos las sacamos y estamos un buen rato en tetas, hablando tan normal y fumando pitis en la barandilla que da a la ría y chupando de la bolsa infinita de M de nuestra amiga morena.

–Mañana, cuando estemos serenas, te voy a decir que te quiero –le digo de camino a casa.

Y es cierto.