Darle fuego a Bilbao Capítulo IX Sábado, 25 de agosto de 2018
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Capítulo IX Sábado, 25 de agosto de 2018

Se despiertan y la resaca les da una hostia en toda la cabeza.

Agua, ibuprofeno, Aquarius, plátano. Ojalá una michelada, pero siempre se acuerda de que tiene que aprender a hacerla cuando tiene tanta resaca que no sería capaz.

Intenta rellenar su mente con pensamientos fatuos, pero lo que pasó ayer o antes de ayer o cuando fuera le viene a la cabeza.

Sabe que tiene resaca química y que eso implica que los pensamientos intrusivos terribles parecen más reales cuanto más terribles, pero le cuesta frenarlos.

Lo rompe el jaleo de la calle, y es que es increíble la capacidad para hacer ruido que tienen los habitantes de esta ciudad.

Trikitixa , txistularis , conciertos en la calle o tipos haciendo LOOO LOLÓ LOLÓ LOLÓOO LOLÓ LOOO LOLÓ LOLÓ LOLÓOO LOLÓ, pero que el ritmo no pare, no pare, no. Necesitan agua. Beben agua.

Es media tarde y esa casa pequeña se les hace pequeña.

Tienen ganas de ver a las otras. Como tienen los números de las demás, porque se los dieron para la brigada, pero no son tontas y llevan muchos años en luchas perdidas, saben que por teléfono ni se compran drogas ni se confiesan delitos, así que se escriben y se hacen preguntas vagas y respuestas perezosas y barajan verse esta noche.

Se obligan a comer, porque la anfetamina te quita el hambre pero tampoco son idiotas, así que piensan en algo tentador y delicioso y se deciden por la decimoquinta mejor pizza de Europa, excluida Italia.

Además, es un regalo para su ansiedad aplazar la entrada en el recinto festivo.

Cruzan por el puente de Marzana, no necesariamente por evitar el de La Merced, pero un poco igual sí, aunque la verdad es que desde ese puente tienen la mejor perspectiva de las escaleras y la ría que se ha llevado su inocencia.

Las dos se paran en la barandilla blanca a mirar las escaleras de inflexión.

Se miran. No dicen nada. Siguen subiendo.

Resulta que aquí también están los guiris.

Se sientan entre mesas de gente que no se parece a la que les ha rodeado estos días y casi lo agradecen.

Piden la Norma Siciliana y la Idiazábal, porque Maddi dice que hay que pedir una romana y una napolitana para comparar las masas, que no tienen nada que ver.

Y Sigyn piensa en Arrate y se le nubla el semblante. Y Maddi se da cuenta.

–¿Estás bien?

–Me preguntas eso demasiado.

–Bueno, quiero saber cómo estás. ¿Te agobia que te lo pregunte?

–No, pero siento que quieres confirmar que está todo bien y así no tener que hablar.

–¿Y no está todo bien?

–Pues no lo sé. ¿A ti te parece que está todo bien?

–Bueno, pues depende de lo que hablemos.

–Y tú ¿de qué quieres hablar?

–Pues de lo que te está preocupando ahora.

–No sé, tía. ¿Tú no te rayas?

–¿Sobre qué?

–Pues sobre qué va a pasar cuando termine esta semana.

Fíjate que Maddi no se esperaba esta trama. Se queda callada unos segundos, que a Sigyn se le hacen largos. Resopla y mira por la ventana, cabreada.

–Ni lo has pensado, ¿no?

–Claro que lo he pensado.

–¿Y?

–Pues no sé qué va a pasar, la verdad.

–¿Y tampoco sabes qué quieres que pase? Porque eso sería lo importante, lo que quieras tú y lo que quiera yo. Y si queremos lo mismo.

Maddi se calla otra vez y eso lo empeora.

–Joder, tía. No puede ser que seas incapaz de hablar –Sigyn ya está enfadada–. Me abres tu casa, performas intimidad, corremos por la ciudad de la mano, follamos y nos tatuamos, pero no podemos hablar de qué coño estamos haciendo.

–No estoy performando nada.

–Ah, ¿no?

–No. La intimidad contigo es real. Yo no performo eso.

–¿No? ¿Qué soy? ¿Como Arrate, polvos y pizzas?

–Tía, te estás pasando. ¿A qué viene ahora Arrate?

–Pues a que quiero saber qué estamos haciendo. Si soy la nueva chica de las pizzas.

–Pero, tía, ¿qué dices? ¿Te parece que eso es lo que estoy haciendo?

–No sé qué estás haciendo. Me abres tu mundo, pero no sé si es un paseo o si me estás haciendo un hueco.

Maddi se calla otra vez y eso no es bueno.

«¿Qué os pongo para beber?». Maddi no pensaba empezar a beber ya, pero se le está subiendo a la cabeza esta conversación y siente una presión en la sien que se arregla con Orfidal, pero ni tiene ni cree que sea bueno mezclar con el tutifruti de drogas que llevan en el cuerpo. Así que pide un Negroamaro de Puglia.

–Joder, te sabes hasta la carta de vinos.

–Sigyn, tía. ¿Qué haces?

Ella se calla y vuelve a mirar por la ventana. Cuando se gira a mirarla tiene los ojos a punto de llorar.

–Sigyn, ¿qué pasa? No puede ser que esto te haga sufrir. Ese no era el plan.

–Pero ¿qué plan, tía? ¿Tú tenías un plan o qué?

–¿Qué voy a tener un plan? ¿Qué dices? Pero se supone que estamos disfrutando, pasándolo bien, viviendo cosas juntas.

–Pues esto es vivir cosas juntas, querida.

No es todo jajas y farra y no mirar para adelante.

Llevo una semana aquí y no me he separado de ti.

Tengo que construir una vida en esta ciudad, aunque sea para un año, y todo lo que he vivido, que no ha sido poco, por cierto, ha sido contigo.

No conozco nada ni a nadie ajeno a ti. ¿Qué vamos a hacer?

¿La semana que viene nos despedimos, arreglo mi furgoneta, me mudo a la calle Prim y ya estaría? ¿Y soy la guiri de esta Aste Nagusia?

–Pero, tía, que no es nada de eso. Pero que te conozco desde hace una semana y estamos viviendo en una burbuja y ya me ha pasado demasiadas veces pensar que era diferente y luego no lo era. No sé qué quiero. No sé qué va a pasar la semana que viene.

Ahora la que se calla es Sigyn.

Y la que no puede con ese silencio es Maddi.

–Joder, tía, ahora parece que te he engañado o algo.

Sigyn le lanza hielo con la mirada.

Llegan las pizzas. Esta vez no son nada oportunas.

La chica majísima les explica con detalle la diferencia entre una masa y la otra, y que una se come tal cual y que la napolitana es mejor doblarla y bla bla bla bla bla bla bla que no entienden ni escuchan y que las dos aprovechan para beber un trago demasiado largo de vino, sin mirarse.

Cuando se va la chica, Maddi se asegura de hablar primero. Se acerca lo más que le deja la mesa y le susurra, con toda la dulzura que puede:

–Sigyn, estoy muerta de miedo. Estoy intentando no pensar en el futuro, porque me asusta el dolor y lo que estoy sintiendo por ti no se parece a nada que haya sentido antes, y me da miedo que termine en un dolor que no conozco, uno peor.

Sigyn no se esperaba ese giro y se queda callada, mirándola desconcertada. Se le relaja mucho la frente y los ojos vuelven a ser azules, no hielo.

Maddi lee esa mirada y alarga una mano a través de la mesa, hasta agarrar la de ella, que se deja.

–Sigyn, no estoy jugando. Solo estoy asustada. Dame tiempo. Si quieres que vayamos juntas a algún sitio, necesito tiempo.

–No quiero estar pidiéndote nada. Quiero que quieras lo mismo que yo.

–¿Y qué quieres tú?

–Pues vivir esto sin miedo. Dejándonos llevar, pensando en cómo puede seguir, no en cómo va a terminar. Quiero que me veas como alguien con quien estar bien, no como alguien que te va a hacer sufrir.

Maddi no sabe qué decir.

–¡Y que me hables, joder!

Esto lo dice un poco alto. Y los guiris de las mesas de al lado las miran.

–No puedo hablar contigo de esto si no quieres que te hable del miedo que me da. Yo también quiero seguir así, pero no sé cómo va a ser cuando llegue la vida real. Esto es un espejismo, Sigyn.

–No, esto es una semana de fiesta, Maddi. No es un sueño, ni una fantasía. Estamos aquí de verdad, haciendo cosas reales. Que nos coloquemos o nuestra rutina sea salir de fiesta no hace que no esté sucediendo. Estamos aquí y vas a tener que decidir algo sobre nosotras, aunque lo niegues.

Maddi se calla y la tensión se hace sólida entre ellas.

–¿Podemos dejar esta conversación para más tarde, por favor? Ahora no soy capaz de sostenerla.

–Como quieras. Podemos hablar de otra cosa, pero no creas que vamos a dejar esta conversación sin cerrar.

Y hablan de otra cosa, pero la sombra de las palabras que esperan su turno se les hace pesada. Comen despacio y beben rápido.

Cuando terminan, Sigyn pide la cuenta sin preguntarle y paga con la tarjeta.

Cuando salen fuera, le dice: «Me voy a dar una vuelta, ¿vale?

Necesito despejarme». Maddi se queda un poco atónita y la ve irse cuesta abajo hacia Bilbi.

Ella se gira y le dice que luego le escribe, que no se preocupe. Pero Maddi se preocupa.

Se va a casa y no hay capítulo de The L Word que la entretenga.

Se lamenta de sí misma y sufre por adelantado y se da la razón en lo de que todo va a acabar mal, y que cuanto antes, menos va a sufrir.

Así, chapoteando en autocompasión, recibe un whatsapp y se abalanza sobre el teléfono.

No es ella, es una amiga preguntando «¿Vives?

». Claro, es que lleva toda Aste Nagusia desaparecida.

Menos mal que estas saben de Sigyn, si no, habrían llamado a Emergencias hace días.

«¿Te puedo llamar?», responde –qué maravilla ese momento en que hemos empezado a pedir permiso para algo tan invasivo como llamar por teléfono–.

En vez de respuesta, recibe una llamada de vuelta.

Para decepción de la amiga, no está para contar las mieles del sexo desenfrenado y sin consecuencias que ella esperaba, sino las vulnerabilidades y pánicos de quien ha encontrado alguien a quien teme perder.

Como buena y vieja amiga, escucha y juzga y opina y se salta todos los límites y le echa la bronca y le dice lo que tiene que hacer.

«Ahora mismo la llamas o la escribes y te juntas con ella y le dices que eres una imbécil y que te perdone, y que no te has visto en otra así en tu vida y que ha sido un ataque de pánico, pero que te vas con ella al fin del mundo. ¿Pero tú eres tonta?».