Darle fuego a Bilbao Capítulo X Domingo, 26 de agosto
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Capítulo X Domingo, 26 de agosto

Cierro los ojos, sé que estás aquí.

Niña, dame la mano.

Ha llegado el momento de quemar Bilbao,

prender fuego al silencio,

decir que no, y empezamos de nuevo.

¡Darle fuego a Bilbao!

DOCTOR DESEO, Darle fuego a Bilbao (1992)

Hoy queman a Marijaia. Esa diosa de feligresas borrachas que solo ejerce una semana al año. O esa muñeca rubia de papel maché con nariz respingona y ropa hortera de colores, según cómo la mires.

Para mí representa muchas cosas que me emocionan en el sentido literal.

Sé que es una muñeca y que el símbolo de la semana más divertida de Bilbao es una mujer rubia porque, cuando se hizo el encargo de crear una figura, en el taller de la escultora a la que se lo pidieron ya tenían una cabeza de mujer rubia hecha, así que le plantaron un vestido con recortes de tela, un pañuelo, unos brazos en alto, unos guantes rellenos y pa’ la calle.

Lo sé. Lo sé como la gente que ve un paso de Semana Santa sabe que la figura a la que adora es un muñeco de madera.

Pero esa figura me lleva a un sitio donde lo que sé no importa.

Y me emociono con el grupo y comparto fanatismo y a mí eso no me pasa muy a menudo.

La miro y me asusta que no entienda lo que significa para mí.

Que no se calle y se inmovilice de respeto cuando Marijaia pase en la lancha que la lleva a la hoguera por esa ría que reparte la vida en esta ciudad de agua llena de gente de fuego.

Buscamos un sitio y no es fácil, porque la gente lleva horas guardando huecos desde los que ver el akelarre.

Pero somos altas, casi siempre nos hacemos un palco.

Ella está emocionada, pero también se le nota que le da miedo que la ceremonia le parezca una mierda y decepcionarme.

El silencio interrumpe nuestros miedos mutuos y, entre los móviles levantados para grabar la experiencia en vez de vivirla, vemos pasar la lancha estrecha y frágil con la giganta rubia de sonrisa pintada, como si no supiera lo que viene ahora.

Con Marijaia en la lancha va Francis, el mejor pregonero posible para justo esta Aste Nagusia; en la mano, la antorcha que avisa a la rubia de que en esta ceremonia ella es el altar y el sacrificio.

Nunca había venido a ver la quema de Marijaia con una extranjera, así que disfruto de este primi antropológico que supone poder medir la reacción genuina de alguien que vive un ritual ajeno por primera vez.

La miro de reojo. Cuando Francis acerca la antorcha a la falda de Marijaia y ella empieza a arder, los ojos de esta rubia se abren de sorpresa e injusticia, como si ella no fuera vikinga y no estuviéramos viendo quemar una muñeca.

Me mira tierna y triste y le brillan los ojos del reflejo del fuego y la emoción compartida.

Siento que nunca la he querido más. Y me da miedo sentir eso, a una semana de conocernos, y me quita el miedo sentir eso, después de esta semana de conocernos.

Marijaia nos llama. Arde ya entera y su sonrisa imborrable se descontextualiza entre las llamas.

El alumbrado de la calle apagado, las dos orillas de la ría y el puente brotados de bracitos en penumbra sosteniendo pantallas en las que se refleja esa mujer de cartón ardiendo.

Alarga la mano y encuentra la mía. Me mira otra vez y sonríe con la boca pero no con los ojos, mojados de una lágrima incipiente que no puede con el fuego que arde en sus pupilas.

Marijaia se consume y cae al agua y todo se acaba. Mientras explotan los fuegos artificiales, ella los mira y me pregunta, todavía cogidas de la mano: «¿Y ahora qué?».

Las dos lo sabemos.