Darle fuego a Bilbao Capítulo VII Jueves, 23 de agosto de 2018
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Capítulo VII Jueves, 23 de agosto de 2018

Salimos por la calle Pelota hasta la ría, ya a punto de amanecer. Estamos agotadas y aliviadas y un poco decepcionadas, porque no hay justicieras sin justicia que repartir. U hostias que repartir ante la injusticia, que era un poco el plan.

Supongo que la buena noticia es que no ha pasado nada. Supongo que –un poco– esperábamos que pasara algo.

Vamos a mear.

Cruzamos la carretera en rojo, corriendo, pasamos por encima de la hierba llena de caca de perro que hace de jardincito y doblamos para bajar las escaleras, pero nos paramos en seco porque el descansillo ya está ocupado.

Hay una pareja follando. Ella está apoyada con la cara en el muro, los brazos colgando y las piernas abiertas, la falda vaquera subida hasta la cintura, las bragas por las rodillas.

No está ahí. Él tiene los pantalones bajados y le da por detrás, mientras la sujeta por las caderas para que mantenga el equilibrio, porque él también sabe que ella no está ahí. Ella se tambalea en cada embestida.

En vez de girarnos y dejarles la intimidad, al menos, de esta orilla, nos quedamos mirando y entendiendo y Sigyn es la primera en reaccionar y grita: «¡Eh! ¡Oye! ¿Estás bien?».

La chica abre los ojos, nos mira agotada y se pone a llorar en silencio, con la cara todavía aplastada contra las piedras y la boca en una mueca.

Sin mirarnos, bajamos las escaleras corriendo y gritando: «¡Eh, que la dejes! ¡Puto cerdo! ¿Qué hostias haces? ¡Déjala!».

Llegamos en segundos y unas vamos a por él y otras vamos a por ella. Preguntarle si está bien, ayudarle a subirse las bragas y bajarse la falda, y a sentarse en las escaleras, porque no se tiene de pie. Secarle la cara y los mocos que se le caen, porque ahora llora con hipos y sollozos.

«Pero ¿qué hacéis? ¡Que es mi novia!». Él se sube los pantalones sin atarlos y levanta el brazo amenazante, e intenta acercarse a ella. Le hacemos de muro: «¡Que no la toques! ¡Puto asqueroso!».

«¿Estás bien?». Asiente sin mirar. «¿Es tu novio?». Asiente. «¿Te estaba violando?». Levanta la cara de entre las manos y devuelve la pregunta con los ojos. Y llora como respuesta. Y vomita. Supongo que también como respuesta.

Se pone violento, intenta empujarnos y pegarnos para llegar a ella. «¡Que la dejes!». «¡¿Pero qué hacéis?! ¡Estáis piradas!».

Las compañeras se la llevan escaleras arriba. Se la llevan literalmente, porque ella no puede andar. Ni mirar para atrás.

Le empujamos, se cae, bajamos. Se levanta, viene a por nosotras, nos empujamos, nos pegamos, se resbala, se cae más abajo, bajamos. Le pegamos, le empujamos, le vemos caer al agua. Está boca abajo, flotando con los pantalones a medio bajar y se lo lleva la corriente, hacia las txosnas .

Subimos corriendo.

Ella ha vuelto a potar. «¿Estás bien?». Qué va estar bien.

«¿Dónde vives?». No para de llorar. No es capaz de hablar.

«Venga, la llevamos a mi casa». «¿Estás segura?». Estoy segura.

Dos de las compas la cogen, una por cada brazo, y se la cargan al hombro. Mi casa está a unos pocos minutos. Las otras compañeras y nosotras dos vamos por delante de ellas, aceleradas, sin hablar. Mirándonos con miradas cortas y sin mirar a la ría.

Subimos a casa y la tumbamos en la cama. De lado y con una palangana en el suelo. Se duerme inmediatamente. Una de estas se queda un rato mirándola, pero ella ya está en otro sitio.

«Tengo mezcal y cervezas, ¿quién quiere?».

Todas quieren.

Cuando se despierta, estas se han dormido en los sofás y yo estoy fumando un cigarro en la ventana de la cocina. Me mira desde la puerta, con ojeras moradas –mi mente hace un chiste inapropiado sobre la candidez inocua de las «gafas moradas»– y mucha cara de susto. No se atreve a entrar.

Dejo el cigarro en el tarro que hace de cenicero en el alféizar y me acerco unos pasos.

Me mira asustada pero no retrocede. «¿Quieres un café?

». Niega con la cabeza. «¿Un vaso de agua?

». Asiente. Se lo doy y nos miramos unos segundos.

Se lo bebe. Tiene tembleque en las manos.

No sabe dónde dejarlo, pero le da palo dármelo directamente.

Se lo cojo con toda la delicadeza de la que soy capaz.

«¿Estás bien como para ir a casa?». Asiente. «¿Necesitas algo?». No sabe contestar.

«Dame tu teléfono». Me lo da. «Mira, te apunto mi teléfono y lo guardo como Amiga . Si necesitas algo, llámame».

Nunca llamó.

Pero nos hemos visto muchas veces, en concentraciones, manis, charlas y bares.

A veces nos miramos y nos sonreímos de reojo, sin que casi nadie lo note.

Ella se despierta al oír la puerta de la calle y viene a la cocina. Se acerca en silencio, me agarra de la cintura con una mano y me quita el cigarro con la otra. Pega una calada mirando por la ventana, que da al patio, y después de echar el humo, pregunta: «¿Estás bien?».

No creo que estemos bien. Pero me alegro de que no haya preguntado qué vamos a hacer. En vez de eso, hace café.

Nos tomamos el café y nos echamos en la cama, aunque sabemos que no vamos a dormir.

La cosa es que nos dormimos. No sé cuánto tiempo después me despierta el ruido de la cisterna.

Me levanto y veo a estas, ya despiertas, fumándose unos pitis y repartidas entre los sofás y el suelo.

Me acerco y me siento con ellas. Me hago un piti.

No sabemos qué decir. Estamos unos minutos calladas, mirando a puntos que esquiven nuestros pensamientos comunes.

Ella se levanta y nos mira desde la distancia.

No dice nada y se mete en la cocina. La oigo hacer ruido de cacharros y de aceites y borbotones de café y me levanto a ayudarla, sobre todo por no seguir sentada en silencio.

No entiendo de dónde saca esta mujer las cosas, pero está haciendo tostadas, café, tomate rallado y aguacate en rodajas.

«Vete llevando esto», me dice. Salgo de la cocina y no me animo a intentar que se levanten y vayan a la mesa del comedor, así que voy dejando las cosas en la mesa baja que hay delante de los sofás.

Quito las birras vacías y los caballitos de mezcal de hace unas horas, paso un trapo y voy poniendo lo nuevo.

Suena el café. Nada pega menos en esta situación que un desayuno en grupo, pero vamos a hacerlo.

Zumo, tostadas, aceite, café, unos plátanos, frutos secos.

Alguien quiere dulce y saco una mermelada de naranja que alguien trajo.

Nos reímos levemente de que no es exactamente «dulce».

Nos lo comemos todo hablando poco. Hacemos otra cafetera y fumamos muchos cigarros.

Agotados todos los rituales de aplazamiento, una pregunta.

«Bueno, ¿qué vamos a hacer?». Todas nos miramos, calladas, porque no tenemos la respuesta.

–Pues lo primero sería decidir si vamos a contar algo o si lo vamos a dejar entre nosotras.

Silencio. Miradas. Algunas lo tienen claro, pero no lo dicen. Hasta que habla una.

–Yo creo que no deberíamos decir nada.

Silencio.

–Yo también.

Silencio.

O estamos todas de acuerdo o hemos convencido a las que no lo estaban, pero quedamos en no decir nada.

De alguna forma, vuelven el mezcal y las cervezas, y estas bajan a por más cerveza, vino, nachos, Risketos, mierdas ricas con bien de glutamato.

Tardamos poco en sacar el speed , y nos vamos relajando con las rayas, las birras y el exceso de sal.

Todas teníamos otros planes, pero se ha creado un lazo entre nosotras que ninguna quiere romper.

Siempre me flipa lo rapidísimo que pasa el tiempo cuando estás de mañaneo (o sea, drogándote por la mañana) y lo interesantes que parecen todas las conversaciones cuando todas estamos igual de drogadas.

Ya no comemos en muchas horas porque la anfetamina te quita el hambre y te da ganas de cagar.

Bebemos birra y vino y kalimotxo y mezcal, porque la anfetamina no te quita la sed.

Una de estas se encarga de que bebamos agua de vez en cuando y yo me río de que son tan jóvenes que se creen que no es tan malo para la salud lo que estamos haciendo si bebemos agua.

Alguien pone música, pero seguimos hablando y hablando y hablando y hablando y bebiendo y metiéndonos rayas hasta que retumba la casa porque llegan los fuegos.

Como este rato podemos hablar, pero no nos oímos, decidimos salir a la calle.

Alguien tiene pastillas en casa, así que nos vamos todas al Bar Nervión y ella sube a por las pastillas, porque vive en Sanfran, y la esperamos tomando algo porque no quiere entrar sola al recinto festivo.

De camino, pasamos por el puente de La Merced y desde ahí vemos las escaleras que nos han unido para siempre esta mañana.

Todas miramos. Todas nos miramos. Ninguna dice nada.

En el Nervión parece que no fueran fiestas.

La música de siempre, gente bebiendo en vasos y copas de cristal, de repente parece un día cualquiera, aunque estemos lejísimos de que sea un día cualquiera.

El camarero de siempre nos ve y ya nos ha visto drogadas muchas veces, así que solo le despertamos un poco de envidia.

Pedimos varias rondas allí y nos las bebemos fuera, algunas sentadas en los bancos y otras de pie, turnándonos para sentarnos, viendo pasar a la gente y la ría debajo del puente.

Nosotras pasamos al baño de dos en dos o de tres en tres y todo el bar se da cuenta de a qué vamos al baño, pero nos da igual y a todo el mundo también.

Cuando esta baja con las pastis nos comemos un cuartito para cada una (como Virginia Woolf) y estamos allí pajareando y hablando y saludando a otros grupos y pidiendo fuego y entrando al baño, hasta que cierran y nos invitan a poner la bebida en vasos de plástico y amablemente nos echan.

Bajamos a las txosnas y esta noche no nos perdemos ni nos juntamos con otras.

Tampoco nos conocemos tanto, Sigyn las acaba de conocer, pero estamos juntas y no nos queremos separar. Esta noche no.

Bailamos sin hablar mucho rato en Kranba, porque necesitamos techno .

Bailar sin hablar con la música tan alta que no te oyes pensar.

Alguien que no tenía dinero o fe para terapia inventó el techno .

Compramos gafas a un vendedor ambulante y las mías son oscuras con luces.

Mejores para bailar y mejores para no pensar.

Suena «no tocarte y pasar todo el día junto a ti».

Miro hacia el mecanotubo y busco al alma superior que ha puesto este temazo viejo como yo en medio de una sesión de techno .

«No voy a tocarte, es mejor así». La busco y se la canto a Sigyn extasiada (literalmente, porque hemos tomado éxtasis) y me pongo intensa y le bailo y le canto muy cerca de la cara «súbete a un árbol, rompe tus medias, llora en un rincón, no voy a tocarte, es mejor así», y ella no entiende nada, pero se ríe porque ella también está drogada y porque entiende que esta canción ha despertado algo en mí.

«El primer concierto al que fui en mi vida, Radio Futura, con 13 años».

Le grito. Ella se ríe como diciendo «claro que sí, señora».

«No tocarte o quizás, podría devorarte».

La canción que a mí me ha llevado arriba a ellas les ha dado bajón, así que nos movemos.

Vamos a Mamiki. Allí bailamos y nos encontramos con la morena que nos regaló M el otro día, y se hace amiga nuestra otra vez y nos da unas chupaditas otra vez, y nosotras le damos algo, supongo.

Parece mentira, pero llegan las siete de la mañana y cierran las txosnas y empieza a amanecer.

Ella me mira con cara de «a casa no». Esa cara.

Y yo le digo que vamos a Bilbi. ¿A Bilbi?

Claro, ella no sabe que Bilbi es el gran after esta semana.

De repente, me acuerdo de que hace menos de una semana que la conozco y no sé si es el M o las emociones apelotonadas en mi corazón yermo, pero le agarro la cara con las manos y me la quedo mirando, muerta de amor, y le digo «quiero ser tu casa» y le planto un beso teatral, y ella pone cara de susto y las demás hacen bromas como de niñas en el patio y seguimos andando, porque todo nos viene bien en este momento.

Vamos a Bilbi y es genial, porque todo el mundo está tan pasado como nosotras.

Si no, ¿de qué? Si no estás como las cabras, cuando amanece te vas a casa.

Los bares de Bilbi están petados, así que nos sentamos en el suelo en la plaza y hay una punki emprendedora que nos vende cervezas que lleva en un carro de la compra (de los que son del supermercado, no de los que son de la gente, aunque Faemino y Cansado aseguren que por un euro te lo puedes llevar) y nos las vamos tomando porque viene con una periodicidad milimétricamente calculada cuando considera que se nos están terminando, hasta que ya se cansa y nos dice: «Chicas, ¿por qué no me las compráis todas y puedo irme a dormir?

». Y por supuesto que se las compramos y nos vamos quedando solas, sentadas en medio de la plaza, con nuestras latas de cerveza, y estamos tan a gusto y tan en nuestra burbuja, que nos ponemos las rayas allí mismo, sentadas en medio de la plaza, a plena luz del día.

Para la gente que está fuera ya es viernes.