Capítulo VI Miércoles, 22 de agosto de 2018
A las dos de la tarde suena la alarma.
Tienen cita para tatuarse.
–Bueno, ¿ya sabes qué te vas a tatuar?
–¿No puedes decidirlo tú por mí?
–Jajaja, no. Tiene que ser intrascendente, pero que signifique algo para ti. No puedes pasar de no ser capaz de tatuarte porque no alcanzas la máxima épica a hacerte cualquier mierda. Tiene que ser importante pero carnal.
Maddi la mira haciéndole burla:
–Mimimimi, ¿qué eres, experta en tatuajes ahora o qué?
–A ver, soy millennial . Tú sabes mucho de Eskorbuto y yo de tatuajes y falta de épica.
Se ríen. Ella ha ganado.
–¿Tú qué te vas a tatuar?
–Yo «Fight the real enemy» .
–¿Seguro que eres millennial ? Porque tenías cuatro años cuando Sinead O’Connor dijo eso en la tele y rompió la foto del papa. Es por eso, ¿no?
–Claro que es por eso. ¿Y tú por qué te acuerdas del año exacto?
–Pues porque tenía 24 . Y porque era una época en la que si algo era la noticia del día lo era en todo el mundo. Y esto fue, por lo menos, la noticia de la semana. Yo me rapé el pelo por ella –de repente, esta confesión le da vergüenza.
–¿En serio? Qué mona. Estarías guapísima. ¿Tienes fotos?
–No, no te voy a enseñar fotos de entonces.
–¡Vengaaa!
–Venga no. Venga a pensar lo que me tatúo –se queda un rato mirando el móvil, concentradísima–. ¿Qué te parece un triángulo negro?
–Bueno, suena bien. ¿Y por qué un triángulo negro?
–Pues porque era el símbolo que usaban los nazis para marcar a las lesbianas, las putas y las feministas.
–Bueno, era un poco más amplio, ¿eh? Era también para las personas que se consideraban «fuera de la comunidad». Neurodivergentes, con discapacidad, sin techo, mendigas y alcohólicas, por ejemplo. Y para la gente vaga. Gemeinschaftsfremde y Arbeitsscheu se les llamaba.
Ella la mira un poco estupefacta.
–Sabes mucho de nazis, ¿no?
–Por lo que sea –se ríe. Pero deja ahí el misterio, flotando.
–Bueno, ¿pero estamos de acuerdo en que ahora es un símbolo que representa a las lesbianas?
–Estamos de acuerdo.
–Te parece bien que me tatúe lo del «guemainsachfrende» y «abaishoy»?
–Me parece estupendo.
–Vale, pues me tatúo eso.
–Ahora tienes que pensar tamaño y dónde. Y buscar una imagen de cómo lo quieres exactamente.
–Puf, son muchas decisiones, ¿no?
–Bueno, así vas cogiendo práctica –y pone cara de haberle lanzado una indirecta.
Y ella se la queda mirando de reojo en silencio, con cara de pensar que le ha lanzado una indirecta.
Salimos de casa y en dos minutos estamos en el salón de tatuaje. Estamos exactamente a 30 metros del bar en el que nos conocimos.
–¿Todo está cerca en esta ciudad o es que te mueves en un radio diminuto?
–¿Tienes siempre preguntitas que son opiniones o me lo parece? –Se ríe.
Maddi reconoce que la ciudad no es grande, pero que el espacio en el que se mueve es pequeño porque le gusta vivir en una burbuja.
Parece que a más grande la burbuja, más frágiles y permeables sus paredes.
Por eso las fortalezas son pequeñas y sin vistas, supongo.
Me la imagino asomada al muro de un castillo gris, muy alto y sin ventanas, mirando al horizonte con cara de preparada para combatir a cualquier enemigo, con una capa negra y el pelo al viento.
Mientras tanto, ella mira el escaparate del estudio de tattoos y me mira con cara de niña pequeña que está a punto de hacer una travesura con la que lleva tiempo soñando.
Entramos. Hay una chica rubia con tatuajes old school que nos atiende majísima y nos explica que ella va a tatuar a una y su compañero, a la otra.
Maddi hace un chiste sobre que el local se llame Bloody Bones y yo le hago otro sobre la guinda que sería para su pérdida de virginidad que se lo hiciera un tío.
Ella me mira aterrorizada en broma y decidimos que así sea.
No me he atrevido a preguntárselo, pero sospecho que nunca ha follado con un tío.
El de la tienda de tattoos parece majo, y juraría que no es consciente de que está a punto de desflorar a una lesbiana con piel inmaculada.
Ella se pone nerviosa y hace chistes como cuando está nerviosa.
El sarcasmo le aligera la tensión, supongo que porque te lanza un poco de ella y así la reparte.
Me pregunta muchas veces si me parece bien el sitio elegido y tiene muchas dudas sobre si el triángulo tiene que estar invertido cuando tiene al brazo hacia abajo –porque finalmente ha decidido hacérselo en la parte exterior de la muñeca– o cuando dobla el brazo y lo levanta.
Abrimos el debate. Al final, se lo hace para enseñarlo cuando dobla el brazo.
Seguro que hay alguna teoría que te psicoanaliza según te hagas los tatuajes para verlos tú o para que los vea el resto.
Desde luego, la gente se los hace todos de una forma o de la otra.
Seguro que esto dice más de alguien que la hora en que nació, y que me perdonen todas las lesbianas astrólogas (o sea, todas las lesbianas) del mundo.
Se queja un poco y se ríe mucho y pregunta un montón de cosas, como si no pudiera hacer algo nuevo sin aprender. Se sorprende de lo poco que duele y de lo rápido que se hace y de que casi no sangra. Se sorprende de todo, en realidad. Me imagino haciendo muchas cosas nuevas con ella.
Hace un selfie de ella con su tatuaje y de mí mientras me tatúan y se lo manda a sus amigas, y me pregunto qué le dirán ellas de la rubia con la que sale en la foto y de que no hayan quedado desde el día en que yo conocí a Marijaia. Pero a ella no se lo pregunto.
Me siento de una nueva tribu urbana con mi pequeño triángulo de tinta y piel irritada.
Siempre me pasa igual cuando cruzo un umbral, que me creo la descubridora de ese nuevo espacio, por mucha gente que haya ya en él.
El pasado colonial, supongo. También me siento ridícula porque, después de 50 años, me he tatuado por una tía alemana 20 años más joven a la que conozco desde hace menos de una semana y con la que no he follado. Me muero del miedo.
Me mira sonriendo de una forma que me parece imposible fingir mientras le tatúan la frase que me hubiera gustado que se me ocurriera a mí.
Lo pensé cuando lo dijo. Pero no podía ser tan ridícula de tatuarme lo mismo que ella.
Ya estoy pensando en cómo contar mi primer tatuaje cuando llegue la resaca.
La de nosotras. Pero me vuelve a mirar y me hace «ven» con la mano y me acerco y no quería nada, solo que estuviera cerca.
Y me agarra de la mano y me dice que al final no me ha agarrado de la mano mientras me tatuaban a mí, y yo le digo que la promesa era tatuarse conmigo, no darme la mano, y ella me mira como diciendo «tú eres tonta, de verdad, anda, dame la mano», y yo me siento como un niño tonto que no sabe querer.
A la tatuadora y al tatuador les parecemos adorables y a mí me da miedo que les demos ternura por pareja imposible, pero no en el buen sentido, como Harold y Maude, sino en el de Risto Mejide y Laura Escanes. Me siento fugazmente vieja otra vez. Ella parece completamente ajena a mi pensamiento.
Terminamos de tatuarnos y nos hacen rebaja y creo que es por lo monas que somos con nuestra historia intergeneracional homosexual internacional. Ahora me da miedo que seamos un cliché. Y no sé si soy el cli o el ché.
–¿Qué hacemos?
–Pues esta noche tenemos brigada, así que no deberíamos liarnos.
Me refiero a liarnos de beber y drogarnos, pero de repente me asustan los significados y las polisemias y me siento insegura y me parece que nos une algo más que antes, pero también me asusta asignarles significados nuevos a todos los actos y a todas las palabras.
Ella me da mil vueltas y pregunta: «¿No te mueres de hambre? No hemos comido desde hace un siglo. Vamos a comer algo, ¿no?». Yo digo que sí y la sigo porque alimentar las necesidades básicas me distrae de los profundos terrores de mi alma acartonada.
Comemos huevos con patatas y pimientos verdes en un sitio lleno de guiris que antes me gustaba, pero que ha sucumbido a la invasión. Me río de que se parecen a ella, ella finge enfadarse, juramos no volver nunca y vamos a casa a coger un jersey o no sé qué.