Capítulo IV Lunes, 20 de agosto de 2018
Por la mañana –a eso de las dos, en realidad– me despierta el ruido en la cocina.
«Buenos días», grito, y asoma la cabeza por la cortina que le da intimidad (¿qué intimidad, si es una cortina?) al hueco donde está la habitación.
«¡Hola! Estoy haciendo café. ¿Te parece bien?
». Me parece que flipas. «Pero no tienes nada para comer.
Yo me muero de hambre. ¿Tú?». Ni me acuerdo de cuándo comimos la última vez.
«Yo también, sí». «Pues voy a bajar a comprar cosas para desayunar, ¿vale?
¿Hay algún súper por aquí?». «Hay un BM a dos minutos, sí.
Pilla esa bolsa de tela, que es la que uso para la compra».
«Oye, una cosa, yo soy vegetariana. ¿Tú comes carne?
». «Bueno, no mucha». «Ya, eso decís toda la gente que coméis carne.
Compro cosas vegetas, ¿vale?». «Claro. De verdad que no como casi carne.
De hecho, solo como pescado desde hace casi un año».
Me mira raro, pero tiene más hambre que curiosidad, así que me dice que luego se lo cuento, como si no quisiera saber cuáles son mis excusas para ser peor que ella.
«Espera, que te doy pasta». «Sí, claro, solo faltaba».
Y sale. Y cierra. «¿Llevas llaves?». No me oye.
Me quedo en la cama pensando qué está pasando.
Hemos dormido juntas, abrazadas, en bragas, un poco puestas también.
Y ahora va camino de la compra para hacer el desayuno.
En mi casa. Y no sé hasta cuándo se queda.
No sé nada. Me agobio porque me estoy saltando todos los pasos, pero a la vez estoy tan tranquila que flipo.
No me han llevado a muchos sitios buenos los pasos, también te lo digo.
Puf, ¿por qué los pensamientos más claros hacen falta cuando tienes la mente dormida de clavo y sueño?
Me pongo de lado, de espaldas a la cortina y a la luz y a la casa y a la realidad inmediata, mirando a su lado de la cama.
Alargo la mano de forma instintiva. Y la retiro, un poco asustada.
¿De dónde sale tanta intimidad? ¿Por qué estoy cómoda?
En mi vida me ha pasado esto. Yo soy de me gusta, no me gusta.
Esta noche sí, mañana no. O de poco a poco.
Para ser bollera, vamos. Pero es que esto no sé si es poco o nada o mucho o todo o qué coño.
¿Pero en qué estoy pensando? Ella está tan pichi, feliz, tranquila, natural, cómoda.
Confiando en una tía desconocida, pero maja, con la que hay superbuén rollo y con la que no hay peligro.
Ella está relajada porque no hay nada, y se burlaría de mí si me oyera pensar. Me siento vieja otra vez.
El café silba. Me levanto y así me escapo de mis pensamientos. Bendito café.