Capítulo III Domingo, 19 de agosto de 2018
–¿Sí?
–Perdona que te llame, pero no sabía qué hacer.
–¿Qué pasa?
–Qué susto, tía.
–¿Pero qué ha pasado?
–Que me han entrado en la furgo.
–¿Qué? ¿Cómo ha sido?
–Pues estaba durmiendo en la furgo y de repente he oído un ruido y era un tío que había roto la ventana y estaba intentando entrar.
–¿Qué dices? ¿Estás bien?
–Sí, pero casi me muero.
–¿Y qué has hecho?
–Pues me he vuelto loca y he cogido un cuchillo y he salido a la puerta y me he puesto a gritar y el tío se ha pirado.
–¿Qué dices? ¿Le has espantado?
–Pero es que encima ¡he salido en pelotas!
–¿Qué? No te creo.
La imagen de ella en pelotas gritando con un cuchillo en la mano, persiguiendo a un tío que le ha intentado robar, me parece tan cinematográfica que quiero hacer una película ahora mismo.
–Sí, tía.
Se ríe un poco. Yo también.
–Pero qué susto, ¿no?
–Horrible. En el momento me sentía la de Kill Bill –buah, Beatrix Kiddo, match en referencias–, pero luego me he dado cuenta del peligro y me he asustado y después me he dado cuenta del ridículo y me ha entrado la risa.
–¿Y a qué hora ha sido?
–Pues poco después de llegar, como a las siete o así.
–¿Y por qué no me has llamado entonces?
–Pues porque me ha dado palo despertarte con mis movidas.
–Joder, es una cosa heavy , me podías haber llamado. ¿Y qué has hecho hasta ahora?
–Pues he puesto cinta americana que tenía en la furgo tapando la ventana y me he dormido, la verdad. Estaba agotada.
–Madre mía, ¡qué templanza! A mí me hubiera dado algo. Oye, ¿quieres que vaya?
Silencio.
–No sé, me da cosa hacerte venir.
–¿Qué dices? Si quieres que vaya, pillo el coche y voy.
–Pero hacerte mover el coche… No sé.
–A ver, ahí no te puedes quedar. ¿Qué vas a hacer? Ya te dije ayer que tengo un sofá cama en mi casa. Y ahora mismo no está fácil llegar en tren ni en metro. Y conseguir un taxi, complicadísimo. Venga, espérame ahí. Lo que tarde en subir a por el coche y llegar.
–Jo, muchas gracias.
–¿Te llevo algo?
–No, tranqui.
–Venga, te escribo cuando esté llegando.
Al ir a la ducha, me doy cuenta de que tengo más resaca de la que creía.
Lo de ir a «solo cerveza» está bien, pero hay que meter el speed y las pastillas en las cuentas, para ser honesta.
Abro el agua a toda potencia y dejo que se lleve la alquimia quinqui de mis poros.
Los pies no tienen remedio. Ya me los limpiaré el siguiente lunes, cuando todo acabe.
Bragas de pata, sujetador deportivo, vestido negro corto de tirantes, sandalias «de monte» y pistoleras de Las Culpass.
Un ibuprofeno, zumo de bote y un plátano de la nevera.
Me lo como bajando las escaleras, porque tarda mucho el ascensor.
Me he dejado las llaves del coche, así que doy la vuelta y subo y bajo en el ascensor, con las gafas de sol, de paso.
El coche está en Miribilla y se me hace eterno recorrer el Casco, con los txistularis , las cuadrillas, las familias, la gente sin rumbo que busca algo que le haga ser parte de lo que está pasando.
Por fin llego al puente de San Antón y esto ya parece el barrio que se cree ciudad de siempre. Subo muy rápido, estoy nerviosa. ¿A dónde voy exactamente?
O sea, la recojo y me la llevo a mi casa, ¿y?
Si fuera cualquier amiga, no pasaría nada, pero es que la conocí antes de ayer.
Pero tampoco significa nada, ¿no? Se queda en el sofá hasta que le arreglen la ventana de la furgo y ya.
Nada más. Y tengo la casa hecha un cisco. Espero que no esté sucio el baño.
Y no tengo casi nada en la nevera.
A ver, que no es una invitada, que es una emergencia.
Llego al coche, bajo el espejo y me pinto los labios de rojo. Estoy nerviosa, joder.