Darle fuego a Bilbao Capítulo II Sábado, 18 de agosto de 2018
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Capítulo II Sábado, 18 de agosto de 2018

Qué resaca.

Me despierto en la furgo del calor y la sed. Miro el móvil. Nada. Claro que no ha escrito. Estará durmiendo. O viviendo en su casa, con su vida y su gente y su red y sus raíces, y sus planes. Me doy cuenta justo ahora de que no le he preguntado si tiene novia. Claro que no se lo he preguntado.

Salgo a la calle y miro este paisaje extraño que está empezando a gustarme.

Anoche no vi el mural enorme de letras negras en el lateral del edificio al lado del parking : «SOÑAR».

Es curioso que haya sitio para los sueños en este entorno de casas pequeñas, pabellones industriales, muelles en ruinas, carreteras que no parecen ir al mismo sitio que cuando las construyeron y bares horteras que no pegan con nada.

Todavía no entiendo la mezcla, pero supongo que eso me fascina de esta ciudad que conozco tanto sin haberla pisado antes.

Joder, qué bueno está el café.

Miro esa ría sucia y bonita en este paisaje apocalíptico y bonito.

Casi cualquier rincón de esta ciudad podría ser el escenario de una distopía.

Para bien o para mal. Me fijo en que la barandilla que impide que te caigas a la ría es siempre igual.

Lisa, como una tubería de dos filas, con los nudos en forma de bola y los remates en forma de gancho.

Es como si hubiera un pacto tácito en el que esta gente finge estar a gusto en el siglo XXI, pero sin dejar que la pátina de titanio, turistas, acero corten y gin-tonics en copa balón les quite la esencia de barrio obrero venido a más.

Me hago un piti y sigo mirando a la ría, fascinada con las casas que sobreviven entre las ruinas de algo que no se sabe si está recién destruido o en construcción.

Miro el teléfono. Nada.

Puto WhatsApp.

Alargo la contemplación y finjo que no estoy esperando.

Según Google Maps estoy a 38 minutos andando del Casco Viejo, así que paso por la furgo a por una sudadera y un paracetamol, me lo tomo con un trago en la fuente del parking y empiezo a andar.

Curioso paseo. Barcos varados que alguien dejó ahí y ahora son un museo, un palacio de congresos de cristal, hormigón y acero, jardines preciosos que nadie pisa, gente con perros, gente corriendo, turistas y gente.

Siempre, la ría al lado. Enseguida se ve el museo que se supone que cambió esta ciudad.

Una cresta de titanio y una araña. Parece el mismo Bilbao de los 80 , pero en drag .

Me flipa la araña. Se puede pasar por debajo y verle los huevos que hacen que se llame Mamá .

Aunque hay que tener un trauma a la altura de Louise Bourgeois para ver en ese monstruo una madre. Y quién no.

Justo cuando estoy embobada mirando este enorme y maternal bicho desde abajo, a punto de creer que me puede comer si quiere, me vibra el teléfono.

–¿Qué haces hoy?

Lo que me propongas, pienso. Pero «Pues no tengo plan» respondo.

–¿Te apetece venir al Txupinazo?

–Pues no sé muy bien qué es.

–Es el inicio de las fiestas.

–Pensé que las iniciamos ayer.

–Jajaja, eso es verdad. Pero el inicio oficial. Y así conoces a Marijaia.

–¿A quién?

–¿No conoces a Marijaia? Madre mía, luego te cuento.

Me manda una ubicación y una hora y me pongo más contenta de lo que esperaba, debajo de esa araña gigante de bronce con huevos de mármol.

Parece que esta ciudad tiene más rituales de lo que hace creer.

Nos juntamos con sus amigas de anoche y con algunas nuevas y con otras que van a participar en una actividad que no he entendido del todo.

Son las cinco y media y estamos en la explanada exterior de un teatro barroco y me presenta solo a unas pocas de las compañeras con las que vamos a compartir acción.

Tenemos que ocupar el mayor espacio posible, e impedir que la gente (sobre todo chavalería) que viene más a hacer botellón y tirarse huevos y harina –según me han dicho– que a escuchar el pregón que abre oficialmente las fiestas nos robe el espacio.

El plan empieza a estar claro. Desplegar en el menor tiempo posible una pancarta enorme, negra con letras blancas y en la que pone «Gora Borroka Feminista».

No sé euskera, pero lo importante me lo sé, así que la paro antes de que me lo traduzca: «Viva la lucha feminista».

Levantarla para que se lea desde arriba y salga en todas las fotos y retransmisiones de las fiestas.

Me cuentan que es la misma que sacaron en sanfermines, y que allí las empujaron, les pegaron, las increparon, las pellizcaron y se la intentaron quitar.

Pero la mantuvieron abierta todo el Txupinazo.

Así que vamos preparadas para que haya bronca y sea difícil, pero conseguirlo.

A las siete menos cinco la explanada hierve, y mires hacia donde mires se ve gente.

No quiero ponerme a pensar qué ocurriría si pasara algo, porque no habría mucho que hacer, y no parece preocuparle a nadie.

Ella interrumpe mi plan de emergencias con una pregunta que hará muchas veces de ahora en adelante: «¿Estás bien?

». Sí, estoy muy bien. Tratando de registrar todo lo que estoy viviendo, para que no me parezca la normalidad demasiado pronto.

Alguien da la orden y empezamos a desplegar la pancarta, que es más o menos redonda.

En pocos segundos está abierta y la subimos por encima de nuestras cabezas.

Algunas caben debajo. La gente empieza a gritar y aplaudir y miro hacia el balcón, donde hay dos personas que llaman la atención, una de amarillo, con un sombrero como de Napoleón, negro con plumas blancas y la otra de rojo, con una boina del mismo color.

Ella me explica que son El Pregonero y La Txupinera, sin soltar su parte de la pancarta, pero acercándose a mi oreja para que las otras no escuchen la explicación.

También me cuenta que El Pregonero es el cantante de Doctor Deseo, un grupo que es famosísimo en Bilbao, pero que poca gente conoce fuera.

Parece muy propio de Bilbao tener su propio star system .

La gente enloquece cuando él empieza a hablar.

Y habla de las diosas del Olimpo y de Dionisos y de que la diosa de Bilbao es Marijaia, y ahí la gente aúlla, e incita al pueblo a beber y a los placeres prohibidos y habla de respeto y de que no haya violencia machista, ni racista, ni homófoba y canta una estrofa que todo el mundo corea, «vamos a engañarnos, y dime, mi cielo, que esto va a durar siempre, perderme en tus brazos, dulce locura, tú, mi droga más dura», y luego algo en euskera y la mujer de la boina roja enciende un cohete y sale al balcón una figura gigante, una mujer rubia y tetona, con los brazos en alto y un pañuelo en la cabeza y ropa de colores y todo el mundo explota en gritos y saltos y llueven serpentinas, confeti, miles de papelitos rojos y blancos, y la chavalería se lanza harina y huevos y vuelan botellas de agua abiertas y suena una canción en euskera que todavía no sé que bailaré mil veces esta semana.

–¡Esa es Marijaia! –me grita ella con los ojos brillantes y húmedos y la voz ahogada de la emoción. Entiendo que no es el momento de preguntar por qué tanto jaleo con esa muñeca.

La misión es ahora, y nos ponemos firmes con las piernas separadas para tener más estabilidad y preparadas para aguantar los embistes, pero nadie nos embiste.

Todo es bailar y risas y gente que se mete debajo de la pancarta para jugar y dejar claro que está dentro, que ellas también.

Algunas pasan por debajo haciendo cadenetas.

Los chavales jóvenes que nos rodean no se acercan, pero tampoco molestan. Todo resulta extrañamente fácil.

Cuando acaba la rave efímera, la gente se disuelve sorprendentemente rápido.

Nos organizamos para recoger la pancarta, que no queda tan bien enrollada como la habíamos recibido, porque la euforia tiende al caos.

–Bueno, ¿qué? ¿Qué te ha parecido Marijaia?

–Entiendo que es una pregunta fundamental para lo que venga después, así que fuerzo un entusiasmo que espero que llegue pronto.

Metemos la pancarta en un carro de la compra y alguien se la lleva a un local del Casco.

Doy por hecho que este ritual tiene siguiente paso y me cuentan que vamos a esperar a que Marijaia abra las txosnas .

Ese plan me genera tantas preguntas que no hago ninguna, y prefiero esperar. A ver qué nos ordena la diosa rubia.