Darle fuego a Bilbao Capítulo I Viernes, 17 de agosto de 2018
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Darle fuego a Bilbao

Darle fuego a Bilbao

Por Irantzu Varela

© inepub.com

Capítulo I Viernes, 17 de agosto de 2018

El cielo está azul y negro a la vez, como en esas noches de Bilbao que vienen después de los días de sol, en los que a todas se nos olvidan la lluvia y las ganas de mudarnos a un sitio donde juntar azul y cielo no sea casi siempre un oxímoron.

Somos bastantes. Bastantes no es muchas.

Nunca me parece que seamos suficientes. Así que he aprendido a conformarme también con ser bastantes. Aunque no sepa para qué.

Hay nervios y emoción. Hay algo que se parece a la euforia.

Con qué poco nos ponemos eufóricas. ¿Qué hará la gente que no protesta para sentirse trascendente, parte de algo?

La religión, igual, ¿no? O ser heavy . O el Athletic.

Cuanta menos esperanza tengo en que consigamos algo, más me importa manifestarme.

Es como aquella señora vieja y frágil que vio una amiga en Palestina –al lado del muro horrible que construyó el horrible Israel–, con una pancarta que decía “«I think I didn’t protest enough» .

¿Pensaba la mujer que iba a parar el apartheid y el genocidio?

No. Pero supongo que necesitaba contarse que hizo lo que pudo.

«Que la reseca muerte no me encuentre vacía y sola sin haber hecho lo suficiente».

Cómo son a veces las canciones. Si Mercedes Sosa supiera que esa canción fue mi primer marco teórico.

Espero que sea también el último, ahí, en el lecho de muerte, dentro de algunas décadas, con sábanas blancas y mis amigas disfuncionales rodeándome, como si me muriera en un cuadro flamenco del siglo XVII, con un hilo de voz de vieja: «Creo que he hecho lo suficiente». Y expiró.

Casi todas vamos de negro. Como un día cualquiera, pero a conciencia.

Algunas llevan ya la capucha puesta –como un día cualquiera– y otras sujetan pasamontañas, gorros, cascos de Atenea de la tienda de disfraces de la calle Bidebarrieta –que tienen cualquier complemento que puedas imaginar y nunca hacen preguntas–, pañuelos de animal print , palestinos (todavía no los llamamos kufiyas ), antifaces, máscaras –ninguna de V de Vendetta , fíjate.

Esa revolución apesta a macho– y «bragas» de las de ponerse al cuello para ir al monte, que casi todas usamos más para encapucharnos que para ir al monte.

Lo bueno de ser vasca, o tratar de parecerlo o vivir aquí, es que siempre le vas a dar uso a la ropa de monte, aunque no vayas al monte. Por el clima o por el clima político.

Spoiler : no pasó. No como imaginamos.

Parece que empezamos.

Nos encapuchamos.

Nos colocamos en columna, las del cordón de seguridad por delante y a los lados, protegiéndonos o amenazando, depende de quién mire. Las de las antorchas, dándonos forma. Las de los tambores, delante. No hay nada como un poco de épica para despertar la disciplina. Salimos.

Los tambores imponen, ¿eh? Y las antorchas nos hacen parecer un reel de Artemisia Gentileschi –si hubiera vivido ahora, y no en el siglo XVII, y tuviera Instagram–, con el fuego cortando este cielo que ya solo va del negro al gris y vuelta.

Nunca he visto a la gente mirarnos así. Les damos miedo.

Me gusta. Prom, prom, prom . Avanzamos y al principio hay silencio.

Prom, prom, prom . Andamos despacio y tensas por las calles cortadas por la Policía, que hoy está de nuestro lado (¡ja!).

Prom, prom, prom vamos casi en silencio y nos miramos como te miras cuando solo se os ven los ojos.

Qué guapas somos todas cuando solo se nos ven los ojos.

Entramos al Casco Viejo. En la esquina de un cantón hay una rubia alta, vestida de negro pero sin capucha, que nos mira ansiosa por unirse.

Como llevo un casco de Atenea de la tienda de disfraces de la calle Bidebarrieta y estoy arribísima por la fuerza que da estar en el lado que da miedo, le hago un gesto para que se una.

Se pone roja. No se une. Más tarde la veo al final del todo, como si pudiera pasar desapercibida entre las vascas de estatura media con esa pinta de vikinga.

Cuando acabamos, nos vamos a El Triángulo a tomar los potes que suceden a todas las manis.

En El Triángulo, las cuadrillas de mujeres vestidas más de negro que de costumbre, más eufóricas de lo habitual, más cohesionadas de lo normal, se abrazan y se lanzan brindis y piden rondas y ligan un poco, que si no puedo follar hasta enamorarme, no es mi revolución.

Nadie entra en el bar triangular de El Triángulo, el de la rana, porque el que lo lleva agredió a una compañera con una mezcla de txupitos de mandrágora y violencia patriarcal.

Repartimos panfletos en su puerta pidiendo el boicot, le hicimos muchas ekintzas , le pusimos pegatas, le hicimos concentras y algunos conatos de sabotaje borrachas, pero no sirvió de nada.

Él llama a la Policía y gana. Su caso se archiva y gana. Nosotras nos cansamos de perder y gana.

Llevamos unos cuantos potes ya, y yo estoy medio eufórica, medio pedo.

Y mira que siempre me prometo no empezar a beber hoy, que vienen nueve días sin noche, pero ya es tarde.

Estamos en la puerta del Zazpi y suena Rihanna: « Shine bright like a diamond –me encanta esa canción.

Ya me gustaba de antes, pero cuando vi a las chicas de Bande de filles , de Céline Sciamma, bailándola y riéndose en ese universo azul de una habitación de hotel en el que no parecían pobres, siempre me recuerda a la felicidad–, shine bright like a diamond» ; y veo a una rubia alta acercarse a mí.

Acercarse literalmente. Yo sigo bailando, pero estoy fingiendo.

¿Viene hacia mí? Mi amiga me mira sorprendida preguntándose lo mismo y yo le digo con la mirada: «Tú baila y disimula».

Es la rubia que quería unirse a la mani. Ahora no está ansiosa. Y yo sí.

Y así nos conocimos.