Capítulo 30
Un Maleficis, vestido completamente de negro, abre la puerta del otro lado con evidente confusión.
Como una fiera, me lanzo sobre él con el zapato en la mano, clavándole el tacón como un carpintero hundiendo un clavo en la madera. Salto como una maniática sobre sus hombros mientras sigo descargando golpe tras golpe con el tacón.
Él comienza a sacudirse o, más bien, a sacudirme de encima. Me toma del brazo y me lanza por los aires fuera de la habitación.
Me estrello de forma estridente contra la pared del frente. El impacto me saca el aire de los pulmones y termino cayendo sentada en el suelo.
El Maleficis, bastante enojado, se acerca a mí con la cara completamente rasguñada y sin su característica capucha, que debió salir volando durante el forcejeo.
Como puedo, me arrastro por el suelo para alcanzar mi arma, que salió despedida durante el enfrentamiento, pero él me toma de los tobillos con fuerza y vuelve a arrastrarme hacia la habitación.
Sin nada de qué sujetarme, intento aferrarme al suelo, lo cual resulta inútil porque mi pulgar sigue lastimado y, además, el suelo no puede agarrarse. Así que él continúa tirando de mí, arrastrándome de nuevo hacia ese infierno donde estuve amarrada.
No volveré a ese lugar.
Aunque me cueste la vida.
Antes de que logre hacerme pasar completamente por la puerta, consigo sujetarme del marco y empujar mi cuerpo hacia atrás.
—Maldita... —escupe el Maleficis con rabia.
Vuelvo a tirar con todas mis fuerzas mientras él se echa hacia atrás.
No sé si los cielos me ayudaron o qué, pero en medio de ese forcejeo siento cómo mis tobillos se le resbalan por el sudor y logro zafarme.
—Imbécil... —murmuro, agotada por el sobreesfuerzo.
Intenta agarrarme nuevamente.
Con la misma fuerza con la que golpeé a Lilith, le doy una patada tan brutal que lo mando contra la pared del interior de la habitación.
Cae como un muñeco de trapo.
Algo cruje al pasar de la pared al suelo.
No me detengo a comprobar qué fue.
El desdichado queda completamente inconsciente.
No sé si reír o llorar de la emoción.
—Concéntrate. Tienes que salir de aquí —me susurro a mí misma.
Cojeando, sudada, cubierta de sangre y con, probablemente, un dedo roto, salgo al oscuro pasillo, donde no parece haber más habitaciones.
Al final encuentro una escalera enmarcada por un vano sin puerta.
Gracias a los cielos.
Como puedo, subo un escalón tras otro. Me toma una eternidad porque siento que todo mi cuerpo arde de dolor, pero debo continuar.
Al llegar al último escalón, miro hacia ambos lados como cuando uno va a cruzar una calle.
Solo que esta vez no busco autos.
Busco enemigos.
Y otra vez los cielos parecen estar de mi lado.
No se escucha ni se ve absolutamente nada.
Avanzo por otro pasillo casi vacío, sin apenas muebles ni decoración.
Y, a lo lejos, como si fuera uno de esos boletos dorados que solo aparecen una vez en la vida...
Veo la puerta principal.
Mi vía de escape.
Intento no hacer ruido con mis pasos torpes ni con las lágrimas que amenazan con salir por la inmensa felicidad que siento.
Ni siquiera el escalofrío que me recorre el cuerpo consigue detenerme.
Paso con cautela frente a dos habitaciones comunicadas.
Me asomo lentamente a la primera...
Y el alma se me cae a los pies.
Durante un segundo ni siquiera lo reconozco.
Es Vincent.
Atado.
Por todos los cielos.
Él nota mi presencia porque levanta la cabeza.
Está suspendido del techo por las muñecas, con los pies apenas rozando el suelo.
Se ve maltrecho.
Cubierto de golpes.
Sudor.
Sangre seca en la frente.
La ropa hecha jirones.
Uno de sus ojos está casi completamente cerrado por la hinchazón.
—Emma... —susurra—. Querida, sal de aquí. Huye.
—Vincent, por el amor al Padre... —digo en voz baja—. Necesito liberarte.
—¡No! —ordena con firmeza—. Vete. Corre.
—¿Des?
—En la otra habitación —señala con la cabeza—. Deja de hacer preguntas, maldita sea, y vete.
—Pero...
La voz de Lilith me sorprende a mis espaldas.
—No eres tan inteligente como pensé —dice con sorna.
—Suéltalo —exijo.
—¿O qué, angelito? —dice haciendo una mueca como si fuera a vomitar—. No podemos meter a los niños en juegos de adultos.
Sonríe.
—¡Lilith! —advierto, dando un paso al frente.
—¿Qué? —me desafía, quedando a apenas dos pasos de mí—. Te ves muy valiente para ser una indefensa porquería.
No aguanto más.
Mi mano se mueve antes que mi cerebro.
La bofetada le cruza la mejilla con tanta fuerza que le gira completamente la cabeza.
Ella se lleva una mano al rostro.
Yo apenas alcanzo a disfrutarlo.
Su puño impacta de lleno contra mi cara.
Caigo de bruces al suelo.
—¿Estás bien? —grita Vincent, luchando desesperadamente contra las cadenas.
Me levanto como puedo.
Pero Lilith me toma del cabello antes de incorporarme por completo.
Me jala con tanta fuerza que prácticamente camino con el cuello doblado hacia atrás mientras me arrastra hasta donde está Vincent, completamente privado de su libertad.
—¿Creíste que sería tan fácil salir de aquí, miseria humana...? —me susurra al oído con amargura—. Me encargaré personalmente de eliminarte sin el menor remordimiento.
Me empuja con violencia.
Caigo otra vez de bruces.
Y, para mi desgracia, apoyo todo el peso sobre el dedo dislocado.
El crujido es tan fuerte que un grito desgarrador escapa de mi garganta.
Dos Maleficis me sujetan inmediatamente de las muñecas y comienzan a arrastrarme por el suelo hasta dejarme al lado de un Vincent visiblemente desesperado.
—¡Emma! —grita mi protector.
—¡Desten! —grito con la misma desesperación.
Me retuerzo con todas mis fuerzas para soltarme, pero los Maleficis me inmovilizan mientras Lilith sonríe, contemplándonos con absoluta superioridad.
—Qué triste que su historia de amor termine tan bruscamente —dice con una falsa expresión de pena mientras sigue sonriendo—. Pensaba matarte aquí mismo... pero creo que será mucho mejor hacerlo delante de ese asqueroso arcángel...
—Todos sabemos a qué amo sirves —la interrumpe Vincent.
Lilith se acerca a lo que yo creía que era una pared y arranca el panel que separaba ambas habitaciones, dejando todo el espacio completamente abierto.
La nueva vista me permite ver qué había al otro lado.
Y lo que encuentro me hiela la sangre.
Desten.
También encadenado.
Con múltiples cortes en el rostro.
Su ropa está empapada de lo que parece sangre seca.
Sus alas permanecen completamente extendidas, atravesadas contra la pared por dos enormes cuchillos.
Me horrorizo al ver cómo la sangre sigue brotando lentamente de ellas mientras él cuelga del techo, igual que Vincent, sujeto únicamente por dos grilletes que aprisionan sus muñecas.
—Es un honor tener en nuestra presencia al bastardo favorito de Angelus —aplaude Lilith, emocionada, como si estuviéramos en una carrera de caballos.
—No te atrevas a decir su nombre, diablesa del Infernum —se retuerce Vincent en sus cadenas—. Muestra más respeto hacia Padre, tu creador.
El rostro de la diablesa se transforma en una máscara de furia al escuchar lo que Vincent le dijo. Camina decidida hacia él y le propina un fuerte puñetazo en la cara, haciendo que la mandíbula de este se gire por completo hacia el otro lado. Luego se acerca de manera amenazadora, con el desprecio impregnado en el rostro.
—¿Crees que le tendría respeto a esa escoria angelical? —ríe estrepitosamente, como si Vincent hubiera dicho algo genuinamente gracioso.
Toma el rostro de mi amigo con fuerza, clavándole las uñas y obligándolo a mirarla de nuevo.
—Fui creada por y para mi amor y señor —le escupe en la cara con desprecio—, y es vampiresa, cariño, no lo olvides.
Le suelta la cara de un manotazo y se acerca a mí, donde mis captores aún me tienen retenida.
—Tamiel y Azkeel —llama a sus secuaces, que me retienen con fuerza—. Pónganla donde tengo los materiales de disección. Cuando termine de hacer el trabajo, les entregaré el cuerpo para que lo dejen por ahí.
—¡Lilith! —grita Desten desde donde está, haciendo que sus cadenas revoloteen por la tensión con la que intenta soltarse—. Si le tocas un pelo, te haré pedazos. Lo juro por Padre.
Lilith sonríe.
—Júralo por mí.
Mira a sus secuaces, dándoles el visto bueno.
Ambos Maleficis hacen una exagerada inclinación mientras comienzan a arrastrarme a la fuerza. Intento oponer resistencia, pero me es imposible con estos dos brutos encima de mí.
—Esperen afuera —ordena.
—Pero... —interrumpe uno.
—¡Fuera! —grita Lilith.
Después de amarrarme, esta vez también de los tobillos para que no pueda serrucharme uno y escapar, ambos Maleficis se marchan por la puerta principal haciendo el menor ruido posible.
Lilith, mientras tanto, se pone lo que parecen unos guantes de goma, unas protecciones para los ojos y una especie de carpa de plástico donde introduce las manos, parecida a la que usan los cirujanos. Se acerca a mí con lo que parece un enorme bisturí y me sonríe de la manera más amable del mundo.
—Ya vuelvo, querida. Tengo algo pendiente con tu amorcito —sonríe.
Se da media vuelta mientras se acerca a Desten.
El arcángel intenta sacudirse nuevamente para liberarse, haciendo que el cuchillo entre sus alas se entierre todavía más y provocando que la sangre salga a borbotones.
Parece una mariposa en una colección de taxidermia.
Lilith, sin rodeos, toma a mi guardián por el cabello, obligándolo a mirarla y, sin esperarlo, le planta un beso en la boca. Desten intenta zafarse, pero no puede porque ella lo tiene completamente sometido.
Al romper el beso, Des clava por primera vez sus ojos en mí.
No sé si lo que veo es una especie de disculpa, porque me mira con esa profundidad de siempre.
Niego suavemente, sabiendo que no es su culpa, mientras las lágrimas salen de mí sin permiso al ver que el ángel que amo está expuesto a un peligro que no le desearía ni a mi peor enemigo.
Y antes de que pueda asimilarlo, Lilith ya está a un lado de él cuando un sonido desgarrador invade la habitación.
Es Desten.
Desten está gritando.
Pero...
¿Lilith?
Durante un segundo mi mente se niega a entender lo que estoy viendo.
No.
No está haciendo eso.
Y es ahí cuando lo entiendo.
Ella...