Dark Arcangelo Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

—¿A mí me llamas basura? Hasta donde tengo entendido, la humana aquí eres tú —respondo sin mucho sentido de supervivencia—. ¿O me equivoco?

Lilith sonríe. Una sonrisa ladeada que no oculta la malicia viva en sus ojos.

—No habrá una próxima. Morirás hoy.

—¿Dónde está mi madre? —pregunto, intentando mover las manos.

Lilith suelta una carcajada antes de fingir confusión.

—No te lo mencioné, linda, pero escapó. Lastimosamente abandonó la fiesta. Aunque igual no la necesitábamos —se apoya en el marco de la puerta, mirándome con una sonrisa cruel—. Después de todo... solo te queríamos a ti.

Suelta otra carcajada, típica de villana, y cierra la puerta tras de sí.

El silencio cae pesado.

Intento mover las manos. Las ataduras no ceden.

Tiro. Una vez. Otra.

Nada.

El material se clava en mis muñecas. Arde.

Siento la piel caliente, casi en carne viva.

Respiro hondo, obligándome a pensar.

No puedo quedarme aquí esperando a que me maten.

No voy a convertirme en la última de mi especie... y mucho menos de esta forma tan espantosa.

Vuelvo a intentar liberarme, esta vez con más fuerza. El dolor se intensifica, pero no hay resultado. Después de varios intentos fallidos, dejo caer los brazos, agotada.

Mis muñecas palpitan.

Tengo que encontrar otra manera.

Enfoco la habitación nuevamente, mirando a mi alrededor, esta vez con las luces encendidas gracias a Lilith.

Las paredes tienen la pintura tan desgastada que se cae a pedazos, dejando el suelo cubierto de un polvillo fino. Tal como sospeché hace unos minutos, no parece haber ninguna vía por donde circule el aire: no hay ventanas. Solo una puerta simple que, imagino, debe tener a alguien del otro lado vigilando que nadie escape. He visto suficientes películas como para no ser tan ingenua al respecto. Lo único que hay en la habitación es la cama vieja y roída donde me encuentro y un foco solitario que ilumina todo de forma casi cruel. De resto, está completamente vacía.

Aunque...

Frunzo el ceño.

Esta habitación ya la he visto. No físicamente, pero la conozco...

Vuelvo a inspeccionarla con más detenimiento. Cada detalle. Cada color, o la ausencia de este. Cada rincón.

Y entonces lo entiendo.

—En mis sueños... —susurro, más para mí que para nadie—. Esta es la habitación donde casi fui...

Dejo la frase en el aire, porque sé exactamente lo que querían hacer conmigo aquí.

Por eso Vincent me dio el atrapasueños. Porque me estaban alcanzando incluso mientras dormía.

Justo aquí.

Un escalofrío me recorre el cuerpo.

Necesito salir de este lugar y mi último intento... definitivamente no fue el más inteligente.

¿Cómo se supone que voy a salir de esta sin ponerme a llorar inmediatamente? Por todos los cielos, necesito una idea, porque si no voy a morir aquí como un pollo desplumado.

Piensa, Emma, piensa...

Miro a mi alrededor buscando cualquier cosa que me saque de este lío, pero para mi maldita suerte no hay absolutamente nada. Claro, porque ¿a quién se le ocurre traer algo útil a un secuestro?

Aunque...

¿Y si alguna de estas cosas que llevo encima tiene el filo suficiente?

Bajo la mirada a las joyas en mis antebrazos, a las que cuelgan de mis zapatos, y sé que no va a funcionar porque nada tiene suficiente filo... hasta que caigo en cuenta.

¡Los aretes!

Por todos los cielos, ¿cómo no lo pensé antes?

Con torpeza intento acercar mi cabeza a mis manos, lo poco que la cuerda me lo permite, y termino prácticamente arrancándome uno de los aretes en el proceso. El tirón me hace apretar los dientes, pero ni siquiera me detengo a pensar en el dolor. Como puedo, empiezo a serruchar la cuerda con la misma mano con la que sostengo la joya, porque me es imposible usar la otra. El metal se desliza una y otra vez sin hacer mucho más que rozar la superficie.

No está funcionando.

Aprieto más fuerte.

Intento cambiar el ángulo.

Nada.

El arete se me resbala de los dedos y cae.

—Maldición...

Lo recojo como puedo y vuelvo a intentarlo.

Se vuelve a caer.

Y otra vez.

Y otra.

Ya perdí la cuenta de cuántas veces lo he intentado.

Las muñecas me arden. La cuerda me ha raspado tanto que ya siento la piel abierta y la sangre empieza a mezclarse con el sudor que me recorre los brazos. No ayuda. Sigue sin ser suficiente.

El sudor me cae por la frente, se mete en los ojos, arruina la máscara de pestañas y me quema, pero no puedo ni siquiera limpiarme.

Y otra vez el arete cae.

Esta vez no lo recojo de inmediato.

Me quedo ahí, respirando agitada, mirando el techo, esa maldita luz que parece querer atravesarme los ojos.

Quiero gritar. Quiero llorar. Quiero salir de aquí como sea.

Pero no puedo.

Las lágrimas se acumulan igual.

—Voy a morir aquí... —murmuro, sintiendo cómo el miedo empieza a ganar terreno—. Justo como siempre estuve destinada a hacerlo.

Veo la sangre que se encharca en mi muñeca. Roja, carmesí, escurriendo lentamente por mi brazo. Es entonces cuando se me ocurre que quizá pueda ayudarme, como una especie de lubricante o algo por el estilo.

Me siento en la cama con un poco de dificultad, después del ataque de pánico que me dejó completamente drenada. Tomo la sangre de mi antebrazo y la extiendo sobre mi mano como si fuera una crema para la piel. También tomo un poco de la que brota de mis muñecas, pero con sumo cuidado, ya que esa piel está en carne viva.

Entonces, con tres inhalaciones seguidas, una oración a los cielos y preparándome mentalmente para el dolor, tiro poco a poco, haciendo que las cuerdas comiencen a ceder. Sin embargo, la sangre empieza a secarse y mi pobre intento queda a medias gracias a mi pulgar y a su incapacidad para flexionarse de manera antinatural.

Por lo tanto, se me ocurre usar otros fluidos.

Pensando que me arrepentiré de esto, tomo el sudor de mi frente, haciendo una especie de mezcla con la sangre y, con sumo asco, reúno la mayor cantidad de saliva que puedo de mi ya seca boca y la escupo sobre el dorso de mi mano. Con los tres fluidos intento que la cuerda vuelva a ceder.

Y funciona.

Esta empieza a deslizarse como la vez anterior y, en esta ocasión, la saliva evita que todo se seque, por lo que continúo presionando para que la cuerda siga pasando por mi ya contraída mano. Sin embargo, el pulgar vuelve a ser una limitante.

Empujo.

Empujo.

Pero no cede.

Así que empujo más.

Quiero salir de aquí y estar a salvo. Quiero mi libertad.

Sin pensarlo siquiera, muerdo la parte interna de mis cachetes y empujo con todas mis fuerzas la cuerda sobre mi mano.

El dolor es indescriptible al oír un crack salir de mi pulgar y es ahí donde siento que el mundo se me viene encima. Mis ojos se llenan de lágrimas y quiero gritar más que nunca. Esta vez la sangre brota a borbotones de mi boca, haciéndome saborear el hierro.

Al ceder mi pulgar, cede también mi mano, haciendo que finalmente pueda liberar una de ellas para ocuparme del resto.

Quisiera acostarme y llorar desconsoladamente por el dolor de mi mano y por lo asquerosa que me siento, llena de sudor y sangre por todos lados, pero no hay tiempo.

Con la mano libre y el pulgar en una posición de lo más extraña, me libero con suma dificultad de las demás cuerdas.

Al bajar de la cama me tambaleo un poco por la posición tan incómoda en la que estuvo mi cuerpo. Sin embargo, no hay tiempo que perder.

Me quito los zapatos lo más rápido que puedo, ya que pueden estorbarme. Rompo un poco la falda del vestido para tener mayor libertad si debo correr y la capa también la dejo a un lado.

Camino por la habitación, tocando las paredes, intentando hallar otra vía de escape, pero, como lo supuse hace unos momentos, mi única salida es la puerta por la que Lilith entró y salió como dueña de la casa.

Así que, con suma valentía... o estupidez, sin ningún plan o arma para defenderme aparte de la punta afilada de uno de mis zapatos de tacón, doy tres toques a la puerta.

La persona al otro lado parece escucharlos, porque poco a poco esta se abre.

Apago las luces para que no me vea.

Y es ahí donde me encuentro cara a cara con mi encarcelador.