Dark Arcangelo Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

El salón se encuentra completamente lleno y es ahí donde recuerdo la última vez que estuve aquí. Cuando me caí y me hice un esguince, y mágicamente Desten apareció para ser el caballero de brillante armadura. Aunque, realmente, sé que no lo es. Más que un caballero es un ángel, y no cualquier ángel. Pero la Emma de ese momento no tenía ni idea del mundo al que pertenecía; solo sabía que ese chico, que no es nada chico porque tiene un milenio de años, formaba parte de un mundo oculto que no es tan oculto. Recuerdo la cara de Saray al verme ahí tirada en el piso o cuando me humillaron por mis marcas de nacimiento que, ahora que lo pienso, ya no me generan tanta inseguridad como antes. Por el momento, la capa cubre bastante bien mis hombros.

—Emma...

Anuncia alguien detrás de mí.

Me volteo y no lo puedo creer.

Christian.

—Dios... —dice sorprendido—. Cuánto tiempo sin verte.

Me mira de arriba abajo como si estuviera escaneando un producto del supermercado, pero antes de llegar a mis ojos vuelve a detenerse un momento en mi pecho, donde el vestido se transparenta un poco.

—Te ves espectacular —sus ojos encuentran los míos nuevamente, llenos de asombro y esperanza—. Qué bueno verte.

—Gracias, Christian —digo, más incómoda que nunca.

Ambos quedamos en un silencio incómodo en el que él mira sus zapatos y yo quiero ir a sentarme porque ya me duelen los pies por culpa de estas sandalias.

—Yo quería... —carraspea incómodo, colocando las manos nerviosamente delante de sí— darte mi pésame. Por lo de Saray.

Eso no me lo esperaba. Realmente no. Así que lo miro a los ojos para ver si es una especie de broma, pero parece bastante sincero, así que asiento y susurro un “gracias” por el gesto.

—¿Te gustaría beber algo? ¿Ya comiste? —se acerca un poco a mí intentando romper la distancia.

—Estoy bien, gracias —una pequeña sonrisa es lo único que sale de mí.

Él me devuelve la sonrisa, incómodo, y ambos quedamos nuevamente en silencio. Mira su teléfono un momento, buscando la hora y quizás algunos mensajes sin responder, y yo solo quiero irme a otro lugar.

—¿Está todo bien contigo...? —inquiere, mirándome detenidamente.

—Todo bien —sonrío con timidez.

—La última vez que te vi...

—La última vez que me viste —lo interrumpo— sufrí un ataque de epilepsia repentina por una bacteria que no sabía que tenía. Por eso no regresé al colegio; estaba en el hospital.

Miento tan bien que hasta a mí me sorprende.

Christian duda un momento. Su mirada transmite incertidumbre. Creo que no sabe si creerme o dejarlo pasar, pero, por primera vez en mi vida, me alegro de que alguien nos interrumpa.

—¡Emma! —dice Emily prácticamente gritando—. No pensé verte aquí tan... —me escruta de arriba abajo— decente.

Sonríe con malicia.

Se apoya posesivamente sobre Christian, rodeándole los hombros con sus brazos flacos y sus uñas de mono perezoso.

—Y tú tan...

Observo su vestido ceñido al cuerpo, con pedrería por todas partes, cortes estratégicos que dejan ver su piel y del color rosado más chillón que pudo haber encontrado. Hasta lastima la vista.

—Barata.

La miro con asco.

—Pedazo de...

Estira las manos para tomarme del pelo, pero su amante la sujeta por la cintura antes de que cometa una estupidez. Yo me alejo un poco para evitar que me rasguñe.

—Nos veremos, Emma. Fue bueno verte.

Agarra a Emily a la fuerza y prácticamente la saca arrastras del lugar.

Algunas personas se le quedan viendo, pero yo ni me inmuto. Genuinamente, el mundo es más grande que ella como para continuar preocupándome por sus amenazas vacías. Una vez te acostumbras a vivir bajo amenaza, no hay vuelta atrás.

—Quién diría que una basura como tú podría verse tan bien en un vestido como ese.

Mi corazón se acelera cuando reconozco la gélida voz detrás de mí. No tengo que voltearme para saber que estoy en peligro en el momento en que esos dedos huesudos, con uñas afiladas, tocan mi hombro de manera agresiva.

—Lilith... —susurro.

La primera mujer suelta una pequeña risita al escucharme decir su nombre. Poco a poco se deja ver mientras me rodea, hasta detenerse frente a mí.

Decir que está espectacular para la ocasión es poco. Genuinamente se ve como una estrella de cine.

Lleva un vestido negro, ceñido al cuerpo, con transparencias que dejan poco a la imaginación. Lo suficiente como para hacer que cualquiera quiera rendirse a sus pies... si fuera un simple mortal.

Gracias a los cielos, no lo soy. Aunque por poco.

Tiene el cabello recogido, perfectamente peinado, con un par de mechones sueltos al frente. Un abrigo de piel descansa sobre sus codos, rozando el suelo al caminar.

—Diría que es un placer verte, pero te estaría mintiendo —ríe, mostrando toda su dentadura blanca.

—Bonito labial rojo... ¿Sabías que tienes una mancha en el diente? —digo la estupidez más grande que se me pudo ocurrir como mecanismo de defensa.

Lilith duda por un segundo, pero no tiene un pelo de tonta. Me toma del antebrazo, clavándome lo que parece un guante de joyería con garras metálicas.

—No me quieras ver la cara de estúpida, porquería humana —dice, apretándome con más fuerza.

—Pensé que esa cara ya la tenías —sonrío.

No parece gustarle el juego. Su mirada se endurece, cargada de odio, pero logra controlarse. Afloja un poco el agarre, sin soltarme del todo, y sonríe antes de jalarme para quedar cara a cara.

—No creas que esto es un juego, linda. No creo que te guste saber que la vida de tu madre corre peligro... ¿o sí?

Vuelve a sonreír, mostrando todos los dientes. Por una rendija alcanzo a notar lo que parecen colmillos ligeramente afilados.

Esta vez soy yo la que se queda en silencio. No sabría decir si miente para provocarme o si de verdad tiene a mi madre y yo me estoy haciendo la payasa frente a alguien que podría tener su vida en la palma de la mano.

—¿Qué quieres? —pregunto sin rodeos. La vida de mi mamá no es un juego para mí.

Lilith sonríe. Sabe que me tiene justo donde quiere.

—Quiero que me acompañes voluntariamente, sin hacer ningún ademán de escapar... o, bueno, ya sabes lo que puede pasar —dice, mostrándome el teléfono.

—¿Cómo sé que lo que dices es cierto?

Rueda los ojos con fastidio. Hace una llamada y, al primer tono, alguien responde. Se coloca a mi lado; su perfume, con notas de vainilla especiada, se cuela sin permiso en mi nariz. El silencio se vuelve pesado hasta que escucho un ruido de fondo.

—¿Emma...? —la voz temblorosa de mamá suena del otro lado.

—Mamá... —respondo, sintiendo cómo me tiembla la voz.

—Emma, cielo, por favor...

La llamada se corta de golpe.

—Deberíamos irnos, querida —sonríe levemente—. Tu madre espera, después de todo.

Miro a todos lados, desesperada, mientras ella clava sus uñas en mi brazo para obligarme a avanzar. Me pega más a su cuerpo, como si fuéramos dos amigas paseando juntas por la estancia.

La fiesta sigue frente a mí, completamente ajena.

Risas. Música. Luces.

Siento algo que no esperaba: envidia. De esa vida que ya no es mía. De lo poco que la valoré cuando la tenía.

Veo a mis compañeros disfrutando su graduación, rumbo a esa ceremonia que tanto esperaba... y yo estoy aquí, en brazos de este demonio.

Porque en este momento no hay otra forma de llamarla.

Estoy bastante segura de que no voy a salir bien de esto. Solo espero que el rastreador de Desten esté funcionando antes de que sea demasiado tarde.

Salimos por una de las entradas que dan al callejón de basura de la escuela. Está oscuro.

—Ni se te ocurra intentar avisarles a esos dos arcángeles que tienes afuera. Antes de que den tres pasos, tu madre estará muerta.

Apenas tengo tiempo de reaccionar cuando un golpe seco impacta mi cabeza.

Todo se vuelve negro.

✦

Cuando abro los ojos lentamente, siento un dolor de cabeza indescriptible. No sé dónde estoy ni qué hora es. Lo único que puedo percibir, por la obviedad del asunto, es que el lugar es oscuro, lo suficientemente oscuro como para que ni siquiera las luces de la calle se cuelen por la ventana. Tampoco se escucha un alma o, al menos, no percibo ningún sonido, ni siquiera el de la calle. Lo que sí alcanzo a sentir es un olor a moho o, más bien, a humedad.

Bien, si las horas de ver documentales de asesinos en serie han servido de algo, es el momento de que funcionen ahora.

Recopilando los datos, pareciera que me encuentro en un lugar alejado de cualquier señal de vida. O sea, algún sótano o un cuarto bajo tierra. Un latigazo en la cabeza me recuerda el golpe que me dieron y bajo quiénes estoy. Este sería el momento perfecto para huir.

Intento sentarme sobre la cama; sin embargo, una especie de cuerdas, o algo por el estilo, me mantiene sujeta de las muñecas. Intento hacer otro esfuerzo con las piernas, pero estas también parecen estar amarradas. Por lo tanto, me encuentro totalmente a su merced, sin ningún plan de escape, porque no me dio tiempo ni siquiera de pensar en una idea.

De repente, una puerta se abre de golpe. La luz blanca, fría como la de un hospital, inunda la estancia y me quema los ojos después de la oscuridad en la que me encontraba.

Parpadeo, desorientada.

—Basura —dice una voz con desdén—. Veo que al fin despiertas.

Lilith está en la puerta, observándome con una sonrisa de suficiencia.

Ya no lleva el vestido negro. Ahora viste un enterizo de mezclilla azul oscuro, ajustado, con detalles dorados que brillan bajo la luz. Lleva pulseras gruesas, demasiado llamativas. Su cabello está recogido en una cola alta, adornada con un tocado de puntas.

Bajo la mirada.

Sus zapatos… ¿Eso es un animal muerto?

—Digo... no me golpearon precisamente con una bolsa llena de plumas —me burlo con amargura.

Lilith se ríe, elegante, como si mi sarcasmo le resultara entretenido.

—No podíamos permitir que supieras el camino, linda. Creí que serías más inteligente.

—Discúlpame —sonrío—. Es mi primer secuestro. Lo pondré en mi hoja de vida para la próxima.

—No estás en posición de burlarte del asunto, basura humana —se cruza de brazos, cortando cualquier rastro de complicidad.