Dark Arcangelo Capítulo 29
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Capítulo 29

La ida en el auto es bastante tranquila mientras nos dirigimos al lugar donde será el baile de graduación. Según las indicaciones previas de Vincent, este se realizará en el gimnasio del colegio, al cual no voy desde hace más de tres meses. Es un sentimiento agridulce que no sabría cómo describir. Nunca me gustó realmente la escuela; me gustaba ir para ver a Saray y, aunque éramos dos chicas aplicadas, la institución no era algo que nos entusiasmara. La universidad, por otro lado… Ese sentido de libertad, de escoger qué quiero estudiar para poder cumplir todas mis metas laborales, sí me entusiasmaba. Recuerdo con amargura cómo las dos queríamos ir a la misma universidad, la única pública que hay en la ciudad. Aunque no debía quedarme en áreas aledañas porque no venía de otra ciudad, sí podía tener esa libertad que tanto añoraba, que aún quiero. Ya me había acostumbrado a estar conmigo misma por los viajes falsos de mamá, así que la universidad no sería nada diferente, pero sí una vida nueva con personas distintas estudiando lo que yo quiero y no materias que la sociedad me impone, como física o química.

Lo que sí me asusta un poco es enfrentar a Christian o Emily. Ellos vieron mi transformación; vieron cómo prácticamente mi cuerpo se hizo añicos para que mis alas pudieran salir de dentro de mí, cosa que fue bastante traumática. Miro el anillo en mi dedo, el que mi padre me regaló, el que esconde mis alas de la vista del público, y no puedo evitar pensar en cómo aún no me acostumbro a la sensación de tener otra extremidad, a sacar mis alas y, aunque ya no pesan y puedo usar ropa encima de estas gracias al tatuaje de Danielle, realmente no me siento cómoda aún con ellas. Todavía no las manejo bien como para decir que puedo volar con ellas; de milagro puedo planear a medias y la verdad es que son bastante sensibles a cualquier roce fuerte. Supongo que es porque son nuevas. Espero que, después de esto, podamos volver a la normalidad de antes y que Des siga con sus clases de armas y Vincent con las de peleas cuerpo a cuerpo. Me gustaría seguir aprendiendo a defenderme, a usar las alas y acostumbrarme a ellas con la misma naturalidad que ellos lo hacen.

Estamos a unas calles de llegar al colegio cuando pasamos por las antiguas calles de mi vecindad. Quién diría que de pasar a ser esa chica solitaria terminaría viviendo con seres místicos siendo yo mitad uno. Jamás en toda mi vida pensé que la inmortalidad sería para mí. Tampoco es algo que yo haya deseado, pero, como dicen, a veces no te llega lo que quieres, sino lo que necesitas y definitivamente yo necesitaba esta familia. Paso por el cementerio donde está el cuerpo de mi mejor amiga y una idea se me ocurre. Una de esas ideas que sé que a mis guardaespaldas no les va a gustar.

—Detén el auto, por favor —pido con una dulzura poco característica en mí.

—¿Por qué? ¿Sucede algo? —la voz de Agelos resuena en el silencio del auto.

El arcángel me mira desde el espejo retrovisor con preocupación en el rostro. Hago un gesto para que no se preocupe.

—Me gustaría detenerme un momento en el cementerio —hago un gesto con la cabeza para que mire a su derecha.

Agelos detiene el auto de manera repentina, haciendo que todos nos disparemos hacia adelante por el frenazo.

—No creo que esa sea una brillante idea —Haniel se gira para mirarme desde el asiento del copiloto—. Dijiste que íbamos tarde. A duras penas logramos que el jefe aceptara dejarte ir sin él aquí. Se supone que deben estar bajando pronto para reunirse con nosotros.

—Estamos de camino al colegio. No nos hemos desviado en ningún momento. Vamos, chicos —les ruego—. Pueden acompañarme si quieren.

—Claro que no vamos a dejarte sola —esta vez se gira Agelos.

—Agelos… —advierte Haniel.

—No, basta de esto —Agelos me da la espalda y toma el volante con fuerza—. ¿Sabes lo que pasaría si algo te sucede, Emma? ¿Qué pasaría con nosotros? El jefe jamás nos lo perdonaría, nosotros no nos lo perdonaríamos y tú decides poner tu vida en riesgo sin considerar a los demás.

—Chicos…

—Agelos, basta —Haniel le pone una mano en el hombro, negando con la cabeza—. Es solo una niña.

—Ya está bastante grande para entender que su vida no es la única que corre peligro.

Pasamos un momento en silencio los tres. El auto no se mueve de donde está. Ambos me dan la espalda y yo no sé qué decir. No quiero irme y desaprovechar la oportunidad. Sé que toda esta misión es mero capricho mío, que Des está dejando pasar por no sé qué motivo, honestamente. Sé que estoy poniendo más de una vida en riesgo, pero en este momento solo puedo pensar en que mi mejor amiga está allí enterrada y jamás le di mis respetos.

—Lo sé y tienes razón —exhalo con fuerza—. Yo… solo quiero ver a mi mejor amiga una última vez —mi voz flaquea un momento—. No pude despedirme.

Vuelve a caer el silencio luego de sincerar mis verdaderos motivos para bajar en el cementerio. Así que lo único que me queda es esperar a que ellos decidan. No voy a interceder nuevamente si deciden negarse porque están en todo su derecho.

—Está bien —Agelos exhala, tocándose el puente de la nariz—. Solo un momento.

Desde el asiento de atrás no contengo mi emoción al acercarme al ángel y darle un abrazo de agradecimiento. Agelos me da unas palmadas en los brazos y ríe con nerviosismo.

—Nos importas —admite el ángel—. Mucho, Emma.

—Más de lo que crees —continúa Haniel—, pero no nos pongas más trabajo del que ya tenemos. De por sí esta misión nos tiene con los pelos de punta. Nadie querrá lidiar con el jefe si esto trae consecuencias. Si algo llega a pasarte…

—No pasará nada —coloco mi mano en el hombro de Haniel para tranquilizarlo—. Es una visita rápida.

Ya en el cementerio no nos cuesta mucho encontrar la lápida de mi mejor amiga. En ella está grabado su nombre, el año de nacimiento y el de defunción, junto con las palabras: “Para nuestra querida niña. Que los cielos te abran las puertas de la eternidad”. Miro la inscripción y la fecha de su muerte y sé que eso jamás se me borrará de la mente. Ambas teníamos tanto por lo que vivir; ambas con la misma edad, pero la muerte la reclamó a ella primero. A mi mejor amiga de toda la vida, mi compañera de risas y tristezas.

—Te amaré siempre.

Le doy un beso con la mano a la tumba, despidiéndome de ella.

Dejo una flor que encontré en el camino sobre la tierra donde ya el pasto está creciendo. Mis guardaespaldas me toman uno de cada lado mientras nos dirigimos al auto. Con un poco de dificultad intento recoger la falda del vestido para no ensuciarlo. Les digo que me esperen un segundo para ajustarme las sandalias cuando una figura difusa se mueve a mi izquierda. Al estar agachada no alcanzo a verla bien. Me levanto para enfocar mejor en la oscuridad de la noche, pero nada parece haber por ahí. Los chicos no se han despegado de mí, por lo que decido no decirles nada para irnos, así como vinimos.

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Al llegar a los estacionamientos del colegio, desde el auto se puede oír la música estridente que suena por todas partes. Muchos otros vehículos se agrupan con estudiantes bajando elegantemente con sus vestidos. Algunas chicas van acompañadas y otras solas, como yo. Otros chicos llegan en grupo y, en la entrada del colegio, que está decorada con estrellas, listones azules y un gran letrero brillante de escarcha que dice “Bienvenidos al baile de graduación”, los recibe el profesor de Física, Saúl. Definitivamente debió haberles tomado mucho tiempo.

Los ángeles que me acompañan bajan del auto para abrirme la puerta. No puedo describir lo que siento porque ni siquiera sé cómo llamarlo. ¿Miedo? ¿Ansiedad? ¿Tristeza?

Realmente no lo sé. Lo que sí sé es que quiero irme... o no. Quién sabe. Estoy demasiado nerviosa como para tener un pensamiento coherente.

—¿Lista? —pregunta Agelos, sacándome de mis pensamientos.

—Creo... —digo, encogiéndome de hombros.

—Vamos, te ves hermosa —me sonríe Haniel.

Agelos hace una ligera inclinación y ambos ángeles me tienden la mano para ayudarme a bajar del vehículo. Yo dudo un momento en si bajar o no, pero ya estoy vestida y arreglada. No hay vuelta atrás. Tomo las manos que me ofrecen. Con toda la valentía que espero me caiga del cielo, por fin bajo del auto. Como el vestido tiene una falda bastante prominente —no a nivel de un corte princesa, pero tampoco es lo más cómodo del mundo— se me dificulta caminar, y no quiero ni hablar de los zapatos, que son mucho más altos de lo que acostumbro.

Al llegar a la entrada del colegio saludo al profesor Saúl, quien se sorprende al verme ahí. Me pregunta por mi madre y me dedica una leve sonrisa mientras me dice que está feliz de verme. La verdad es que el profesor me cae muy bien; su materia, no tanto, pero él sí. Le respondo lo necesario y me encamino hacia el gimnasio.

Los pasillos están decorados con estrellas y luces amarillas, como las navideñas, para señalar el camino hacia el lugar del evento. Muchos estudiantes ya se encuentran revoloteando por los alrededores. Algunos hablan tranquilamente, otros se toman fotos con sus celulares y otros simplemente esperan a su cita. Yo, como no tengo cita y la única que hubiera tenido murió, decido no esperar y entrar a ver cómo decoraron el lugar.

El tema de este año, según la invitación que mamá dejó junto con los hermosos aretes, es La noche estrellada de Van Gogh, y definitivamente se lucieron. En todas las paredes está proyectada la pintura del famoso artista, haciendo que el ambiente se sienta de un azul celeste cálido. Del techo cuelgan estrellas de papel doradas y plateadas junto con pequeñas luces, haciendo que realmente parezca una noche estrellada. El gimnasio no es un lugar que digamos bonito, pero lo arreglaron bastante bien como para que no se vea tan plano. Tuvieron la genial idea de quitar las gradas y la red de voleibol.