Capítulo 28 #3
—Tus padres han traído esto, reina —Ely me entrega ambos pendientes—. No les dio tiempo de quedarse, pero decidieron dejarte este regalo.
—¿Cómo sabes…?
—Vincent —me interrumpe, aclarando mi duda.
Por ridículo que parezca, ese pequeño gesto me aprieta un poco el corazón.
Yo asiento. Los aretes son una obra de arte y sé que mamá se rompió la cabeza para encontrar algo que me guste. Normalmente ha intentado que use maquillaje y deje de usar ropa negra, pero ha fallado miserablemente. Viéndolo bien, para esta ocasión ha acertado espectacularmente. Amo este regalo y me conmueve que pensara en mí en este momento. Ojalá se sienta orgullosa de mí. Me hubiera encantado que estuviera aquí para que me viera como siempre quiso. Lo bueno es que la tecnología existe, así que le pedí a Ely que me tomara una foto para poder enviársela.
Ya lista, arreglada y con un poco de dolor de cabeza por el peinado, me siento en el sillón de la sala de estar a esperar que los arcángeles lleguen para poder irnos. A los leones los dejé encerrados, con la panza llena, para que no anduvieran rodando por el apartamento sin supervisión. Por otra parte, Agelos y Haniel están esperando en el auto para que, en el momento en que los chicos lleguen, podamos irnos de una vez. Después de todo, solo tengo una hora. No sé si eso incluye la ida al lugar y el regreso, así que prefiero no jugármela para prácticamente salir disparada en el momento en que ellos lleguen.
Decir que estoy frustrada sería quedarse corto. Llevo una hora y media sentada, maquillada, peinada, vestida como una princesa gótica y esperando a dos arcángeles que parecen haber desaparecido de la faz de la tierra. Los chicos llevan una hora y media de retraso. Afuera ya oscureció. Agelos y Haniel subieron a quedarse conmigo porque el auto llevaba demasiado tiempo encendido. Por lo que estamos los tres aquí como payasos, por no decir más, esperando respuesta de los arcángeles. Porque ambos guardianes han intentado contactarse con ellos, pero ninguno responde. Me siento como si yo misma me hubiera auto-plantado para un baile al que ni siquiera quería ir en un principio, pero henos aquí; decidí darle una oportunidad para que me saliera el tiro por la culata. Definitivamente esto está empezando a ser un desastre.
Si no consigo llegar a tiempo no habrá baile. Tengo solo una hora para estar ahí por decisión de Desten y no puede ser que me haya puesto todas estas cosas para no ir. No me parece y tampoco me parece que deba quedarme aquí sentada.
—Vamos —me levanto del sillón para mirar a ambos ángeles—. En el camino llamamos a Desten.
Ambos se miran con la duda muy palpable en sus rostros, pero no me importa. Quiero ir a ese baile, aunque sea diez minutos, para poder disfrutar de un poco de normalidad.
—Emma, no creo que el jefe piense que sea una buena idea —empieza Agelos.
—No me interesa, Agelos. Lo siento, pero solo tengo una hora —coloco los brazos en jarras, haciéndoles ver mi irritación—. Yo llamaré a Desten en el camino.
—Emma, no es por llevarte la contraria —dice Haniel.
—Entonces no lo hagas. Busquen las llaves —les señalo la llave del auto que está en medio de los dos—. Si no hacen lo que digo, haré que este día sea un dolor de cabeza para ustedes —los señalo con el índice, frustrada—. Así que vámonos.
—Sabes que solo podemos recibir órdenes del jefe —veo la irritación de Haniel en su rostro—. No podemos movernos si Desten no lo ordena.
—¡Pero ellos no contestan! —grito frustrada.
—Intentaré localizarlo nuevamente —Agelos se levanta del sillón—. Por favor, cálmate —hace un gesto con las palmas levantadas.
Eso es todo. Miro a ambos ángeles como si me hubieran dicho el peor insulto del mundo. ¿Cómo se atreven a decirme que me calme? Sé que debo tener la impresión del mundo y eso es lo que quiero demostrar, porque ese comentario innecesario me parece lo peor que pudo haber salido de su boca. Haniel parece haber entendido el error de su compañero porque lo empuja fuera de la habitación, gritándole que a una mujer no se le pide que se calme o algo por el estilo.
Por otra parte, me siento como león enjaulado, caminando de arriba abajo por la habitación. Viéndolo bien, he sido una idiota. Debí haberle pedido el teléfono a Desten hace meses, pero nunca se me cruzó por la cabeza que en algún momento necesitaría su número y, por más que intento buscarlo en mi lista de contactos, no está. ¿Cómo es que no se me ocurrió guardar ese número? Y lo peor es que, cada que le pido a mis guardaespaldas el número de su jefe, se niegan a dármelo si él no me lo ha dado personalmente.
¡LE DI MI VIRGINIDAD A ESE ÁNGEL! ¿Tengo que rogar por su número? Es increíble y estúpido al mismo tiempo. Esta jerarquía ya me está cansando.
Continúo recorriendo la sala de un lado a otro, incapaz de quedarme quieta. De pronto, Agelos aparece corriendo como alma que lleva el diablo. Ni siquiera necesita hablar. La sonrisa enorme en su cara y la forma en que asiente son suficientes para entender que logró comunicarse con ellos.
Por fin, algo sale a mi manera.