Dark Arcangelo Capítulo 28
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Capítulo 28

Son las ocho y quince de la noche cuando Des se aparece en mi puerta. Decidí dejarla abierta por si en algún momento pensaba aparecerse, como ahora. Se recuesta en el marco de la puerta; su semblante está bastante serio. Más de lo normal, realmente.

—Pasa —le pido.

No lo duda y se acerca junto con Eloa siguiéndole los pasos. La leoparda se acerca a mí, acariciándome las piernas antes de dirigirse a mi cama, donde Luan está echando una siesta desde hace como dos horas. Nunca me imaginé que los leones durmieran tanto.

Des se acerca al sillón donde estaba viendo una serie de televisión de los ochenta de cuatro señoras de edad adulta que viven juntas y, la verdad, es que me encanta. Quedé enganchada desde que empecé a verla en la mañana, luego de que Vincent se fuera.

Después de que ambos protectores se estuvieran preparando para su partida, me dispuse a arreglar un poco el cuarto, alimentar a los leones y deshacerme de todo lo que tenía encima para sentirme más cómoda. Fue entonces cuando encendí la televisión para tener algo de fondo, pero terminé enganchada. Y eso fue lo que hice toda la tarde: ver una serie de mujeres con los chistes más viejos y sarcásticos del mundo.

Mi protector se acomoda a mi lado. Cierra un momento los ojos; supongo que está meditando lo que dirá. No quiero incomodar lo que sea que esté pensando, así que continúo viendo la televisión, esperando a que él esté listo para hablar.

—Saldremos en unos minutos, Luce —anuncia.

Se acerca a mí, quedando a un milímetro de distancia. Pasa su brazo por mis hombros para que yo pueda apoyarme en su pecho y es lo que hago.

—Me supuse que pasarías antes de irte —digo desde la comodidad de su pecho—. ¿Por qué se siente como una despedida? —Una sonrisa melancólica sale de mis labios de manera automática. Alzo la vista para observarlo desde mi altura.

—No lo es, Luce —hace un gesto de negación mientras me aprieta con más fuerza—. Estaré aquí mañana antes del baile.

—Quiero preguntarte algo, Des, y quiero que seas honesto —me levanto para poder encararlo sin despegarnos del todo, porque él no parece querer soltarme—. ¿Genuinamente crees que me dejarán subir, vivir entre los tuyos?

Desten se toma un momento para pensar lo que le he dicho. No veo algo positivo en esto; aun así, quiero saber la realidad de las cosas antes de que la noticia me golpee con todas sus fuerzas si no pasa lo que ellos planean que debe pasar. Prefiero estar preparada para esto. Suficiente sufrimiento sorpresa he tenido ya. Entiendo que él no quiera darme falsas esperanzas, pero tampoco quiere dejar de ver, aunque sea un hilo de esperanza, de poder salvarme de alguna manera u otra.

—No lo creo, Luce —dice finalmente tomándome de la mano—. Intentaré convencerlos, pero nada es seguro.

—Dijiste que son un poco obstinados con sus reglas... ¿o Vincent lo dijo? —intento hacer memoria porque alguno de ellos lo mencionó.

—Lo son. Espero tener los argumentos suficientes para convencerlos —entrelaza su mano libre con las mías.

—¿Qué haremos si no me aceptan? —mi garganta comienza a apretarse—. No estaré segura y lo sabes —mi visión comienza a nublarse por las lágrimas acumuladas que esperan salir en cualquier momento.

—Haré lo que sea para protegerte —me reafirma—. Sabes que...

—Darías la vida por mí —lo interrumpo—. Lo sé, lo sé. Sin embargo, debemos tener un plan B.

—Ellos aceptarán —su mirada se refuerza con una promesa tácita—. Irás a Paradisum, aunque sea lo último que haga. Puedo con esto, Luce.

—Des...

Un toque en la puerta nos interrumpe. Vincent está recostado en el borde de la puerta observando la escena, pero con cautela, porque una sutil mirada hacia la derecha me indica que está incómodo con ambos felinos aquí.

—Es hora, Des —anuncia Vincent.

Su mejor amigo apenas inclina la cabeza sin realmente hacer contacto visual con él. En cambio, Vincent nos mira con una sonrisa divertida en los labios. No sé qué es lo que estará pensando, pero alguna burla debe ser o una frase que nos incomode a todos.

—¿Por qué esas caras largas? —se acomoda en el sillón entre su mejor amigo y yo, separándonos—. No es como si no nos fuéramos a ver mañana —sonríe burlonamente.

Tiene razón. Sé que la tiene, pero no me gusta estar sin ellos tanto tiempo. Intento calmar mi ansiedad para no crearles más estrés a ninguno de los dos. Des, en cambio, se ve visiblemente molesto por la intervención de Vincent.

—No lo sé, Vincent —sostengo una de sus manos—. Desde que llegué aquí no nos habíamos separado. Ninguno de los tres.

Veo nuestras manos unidas y la urgencia de llorar me ataca de nuevo. Aunque, esta vez, no puedo controlarlo. Las lágrimas comienzan a salir mientras intento tragarme el nudo en la garganta para no empeorar la escena.

—Hey, hey —Vincent llama mi atención—. Mírame.

Hago un gesto de negación, pero el arcángel parece no aceptar un no como respuesta porque, con la mano que no estoy sosteniendo, me toma del mentón obligándome a mirarlo.

—Estaremos aquí en menos de lo que crees —su sonrisa cálida me recibe para tranquilizarme—. Tú misma lo dijiste. Somos una familia, jamás te abandonaríamos, Emma.

Aprieto su mano con fuerza. Vincent me sonríe y me devuelve el gesto. También estiro la otra para tomar la de Desten y este hace el mismo gesto. Me mira y asiente. Vincent intenta tomar la mano de Desten y este intenta retirarla, pero su amigo es más rápido, logrando entrelazar sus dedos. Des suelta una maldición silenciosa y Vincent otra para que se deje tomar la mano. Una pequeña sonrisa sale de mis labios al ver su lucha porque sé que ellos jamás me harán sentir abandonada. No como mis padres lo hicieron. Los cielos saben que necesitaba un sentido de familia, no sentirme abandonada o el segundo lugar. La segunda mejor compañía. No, con estos ángeles soy lo primordial. Como una familia debería ser.

—Además, estás experimentando ansiedad por abandono —Vincent sonríe enseñando todos sus perfectos dientes blancos.

—Eres insoportable —exhalo rodando los ojos al cielo—. Ya lárgate.

Vincent se ríe por mi respuesta con más ganas de lo que pensaría. Des, a lo lejos, tiene una leve sonrisa en el rostro.

—Vamos —ordena mi protector levantándose del sillón—. Llegaremos tarde.

Vincent también se levanta, sacudiendo su chaqueta negra. En esta ocasión ambos están vestidos de negro. Sin embargo, a diferencia de la ropa del sepelio, esta es mucho más informal. Vincent tiene una chaqueta de mezclilla negra con tres flores bordadas en el centro, un suéter tipo polo, pantalones de vestir y mocasines negros con un toque blanco en medio. Des, por otra parte, lleva un suéter de cuello tortuga con la misma chaqueta de cuero negra con que lo conocí, un par de pantalones negros también y botas cortas.

Vincent es el primero en despedirse. Me sonríe para tranquilizarme y me planta un beso en la coronilla de la cabeza.

—Volveremos —me guiña el ojo juguetonamente—. Lo mejor es que te separes de él unas horas porque ya estás hablando como Des. Digo, decirme “lárgate” —dice haciendo las comillas con los dedos—. Muy de él. ¿No crees?

—¿Quieres que lo haga otra vez? —río.

—No es necesario —sonríe.

—Ahora que te veo así, ¿no se supone que deben camuflarse? El blanco en tu ropa resalta un poco —alzo una ceja, confundida.

Vincent suelta una carcajada por mi confusión.

—Sí, querida, pero el negro total se lo dejo a él —señala con el pulgar a Des detrás de sí—. No necesito estar de luto todos los días. Puedo darle mi toque personal —alza el mentón con suficiencia.

Yo ruedo los ojos al cielo porque tengo muy claro qué tan vanidoso puede ser Vincent. Me da otro beso en la frente y se retira hacia la puerta. Otra sonrisa escapa de mis labios.

—Sabes —anuncia, deteniendo su marcha un momento—, le diré a mamá y papá que ustedes son novios —esboza una sonrisa maliciosa.

Antes de que pueda irse del todo, tomo una almohada y se la lanzo. El arcángel sale disparado riendo como un demente. Muevo la cabeza de un lado a otro por sus ocurrencias, pero no hay tiempo para juegos. Esta vez Des es el que se acerca a mí. Mete una mano en el bolsillo, sacando el collar con el dije de D que tiene un rastreador.

—Sé que te coloqué un rastreador en las alas, pero quiero seguridad extra con respecto a ti —me extiende el collar para entregármelo—. Úsalo mañana. Estaré atento.

Asiento con la cabeza, tomando el collar para colocármelo en el cuello. Se siente frío al tacto mientras el dije se acomoda un poco más debajo de mi pecho, oculto bajo mi ropa.

—Es hora —anuncia.

Vuelvo a asentir, conteniendo el llanto. Lo hago como si alguien se hubiera muerto porque mi cerebro así lo quiere o, más bien, así lo percibe. No sé qué es, quizás sea porque mi período está a punto de llegar en cualquier momento. En fin, lo único que sé es que la mezcla de emociones me invade por dentro sin que yo pueda decir o hacer nada más. Si esto fuera una película ya me hubiera ganado un galardón por todo el drama que estoy haciendo; después de todo, ellos vendrán mañana y nada habrá pasado. Es solo una noche.

El arcángel toma mi mentón con suavidad. Se acerca despacio y deposita un beso ligero sobre mis labios. No hay urgencia ni dureza; es el mismo beso contenido que me ha dado otras veces, uno que dice todo lo que él calla. Se separa lentamente, dejando que el frío de la noche borre el calor de su boca. Me regala una sonrisa ladeada y entonces entiendo que estoy esperando algo.

Eso que dije hace unos días.

Eso que confesé sin pensarlo.

Lo miro a los ojos, convencida de que ahora lo dirá. Porque así se siente amar: no como un incendio, sino como algo que creció despacio, entre silencios respetados y gestos contenidos.

Pero sus labios se cierran. Me besa la frente y se aleja sin decir nada.

Mi corazón se rompe un poco al comprender que este habría sido el momento perfecto, pero un arcángel como él jamás amaría a una humana. Lo último que veo, con los ojos llenos de lágrimas, es su espalda alejándose, las alas extendidas perdiéndose en la noche.

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